Especial: Inmigrante clandestina. Travesía desierto Sonora-Arizona (VI y VII), por Ilka Oliva Corado

 

 por ILKA OLIVA CORADO, Resumen Latinoamericano.-

Junto a las luces y motores encendidos de motocicletas y camionetas de la Patrulla Fronteriza se escuchó una lluvia de improperios en esa mezcla de Spanglish, se notaba que nos estaban esperando con ansias para cazarnos como animales. Ciertamente hubo cambio de guardia en la línea fronteriza pero más adelante y con la experiencia de avezados cazadores otro nutrido grupo de policías esperaba a sus presas.

Había escuchado por mis compañeras de travesía que los vehículos en donde trasportaban a los indocumentados tenían forma de perreras y lo pude comprobar, son tipo Pickup que llevan ensamblada en la palangana una jaula de barrotes y malla en donde por lo menos encierran a treinta personas.

Instantáneamente con el sonido de los automotores el sinfín de indocumentados comenzamos a dispersarnos corriendo sin dirección en un intento por no ser atrapados, primero fueron insultos los que recibimos de parte de la Patrulla Fronteriza luego se encargaron de arremeternos con balas, por altoparlantes nos gritaban y reían burlándose de nuestra condición de presas, nos acusaban de contrabandistas y de asesinos, de llegar a Estados Unidos a robarle el trabajo a quienes sí tenían residían legalmente.

Nos decían que nos regresáramos por donde habíamos llegado porque no éramos bienvenidos en su país, nos gritaban que nos podían matar si querían y que nadie los enjuiciaría porque lo que estaban haciendo era salvando al país de basuras latinoamericanas. “¡Largo!, ¡fuera de territorio estadounidense!, ¡los vamos a matar ratas!, ¡pasarán en la cárcel el resto de sus días por entrar sin documentos!, ¡ladrones, asesinos!, ¡putas! Y ustedes, espaldas mojadas? ¿Vienen a limosnear comida? ¿Qué es lo que quieren? ¡Fuera, fuera, fuera!”

La gente corría desesperadamente y la perseguía un tropel de policías en motocicletas y pickups, el tiempo se había detenido en nuestras piernas cansadas que por más que corríamos no avanzábamos, la angustia, la oscuridad y el deseo de escapar hacían del pánico nuestro peor enemigo. Sin noción alguna de dónde estábamos parados corríamos en todas direcciones. Nos topábamos los unos con los otros, aun no estábamos tan lejos de la línea divisoria como para que cada grupo avanzara por separado.

Las balas penetraban espaldas, rostros, muslos y las personas se desvanecían entre ramas de cactus y piedras que silenciosas guardan historias del desierto que es lozano en paisaje de postal.

Mientras unos disparaban otros se bajaban el zíper del pantalón y mostraban sus genitales en una burla y total provocación, sabían que tenían el control de la situación porque contaban con los radares, helicópteros, avionetas, armas y vehículos donde transportarse; nosotros solo teníamos el cansancio y el ímpetu de salir del desierto con vida.

Con bates de béisbol golpeaban a quienes se les atravesaban en el camino, los amarraban de manos y pies y los acostaban boca abajo esperando que llegara la perrera para encerrarlos. A los heridos de bala los dejaban donde caían, sabían que agonizarían lentamente hasta que sus cuerpos sin vida fueran encontrados por grupos humanitarios que se internan en el desierto de cuando en cuando en busca de sobrevivientes de travesía, o bien serían devorados por aves de rapiña y los huesos se adicionarían a la superficie del páramo desolado que vela en silencio a los difuntos sin nombre.

Corrimos sin voltear atrás y nos lanzamos sin pensar sobre cactus y pequeños breñales, las púas tomaban formas de dardos que se metían en nuestra piel a la velocidad con la que el pesar hacía palpitar nuestros corazones aturdidos. No podíamos estar más de uno en cada cactus porque no eran rollizos y quedábamos en absoluta visibilidad, dejé a la muchacha que tenía el tobillo lesionado escondida entre un zarzal y busqué un tunal para mí, no podía correr porque las balas pasaban en todas direcciones entonces lo hice de la forma en que atravesábamos en mi infancia el alambrado de la María del Tomatal: tirada sobre el suelo, boca abajo y arrastrándome con la punta de los pies y los codos sin levantar la cabeza ni para ubicar el tunal.

Esperamos a que la policía se alejara de la zona de combate para movilizarnos y salir del sector donde nos tenían rodeados, mientras observamos la forma en que golpeaban a hombres, mujeres y niños por igual, a dos adolescentes las abusaron sexualmente; de pie las hicieron abrazarse a un cactus, les rompieron la ropa a tirones, les abrieron las piernas con golpes de punta de bota y las abusaron por atrás. Los gritos eran desesperantes y martillaban los tímpanos, cuando terminaron les dieron un balazo en la sien, se subieron en sus motos y se fueron. Dos vidas más perdidas en el desierto de Arizona. El sonido de esas dos balas durante años me despertó a la una de la madrugada en punto, retumbaba en mis pesadillas de travesía, a esa hora las mataron. No pudimos hacer nada estábamos rodeados de policías y un movimiento por más suave que fuera hacía crujir las ramas secas de los zarzales.

En un intento por postergar la muerte el silencio nos maniató.

La bandada de policías se fue alejando del lugar donde estaba mi grupo, aprovechamos para movilizarnos y arrastrándonos entre tunas, piedras y zarzal logramos retirarnos del lugar. El sonido de los bates golpeando cuerpos de indocumentados y los gritos de aflicción suplicando piedad perforaron el sigilo de aquel descampado que a quienes lo sobrevivimos nos dejó huellas imborrables, en mí se instaló lo insociable y me encerré bajo cuatro llaves sin que nadie se atreviera siquiera a tocar la puerta de mi desván.

Cuando logramos alejarnos unos quinientos metros del lugar pensamos que la pesadilla había acabado pero recién acababa de empezar.

 

(VII)

La luz de luna nos ponía al descubierto ya no podíamos seguir en el camino limpio de zarza y tuvimos que avanzar entre cactus y broza que, nos cundieron la piel de aguijones, yo llevaba el gorro pasamontañas y guantes en mis manos eso ayudó a disminuir la cantidad de púas que entraban en mi piel porque la mayoría quedaba en mi gorro y en los guantes. A los demás ya les comenzaba a escurrir lentamente la sangre de las heridas causadas por los rozones con las espinas grandes de los cactus adultos.Logramos reunirnos a la sombra de un cactus rodeado de zarzal, ahí nos tiramos al suelo y comenzamos a contar para asegurarnos que todos los del grupo estuviéramos ahí y sí estábamos completos. A pocos metros de distancia se veía la forma en que avanzaban otros de organizaciones distintas a la del coyote que nos guiaba.

La angustia era que teníamos que alejarnos lo más pronto posible de la línea fronteriza y que no nos amaneciera en el área de fuego. El sonido de las balas rozando ramas de cactus no nos permitía pensar con claridad y el decisión fue instintiva: alejarse aunque nos separáramos del camino conocido por el coyote, y así fue como comenzamos a perdernos en aquel cementerio sin tumbas en donde las cruces y los epitafios son un mito.

Tal vez unos tres kilómetros llevábamos recorridos cuando sufrimos una nueva emboscada por la policía migratoria y en esa ocasión las motocicletas eran más, vi de cerca las perreras y los helicópteros que aparecieron en minutos con sus focos y sus altoparlantes. Nuestro grupo era parte de los puños que también trababan de escapar realmente no íbamos solos y la salida del desierto colindando con la ciudad más cercana de Arizona estaba en el infinito.

En esta ocasión no solo era la Patrulla Fronteriza la que nos acorraló, también iban hombres vestidos de particular con armas de francotiradores, disparaban a diestra y siniestra festejando la noche de casería. Seis personas de otro grupo buscaron el mismo cactus en el que estaba yo y aunque les dije que se tiraran al suelo se quedaron acuclilladas, la respuesta que me dieron fue que no querían llenarse nuevamente el cuerpo con las púas de los zarzales; se los pedí como en tres ocasiones y opté por alejarme de ellos, cuando empecé arrastrarme me dijeron: “necia quédese aquí,” pero mi necedad es mi norte y mi sur, entre esas mismas púas y las ramas secas de los cactus, las espinas atravesaban la tela impermeable de mi pants y las sentí como alfileres rasgando mi piel. Minutos después balas perdidas impactaron el rostro de uno de ellos y a otro le atravesaron el pecho. Debido a los gritos de dolor inmediatamente llegaron hombres vestidos de particular y remataron a los seis. Sacaron manadas de perros que tenían en vehículos de doble tracción y estos comenzaron a devorar los cuerpos. Yo me había alejado lo suficiente y estaba escondida en una cuneta cubierta por un matorral.

Realmente no hay quien acuse a la Patrulla Fronteriza que está comprobado por testimonios de cientos de migrantes que no sigue los protocolos para detener indocumentados y respetar sus derechos humanos. En las cortes federales se defienden diciendo que los que abrieron fuego primero fueron los indocumentados que siempre y sin el beneficio de la duda son delincuentes que buscan matarlos. La palabra de una persona indocumentada no vale nada.

Esperamos como cuarenta minutos para que se marcharan, llevaban con ellos docenas de indocumentados y las risas se escuchaban en festejo de quien ha tenido una excelente cacería.

Salimos lentamente de los breñales, el cansancio y lo vivido comenzaba a bajarnos la moral, las quejas se hicieron más visibles y varios optaron por desistir y entregarse a las autoridades antes de morir de un balazo en la sien o de hambre. El coyote perdió totalmente el control de la situación, era un niño al que el miedo comenzaba a devorar, teníamos que reaccionar los quienes conservábamos la cabeza fría y solo éramos el hombre la biblia y yo, el resto estaba en total conmoción.

No sé por qué razón pero está en mi naturaleza que los golpes emocionales me pegan a los días de ocurrido un suceso significativo. Continúo en automático con la cabeza fría y eso provoca que personas que no me conocen a profundidad me acusen de ser insensible porque mientras ellas se desploman yo permanezco con la sobriedad de quien tiene todo bajo control, es después cuando me hundo y caído al fondo del abismo. Esa condición en mi esencia me ayudó a pensar en cómo preservar la vida el mayor tiempo posible. Estos capítulos de mi travesía del desierto no son ni por donde pasó relatos ficticios, es lo que viví y me ha llevado diez años poder escribirlo porque finalmente la serenidad ha llegado a mi alma, porque he logrado sacar el veneno que no me dejaba respirar. Porque es necesario que lo que se vive en la frontera salga de la llaga de un recuerdo amargo que llevamos miles en la memoria. Y no, a mí no me digan: “probrecita la muchacha lo que vivió,” a mí me miran de frente y directo a los ojos o mejor se apartan de mi camino, que lástimas y misericordias no son de personas cabales.

Ésta serie de relatos es parte de mis memorias, mi bitácora guarda capítulos de mi vida en este deshilar de catarsis de una migrante indocumentada con oficio de mucama. Y no, no hay que alcanzar la fama, el éxito y el triunfo ante los ojos de la sociedad que aplaude a quien está en lo alto de la cima. Para escribir una memoria en la invisibilidad solo es necesario tener arrestos y eso no lo da ni la fama, ni el éxito, ni lo que aparentemente es el triunfo. Ese arrojo es solo privilegio de quienes nacemos con suerte; como las bestias en mi natal Comapa.

Nos alejamos lo más que pudimos del camino real y de los atajos para internarnos de lleno en el desierto intransitable, nuevamente el silencio se apropió de la madrugada, nos era imposible salir del área donde la Patrulla Fronteriza y hombres vestidos de particular nos rastreaban. El hombre con la biblia en la mano me ayudaba a movilizar a la mujer con el tobillo lesionado. Mientras el resto del grupo caminaba con la cabeza baja en total redención y seguro que nos habíamos librado de la migra mi instinto montuno se agudizó y presté atención hasta al menor ruido natural de una noche en el desierto, podía respirar que la migra nos estaba preparando nuevamente una emboscada, la luz de luna me dejaba ver los altos cerros en la lejanía y le conversé al hombre que cargaba la biblia que ésa sería nuestra ruta de escape y teníamos que llegar a ellos si las circunstancias empeoraban. Idea que guardamos la muchacha lesionada, él y yo y solo la pondríamos en práctica si era requerido. Había cerros en el desierto y más tarde comprobé que también barrancos.

Descansamos cinco minutos en una quebrada seca que tenía forma de cuneta y que nos cubría muy bien si permanecíamos sentados, solo contábamos con un galón de agua porque en las carreras dejaron tirados los otros, yo tenía dos litros de suero, la manzana y la galleta. Acomodé la venda en el tobillo de la lesionada y continuamos avanzando, el coyote estaba totalmente norteado, no tenía la más mínima idea de dónde nos encontrábamos, si íbamos avanzando hacia la carretera más cercana o de regreso hacia Sonora y si él andaba en ésas nosotros estábamos peor.

No habíamos alejado una hora de camino de la quebrada cuando nuevamente sucedió la emboscada que yo había respirado en el aire en esta ocasión nuevamente mi necesidad nos salvó la vida. Mayor cantidad de motocicletas, hombres vestidos de particular que andaban a caballo, los pickup con sus perreras, habían interceptado al grupo que nos llevaba escasos trescientos metros de distancia, nuevamente se escucharon los disparos y los gritos suplicando piedad, comenzamos a correr topándonos con ramas de cactus que nos golpeaban el rostro y dejaban las púas como alfileres en ojos, labios…

Yo las sentía calientes en mi rostro cubierto por el gorro pasamontañas.

En instantes nos cercaron y le pedí al grupo que saltáramos hacia el barrando que teníamos a cincuenta metros de distancia, ninguno quería hacerlo pero insistí, corriendo entre las ráfagas de balas y los hombres a caballo que nos seguían y estaban por atraparnos, les grité que era mil veces mejor morir en un barranco a que nos dejáramos atrapar porque ya sabíamos lo que nos esperaba. El hombre de la biblia, la joven lesionada y yo saltamos en caída libre en la profundidad del barranco y atrás iban los otros; comenzamos a rodar en la hondonada, nuestros cuerpos chocaban con cactus y ramas secas, con piedras de río y cuerpos de otros migrantes que ya llevaban días en descomposición.

Llegamos al fondo que habrá sido de unos quinientos metros al intentar moverme me percaté que mi rodilla derecha se había lesionado.

De lo alto nos disparaban los policías y los hombres vestidos de particular, entre las piedras nos cubrimos hasta que nos dieron por muertos. A ninguno del grupo hirieron. A pesar del frío gélido del desierto sudábamos a chorros. No me detuve a pensar en mi rodilla en ese momento porque la urgencia era subir y avanzar antes que amaneciera y se dieran cuenta que estábamos vivos. No había tiempo para quejarse de tunas entrando en la piel de la manos, escalábamos a como diera lugar o nos dejábamos matar al amanecer. Decidimos subir y ponerle el pecho a la esperanza de sobrevivir la frontera. La última emboscada nos estaba esperando.

 

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