El viaje de India hacia la teocracia


Guadi Calvo*, Resumen Latinoamericano, 06 de junio de 2024.


El primero de junio, finaliza el proceso electoral indio, que había comenzado el pasado
diecinueve de abril, y cuyo resultado se conocerán el próximo día cuatro, después de
que 969 millones de ciudadanos, sobre una población total de 1400, pasaran, por él, más
de un millón, de centros electorales. (Ver: Elecciones indias: De la desmesura electoral
a la desmesura religiosa.)
Un proceso y un gasto casi innecesario, en el que cerca de quince millones de
funcionarios, a un costo de miles de millones de dólares, confirme a lo que no podrían
oponerse, ni siquiera, la conjunción de los trescientos millones de los dioses del
hinduismo. Ya que según lo han marcado todas las encuestas, el actual Primer Ministro,
Narendra Modi, del Party Bharatiya Janata, o BJP (Partido Popular Indio), accederá
por tercera vez consecutiva a ese cargo. Lo que solo una vez ha sucedido en la historia
de la Madre India, con Jawaharlal Nehru, quien ocupó el cargo, desde a 1947 a 1964.
Aunque en este contexto, y cuando la nación más poblada del mundo, ya se define como
una potencial económica a escala global; ya en la carrera espacial, y no solo eso, sino,
que habiéndose convertido a mediados de los años setenta, en potencia nuclear; en la
actualidad sus Fuerzas Armadas, se encuentran séptimas entre las más poderosas del
mundo, con un millón y medio de efectivos.
Estos números, que estremecen, incluso, el de que más de 400 millones de personas
viven en la extrema pobreza; se potencian y se agravan, cuando todos los analistas
coinciden, en que, tras la victoria electoral, Modi, confirmará el proceso que llevará a
convertir a su país, en una teocracia. Un dato para nada menor, si tenemos en cuenta que
comparte, con la República Islámica de Pakistán, también potencia nuclear, una frontera

de casi tres mil kilómetros, y con quien mantiene, una disputa por la región de
Cachemira, por la que, desde la partición, en 1947, ya han mantenido tres guerras y un
número incontables de enfrentamientos armados; los que siempre, pueden ser la mecha
para una crisis mayor.
Para convertir a India, al hinduismo extremo, Modi, desde siempre, ha agitado como el
gran fantasma, para la sobrevivencia de su cultura, la histórica presencia del islām, en el
país, que hoy con cerca de 220 millones de practicantes, representa la mayor
colectividad religiosa, después de la hindú, con cerca de mil millones de fieles.
Desde siempre, Modi, ha puesto a los musulmanes, a la cabeza de sus listas de
enemigos, utilizado todos los métodos posibles, para convertirlos en el gran problema
del país. Para lo que, desde el parlamento, sancionó leyes, como la de la Enmienda de
Ciudadanía (CAA), que le permite tras un artilugio, dejar sin nacionalidad a ciento de
miles de musulmanes; o la derogación del artículo 370, de la Constitución, que otorgaba
autonomía a Cachemira; además de propiciar políticas con extraordinarias ventajas
económicas, para los hindúes, que decidan radicarse en el Estado Jammu y Cachemira,
donde los musulmanes son mayoría y así cambiar, la ecuación poblacional. Además de
la modificación arbitraría de textos escolares, que borran, siglos de presencia
musulmana en India; ha utilizado tanto los medios periodísticos con miles de artículos
difamatorios y decenas de películas, (el cine es la mayor industrial cultural de país,
duplicando anualmente a toda la producción norteamericana), donde se demoniza al
islām, y centra en Pakistán y los musulmanes, como los grandes enemigos de la Unión
India.
Al tiempo, que sus grupos de choque, y otras organizaciones supremacistas, como el
Hindu Mahasabha (Asamblea India) o la Rastriya Swayamsevak Sangh, RSS,

(Asociación de Asociación Patriótica Nacional) avalados y junto a las fuerzas policiales,
no han desechado oportunidad, para lanzar verdaderos pogroms, contra los seguidores
del Corán, allí donde los sorprendieran: mezquitas, calles y barrios; a donde a fuerza de
bulldozer, se han destruido miles de viviendas y locales, en muchos casos con personas
en su interior. Matanzas programadas, donde, nunca han faltado violaciones, gente
quemada viva. Embarazadas a que se le habré sus vientres a cuchillazos, y niños
masacrados a golpes. Espectáculos como estos se vieron durante la última visita del
entonces presidente Donald Trump, en 2020.
Las diatribas de Modi, desde su llegada al cargo de Ministro Principal (gobernador) del
Estado de Guyarat en 2001, que se continuaron una vez instalado en Nueva Delhi, han
provocado ya miles de muertos, y que se ha reforzado en cada campaña electoral. Por lo
que, de existir una verdadera justicia internacional, ya hubiera merecido una condena
por genocidio.
Modi, no ha dudado en escenificar y renovar, en cada oportunidad, de las muchas que
tuvo y propició, para exaltar la Hindutva, o el “ser hindú”, basamento filosófico del
ultranacionalismo indio.
Lo hemos visto, hace unos pocos meses, en la inauguración del Mandir (templo) del
Dios Rama, la figura más importante de la cosmogonía hindú, en la ciudad de Ayodhya,
construido sobre las cenizas de la Babri Masjid, o mezquita de Babur, que el emperador
mogol, Babur mandó a levantar en el siglo XVI, la que fue saqueada y literalmente
demolida por turbas de fanáticos hindúes en 1992 (Ver: India, una divinidad llamada
Modi.) Para muchos, la construcción del templo de Rama, con un gasto cercano a los
220 millones de dólares, ha sido, parte de la campaña electoral.
La mano derecha de Dios.

Sin jamás sacar la vista del profundo espíritu religioso del pueblo indio, más allá de a
que Dios adore, Modi ha cimentado toda su carrera, pero particularmente este último
tramo, en una sobreactuación de su identidad hinduista, rompiendo, una ley no escrita,
de todos los jefes de Estado de la nación, que siempre se habían mantenido
públicamente laicos, para evitar, cualquier tipo diferencias religiosas; ya que siempre
fáciles de iniciar, y solo terminan, cuando los muertos son muchos. Al mismo tiempo
que ha fomentado el culto a la personalidad, al punto de que ya es difícil separarlo, de
una divinidad.
Habiendo declarado, hace pocas semanas, mientras el acto electoral estaba en plena
desarrollo, en diferentes entrevistas periodísticas: “Estoy convencido de que Dios me ha
enviado con un propósito, y cuando ese propósito esté terminado, mi trabajo estará
hecho”, para rematar agregó: “Dios no revela sus cartas. Simplemente, me obliga a
hacer cosas”.
Ante un medio norteamericano, dijo: “Hasta que mi madre vivía, creía que quizá mi
nacimiento había sido biológico, pero tras su muerte, cuando miro, mis experiencias
vitales, me convenzo de que fue Dios, quien me ha enviado”.
A tales declaraciones, el líder del otrora poderoso Partido del Congreso, Rahul Gandhi,
comentó que: “Si una persona común y corriente hubiera hecho las declaraciones que
Modi ha estado haciendo recientemente, sería llevada directamente a un psiquiátrico”.
Más allá de lo divino, Modi, cuenta con dos manos derecha, la propia, claro, y otra,
todavía mucho más “siniestra”: Amit Shah, el colaborador más estrecho del jefe de
Estado, que desde hace cuarenta años lo acompaña, y lo siguió durante sus dos periodos
en gobierno del Estado de Gujarat, y lo acompaña siempre en cargos claves desde su
llegada a Nueva Delhi en 2014.

Hoy Amit Shah, funge de Ministro del Interior, y en las sombras, se sabe, es el hombre
más poderoso del país, después de Modi. Shah, no solo dirige la policial de la capital,
sino que supervisa la inteligencia del estado. Desde donde ejecuta políticas represivas,
contra políticos de la oposición, periodistas y líderes de las comunidades religiosa, no
solo la musulmana, sino cualquiera que intente expresar una vos disidente como los
sikh, que, en los últimos años, líderes de esa comunidad, refugiados en el exterior
fueron asesinados. (Ver: India, cuando los Dioses matan a distancia) (Ver: India,
sicariato S.A.).
La influencia de Shah, no solo alcanza, para torcer la voluntad de jueces, sino que
también, con sus infinitos recursos, tanto diseña operaciones, como programar ataques
contra manifestantes, como los que sufrieron los campesinos, que el año pasado
llegaron a Nueva Delhi, a protestar por las nuevas leyes agrícolas. O de administrar las
“donaciones” qué poderosos industriales del país, deben hacer al BJP, las que, según
algunos medios indios, también aterrizan en sus cuentas particulares.
Otras de las funciones de Ministro del Interior, es responder, en presencia del propio
Primer Ministro, las preguntas, que algún osado periodista dispara contra Modi,
incomodando al premier. Quien hacía más de diez años no daba una conferencia de
prensa.
A partir del próximo día cuatro, no solo se espera que la Madre India, comience el
camino hacia una teocracia, sino que también, estará marcado por el fanatismo y la
muerte.
*Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en
África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook:
https://www.facebook.com/lineainternacionalGC.

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