Palestina. Los árabes y la cosecha del año
Por Ismail Ibrahim. Resumen Medio Oriente, 06 de enero de 2026.
Hay una fuerza en la resistencia, y, por necesidad histórica, surgirán nuevas en cada rincón donde se libren las batallas que definen el sentido mismo de la existencia.
La cosecha nos exime de adentrarnos en los detalles de los acontecimientos anteriores.
A finales de 2024 ocurrieron dos hechos de gran envergadura:
- el cese del fuego en Líbano, el 27 de noviembre tras la batalla de Los Decididos,
- y, dos semanas después, la caída del gobierno sirio.
El presidente Bashar al-Assad abandonó Damasco rumbo a Moscú, y entregó Siria a las hordas de organizaciones del islam radical, encabezadas por el Frente al-Nusra, clasificado internacionalmente como organización terrorista.
Líbano y Hizbullah respetaron el cese al fuego con una disciplina ejemplar y sentido de responsabilidad; en cambio, el enemigo israelí, bajo el amparo estadounidense, incumplió el acuerdo, asesinando a unos 460 libaneses y destruyó decenas de instalaciones económicas.
El 9 de enero de 2025, el comandante en jefe del ejército, el general Joseph Aoun, fue elegido presidente de la República, y se formó un gobierno encabezado por el juez Nawaf Salam, todo ello bajo la tutela absoluta de Estados Unidos sobre Líbano.
Ese mismo mes, se logró el cese al fuego en Gaza conforme al llamado Plan de paz del presidente estadounidense Donald Trump.
Hamas y el resto de las facciones palestinas cumplieron estrictamente el alto al fuego; “Israel”, en cambio, no lo respetó y asesinó a más de 500 civiles en Gaza. Las matanzas continúan diariamente.
Si bien, en el intercambio de prisioneros se dieron avances significativos, persiste una enorme complejidad en la segunda fase, centrada en los intentos por desarmar a la resistencia y consolidar la autoridad posguerra en Gaza.
“Israel” aprovechó la caída de Al-Assad para lanzarse contra el ejército sirio, al que destruyó por completo.
Posteriormente,
- ocupó la totalidad de las alturas del monte Hermón,
- la mayor parte del sur del país levantino,
- tomó el control de sus fuentes hídricas,
- y se estableció a apenas veinte kilómetros de Damasco.
La nueva dirigencia siria no movió un dedo contra “Israel,” por el contrario, avanza hacia la normalización de relaciones con este.
Siria se encuentra hoy en una situación de vacío de poder, sometida a las influencias israelíes, estadounidenses y turcas.
Estados Unidos exoneró al nuevo líder sirio, Ahmad al-Sharaa, de toda acusación de terrorismo, y lo presentó como una figura aceptable y cooperativa, tanto para Washington como para Doha.
No obstante, Siria entró en una etapa de fragmentación territorial y conflictos sectarios, sin perspectiva alguna de unidad nacional ni de gobierno central sólido.
Todo esto ocurre y los países árabes permanecen impasibles, como si el asunto no les interesara en absoluto.
Mientras tanto, “Israel”, bajo el liderazgo de Benjamín Netanyahu, siente que, tras la caída de Siria, está a un paso de materializar su sueño de una “Gran ‘Israel’” y de un Nuevo Medio Oriente.
El presidente Trump comparte plenamente esta percepción, siempre y cuando no se afecten los intereses vitales de Estados Unidos ni se provoque el enojo de los árabes, cuyas posturas siguen invariablemente subordinadas al techo impuesto por Washington.
“Israel”, con el respaldo de la Casa Blanca, considera las circunstancias actuales óptimas para ampliar su ambicioso plan de desmembramiento de los Estados y pueblos árabes, especialmente aquellos de gran extensión territorial, riqueza en recursos naturales o vulnerables a la fragmentación por la diversidad étnica, confesional, tribal o sectaria de sus poblaciones.
Con este objetivo, puso su mirada en Argelia, donde coexisten árabes, bereberes y diversas tribus, en Egipto, dividido entre coptos y musulmanes, y reconoció recientemente la independencia de una región denominada Somalilandia, estratégicamente ubicada frente al mar Arábigo, al sur de Yemen, y en el estrecho de Bab al-Mandab, en el Cuerno de África.
En Sudán, los enfrentamientos entre el ejército regular y las Fuerzas de Apoyo Rápido conducen claramente hacia una partición del país.
En Yemen, escenario de un ambicioso plan divisionista, se registró recientemente la retirada de los Emiratos Árabes Unidos del sur del país, tras un ataque saudita en el puerto de Mukalla.
Líbano sigue siendo el epicentro de las visitas diplomáticas, cada semana arriban numerosas delegaciones de Washington y “Tel Aviv” cuyo único propósito es exigir, con insistencia, la neutralización, reducción, confinamiento o inutilización de las armas que perturban los planes israelíes y estadounidenses en la región.
Todas estas representaciones vinculan de manera inextricable el desarme, o su monopolización por parte del Estado libanés, con la posibilidad de que reciba cualquier tipo de ayuda financiera externa, ya sea árabe o, de otra parte, destinada a la reconstrucción tras la agresión sionista.
Además, transmiten amenazas explícitas de una «guerra devastadora» que “Israel” lanzaría contra Hizbullah y su entorno social si no se cumple con dicha exigencia.
En este mismo contexto, Estados Unidos, Arabia Saudita, Francia y Egipto impulsan a Líbano a avanzar gradualmente hacia la normalización de relaciones con “Israel”, mediante el llamado Mecanismo de Cooperación y proyectos económicos como la importación de gas desde Egipto, gas que, en realidad, es israelí, como lo demuestra el reciente acuerdo firmado entre Egipto e “Israel”, mediante el cual este último suministrará gas al primero por un valor de 35 mil millones de dólares durante los próximos quince años.
La resistencia en Líbano decidió, bajo cualquier circunstancia y sin importar las consecuencias, no entregar sus armas.
El Estado libanés ya completó la primera fase del acuerdo de cese al fuego al limitar la presencia armada al sur del río Litani, entre tanto “Israel” no cumplió ni uno solo de los compromisos asumidos en dicho entendimiento.
El gobierno libanés, alentado por Estados Unidos, Arabia Saudita, Egipto y Francia, planea ahora iniciar la contención de las armas al norte del Litani, una medida que la resistencia rechaza categóricamente.
Si dicha acción se realiza, “Israel” amenaza con lanzar una ofensiva fulminante contra la resistencia y su entorno con el objetivo de desarmarla por la fuerza, una tarea que, como demostró la experiencia en Gaza tras dos años de intentos, resulta imposible.
Líbano, Gaza, Cisjordania, Yemen e Irán se encuentran hoy en la mira de los planes conjuntos estadounidense-israelíes, y los árabes y musulmanes responden con la conocida frase: “¡Dios es suficiente para nosotros y Él es el mejor garante!”, y permanecen inmóviles bajo el techo impuesto por la política de Washington sin adoptar posturas acordes con su responsabilidad colectiva ni con sus intereses nacionales vitales. Prefieren limitarse a rezar, emitir comunicados, y justificar su existencia mediante la procreación.
Tras la reciente reunión entre Netanyahu y Trump, puede afirmarse sin ambigüedades que la “paz” impuesta por Estados Unidos, basada exclusivamente en la lógica de la fuerza y carente de justicia y derechos, no es paz en absoluto.
Es cierto que la causa palestina ganó terreno en la conciencia global, como lo evidencian las masivas manifestaciones en las principales ciudades de Estados Unidos, Europa, Japón y algunos países islámicos y árabes, así como el hecho de que varias naciones reconocieran oficialmente al Estado de Palestina, todo ello gracias, fundamentalmente, al sacrificio de setenta mil mártires, la mayoría de ellos niños y mujeres.
En tanto, “Israel” prosigue con sus planes de anexionar Cisjordania, a la que denomina Judea y Samaria, una medida que se concretará tan pronto como obtenga el visto bueno de Trump.
Este último, a su vez, prometió a los árabes, soñadores del ya obsoleto “acuerdo de dos Estados”, ejercer presión sobre Netanyahu para impedir tal anexión, aunque muy probablemente utilice dicha promesa como moneda de chantaje para extraer más riquezas de las arcas árabes durante su mandato.
Nos encontramos ante un año nuevo cargado con los lastres del que acaba de concluir, y con desafíos que inevitablemente surgirán.
Si los sionistas logran concretar su proyecto de un “Gran ‘Israel”, esta se edificará sobre la expansión a expensas de Líbano, Siria, Jordania, partes de Iraq, Arabia Saudita y Egipto.
Lo prohibido para los árabes es su unidad o incluso la fortaleza de alguno de ellos. Su tragedia radica en que el enemigo se encuentra en el corazón mismo de sus tierras, y ellos permanecen divididos.
Gran parte de sus riquezas petroleras y gasíferas se destinan precisamente a financiar los planes de fragmentación y desintegración de sus propios Estados y sociedades. Nadie habla ya de una defensa árabe común ni de un mercado unificado.
Ninguno de los regímenes árabes que mantienen relaciones de normalización con “Israel” ha roto dichos vínculos o siquiera amenazado con hacerlo tras el genocidio en Gaza, la agresión contra Líbano o la ocupación del sur de Siria y partes de Líbano.
Por el contrario, se prevé que aumente el número que se sumarán a la normalización, mientras “Tel Aviv” devora tierras palestinas y se aferra a los territorios ocupados en el sur de Siria y Líbano.
El plan de fragmentación avanza a pasos agigantados en varios países árabes.
Sin embargo, la fuerza de Estados Unidos e “Israel” no es un destino ineludible. La realidad sobre el terreno no siempre coincide con los planes trazados sobre el papel. Los pueblos árabes, tarde o temprano, dejarán de permanecer pasivos frente a la amenaza que pesa sobre sus intereses vitales, su soberanía, su dignidad y su identidad.
Existe una fuerza en la resistencia, y, por necesidad histórica, surgirán nuevas en cada rincón donde se libren las batallas que definen el sentido mismo de la existencia.
nLos intereses vitales de los pueblos y sus derechos inalienables son los que engendran a los libres




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