Desde abajo

                                                                                                                                             José Ernesto Cordeiro

Ahora estoy entendiendo lo que me pasa a mí pasa con los ojos, es como una obsesión, un delirio.  Porque yo  los cierro y veo. Veo esos ojos que me miran aunque no estén. Algunas veces son reales, como por ejemplo, los de un nenito que iba de la mano de una señora, la cara llena de mocos, un gorrito de lana azul y los ojos redondos como los de una vaca y estaban ahí los ojos eran posta, pero la mirada no, la mirada era cómo la que yo veo, en sueños o no sé, como la de los ojos que vi esa vez.

Sos la primera persona a la que se lo cuento y lo cuento porque el doctor me dijo que contándole a los demás todo se hace más fácil, uno lo va pensando distinto y así es mejor. Es fácil poder ver sin que te vean, ahí en la estación. Cuando querés que te vean te ponés en el medio del paso y ahí, algunos te ven,  aunque hay otros que si no te corrés te tiran al suelo, porque siempre la gente pasa por ahí apurada. Venga o no venga el tren, esté por salir o no, casi todos pasan rápido o corren, menos los que éramos de ahí que nos conocíamos y que ya sin hablarnos sabíamos en que andaba cada uno. Tampoco es que éramos tantos, no era como Consti, ahí sí que se pone bravo, pero con la que hay que dejarle a los capos, terminás sacando casi lo mismo que allá.

En la estación era corta, los más pibes éramos el Mati y yo, que pedíamos monedas en la entrada, después estaban los más grandes, aunque supongo que ellos todavía estarán, son los vendedores y los viejos, el ciego y la gorda que le falta una pierna que suben a los vagones. El Mati no, el Mati me contaron que se volvió a la casa del padre en Casanova. Con el Mati les pedíamos a los más grandes tabaco y nos tirábamos en un rincón. No nos veía nadie. Estábamos ahí quietos y veíamos pasar a todos. A veces veíamos a un punga que la hacía en la boletería y el muchas veces no nos vio, pero un día sí y se acercó y nos tiró un veinte. Los días de calor jugábamos con el Mati y con unas pibas de enfrente de la estación a la escondida, a veces me metía al lado de la vía abajo del andén. Ver desde ahí, cuando llegaba el tren, era impresionante. Te tenías que tapar los oídos porque retumbaba todo y el olor era muy fuerte y muy raro, pero cuando el tren paraba y vos estabas ahí era buenísimo. Podías ver por la ranura que quedaba entre el piso y el tren a la gente pasar. Ver a la gente desde abajo es muy distinto que verla desde otro lado, ahí no te das cuenta quién es chico, quién es grande, ni cómo va vestido. Son casi una mancha que tapa la luz por un ratito. Desde abajo son todos iguales. Otras veces me quedaba en el lugar de siempre, pero unos pasos más atrás, bien contra la pared, en el ángulo, abajo del mostrador de chapa del kioskito y ahí, a la vista de todos, no me daba la luz, no me veían.

Ese día, Mati no estaba. Nos veníamos cagando de hambre mal y entonces él se fue a buscar al Rafa para pegarle unos pacos yo no podía ni moverme, hacía frío y afuera era un quilombo. Estaba la marcha, el puente estaba cortado y la estación estaba llena de gente, yo estaba tirado ahí, al costado de siempre, en la sombra, muerto de frío, en el rincón, abajo del kiosko que estaba cerrado y escuchaba que afuera la gente gritaba. Ahí entraron los ratis y entraron hasta el borde de los andenes con los fierros en la mano. La gente corría. A mí no me vieron, pero cuando llegaron al andén se dieron vuelta y empezaron a tirar para afuera y para arriba. Yo temblé de miedo. El ruido me dejó sordo un rato. Ellos así como entraron salieron, riéndo y gritando. No entendí para qué hicieron eso, en ese momento no entendí. Después me lo explicaron los pibes más grandes, era para decir que los piqueteros estaban armados, tirarles y echarles la culpa. Atrás de los ratis salí yo, a las chapas, y ahí volvía el Mati y lo agarré y le dije: —Vámonos a la mierda—, cómo si supiera lo que iba a pasar. Tenía miedo pero peor que siempre. Transpiraba aunque hacía frío. El Mati me dijo que me dejara de joder, que entráramos que afuera era un bardo, que adónde íbamos a ir, que nos quedáramos piola. Ahí fue que entré y siempre desde ahí digo, que no tendría que haber entrado, porque lo que pasó al rato, yo no hubiera querido verlo. Ni siquiera me gusta contarlo, pero el doctor dijo que contándolo iba a entender lo de los ojos y creo que tenía razón. Todo lo que pasó ahí adentro me cambió, ahí fue que me vine acá, al hogar. No quise nunca más estar en la calle.

Al principio no quería ni salir. Veía los ojos de él por todas partes. Yo vi todo desde dónde estaba, él le tenía la mano al pibe que los ratis dejaron tirado y él los miraba, les hacía frente, les gritaba que pararan, que se fueran,  que el pibe se le moría. Ellos se le acercaban, lo miraban, un par se reían y le apuntaban, también vi los ojos de ellos, pero en los ojos de ellos no había nada. En cambio él se dio cuenta de algo, que algo iba a pasar y quiso salir corriendo. A partir de ahí ya no me acuerdo bien que pasó, me debo haber desmayado o algo así.

Lo siguiente que me acuerdo es que estaba en el suelo y me miraba. Con su bufanda negra estirada, como si le diera un viento. Me miraba. Mientras le gritaban y lo pateaban. Me miraba. Con los brazos abiertos. Me miraba. Mientras lo empezaron a arrastrar. Me miraba. Y ahí tuve la sensación más rara del mundo. El que miraba era él, pero yo me veía con los ojos de él, como si mirara yo. No lo sé explicar, fue algo muy raro. Y ahí otra vez deje de ver o me desmayé. Cómo si los ojos me hubieran dejado de funcionar, porque me parece que escuchar podía, y era todo un griterío. Cuando volví a ver la luz, que entraba por la puerta de la estación, nada más había una raya roja en el suelo, que salía afuera. Yo me paré, me subí a un tren, y me quedé ahí hasta la noche, acurrucado abajo de un asiento, y en la oscuridad, cuando cerraba los ojos veía los ojos de él y ahí empecé a entender, lo que terminé de entender recién ahora.  El estaba tratando de ver por mis ojos, entendí que eso es lo que siempre había estado tratando de hacer, desde mucho antes de que lo mataran y qué por eso, lo mataron.

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