Un libro que dará que hablar: «Subversión feminista de la economía. Aportes para un debate sobre el conflicto capital-vida”

Luis Delgado Zorraquino, corresponsal de Resumen Latinoamericano en Río de Janeiro – El libro ,  ha sido escrito recientemente por Amaia Pérez Orozco, doctora en economía y  activista en movimientos sociales y feministas. La editorial Traficantes de Sueños tiene la honra de su publicación.

El libro nace en torno al debate social desatado durante los últimos acontecimientos de la  llamada crisis financiera en los países de la Unión Europea y en concreto en España. Un debate social que tuvo su lugar a partir del 15 de Marzo de 2011, en el ágora de las plazas de las ciudades españolas, invadidas por las multitudinarias manifestaciones y por las asambleas espontaneas de los “indignados” ciudadanos.

Sin duda, la propuesta de este libro es radicalmente atrevida y sugerente, proponiendo la urgente necesidad de la confluencia de las miradas críticas al actual estado de cosas. Pero sobre todo, que en nuestro “anticapitalismo”, no quede desplazada la crítica feminista y viceversa. Que, si la lucha no es también contra el “heteropatriarcado”, no hay forma de horadar esa “Cosa escandalosa” que habitamos. ¿Cómo mostrar que la maldad empresarial y el privilegio masculino están íntimamente conectados?

Así, la autora comienza a desgranar la realidad socioeconómica en la que estamos inmersos, una realidad que va más allá de la más reciente crisis financiera, lo que nos coloca ante una crisis civilizatoria. Una  crisis anterior a la de Estados unidos en 2007 por el impago de las subprime o de las hipotecas basura. donde ya entonces confluían una crisis ecológica global, una crisis de reproducción social en el Sur  y una crisis de cuidados en el Norte.

Las causas fundamentales de tal degradación social hay que buscarlas en primer lugar en esa “Cosa escandalosa” con la que la autora cita a la sociedad de mercado capitalista, al neoliberalismo globalizado, a lo que ella también llama en sus origines de “teocracia mercantilista”. El capitalismo salvaje heredero de  la revolución industrial y del proyecto modernizador occidental.

Esa “Cosa escandalosa”, definida como heteropatriarcal, androcéntrica, antropocéntrica y neo-colonial y racista. Donde la vida del sujeto privilegiado de la modernidad, en general, varones, adultos, blancos, burgueses  y heterosexuales, se sobreponen sobre la amplia y diversa realidad del resto de los mortales, sea desde el punto de vista de las clases sociales ,los pueblos y étnicas, el color de la piel, el sexo, el género, etc.

Teocracia que según su propio entendimiento de la crisis, impone la inevitabilidad de recuperar primero el buen funcionamiento de las instituciones financieras para poder luego sanear el resto de la economía. Esto pasa por corregir el mal funcionamiento del Estado obligándole a la socialización de la deuda privada de las grandes empresas  e instituciones financieras y a retirarse de su función de prestador de servicios públicos esenciales.

Una teocracia mercantil donde el padre de la economía clásica  Adam Smith, nos dice que las mujeres, que no son sujetos económicos, deben ser altruistas y dedicarse por completo a la familia. Así pues, las mujeres habrán de asumir obligatoriamente la realización de los citados trabajos de los “cuidados”, de los trabajos de “reproducción” de la vida. Los históricamente asignados y los nuevos que la crisis incorpora.

Causas y responsabilidades de tal situación, también compartidas por el denominado por la autora de “Estrabismo productivista” de la clase obrera y de las ideologías vinculadas a ella. Que consideran la contradicción capital-trabajo, como la base fundamental para enfrentar  y entender el conflicto social oriundo de esa “Cosa escandalosa”. Un conflicto que precisa de un Estado de bienestar actuando como colchón amortiguador de las contradicciones del sistema.

Para el Estrabismo productivista, con la socialización de la deuda asumida por el Estado la crisis bancaria pasa a ser una crisis fiscal y una crisis de la economía real con muy altos costes sociales y económicos.

Pero al compartir con la teocracia mercantil el tendente a lograr la aspiración máxima del pleno empleo de calidad y la recuperación de las tasas de crecimiento económico. El estrabismo aparece cuando la apuesta política sigue dando por hecho su anclaje en los mercados capitalistas y la apuesta por una recuperación de la actividad económica real mediante la intervención pública, reconociendo el nexo lineal e inevitable entre empleo, salario y bienestar.

Por otra parte, los filosofos marxistas tenían su propia interpretación sobre la valoración social de los trabajos femeninos dedicados a la reproducción. Para Karl Marx en El capital, existía un trabajo específico de reproducción, pero como estaba fuera de la relación capitalista, no merecía atención. De este modo, el ámbito fuera de la producción no es economía y la actividad que se da en ese ámbito no es trabajo. Y aquí también, los clichés se repiten, tanto a nivel material como simbólico: El trabajador asalariado, cabeza de familia, ganador del pan, barón, adulto, heteropatriarcal, androcéntrico, antropocéntrico… Y las mujeres (excepto las compañeras obreras), a sus tareas invisibles y sin salario.

Continuando con la explicación de la crisis y analizándola desde el punto de vista de la sostenibilidad de la vida, se puede hablar de crisis cuando los procesos que regeneran la vidas se quiebran o se ponen en riesgo. Así vista, la crisis es multidimensional, profunda y anterior a 2007. Lo que sucedió entonces fue más bien un estallido financiero.

Frente a la narración grandilocuente y autocomplaciente ante la euforia financiera de los últimos años y de la promesa del desarrollo para todos, hacíamos otra lectura. A nivel global y planetario la denuncia de una profunda crisis ecológica. En el Sur global también se denunciaba las consecuencias de la imposición de severas medidas neoliberales y la histórica dependencia neo colonial.

Y en el Norte global, se denunciaba la crisis de una dimensión concreta de la reproducción social, los cuidados, que mostraba el mal encaje entre la preeminencia de la lógica capitalista y la vida cotidiana. Y se comenzaba a denunciar una crisis de salud: Una crisis de los cuerpos que enferman, contaminados, agotados, exhaustos ante la imposición de un modelo en el que por encima del bienestar de las personas se sitúa la búsqueda de beneficio.

La perversión está en el proyecto modernizador y su modelo de desarrollo y que no teniendo marcha atrás debe ser una opción histórica y política que podemos transformar. El problema a solucionar no es cómo recuperar los índices bursátiles, ni siquiera las tasas de empleo, sino cómo salimos del desarrollo y hacia dónde vamos.

Continuar, añadiendo a este panorama, la visión crítica ampliada, desde el ecologismo social  y su denuncia a nivel global de una profunda crisis ecológica que colocaba en riesgo la  sostenibilidad de la vida, la existencia de la humanidad  en el ecosistema de la biosfera de de Gaia.  Crisis en la que confluían diversos y gravísimos procesos entre los que destacar  tres fundamentales: el cambio climático, la pérdida de la biodiversidad y el agotamiento de los recursos naturales (con especial gravedad, el pico del petróleo).

Una crítica radical al citado proyecto modernizador, desde el punto de vista de la imposibilidad del crecimiento ilimitado de la producción y del consumo. Mas también marcando las grandes diferencias entre la huella ecológica y social entre el Norte y el Sur.

Diferencias estas, sustentadas en la constatación de la continuidad del  neo-colonialismo, en la denuncia en el Sur global de la imposición de severas medidas neoliberales y en un sentido más amplio, toda una historia de geopolítica neo-colonialista que había derivado en duras crisis de reproducción social, en las cuales el sostenimiento de la vida en su doble dimensión material y emocional se volvía incierto o imposible. Con este concepto amplio abarcábamos procesos de muy diversa gravedad: desde profundas crisis alimentarias (crisis de muerte), a la imposibilidad de acceso a la salud o a la educación, los procesos de empobrecimiento, las expulsiones de la tierra, las migraciones como exilios económicos, etc.

Constatamos pues que la crisis es civilizatoria, del conjunto del proyecto modernizador, y que  si todo seguir igual nos espera la barbarie. ¿Qué podemos hacer? La autora nos responde a esta pregunta, colocando la propuesta de una posible y necesaria sociedad del decrecimiento ecofeminista.

Del decrecimiento destacar  la afirmación de que vivir bien no es sinónimo de consumir cada vez más en el mercado, sino que “mejor con menos”, acompañada de la apuesta por reducir los espacios movidos por la lógica de acumulación.

Un decrecimiento que además, permita la redistribución de recursos para mitigar las diferencias de condiciones de vida entre el Norte y el Sur. Crecer en el Sur apoyados en el decrecimiento del Norte. Crear las condiciones para cubrir las “desesidades” (esa suma de deseos y necesidades) históricamente acumuladas en el Sur global.

Del ecologismo social, resaltar el planteamiento de que la vida humana no puede comprenderse en escisión al resto de la vida del planeta, sino como parte de ella; el reconocimiento de la ecodependencia obliga a visualizar los límites de la biosfera y, más aún, el hecho de que ya los hemos sobrepasado, si bien en esta translimitación, las responsabilidades se reparten de manera profundamente desigual. Por todo ello, en cualquier forma de abordaje que nos planteemos, hemos de introducir un doble criterio de austeridad y de redistribución en el uso de recursos materiales y energéticos, así como en la generación de residuos.

Finalmente, en directa asociación con el feminismo, recoger la idea de que la vida hay que pensarla desde su vulnerabilidad e interdependencia, desmontando la quimera falsa, dañina y masculinizada de la autosuficiencia como objetivo existencial y su espejo oculto de la dependencia inmolada y feminizada. Y establecer como fundamental el objetivo de sacar responsabilidades de los hogares, ponerlas en lo común y lo visible, disociando la tarea de sostener la vida de la feminidad, acabando con la división sexual del trabajo y, en definitiva, construyendo lo que queremos en términos de responsabilidad colectiva y democrática.

Llegados a este punto, si la nueva propuesta de organización social basada en el “decrecimiento ecofeminista” pretende realizar el objetivo último de la sustentabilidad de la vida y del buen vivir,  la autora se pregunta,  a qué  llamar buen vivir  y cómo responsabilizarnos colectivamente para hacer posible ese buen vivir.

Al hablar de qué llamamos buen vivir, la autora nos dice que implica hacer una ruptura radical con una lógica productivista y de crecimiento, para sustituirla por una lógica de sostenibilidad multidimensional; ambiental, social, reproductiva. Significa busca referencias de este buen vivir en las culturas ancestrales de los pueblos que colocaron en práctica ese buen vivir en comunidad, tal como los quechuas y aymaras del altiplano andino y latinoamericano con su Sumak Kawsay y su Suma Qamaña, respectivamente.

Hablar de buen vivir para hacer referencia a una (futura) noción ética y políticamente codificada de vida que merece ser vivida que sea resultado de una discusión radicalmente democrática. Discusión que aunque aún esté pendiente puede apoyarse en los siguientes conceptos:

Mejor con menos como referencia a una ética de la contención voluntaria.

Sostener desesidades multidimensionales, tanto materiales (vivienda, alimentos, medicinas, transporte, etc.) como subjetivas (relacionadas con las libertades y con la capacidad de establecer relaciones sociales satisfactorias).

La idea de felicidad debe ir acompañada de la idea de justicia para que pueda casar con la noción de buen vivir. Y la idea de justicia nos obliga a adentrarnos en la espinosísima cuestión de los límites y de la tensión entre el bienestar como experiencia individual encarnada y como vivencia alcanzable solo en colectivo.

Buen vivir en colectivo con universalidad y singularidad. En primer lugar, la universalidad: el vivir bien de una parte no puede ser a costa del mal vivir de otra. Mas el buen vivir debe respetar la singularidad de distintos sujetos individuales como colectivos.

Interdependencia y autonomía. La interdependencia deriva de la precariedad de la vida, que solo puede resolverse en común, pero combinándola con niveles suficientes de autonomía.

A la pregunta de cómo responsabilizarnos colectivamente para hacer posible el buen vivir, la autora nos dice que dicha pregunta está plenamente abierto a debate, pero considerando que  desde una perspectiva de izquierdas, decrecentista  y ecofeminista, podemos decir que existen dos certezas y otras diversas orientaciones. Las certezas se refieren a los aspectos de la propuesta decrecentista y ecofeminista explicadas anteriormente, complementadas ahora con las siguientes orientaciones:

Decrecer las esferas movidas por la lógica de acumulación de capital.

Los mercados capitalistas no solo deben dejar de ser la estructura socioeconómica priorizada, sino que han de tender a desaparecer. Pueden implementarse a nivel de los Estados-nación, a un nivel inferior, más local, y a nivel supranacional.

Democratización de los hogares: ¿contra los cuidados?

Si los hogares son la unidad socioeconómica básica y estamos discutiendo sobre cómo organizar la economía, hay que hablar de ellos. Este movimiento estratégico incluye tres apuestas. En primer lugar, construir relaciones de horizontalidad intra-hogar. La segunda apuesta es expandir la realidad de los hogares diversos, cuestionando la familia nuclear radioactiva y sus variantes, creando familias de elección. Y una tercera apuesta: sacar de las casas gran parte de las actividades que se dan en ellas, ante todo la responsabilidad de proteger frente a los riesgos vitales.

Y si no queremos mercados (capitalistas) ni hogares (heteropatriarcales) ¿hacia qué otras formas socioeconómicas avanzamos? Si detraemos recursos al capital, ¿dónde los pondremos a circular? Si sacamos tareas de los hogares, ¿dónde las resolveremos? Un posible alternativa sería la construcción de una economía diversa en la que se entretejan variadas instituciones económicas democráticas movidas por una búsqueda común del buen vivir.

Estado, autogestión y comunes

El estrabismo productivista aborda este problema encajonado en el dueto Estado/mercado. De esta perspectiva recogemos la fuerza para reivindicar que el Estado tiene algo que hacer y debe hacerlo.

Frente a la apuesta por el Estado, la contrapropuesta ha sido siempre la “autogestión”, entendida como la creación de “espacios de autonomía en los cuales procedamos a aplicar reglas del juego diferentes. Otra posición que va cogiendo fuerza es la propuesta de los “comunes” como régimen comunitario de propiedad y gestión de los recursos.

Una economía diversa que sostenga el buen vivir

Una propuesta para los cuidados, de organizarlos mediante un «modelo de redes» que funcionara en torno a una serie de círculos concéntricos: Un primer ámbito de cercanía y afectividad de hogares democratizados o familias de elección. Un segundo nivel de redes de cercanía de barrio, lo local, la comunidad. Un tercer nivel tendría que integrar a instituciones colectivas en las que sea posible asumir responsabilidades de una envergadura mayor, que podemos llamar tentativamente de lo público.

Lo que proponemos es que esas estructuras conectadas compartan una búsqueda común del buen vivir, un reparto descentralizado de la responsabilidad de sostener las condiciones de posibilidad de la vida. Se trata de estallar la dicotomía público/privado-doméstico, partiendo de que hoy es en la última donde se resuelve la vida mientras en la primera prima la lógica de acumulación.

Especial relevancia tiene revalorizar lo que en América Latina se denomina economía popular y su equivalente (que no igual) en el Norte global, la economía social y solidaria, así como la pequeña economía campesina, sin idealizar su funcionamiento.

Tenemos que partir de la economía diversa realmente existente para avanzar hacia la economía diversa posible, en la que el elemento cohesionador sea la búsqueda de una auténtica responsabilidad colectiva en poner las condiciones de posibilidad del buen vivir.

El debate sobre el buen vivir no solo debe recoger todas las voces, incluyendo las subalternas, sino construirse a partir de su rol protagonista. En el sumak kawsay hay una enorme potencia que reside en el propio hecho de ser una apuesta radicada en los pueblos indígenas.

Este proceso dará lugar a un nosotras/nosotrxs que no sea una categoría evidente, sino una identidad común de llegada, creada sobre la base del reconocimiento de ese común de partida que no niega las diferencias y las desigualdades. La cuestión no es saber quiénes somos, sino más bien, por fin, en qué queremos convertirnos.

Finaliza la autora convocándonos a entender la verdadera finalidad del libro:

“Ojalá haya sabido transmitir una verdad parcial, sujeta a revisión y despiece; ojalá haya sabido mostrarse abierto a la conversación y al contagio con una amplitud de perspectivas de izquierda; ojalá haya sabido lanzar ideas que aporten a la construcción colectiva de mapas para el tránsito”.

Amaia Pérez Orozco, nos regala en este libro su inquieta conciencia social y su caliente corazón humano.

PDF en: http://www.traficantes.net/libros/subversion-feminista-de-la-economia/

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