Uruguay: Un pequeño homenaje al obrero socialista Nelson Fredo
Por Gabriel Carbajales, Resumen Latinoamericano, 19 de noviembre de 2018.
Nelson Fredo, albañil, socialista, revolucionario, queridísimo vecino y Compañero de Santa Catalina y de los más veteranos y aguerridos del Sunca, murió hace hoy dos años. Pero no es ninguna fantasía decir que vive y lucha y que su ejemplo seguirá siendo una brújula roja apuntando al “big-bang” de la revolución por la que entregó toda su vida sin esperar ni recibir nada a cambio.
Aunque el punto de vista que sigue casi seguro no va a incidir demasiado en la situación prácticamente idéntica a la de Stephen Hawkings en cuanto a las disminuidas aptitudes físico-motrices que padece el conjunto de lo que identificamos como “izquierda revolucionaria”, parece saludable, no obstante, expresar el ferviente y poderoso deseo de que de una buena vez este conjunto cuestionador del capitalismo, pueda contagiarse del espíritu de este hombre que aun en la lona, tuvo y mantuvo magníficos, fecundos reflejos, que hicieron posible que su penosa vida no fuera un triste vegetar sin más alternativa que la de respirar pasivamente enchufado a un tanque de oxígeno y una modernísima computadora que hablara por él.
Sin duda que estas líneas expresan una meditada e inocultable admiración por este personaje de la ciencia contemporánea, que, tullido y sin habla, poseyó la envidiable capacidad de explicar(se) con sorprendente sencillez algunas de las cosas más complejas y de difícil entendimiento de este universo en el que “apenas” somos, los humanos, una manchita imperceptible e “insignificante”, pero, por ahora, existente. Es, en realidad, la admiración frente a un clarísimo ejemplo de cuán portentosas pueden llegar a ser las ganas de vivir en lucha perpetua contra todo lo que parece definitivo e insuperable; la admiración ante el triunfo de la voluntad en cierto modo nacida del mismo amor propio, que, por otra parte, si es colectivo y bien fundado, suele resultar iluminador e inderrotable.
Hay que confesar también el poderosísimo e irrefrenable deseo de que algún arrebato espontáneo y enérgico del espíritu, la razón y el instinto de clase (el instinto, ni siquiera la consciencia), nos permitiera adquirir súbitamente, en grado mínimo, no sólo esa capacidad de explicar sencillo lo complejo, sino también, y esencialmente, esa intuición que permite, antes que nada, que uno mismo comprenda lo elemental y sustancial de todo aquello que en sí mismo significa vínculos, relaciones, interacciones, aspectos, entrecruzamientos de contradicciones, muy intrincadas, por cierto, pero también pasibles de ser comprendidas en síntesis que rescaten la esencia, lo sustancial, de lo que llamamos “la realidad”, y que ello nos permita conducirnos de manera consecuente todos los días.
De esta realidad, por cierto, no hay mucho para decir. Ella misma revela sin necesidad de mucho pienso que nuestras vidas siguen congeladas en la pre-historia, que el capitalismo representa, todavía, el gran freno del desarrollo social humano; que la “condición humana” es aun un sueño teórico frustrado por una sociedad que se niega a sí misma (que nos niega) la posibilidad y la necesidad de trascenderse habilitando un salto de calidad, una gigantesca conquista civilizatoria, que ya está servida en bandeja por el propio grado de desarrollo alcanzado, signado por riquísimas potencialidades que anticipan lo que será el bienvenido advenimiento del “reino de la libertad”, en lugar del “reino de la necesidad” en el que ya llevamos demasiado sumergidos y acogotados.
Tampoco hay que analizar mucho para saber cuán profunda es la crisis del movimiento revolucionario internacional y, ni qué hablar, del local también. No hay ni qué pensarlo; lo sentimos, lo sufrimos a flor de piel como si fuera nuestra lepra acalambrante y fatal. Es una manifestación, también, de la parálisis y el acostumbramiento nocivo y pasivo a que puede conducir este sistema que deseamos y necesitamos abolir: esta crisis contiene los desencuentros, las múltiples expresiones de atomización desintegradora que caracterizan al capitalismo mismo. No reconocerlo, es un engaño, una deslealtad hacia nosotros mismos, una actitud básica y objetivamente contrarevolucionaria.
Me permito aquí contar lo siguiente: hace unos cinco años, haciendo un alto en la paranoia de intermitente reunionitis e inofensivas movidas contestarias cumplidas con regularidad casi religiosa, nos dimos el lujo con mi vecino Nelson*, una tarde de invierno, de tomarnos unos amargos leyendo en voz alta un pequeño librito que había caído en nuestras manos después de hacer feria sabatina. “Breve historia del tiempo (resumen)” se llamaba y apenas se leía en la tapa el nombre de Stephen Hawkings, junto al entrecomillado “antes del big-bang, no hubo nada”…
Nos llamó la atención ese entrecomillado de tapa puesto en boca de un científico verdadera y prolíficamente materialista como él. Nos tentó, pues, la idea de leerlo juntos; no nos cabía para nada esa ocurrencia aparentemente reivindicadora de “la nada”, y nuestra fibra de veteranos todavía no enfermos de quietismo, nos condujo a todo un domingo dedicado a meternos con lo que parecía un raro desafío filosófico solamente llevable por alguna corriente “agnóstica” o algo parecido.
Medio que salteamos las partes más dificilongas del librito para un par de legos en materia de conocimiento de astronomía y cosmología, que por supuesto ni habían figurado en nuestra educación primaria y un breve pasaje por la secundaria.
Comprendimos rápidamente, sin embargo, cuál era la idea central de Hawkings: el tiempo son los grandes cambios como lo habría sido lo que él concibió como el big-bang o cosa parecida, en cuya explosiva aparición irían surgiendo, entre otras cosas impresionantes, incipientes y pequeñas pero promisorias formas de existencia animada que habrían sido las que precedieron a la existencia humano-animal propiamente dicha.
Ya terminado el resumido texto de Hawkings y dejando descansar el imprescindibe mataburros compañero, leímos al final de libro un pequeño reportaje a Hawking, en el que una de las preguntas clave era: “¿Y qué hubo antes del big-bang?…”.
“Antes, NADA…”, Respondió el tipo. Porque “nada” fue lo que precedió a este fenómeno de la materia en movimiento, comparado con el “momento” de la explosiva y magnífica transformación del universo que algunos dan en llamar “big-bang”. Se sugería, enseguida y sin mucho parloteo, que de eso se trata cuando hablamos del tiempo: el tiempo es lo que ocurre súbitamente y nos comprende, es el cambio radical que troca la naturaleza de algo para dar paso a otra naturaleza completamente distinta y profundamente removedora, otro “algo” seguramente inédito, que torcerá el rumbo del devenir revolucionariamente, incomparable con todo lo anterior.
Nos miramos con Nelson y él dijo: “Esto se llama materialismo inteligente; materialismo irrefutable y comprensible hasta para el menos instruído…”. Y, obviamente, no pudimos con nuestra propensión a la analogía espontánea algo mecanicista, y enseguida concluímos:
“Es lo que nos falta: capacidad para percibir lo esencial con sencillez, y actuar en consecuencia. Algo así como entender que este mundo burgués es nada al lado del mundo comunista y libertario que se nos viene, pero que para ayudarlo a venir es necesario trascender en este “nada” del presente las “camisetas” y “camisetitas” ideológicas que funcionan como chalecos de fuerza contrarios a las mejores de nuestras mejores intenciones revolucionarias… Lo que hace falta es que podamos asimilar un materialismo inteligente y consecuente que nos señale con claridad irrefutable la definición ideológica que importa: la opción, el compromiso indoblegable, la lealtad creativamente crítica con la clase explotada, con la clase trabajadora, con la clase que construirá ese mundo al lado del que todo lo anterior será NADA…”.

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