La Gran Guerra Patriótica

Germán Duschatzky/Resumen Latinoamericano, 21 de mayo de 2015 – El pueblo soviético no eligió hacer la guerra. La artera invasión alemana, en junio de 1941, inició una inédita matanza que terminaría cuatro años después. Esta fue la tragedia que significó la Segunda Guerra Mundial: un total de 60 millones de muertos. 27 millones de soviéticos fueron víctimas fatales de la más desgarradora página escrita durante la historia del capitalismo, que aún no acaba y siempre deja su marca indeleble impresa con la sangre de los pueblos.

De los 27 millones de soviéticos que perdieron la vida durante la Guerra, más de 10 millones lo hicieron siendo parte del Ejército Rojo. 3,5 millones fueron ejecutados siendo prisioneros de guerra en manos de las tropas alemanas de la Wehrmacht. El pueblo era el ejército y el ejército era el pueblo, la resistencia era la tarea asumida por la totalidad de los hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, que se pusieron el destino de la Revolución sobre sus hombros y lo defendieron con sus vidas, en combate, cavando trincheras o en las fábricas.

La Segunda Guerra Mundial fue una tragedia para la humanidad, una masacre para los pueblos, el drama de familias desgarradas, historias truncadas por desolación y muerte. La Gran Guerra Patriótica fue el nombre de la resistencia hasta la victoria del pueblo soviético contra la invasión y la barbarie alemana.

Escribir hoy sobre la Gran Guerra Patriótica implica asumir, de movida, que el lector está influenciado por la cultura hegemónica. La intención no es abrumar con números, sino dar una idea de lo que significó cada uno de los hechos significativos de esa tremenda guerra. Tal vez, las ideas que promueven las películas de Hollywood y los documentales gringos puedan ser contrastadas con estos hechos.

La Revolución proletaria que protagonizó el pueblo ruso en 1917, y que tenía a Vladimir Ilich Lenin como principal referente y líder, fue una epopeya: la puesta en marcha de la primera experiencia socialista en un mundo que se debatía en guerras imperiales donde las potencias capitalistas se disputaban el predominio y la expansión de sus mercados.

La guerra civil, entre el Ejército Blanco -zarista- y el Ejército Rojo -bolchevique, comandado por Lev Trotski-, se prolongó hasta 1923. En 1917, año de las revoluciones de Febrero y Octubre, hitos fundantes de la experiencia soviética, hacía tres años que el pueblo ruso padecía la catástrofe de la Primera Guerra Mundial.

Es decir, entre 1914 y 1923, el pueblo ruso vivió en guerra sin interrupciones hasta consolidar el primer Estado proletario y socialista de la Historia.

El nacimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en 1922 (Rusia, Transcaucasia, Ucrania y Bielorrusia), no tenía perspectivas de paz. El hostigamiento permanente de la Europa Occidental, imperial, tambaleante tras la Primera Guerra Mundial, con el fantasma de la revolución proletaria brotando sobre sus ruinas, auguraba un pronto reinicio de hostilidades. También desde el Este: el Imperio de Japón amenazaba a la Revolución Bolchevique; en 1931 ocupó Manchuria y en 1939 fue derrotado por el Ejército Rojo en la Batalla de Jalkin Gol.

Rusia tuvo que ceder, para proteger el frente externo y consolidar la Revolución, entre 1918 y 1920, la independencia de Finlandia, Lituania, Letonia y Estonia; también tuvo que entregar parte de Bielorrusia y Ucrania a Polonia, bajo la intensa presión de Gran Bretaña y Francia.

El Ejército Rojo, nacido del fulgor del pueblo soviético rebelde y las ruinas del Ejército zarista, al poco tiempo de existir contaba con cinco millones de soldados mal equipados y escasamente pertrechados. El apoyo de Turquía, Gran Bretaña y Checoslovaquia al Ejército Blanco explica en buena medida la extensión en el tiempo del conflicto bélico interno, sobre un territorio inabarcable. El costo del prolongado estado de guerra y el tamaño de los ejércitos, recayó sobre todo en las espaldas del campesinado ruso, que, si bien en su mayor parte fue revolucionario, se vio forzado a suministrar soldados y alimento para ambos bandos.

El atraso tecnológico e industrial soviético impuso los objetivos urgentes e inmediatos de la Revolución que, a partir de 1927, fue dirigida con marcada centralidad por Joseph Stalin, una de las más controvertidas y determinantes figuras de la historia contemporánea. Además de la urgencia por el desarrollo de la industria pesada en una patria desgarrada por la guerra, el Ejército Rojo, poco antes de la Segunda Guerra Mundial, debió remontar otra dificultad: la “Gran Purga” orquestada por Stalin contra figuras del Partido y el Ejército entre 1936 y 1938, dejó a la Unión Soviética con una alarmante escasez de altos mandos (el 90% de los mariscales, comandantes, generales y almirantes fueron juzgados y extorsionados para aceptar su culpabilidad y así salvar la vida de sus familias, o se inmolaron contra la todopoderosa represión orquestada por Stalin).

Hitler llegó al poder en 1933, en la Alemania de la República de Weimar, asfixiada bajo la derrota prolongada que le propinó el Tratado de Versalles tras la Primera Guerra Mundial. Su vertiginosa carrera a la Cancillería contó con el apoyo de centristas y nacionalistas, los partidos de la derecha en el Reichstag (parlamento), que temieron un acuerdo entre la socialdemocracia y los comunistas que hubiera permitido un gobierno de marcado perfil proletario. Pero nada se definió por los votos. El incendio del Reichstag (una operación de Hitler para responsabilizar al Partido Comunista de Alemania y llamar nuevamente a elecciones), la posterior expulsión de los comunistas del parlamento (hechos prisioneros en campos de concentración) permitió a Hitler concentrar todo el poder en sus manos, desplazar al Reichstag y convertirse en el Führer.

Violatorio del Tratado de Versalles, el rearme alemán se produjo en un tiempo récord, financiado por bancos norteamericanos y bajo la mirada pretendidamente distraída de las potencias europeas. Hitler aparecía para la Europa Occidental como una buena jugada para poner en jaque a la Revolución Bolchevique.

El crecimiento de la deuda del Tercer Reich sólo tenía como destino (y sólo podría licuarse con) la guerra. La guerra, estaba declamado por Hitler al menos desde 1925 y fue manifiesto durante el Tercer Reich, tenía como objetivo la conquista del espacio vital Alemán y la reconquista del territorio perdido. Esa aventura tenía como única dirección el Este, y contaba, por lo tanto, con la aprobación ventajera de las potencias europeas.

De hecho, la Guerra Civil Española, entre 1936 y 1939, fue un escenario previo a la Segunda Guerra Mundial que dejó en evidencia cómo era el conflicto que se avecinaba: sobre el fascista bando nacional, los nazis derrocharon el armamento que, tras cuatro años de rearme, ya era el mayor de Europa. La Unión Soviética y los antifascistas del mundo apoyaron activamente al bando republicano. Gran Bretaña y Francia se abrazaron a la política de “no intervención”. La masacre sobre el pueblo español y la reafirmación del capitalismo en España fueron un triunfo para occidente y el fascismo.

No fue el acuerdo Molotov-Ribbentrop (entre la URSS y Alemania) el que definió cómo sería la Segunda Guerra Mundial. Con ese pacto, de agosto de 1939, los soviéticos buscaron la postergación del inicio de las hostilidades, tras intentar, sin éxito, durante meses un acuerdo de defensa mutua con Gran Bretaña y Francia. El Pacto de Munich, un año antes (durante la Guerra Civil Española), entre Gran Bretaña, Francia y Alemania, había puesto en evidencia la voluntad de las potencias europeas de alentar la expansión de la Alemania Nazi hacia el Este, inicialmente sobre Checoslovaquia, con el objetivo de poner fin a la Revolución Bolchevique.

Pero el proyecto oportunista de Francia y Gran Bretaña duró poco. En 1939, tras anexarse Austria y Checoslovaquia con la anuencia de las potencias occidentales, en septiembre Alemania invadió Polonia. 16 días después, la Unión Soviética hizo lo propio desde oriente, con el fin de consolidar su zona de influencia en la desgarrada Polonia. Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania.

En 1940 Alemania invadió y ocupó Bélgica, Luxemburgo, Países Bajos y Francia, con la venia y simpatía de fuertes sectores de poder locales y frente a la resistencia de sectores comprometidos con el destino de su Pueblo. Esas resistencias tomaron en muchos casos la forma de guerrillas partisanas y sostuvieron una guerra irregular de resistencia contra la ocupación alemana hasta el fin de la guerra. En Francia, a la invasión Nazi-Fascista le costó 40 días obtener el triunfo de junio de 1940. 500.000 franceses pasaron a formar parte del Ejército del Eje. Luego, Alemania realizó el Blitz, bombardeo sostenido a Gran Bretaña que ocasionó casi 45.000 muertes civiles entre septiembre de 1940 y mayo de 1941, con el objetivo de desestabilizar al gobierno británico.

En junio de 1941 comenzó la campaña denominada “Operación Barbarroja”: el ataque simultáneo alemán por la extensa frontera occidental soviética, desde el Ártico hasta el Mar Negro. Este ataque se produjo sin declaración de guerra previa y violando el acuerdo Molotov-Ribbentrop.

Alemania se reorientó definitivamente hacia el Este, donde sus divisiones superaron casi por 4 a 1 a sus fuerzas en Europa occidental (607 a 176).

El Ejército Rojo, gracias al intenso desarrollo de la industria pesada, contó con el armamento necesario para enfrentar a la Wehrmacht y equipar sus diez millones de soldados. Entre esas armas, el T-34, un tanque que se empezó a construir en 1940 y que para 1943, mejorado, se producía en una cantidad de mil por mes, fue vital para las victorias de Stalingrado y Kursk y para la contraofensiva de 1945. El subfusil PPSh-41, del cual se produjeron seis millones de unidades durante la guerra, por su maniobrabilidad y fácil reparación, fue el arma fundamental para la superioridad soviética en el combate urbano y en los bosques soviéticos.

Las ciudades rusas fueron la tumba de las ambiciones del Tercer Reich. Entre ellas, Stalingrado se destaca por haber sido el escenario de una batalla de 7 meses: un triunfo para la humanidad ganado por el sacrificio sin límites del pueblo en una ciudad cercada durante el implacable invierno ruso. Su resultado, consolidado por el triunfo inmediato posterior en Kursk, fue el inicio del avance del Ejército Rojo sobre la Wehrmacht (ejército alemán), a lo largo de 2700 kilómetros, durante más de dos años, cuyo resultado fue la liberación de Europa, hasta Berlín.

Leningrado, ciudad ubicada en el extremo oriental del Mar Báltico, estuvo sitiada durante casi 900 días, entre 1941 y 1944, y no pudo ser vencida gracias al combate y el compromiso de toda la población. Se calcula que murieron 1,2 millones de civiles (casi la mitad de la población de la ciudad que vio nacer la Revolución Bolchevique en 1917), la inmensa mayoría falleció a causa del hambre. Además, un millón de soldados soviéticos perdieron la vida o fueron prisioneros en los combates. La Wehrmacht perdió cerca de 750 mil soldados.

Moscú fue escenario de una batalla duró 194 días, entre septiembre de 1941 y abril de 1942. La victoria soviética frustró los objetivos de la Operación Barbarroja. El involucramiento de toda la población, la concentración de las principales divisiones y la necesidad estratégica de proteger la capital, dieron como resultado el repliegue alemán tras el crudo invierno. Durante esos tres meses, murieron 700 mil soviéticos y 250 mil soldados de la Wehrmacht. La batalla involucró a cerca de cuatro millones de soldados. El Ejército Rojo se fortaleció trasladando tropas desde el Frente Oriental y con la estrategia desarrollada por Zhukov, que había sido confinado a la defensa de Leningrado tras diferenciarse de la estrategia planteada por los altos mandos soviéticos. Convocado a la defensa de Moscú, fue clave para remontar las derrotas de septiembre y octubre de 1941, que habían dejado a las fuerzas invasoras en las puertas de la capital. Luego el Ejército Rojo pasó a la resistencia y la contraofensiva de diciembre, que sepultó las aspiraciones del Eje de una rápida conquista de Rusia tras la frustrada caída de Moscú. El Mariscal Zhukov, que ya había tenido un destacado rol en la victoria contra el Imperio de Japón en Jalkin Gol en 1939, a partir de aquí es clave en las estrategias soviéticas, tanto en Stalingrado, como en Kursk y en la contraofensiva, hasta la toma de Berlín.

Stalingrado fue el escenario de la historia que figurará como la más heroica resistencia y victoria contra la ocupación Nazi. Se desarrolló entre agosto de 1942 y febrero de 1943 e involucró a toda la población en condiciones de combatir. Un millón de civiles y otro millón de soldados brindaron la vida. Esta victoria, sumada a la Batalla de Kursk (en julio de 1943, la batalla con tanques más grande de la historia y la primera victoria soviética en verano durante la Gran Guerra Patria) marcó el inicio de la retirada definitiva de Alemania y la ofensiva del Ejército Rojo, qué terminaría el 30 de abril de 1945 con la toma del Reichstag y la victoria en Berlín, tras la liberación de Europa.

El Ejército Rojo no bombardeó poblaciones civiles durante la guerra. Después un 1944 de consolidación de la victoria en territorio soviético y húngaro, entre el 12 de enero y el 2 de febrero de 1945, el Ejército Rojo conquistó fulminantes victorias en territorio polaco y colocó su primera línea a 70 kilómetros de Berlín. En el camino, la liberación de Varsovia, entre el 14 y el 17 de enero, encontró una ciudad intencionalmente destruida por la Wehermacht cinco años antes. Los días siguientes a su liberación, miles de refugiados volvieron a poblar y reconstruir a la capital polaca en ruinas. El 27 de enero, el Ejército Rojo liberó el emblemático campo de concentración de Auschwitz, donde se calcula que fueron ejecutadas más de un millón de personas trasladadas desde toda Europa (principalmente húngaros y polacos). La inmensa mayoría eran judíos, aunque también hubo prisioneros políticos, gitanos y testigos de Jehová. Desde 1942 hasta noviembre de 1944, los cautivos fueron asesinados en cámaras de gas. Frente la proximidad de la llegada del Ejército Rojo, las SS, antes de huir, fusilaron a casi todos los prisioneros que quedaban vivos.

Estados Unidos ingresó en la guerra tras el ataque japonés a la base naval de Pearl Harbor, Hawai, en diciembre de 1941, donde murieron casi 2.500 estadounidenses. A partir de allí se centró en la conquista y consolidación de posiciones en el Océano Pacífico. Su papel durante la guerra en Europa tiene su hito en la Batalla de Normandía, desde el Día D (6 de junio de 1944) hasta agosto de ese mismo año. En esa batalla, importantísima, los Aliados sufrieron algo más de 225 mil bajas (la mitad eran norteamericanos) y los alemanes perdieron 450 mil soldados (de ellos, 210 mil fueron capturados). Los 120 mil soldados que perdió Estados Unidos en Normandía representan más de la mitad de los 220 mil que cayeron en toda la guerra. Del otro lado del mundo, las bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos en Japón, sobre Hiroshima y Nagasaki, produjeron 250 mil víctimas. La abrumadora mayoría eran civiles, al igual que en los bombardeos de Tokio, que dejaron un tendal de más de 100 mil muertos indefensos.

El asedio del Ejército Rojo a Berlín comenzó el 16 de abril de 1945 con tres frentes agrupados en el Sur y el Este de la capital alemana (Primer Frente Bielorruso, Segundo Frente Bielorruso y el Primer Frente Ucraniano). El 30, las fuerzas soviéticas ocuparon casi toda la ciudad y el Reichstag. Ese mismo día, Hitler se suicidó, aislado con su mujer, Eva Braun, y escasos colaboradores de confianza en su búnker. El 2 de mayo terminaron los combates tras la rendición alemana en la capital. 100 mil soldados alemanes cayeron en la batalla, 80 mil soviéticos y 22 mil civiles. El 8 de mayo, la guerra en Europa concluyó formalmente con la capitulación alemana en Rhemis, Francia, ante los aliados occidentales.

El definitivo cierre de la Segunda Guerra Mundial se concretó el 9 de agosto de ese año, con la rendición japonesa tras las dos bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos sobre las ciudades Hiroshima y Nagasaki, contra la población civil. Estos actos habrían significado crímenes de guerra si Estados Unidos no hubiese logrado el objetivo que persiguió con tan nefasto acto: prefigurar un nuevo orden mundial con Estados Unidos como potencia hegemónica en Occidente.

A partir de 1945, la humanidad avanzó hacia una nueva configuración global, definida principalmente por la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Con esa confrontación como marco, la historiografía y la propaganda occidental, con predominio norteamericano, tendió a la tergiversación intencional del desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. No sólo el rol del pueblo de la Unión Soviética, cuyas víctimas representan casi la mitad de todos los caídos en la Guerra, fue subestimado; también las razones de la guerra fueron desdibujadas. El rol de la burguesía alemana que promovió el rearme y la guerra apoyado financieramente desde Estados Unidos fue ignorado. Buena parte de las empresas que se consolidaron durante la guerra aún existen: Mercedes-Benz, BMW, Siemens, Deutsche Bank y Volkswagen, entre otras. El pueblo judío, una víctima indiscutible del odio Nazi, fue destacado como objetivo exclusivo de las SS, con el fin de desideologizar un conflicto armado que tuvo como principal fin la extinción de la experiencia de la Revolución Proletaria que nació en la Unión Soviética y se propagó por toda Europa en la década del 30′, poniendo en jaque a las democracias burguesas desde las organizaciones de masas y los partidos de izquierda.

Sin embargo, la Historia sigue viva. Hoy, tras la caída de la Unión Soviética y décadas de discurso único, el debate vuelve a estar abierto. La epopeya de la Gran Guerra Patriótica amanece para occidente a través de las grietas que dejan las mentiras norteamericanas que se repiten por el mundo para promover guerras que beneficien a sus inversiones e intereses estratégicos. El planeta se mueve hacia un nuevo equilibrio entre poderes mundiales. Los pueblos, que siempre guardan las heridas de la historia en la memoria colectiva, son herederos de aquélla misma lucha.

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