Argentina y Latinoamérica: Aportes para el debate

Por OLP – Simón Bolivar / Resumen Latinoamericano/ 09 de Agosto 2015 .-   Dos organizaciones sociales y populares de Argentina redactaron un documento que han titulado «Aportes para el debate» y que abarca no sólo un análisis sobre la situación argentina sino también otro más general de la realidad latinoamericana.

 

En medio de la puja electoral, es bueno aprovechar el ruido que producen los silencios de los candidatos presidenciales sobre las cuestiones vitales para reflexionar sobre la situación actual y los caminos frente a los tiempos futuros.

Las elecciones dan la oportunidad de poner sobre la superficie, a flor de piel, las debilidades de las fuerzas revolucionarias del campo popular. No sólo no somos una alternativa, sino que ni llegamos a molestar a quienes expresan las políticas hegemónicas del sistema. El primer paso para modificar esto es no negarlo, ni caer en la autoproclamación y exitismo.

A continuación analizamos brevemente la situación de la región, realizamos un breve balance sobre los últimos 12 años de kirchnerismo, tampoco le esquivamos el bulto al problema de la relación con el Estado, al igual que damos nuestra visión sobre cómo atender las demandas populares sin caer en la integración al sistema con la vista fija en la construcción de una estrategia revolucionaria, para los tiempos que corren.

Una nueva realidad para América Latina

Los procesos de avance de las fuerzas populares iniciados en Venezuela a partir del Caracazo han entrado en un amesetamiento. Por ejemplo, los sucesos de diciembre del 2001 desplegados en nuestro país forman parte de dichos procesos. La irrupción, avance y muerte de Chávez -el punto más alto alcanzado por el progresismo de estos años- simbolizan los tiempos y la evolución de ese proceso.

El extractivismo (minería a cielo abierto, deforestación, monocultivo agrario) y la hegemonía del sector financiero son defectos centrales que se han mantenido durante este período. A través de estos dos mecanismos se escapó la posibilidad de transformar profundamente la economía en función de los intereses populares. Para colmo, la crisis del capitalismo de los países centrales, junto al crecimiento de las economías de los países emergentes, facilitaba la perspectiva de realizar cambios de envergadura. Por ejemplo, la notoria mejora del precio de las materias primas, principal producto de exportación de nuestras economías, permitía abordar esos cambios con escasos riesgos para nuestros pueblos. Con la excepción del caso boliviano, con Evo y algunas de sus positivas particularidades y en parte con la expropiación de la principal petrolera en Venezuela, transcurrimos sin aprovechar debidamente la  década de oro que tuvo la economía de la región.

Esta debilidad en el plano económico fue complementada por la ausencia de una construcción de poder popular, de poder del pueblo organizado. El avance de los Consejos Comunales en Venezuela es una valorada excepción. A nuestro entender, no alcanza con administrar el Estado, ni con ganar elecciones. El poder, para aquellos que pretendemos transformar profundamente la realidad, no yace en las herramientas construidas por nuestro enemigo (Estado, elecciones, etc). Se encuentra en la organización y el desarrollo de conciencia de nuestros pueblos. Esto no quita que demos la pelea en el terreno del adversario, pero entendiendo que esto no debe ser un componente fundamental de nuestra estrategia.

La reciente experiencia griega fortalece esta perspectiva: luego de que los griegos expresaran con contundencia en las urnas su rechazo al acuerdo con la troika europea liderada por Alemania, el primer ministro Tsipras terminó aceptando las condiciones de sus acreedores. Se trata de una clara demostración de que, sin un pueblo organizado, movilizado y consciente, no hay elección, ley o decreto capaz de enfrentar al capitalismo y al imperialismo.

Las respuestas de nuestros pueblos cansados del legado de las crisis previas, de gobiernos civiles y dictaduras, generaron la posibilidad de realizar cambios más profundos. Los gobiernos progresistas derrocharon las energías sociales y políticas que ofrecían la posibilidad de avanzar en organización y transformación concreta. Hoy en día esto se hace evidente cuando muchos de los gobiernos progresistas hacen concesiones a sus enemigos, creyendo que así evitarán su avance. A lo largo de nuestra historia, ha sido evidente el efecto contraproducente que tiene esa forma de actuar. Hubo temor a la efectiva y verdadera organización popular.

Se viene abriendo el camino a la decadencia de los proyectos progresistas, acompañados por una leve mejora de la economía yanqui y para colmo junto a la fragmentación y dispersión social y política del campo popular. Todo esto hace que sea muy complejo contener el avance de los sectores reaccionarios, inclusive dentro de las mismas filas de los gobiernos progresistas.

Esta realidad nos obliga a que nuestros esfuerzos esten dirigidos acrear organizaciones sociales, políticas, de frentes que unifiquen al campo popular en torno a ejes comunes para avanzar más rápidamente, ya que solo así en el mediano y largo plazo será posible la existencia de una nueva una oleada revolucionaria.

12 años de Kirchnerismo

Se están cerrando estos 12 años de kirchnerismo, que sin cambiar sus características de fondo, que se ha vuelto más sectario y radicalizado en el discurso pero menos eficiente en la gestión. En contrapartida, las fuerzas que aspiramos a cambios revolucionarias hemos sido incapaces de construir una verdadera alternativa. La mayoría de las organizaciones del campo popular se sumó al posibilismo oficial y prefirió el camino menos audaz y más sencillo de “hacer algo”, a las dudas, sinsabores y peligros de una construcción realmente transformadora.

Inscripto en el marco de los gobiernos progresistas que mencionamos en el apartado anterior, el período kirchnerista es una clara muestra de una década desperdiciada. Comparte con los procesos de la región las concesiones al extractivismo (el brutal incremento del cultivo de soja y sus “paquetes tecnológicos” es una prueba de ello), a la hegemonía financiera y en la mayoría de los casos a la falta real de construcción de poder popular. Los mayores ingresos por nuestros productos primarios no fueron utilizados para sentar las bases de un nuevo modelo productivo, más autónomo e industrializado. Por el contrario, creció la concentración y extranjerización de nuestra economía. Inclusive, la presidenta ha repetido en varias ocasiones que las empresas han hecho miles de millones de dólares durante sus gobiernos, como si esto fuese algo positivo.

No pueden considerarse seriamente como una base para el crecimiento industrial la soja molida y su exportación como harina o aceite. Muchos menos las ensambladoras automotrices y de electrodomésticos devoradoras de divisas y sostenedoras del trabajo industrial… extranjero. En lugar de reconstruir una industria ferroviaria capaz de producir las locomotoras, vagones, rieles, como lo hacíamos hace 65 años atrás. Ahora lo importamos por las urgencias políticas derivadas de una mala gestión. Inclusive traemos desde China los durmientes para el tren. Todo ello, por mencionar un ejemplo.

Algunas sustituciones de importaciones, particularmente en los primeros años, no alcanzan a modificar la matriz del tradicional modelo agro exportador, ahora con el agregado de la producción foresto-minera.

Los mayores ingresos fundados en el mejor precio de nuestros productos de exportación y el modelo imperante permitieron una ciertas redistribución del ingreso a favor de los trabajadores vinculados a las actividades exportadoras y los excluidos a través de generalizadas políticas asistencialistas. Sin embargo, la continuidad del histórico modelo agro-exportador no es capaz de generar los suficientes trabajos genuinos.

Para el modelo capitalista de nuestro país sobra gente. Ese déficit laboral fue encubierto mediante los planes sociales, trabajos en negro y empleos estatales de bajos ingresos. De esta manera queda un sector juvenil sin futuro, horizonte, ni lugar en el mundo. Las drogas y el narcotráfico, imposibles de alcanzar en su actual despliegue sin la complicidad del Estado, completan el panorama que genera el crecimiento de los problemas de inseguridad.

Todo ello gestó las condiciones para la multiplicación de las fuerzas de seguridad (estatales y privadas), que se fueron constituyendo en un empleo deseado. De ese modo se cerró uno de los círculos viciosos que promueve el sistema actual. La inseguridad – exacerbada por la política mediática – genera las condiciones para la construcción de más fuerzas de seguridad que, a la vez que contribuyen a encubrir la desocupación sirven para fomentar la naturalización de la represión.

La  persistencia de la masiva política asistencialista sin generación de empleo real es una de las claves del modelo kirchnerista. Trajo, con el paso del tiempo, varios problemas que aún no han sido resueltos. Ahora bien, desde el punto de vista económico contribuyó a sostener el consumo, que es a su vez una de las bases para mantener la demanda e impedir así que esta prolongada estanflación no terminará en algún estallido social.

Es real que en lo social, sirvió – especialmente en los primeros años- a reducir la pobreza. En lo político terminó al servicio de un entramado que fomenta y sostiene políticas clientelares, que han sido muy eficaces para el oficialismo. Así han transformado los derechos en concesiones del poder.

Este asistencialismo está sintetizado en el concepto de políticas inclusivas y se ha desarrollado con el aval y apoyo del denostado Banco Mundial. Como parte de la “Estrategia de Alianza de la República Argentina para el período de los años fiscales 2015/2018”, el Banco Mundial está transfiriendo este año la suma de 1.343 millones de dólares.

En conjunto con esta política económica, el kirchnerismo desplegó un discurso reivindicando la política y criticando al poder económico que le dio el halo de que estaba a la cabeza del cambio posible. Esto es así, particularmente entre los jóvenes y los más pobres. Mencionamos solamente algunos ejemplos demasiado evidentes que contradicen dicho discurso:

  • Más del 80% de las utilidades obtenidas por las firmas más grandes del país corresponden a empresas trasnacionales.

  • El gobierno nacional no ha tenido la menor intención de cuestionar la deuda externa ilegítima generada por la dictadura y ampliada por todos los gobiernos posteriores. Un ejemplo de esto es que el gobierno se comprometió a pagarle 3633 millones de dólares de intereses punitorios al Club de París sin siquiera cuestionar el origen de la deuda.

  • El gobierno compensó a los accionistas de la multinacional española REPSOL por 5 mil millones de dólares cuando se realizó la expropiación parcial de YPF.

  • Todas las automotrices instaladas en el país son 100% transnacionales: General Motors, Renault, Peugeot-Citroen, Volkswagen, Toyota, Ford, Fiat, Mercedes Benz, Iveco, Honda y Scania.

Con este conjunto de políticas -muy brevemente señaladas- el kirchnerismo vino en auxilio del viejo sistema restableciendo un equilibrio y gobernabilidad que habían sido cuestionados por la potencialidad de aquel ¡Que se vayan todos! del 19 y 20 de diciembre del 2001.

Organizaciones sociales y Estado

Durante estos últimos años la relación de las organizaciones sociales con el Estado, a través de sus diferentes gobiernos, ha sido una de las cuestiones más complejas en la práctica, aunque escasamente debatidas.

Por la cabeza de muchos habrá pasado la idea de que la cercanía de las organizaciones sociales al Estado producida durante el kirchnerismo terminaba con el fin del mandato de Cristina. El reciente anuncio de la creación de un Ministerio de la Economía Popular, efectuada en un acto de Daniel Scioli en el IMPA hace pocos días, reaviva la cuestión y nos indica que la discusión sobre el importante grado de integración de movimientos sociales al Estado y el sistema seguirá presente.

El Estado cuenta con un margen de autonomía relativa respecto al sistema económico, que le permite integrar subordinadamente al mayor conjunto posible de fuerzas sociales. Esto es política de Estado, y es así siempre que no afecte a los intereses económicos que expresa y que tal integración pueda ser absorbida sin que cuestione la hegemonía de los sectores dominantes. De esta manera logra encubrir las características explotadoras del sistema, sin que ello ponga en peligro su futuro.

Una respuesta práctica a estas cuestiones siempre es puntual y en su elaboración intervienen tres elementos que interactúan: Estado, economía y situación de las organizaciones sociales. A mayor fortaleza del Estado y del poder económico concentrado, mayores riesgos de absorción.

En el 2003, con un Estado desquiciado y un sistema económico maltrecho, propusimos desde la OLP una propuesta parecida a la del Ministerio de Economía Popular que reivindican los movimientos sociales. Se diferenciaba de la propuesta actual en que ella debía ser parte de una economía planificada y que el Estado (a modo de un IAPI creado durante el primer gobierno de Perón), compraría la producción de las estructuras autogestionadas que cumplieran con protocolos fijados. En aquel momento los movimientos sociales contaban con una fortaleza muy superior a la actual, su combatividad era superior a la actual y el clientelismo no estaba integrado como hoy en la cultura de sectores populares y sus organizaciones. Todo ello creaba condiciones para ir avanzando en caminos alternativos. Justamente por eso el kirchnerismo no aceptó impulsar aquellas ideas.

Hoy la situación es distinta. En el cierre del tema anterior mencionamos que el kirchnerismo consiguió su objetivo y restableció un cierto equilibrio y gobernabilidad del sistema. En lo económico, el sistema tiene cuerda para darse el lujo de consumir algunos recursos en el camino de cooptar voluntades y organizaciones a bajo costo. Es por eso que, en las señaladas condiciones actuales, entendemos que es más fuerte la  posibilidad de absorción que la de una construcción alternativa al sistema. Esa consideración entre lo que se gana y se pierde debe ser, en medio de esta relación entre Estado, economía y organización popular, la guía sobre el mejor camino a seguir.

Naturalmente que ello no implica negar el derecho y la necesidad de que las organizaciones sociales den la pelea por las reivindicaciones del sector donde se asientan. La mayor parte de esas reivindicaciones tiene que ver con decisiones estatales.

Por último es obvio que todas estas consideraciones están relacionadas con la propia estrategia que tengan esas organizaciones sociales. Estas dos últimas cuestiones serán consideradas a continuación.

Entre la respuesta a las demandas y la integración al aparato estatal

Es sabido que la inmensa mayoría de las organizaciones sociales está constituida por sectores que traen a cuestas una inmensidad de necesidades que hacen a la posibilidad de una vida digna. También es cierto que la mayoría de las mismas tiene su contraparte en políticas estatales.

Avanzar en la resolución de esas demandas sin caer en manos de las conveniencias políticas de las fuerzas que administran el Estado, ha sido y es una de las claves de la organización de las fuerzas populares y el avance real de perspectivas de cambios revolucionarios.

Hasta el Papa Francisco denunció, recientemente en Bolivia, que el sistema económico dominante a nivel mundial «ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los pueblos, y tampoco la hermana Madre Tierra». Al Papa le puede alcanzar con diagnosticarlo y denunciarlo, a nosotros no. En el camino de resolver el problema de aquello que “ya no se aguanta” nos encontramos con una tensión.

Ella se da en la medida que los campesinos, trabajadores, villeros, los excluidos de todo tipo, los que efectivamente “ya no lo aguantan” necesitan de respuestas más o menos inmediatas. Allí viene el Estado, que es la forma más visible del sistema, en la figura de algún funcionario o puntero y nos dice, de una manera que contemple modos menos brutales: “Voy a resolver su problema, pero necesito que estén de mi lado”. Esto, más allá de las prebendas personales, constituye la esencia de la cooptación estatal.

¿Qué hacer?

Dado que es imposible imaginar una respuesta general para todos los casos habidos y por haber, es importante tener presente algunas cuestiones que ayuden a resolver estas disyuntivas.

En primer lugar cabe hacer la distinción entre las organizaciones que centran su accionar en los aspectos reivindicativos y inmediatos de aquellas que tienen como eje las respuestas políticas.

Para las primeras su razón de ser es lograr que las demandas de sus integrantes sean satisfechas en lo inmediato. Dado que ello -directa o indirectamente- depende del Estado, su relación con el mismo es imprescindible. Aquí la medida para evitar la cooptación estatal es que el logro de tales reivindicaciones no impliquen compromisos de solidaridad o identificación con dicho Estado. La formación de sus dirigentes, la información para el conjunto de ese colectivo de los intereses económicos y estatales en juego, facilitarán una mejor respuesta. La vinculación de la dirigencia de la fuerza reivindicativa con alguna organización que tenga objetivos revolucionarios, debería ayudar a esa tarea.

Las organizaciones político-sociales contribuyen a la cooptación estatal o luchan contra ella, dependiendo de la estrategia que adoptan. Ese será el último punto de estas reflexiones.

Una estrategia revolucionaria para estos tiempos

Se puede decir que, en términos generales y en la práctica, hoy en día no existe una estrategia del campo revolucionario. Está reducida a palabras que decimos pero que carecen de una práctica consecuente. Esto es así más allá del sacrificio y la buena intención de miles de compañeros. La cuestión de fondo es que ante la falta de esa estrategia revolucionaria, para la mayoría sólo queda el Estado como herramienta para contribuir a avanzar en la resolución de las demandas de quienes serían los agentes del cambio. Así es como sólo queda, dentro del espectro de lo posible, el recurso de pelear en la interna estatal y ver de qué manera, desde allí, resolver los problemas que existen en el seno de nuestro pueblo.

Esa relación con el poder estatal pasa a ser la forma que suele verse como factible para construir el poder del pueblo. En realidad se trata del poder del pueblo que el Estado está dispuesto a aceptar. Esto termina de redondearse con la idea de que, en la inmensa mayoría de los casos, se trata de una competencia por ver quién ocupa ese lugar y realiza con mayor eficacia las tareas de cooptación de quienes quedaron afuera o están merodeando en las proximidades.

Esto es un problema pero es lo que está pasando en los tiempos que corren. Es un problema ya que el Estado ha sido y sigue siendo la herramienta del poder económico para organizar las fuerzas de seguridad, para propagandizar las ideas del sistema a través del sistema educativo y los medios que dispone, para reprimir la organización independiente del pueblo.

Si lo dicho es más o menos cierto, queda claro el rol que desempeñan las elecciones. Parece que poco importa que la democracia representativa sea una trampa. Una forma a través de la cual un grupo se apropia de la soberanía del conjunto y… casi siempre la utiliza en favor suyo personal o de su círculo, llámese corriente política, agrupación o Partido. Se trata de acceder a un cacho, grande, chico o mediano del aparato estatal y punto. Cuando nos encontramos, como ahora, frente a un proceso electoral de recambio presidencial, esto se agudiza al extremo.

Como no hay forma, lugar, ni aparentes razones para debatir sobre una estrategia, la cuestión se dirime en torno a este vínculo con el Estado y las relaciones a establecer. Cada uno (persona u organización) las entiende como le parece y obra en consecuencia, desde el pequeño lugar en el que diversas circunstancias lo han instalado. La visión de conjunto y las perspectivas de mediano plazo son palabras que no se dejan escuchar, las ofertas de campaña y las promesas las dejan inaudibles. No se debaten, ni se plantean las formas a través de la cual construir poder propio para cambiar la realidad.

Esta realidad nos deja sin la posibilidad de una organización revolucionaria que sostenga la esperanza del cambio. Pero también sin respuestas para las demandas de quienes podrían y deberían ser los sujetos del cambio al que aspiramos. Resolver el problema de “organización revolucionaria” “dando cuenta de las demandas de quienes serían los sujetos de tales cambios”, es la clave. Quien construya el martillo que golpee eficazmente sobre ese clavo, aferrara realidad y revolución y se hará acreedor a conducir la próxima oleada revolucionaria.

En este camino hay dos tareas pendientes que posiblemente nos lleven en la dirección deseada.

Una, está referida a la necesidad de una estrategia a largo plazo que dé cuenta de la crisis del progresismo en la región. Que sea capaz de ir encaminando una nueva ética política, social y organizativa que ocupe la vacante que estamos vislumbrando.

Entendemos que esta idea tiene mucho que ver con la perspectiva de ir construyendo el poder del pueblo. Resistir construyendo a partir de la consigna del “ya no se aguanta” construir las alternativas propias sobre la base de los intereses y necesidades populares, en materia de: salud, vivienda, trabajo, cultura popular, educación. La perspectiva es hacerlo contando más con el esfuerzo propio, con mayor autonomía y distancia respecto del Estado. Allí se deberán ir prefigurando las formas socialistas del futuro.

Esto que parece un sueño imposible, debemos transformarlo en imprescindible.

A partir del consenso sobre los ejes de una estrategia común, la otra tarea insoslayable, en un futuro no lejano, es la construcción de una organización revolucionaria. Un lugar desde el cual se piense y desarrolle esa estrategia. Al sistema (capitalista) no lo vamos a enterrar con buenas intenciones. Por más que “ya no se aguanta”, aquí se han señalado algunos elementos que nos indican que aún cuenta con fuerza para mantenerse y reproducirse.

Naturalmente que esa Organización deberá ser sencilla, abierta y flexible pero deberá contar con reglas suficientes para organizar sus debates, los objetivos a alcanzar y sus formas de construcción. Para iniciar este camino parece necesario encontrar un lugar para este debate, entre aquellas organizaciones que acepten la importancia de este déficit. Su objetivo central giraría en torno a la necesidad de encontrar puntos de articulación entre las respuestas a la depredación imperialista, las políticas reivindicativas de los sujetos del cambio y una estrategia revolucionaria.

9 de agosto

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