Cuba. ¿Cuestión de instinto?

Por Yeilén Delgado Calvo. Resumen Latinoamericano, 26 de junio de 2023.

Se habla tanto del instinto materno que lo damos por científicamente probado y existente para todas las mujeres, y sobre esas creencias se construyen culpabilizaciones e inequidades de género en la crianza…

Si tratas de arrebatarle un cachorrito a la perra de casa, te enseñará los dientes. Si insistes en cargar el bebé recién nacido de otra mujer, notarás su incomodidad. Y la explicación vendrá muy rápido: el instinto materno.

Debido a él, dice la gente, las mujeres –mamíferas al fin– lo pueden todo: aguantan el cansancio, cuidan mejor que nadie (mejor que los hombres sobre todo) de su cría, renuncian a cualquier cosa en pos de su maternidad y están dispuestas a los sacrificios más impensados.

Dice la RAE que un instinto es el «conjunto de pautas de reacción que, en los animales, contribuyen a la conservación de la vida del individuo y de la especie». De los instintos no se tiene conciencia, existen y en base a ello se actúa».

Para que una conducta sea considerada instintiva debe ser innata (no precisar de un aprendizaje previo); fijada (tener lugar siguiendo unas pautas de comportamiento invariables y fijas); específica (ocurre siempre ante determinados estímulos internos o externos) y tener un sentido de supervivencia para el sujeto o sus allegados.

Pero si es así, cómo se explica que tantas mujeres nunca sientan la necesidad de ser madres; o que otras no experimenten un amor inmediato por sus hijos. ¿Por qué algunas se quitan la vida sumidas en una profunda depresión postparto, agravada por la falta de sueño? ¿Y por qué tantas profesionales se debaten en la angustia de no poder trabajar tanto y tan bien como quisieran, debido a que la crianza se los impide? ¿No debiera el instinto estar por encima de todo eso?

Según la ciencia, lo primero es tener en cuenta que no es lo mismo deseo que instinto. En el primer caso, los condicionamientos sociales juegan un papel determinante. Y como el rol de la mujer en el mundo moderno ha cambiado mucho, y su nivel de éxito ya no está directamente relacionado con cuántos hijos sanos puede dar, no todas sienten esa “necesidad” de maternar, ni la plenitud haciéndolo, lo que antes era mucho más generalizado.

No obstante, incluso sintiendo el deseo, luego del parto puede no aparecer esa felicidad instantánea, ni el amor todopoderoso por la criatura; porque para ello hace falta, además de la decisión consciente de traer una nueva persona al mundo, un parto respetado, con los tiempos necesarios, el contacto piel con piel, etc; es decir, todo lo natural, que muchas veces se vulnera en el caso de las mujeres.

Luego de un parto muy medicalizado o con violencia obstétrica, a muchas mujeres les pasa como a tantas mamíferas en el zoológico: solo piensan en sobrevivir, y no sienten esa conexión «divina» con el bebé.

En el artículo Esto dice la ciencia sobre el instinto maternal de la revista National Geographic, la eminente antropóloga Sarah Blaffer Hrdy, profesora emérita de la Universidad de California, explica que “todos los mamíferos hembra tienen respuestas maternales o ‘instintos’, pero esto no significa, como se suele asumir, que toda madre que dé a luz esté preparada automáticamente para cuidar de su descendencia. Más bien, las hormonas gestacionales preparan a las madres para responder a los estímulos de su bebé y, tras el parto, poco a poco, va respondiendo a las señales”.

En sus indagaciones, Blaffer ha descubierto también que los niveles de oxitocina que alcanzan las mujeres y hombres luego de conocer a un bebé cercano terminan por ser iguales, solo que ellos tardan un poco más.

Según reza la publicación, a la antropóloga experta en maternidad humana no  le resultan en absoluto sorprendente los aumentos similares de oxitocina, una hormona asociada con los vínculos maternales. Según ella, tanto las madres que dan a luz como las madres que adoptan deberían considerarse “madres biológicas”, basándose en los cambios que tienen lugar en sus cuerpos cuando se convierten en madres. “Ambas experimentan transformaciones neuroendocrinológicas similares, incluso en ausencia del parto o la lactancia”.

Para saber si los hombres serían capaces de experimentar también esas transformaciones neuroendocrinológicas en caso de poseer la responsabilidad y el mandato social de mantener con vida a un bebé (ese gran peso que experimentan las madres, aun con un padre presente) se han realizado estudios como el de Daphna Joel, neurocientífica de la Universidad de Tel-Aviv, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences,

Ella y sus colegas examinaron “si la ciencia podría distinguir la diferencia entre el cerebro del macho y el de la hembra en humanos. Por ejemplo, ¿eran las partes del cerebro asociadas generalmente con los sentimientos y la comunicación –cualidades que estereotípicamente se les dan mejor a las mujeres– diferentes o estaban más desarrolladas en los cerebros de las hembras?

“Descubrimos que ese no era el caso. Más bien, el cerebro de la mayoría de humanos está compuesto de un mosaico de rasgos singulares, algunos en forma de más habituales en mujeres que en hombres, y otros en forma de más habituales en hombres que en mujeres. Algunos mosaicos son habituales tanto en los cerebros masculinos como en los femeninos”.

Asimismo, un estudio de la Universidad de Saint-Etienne apunta a que madres y padres son capaces de distinguir por igual el llanto de su bebé y que esta capacidad no tiene que ver con el género, sino con el tiempo que se pasa con él.

Es decir, más allá de los procesos hormonales asociados al embarazo, al parto y la lactancia, la relación de la madre con el bebé no es algo instintivo, sino que se construye en base a la cercanía y la responsabilidad.

Las madres no sabemos por instinto si algo va mal con nuestros hijos de solo mirarlos, sino por el aprendizaje y luego de haberlos mirado, cargado, olido, y escuchado miles de veces. Y los sentimos despertarse en la noche porque sabemos que es nuestra responsabilidad atenderlos, y por eso nos empeñamos más en chequearlos en la madrugada si están enfermos.

Pocos hombres sienten esa presión, que muchas veces se expresa en juicios y valoraciones externas sobre el cuidado de los menores.

A maternar se aprende. No existen las madres desnaturalizadas, lo natural en la maternidad es muy poco, y casi todo lo inevitable. Convertirse en madre es un proceso cargado de decisiones y entrenamientos, de ensayos y errores.

Entenderlo así libera de culpas y también de paternidades mal ejercidas que se escudan en diferencias biológicas para preservar el privilegio de dormir bien y disfrutar la poca carga mental.

Diez verdades de la maternidad que nadie cuenta

Aunque sea cada vez más frecuente contar las verdades incómodas de un rol tan demandante como el de ser madre, todavía se romantiza en exceso y se calla lo que no es perfecto y lo insatisfactorio…

-Mamá, te voy a querer.

-Mamá, te voy a prestar los juguetes.

-Mamá, qué lindaaaa.

Es mi hija de tres años la que habla. El pecho se me llena de una dulzura caliente y honda cuando ella me regala muestras espontáneas de cariño. Y también cuando mi hijo viene corriendo y me ataca con uno de esos abrazos que en casa llamamos «rompecostillas».

Nadie lo dude, la maternidad está llena de momentos sublimes, que nos aportan inspiración, fe, fortaleza… según nuestras creencias o experiencias de vida.

Pero maternar es también muy duro: una labor de cuidado las 24 horas del día, con múltiples exigencias.

Durante mucho tiempo se ha romantizado al extremo este rol, borrando del debate público, y hasta privado, sus contradicciones, que son muchas. Pero cada vez más, en las últimas décadas, las voces de las madres se han levantado para contar que no todo es tan perfecto, que están cansadas, que los estereotipos en la crianza dañan.

Sin embargo, aún pareciera que para compartir los desafíos de maternar hay que excusarse diciendo que, no obstante, amamos mucho a nuestras hijas y nuestros hijos.

¿Será que el modelo de heroína que todo lo aguanta y todo lo sufre es tan fuerte que debemos pedir disculpas para decir que no somos tan heroicas ni queremos serlo?

Por eso este post va sobre las verdades de la maternidad de las que hablamos poco o casi nunca, y muchas de ellas, todas, la verdad, no son color de rosa. Cada madre de seguro tiene las suyas, basadas en su experiencia. Aquí van las mías, segura de que ustedes las enriquecerán.

1. La lactancia materna no se logra tan fácil y «natural» como parece.

De hecho, un considerable porcentaje de mujeres abandona la lactancia en los primeros meses por falta de conocimiento y asesoría; presión familiar, o dolencias como la mastitis.

Es necesario prepararse antes de parir, estudiar, saber los trucos, y las posibles dificultades. Lactar puede ser un verdadero desafío, uno tremendo en medio de la tormenta hormonal del posparto.

2. La falta de sueño de una madre puede ser muy frustrante.

Hay etapas. El primer mes de vida del bebé pudiera clasificarse como tortura. El cansancio que se llega a sentir es agobiante. Después, en dependencia de las características de esa nueva persona, se puede dormir más o menos, pero incluso las suertudas que tenemos hijos dormilones, sabemos lo que es dormir poco por fiebres, sábanas orinadas, llantos inexplicables en medio de la noche.

Hay que tener mucho aplomo para no perder la paciencia muerta de sueño en medio de la madrugada, sabiendo que, al otro día, inexorablemente, te levantarás temprano.

3. No volverás a ser la misma trabajadora.

Por mucho que una se esfuerce, lo cierto es que al tener hijos cambian las prioridades. Los escenarios pueden ser más o menos disímiles en dependencia de la ocupación, la red de apoyo, la salud de los niños… pero es un hecho que una madre tiene menos concentración (por estrés, por cansancio) y más ausencias (es increíble lo mucho que se enferman los niños pequeños).

Aunque las ambiciones profesionales sigan latentes, y se logren éxitos, sigue siendo frustrante la disminución obligada del ritmo, y también las incomprensiones, porque no todos los entornos laborales están preparados para asumir y acompañar las maternidades.

4. Establecer límites duele

Enseñar lo que está bien o mal no es cosa de coser y cantar para una madre. Usar voz firme, prohibir, establecer límites, es muy difícil cuando vemos una cara que hace pucheros o un llanto desconsolado.

Casi siempre un regaño nos duele más a nosotras que a ellos.

5. La «preocupación» latente

Aunque estén con su padre, con los abuelos, en el círculo… jamás dejamos de estar preocupadas, pendientes del teléfono por si nos llaman, asustadas por la posibilidad de cualquier desventura.

El miedo a veces empieza desde que los sabemos en la barriga, o al tenerlos en brazos, pero jamás se va, no hay interruptor para apagarlo. Aprendemos a vivir con él, a sobrellevarlo, pero es sin dudas una carga considerable, que transforma toda nuestra forma de entender la vida.

6. A veces hay ganas de salir corriendo

Que levante la mano la madre que nunca ha llorado escondida en el baño. Mocos, peleas, llantos, gritos, ropa por lavar, leche tirada en el piso, migas de pan en el sofá: el caos en su máxima expresión y nosotras con la sensación de que nuestras necesidades son las últimas a tener en cuenta, que los brazos ya no nos dan, que estamos aburridas y sobrepasadas, que no aguantaremos hasta que crezcan.

Sucede, y no pocas veces.

7. No estamos locas, la maternidad es el reino de la ambivalencia

Sí, queremos que crezca, pero nos da nostalgia ver el pijama que ya no le sirve. Necesitamos que duerma, pero si duerme mucho le ponemos la mano en el pecho para constatar que respira. Le pedimos que se calle un ratico, pero cuando enferma diéramos cualquier cosa por verlo gritar y destruir la sala.

Ansiamos que nos los cuiden, pero pensamos que nadie puede hacerlo tan bien como nosotras mismas. Queremos tiempo a solas, pero a solas los extrañamos a rabiar.

8. La culpa, esa amiga íntima.

Culpa porque los llevaste al círculo un día lluvioso, culpa porque no los bañaste una vez, culpa porque a lo mejor esa fiebre no es de un simple catarro; y porque estabas muy cansada para cocinar algo más saludable, y porque les gritaste, y porque estás de mal humor, y porque les presentaste un novio, y porque no juegas lo suficiente con ellos…

La culpa no nos abandona. A veces de verdad sirve para mejorar, otras, nos ata. No seremos nunca la madre perfecta, hay que perdonarnos, y hacer un poco caso omiso a lo que dicta la sociedad que debe ser una buena madre, porque esos zapatos no hay quien los llene, al menos no la mujer que quiere ser feliz. Y ya sabemos, madre feliz, hijos felices.

9. Ser madre es físicamente agotador.

Muchas cosas cambian en nuestro cuerpo con el embarazo, el parto y la lactancia. Para muchas mujeres es muy frustrante el proceso de reconciliarse con un nuevo peso, con senos que no son ni primos de los de antes, con manchas, estrías, cicatrices.

Y aunque ello nos importe poco, la realidad es que también quedamos con dolor de muñeca, de espaldas y con el cansancio generalizado y el desgaste físico que implica cargar, alimentar, bañar, alzar, correr, en una doble jornada de trabajo perenne.

10. Todas hemos dicho y hecho cosas de las que nos avergonzamos

Si a las madres nos grabaran con micrófonos y cámaras ocultas, ¡por dios, ¡qué diría la sociedad! Decimos cada barbaridad y después nos quedamos pensando: se me fue la mano. «Te voy a colgar de la tendedera», «me dan ganas de meterte de nuevo en mi barriga», «si sigues gritando vas a dormir en el balcón».

Para consolarnos, la verdad es que nuestros hijos casi nunca toman en serio estas advertencias, ni el amago de chancletazo, ni la amenaza de tirar los juguetes regados a la basura. Gracias a algún oculto poder saben que no vamos en serio, se siguen «portando mal», o siendo niños, que es casi lo mismo, pero eso ya sería la verdad # 11 y tengo que ir a serviles la comida a ya ustedes saben quiénes.

Fuente: Cubahora

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