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Resumen latinoamericano / 25 de enero de 2018 / Daniel Pizarro, Politika
Desayuno
Hace doce años que ella no tiene vacaciones y a lo mejor tampoco tiene vida, y cuando le preguntaron “¿qué esperas del futuro?” ella se quedó en blanco porque nunca se había hecho la pregunta. La patrona le recuerda cada tanto: “No puedes dejarme sola, en esta casa hay mucho qué hacer”. Por eso no se toma vacaciones y por eso a lo mejor ya no sabe qué viene primero y qué después, la vida o el trabajo. La casa da mucho trabajo, los hijos, los nietos y los invitados, todas las habitaciones, todas las terrazas, y por eso a lo mejor se olvidó de cerrar la reja cuando salió con el perro. Por ahí se metieron los ladrones, que andan buscando cualquier oportunidad para robar, y entonces a ella le dijeron que tenía la culpa por dejar la reja abierta. Pero es que ella anda cansada, distraída. Los ladrones la amarraron, la amordazaron con cinta de embalar. Pero antes le pegaron patadas y puñetazos y ella pensó con terror que iban a violarla entre varios, acordándose de lo que le había sucedido cuando joven. Pero sólo la amarraron y así la encontraron los patrones en la noche, con la inmensa casa patas para arriba y a ella encerrada en el baño de visitas. La misma policía la llevó al Servicio Médico Legal para constatar lesiones, donde se pasaron examinándola el resto de la noche, y cuando volvió a la casa, a eso de las seis de la mañana, su patrona le pidió que sirviera el desayuno como todos los días.
Delivery
Hace unos trece mil ochocientos diez millones de años comenzó el Universo. Es lo que sugiere la teoría del Big Bang. Sería el inicio del Tiempo Cosmológico, un hermoso concepto, diría yo. Hubo al principio un Universo muy primigenio que habría durado una fracción de segundos, suerte de efímera olla a presión de incalculable calor y energía. La siguiente fase es la del Universo primigenio, cuando se forman las partículas elementales y quién sabe qué otras cosas. Y luego tenemos la época de la formación de estructuras, que van desde las más pequeñas hasta las más grandes. A la pregunta de por qué el Universo no se expande de manera homogénea se responde de manera conjetural con la teoría de la perturbación lineal cosmológica, que supone ligeras desviaciones de un Universo homogéneo perfecto.
Por allí entramos de modo bastante razonable y no al tuntún a la vida de Romina y Pablo, resultado de aquella perturbación lineal y esas ligeras desviaciones que han dado forma a la diversidad del mundo tal y como la conocemos. Por allí y por ningún otro camino, diría yo. Son esas perturbaciones y desviaciones primigenias las que los tienen viendo series del Cable, de Netflix y también de YouTube todo el fin de semana.
Me explico. Se la pasan en maratones de series, es decir que son capaces de estarse todo el sábado y el domingo acostados frente al televisor para tragar temporadas completas de una serie sobre zombies, otra sobre fabricantes de drogas, una de náufragos en una isla desierta y otra acerca de las disputas entre reinos o feudos medievales.
Es el estado de las cosas a esta altura del tiempo cosmológico, consecuencia de aquella desviación y aquella otra perturbación de lo que ya se dijo y que hace posible tamaña diversidad de temas, a juzgar por los motivos de las series, sus argumentos, su cuidada puesta en escena y esas intrigas tramadas con regla y escuadra, cronómetro y calculadora, que los mantienen atrapados en la cama, sin hijos que de momento los interrumpan, suspendidos entre macizos horarios de trabajo y metas de venta. Pero bueno.
Son devoradores compulsivos de series y no hay quién los levante de la cama, ni siquiera el apetito o la sed, pues para eso cuentan con los sistemas de reparto a domicilio o delivery, muy bien desarrollados en su comuna y en general en su ciudad, hay que decirlo. Piden pizzas, sándwiches, bandejas de sushi, palitos de ajo, gaseosas y cuanta oferta de comida a domicilio encuentren en los folletos que dejan en la conserjería del edificio. El mundo se suspende durante horas. El mundo es una serie de Netflix o del Cable. El mundo no evoluciona. El Big Bang se arrepiente de sí mismo y, por cierto, ese titubeo vergonzoso que siente el Universo enfrentado a su infinita expansión, como si no tuviese nada mejor que devorar la Nada que lo rodea para formar estructuras de toda laya, debe ser la razón de que a la vuelta de la esquina, hablando en tiempo cosmológico, esté esperándolo el Big Crunch, que viene a ser la reversión del proceso expansivo, la contracción hacia un estado primigenio denso y tórrido que también terminará por aburrirse de sí mismo para volver a estallar, y así hasta el fin de los tiempos como asunto de nunca acabar. Pero bueno.
Lo cierto es que entretanto Romina y Pablo ven series de Netflix, del Cable y también de YouTube. Ya se dijo. Pero hay cosas que deben repetirse hasta la náusea. Ellos ven series y se valen del desarrollado y maduro sistema de delivery de su comuna, y sin embargo, dicen por ahí –esto forma parte de la leyenda–, hay algo que piden en silencio y no llega, nunca llega.
El perro
Nadie sabe muy bien lo que piensan los vecinos, a no ser que te lo digan en la cara. Y yo digo que éste fue el caso. El caso de la señora Hilda y su vecina Leticia. Nadie lo sabe, hasta que un día sucede. Su vecina Leticia venía llegando en el auto y vio al perro de la señora Hilda echado sobre el pasto a la entrada de su casa, y entonces cualquiera puede entender que odiaba a ese perro negro y chascón, porque subió el auto a la vereda y le pasó las ruedas por encima.
Yo no sé si murió en el acto. La señora Hilda tampoco. Corrió hasta el auto y le pegó una bofetada a la vecina. Tomó a su perro en brazos y lo llevó a la clínica veterinaria. No sabemos si ya estaba muerto, digo.
Tampoco sabía la señora Hilda que su vecina Leticia tenía un conocido de cierto rango en Carabineros, y que lo llamó por teléfono mientras en la veterinaria intentaban salvar a su perro del atropello, o tal vez no, tal vez ya no había nada más que hacer.
El hecho es que volvió a la casa sin el perro, definitivamente muerto, y cuando estaba desvistiéndose para meterse a la cama entre la pena, la rabia y la impotencia, oyó que abrían la puerta principal de una patada.
Eran los carabineros o los pacos, si usted prefiere. Para mí suena mejor el segundo término, pero eso es cosa de cada cual.
Tres pacos. Uno la tomó del cuello y le dejó marcados los dedos en la piel. Venían a llevársela por golpear a la vecina y no querían oír sus razones. La empujaban y la tironeaban hacia la calle y la señora Hilda, viendo que no había caso de resistirse, empezó a pedirles que por lo menos la dejaran vestirse, pero ellos estaban decididos a sacarla como la encontraron: en camisón de dormir y pantuflas.
En eso aparecieron su marido y su hijo, y por tratar de defenderla se ganaron una paliza con bastonazos y patadas. Los subieron a todos al furgón y los encerraron en el calabozo inmundo de la comisaría, sin comida y sin agua.
A alguna hora incierta de la noche sacaron del calabozo a la señora Hilda para llevársela a otra sala donde la desvistieron, la obligaron a ponerse en cuatro patas y le metieron los dedos en los genitales y el ano como si estuvieran buscando drogas escondidas. Pero el hecho es que a ella le habían atropellado su perro y ella había abofeteado a la vecina; eso fue lo que trataba de decirles en esta otra sala.
La señora Hilda se acercó a pedir ayuda en las instituciones que se preocupan de las personas vejadas, donde al oír la palabra “carabineros” o acaso la palabra “pacos” le decían que no era posible hacer nada. Hasta que una de esas instituciones tomó su caso e interpuso una demanda por maltrato y abuso, y el proceso está en curso, y ya se verá en qué termina.
Edimburgo
Si acaso el Universo bosteza al expandirse y ya piensa en contraerse, ¿por qué no va a aburrirse Elvira con su propia vida?
¿Por qué no?, digo yo.
Y podría ser más que aburrimiento, podría ser también algo distinto.
Puede que esta idea de estudiar inglés pasados los cuarenta –por qué no– sea incluso el deseo de expandir con el lenguaje un mundo que se estrecha y se comprime, y yo la entiendo.
Puede que el mundo se haya estancado, entre el Cable y las series de Netflix. Puede que el Universo quiera sacudirse la modorra. Retomar sus perturbaciones primigenias, las ligeras desviaciones que le dan su colorido y su encanto. Yo, la verdad, no lo sé.
Y entonces por qué no, por qué no irse de vacaciones a Escocia, a Edimburgo por un mes, en medio del invierno del hemisferio norte y su tufo blanco.
Por qué no, insisto. Por qué no.
Y si ahora es tan fácil conseguir alojamiento con Airbnb y otros sitios de Internet que son al hospedaje lo que Netflix a las series.
Y si ahora existen los dólares-premio de las tarjetas de crédito.
¿Por qué no, Elvira?
¿Eso no es la libertad?
Y no piensas esperar que tu marido dé el examen del Magíster, que es a la educación lo que Netflix y Airbnb son a lo otro que ya se dijo, y los dólares-premio son a los sueños.
Pues el mundo se aburre e intenta sacudirse, cambiar de forma.
Piensas practicar la cáscara de inglés que recorre tus oídos, porque trabajas y estudias en el instituto, y porque te lo has ganado. Que tu marido aparezca después por Edimburgo, Elvira. Tú misma te lo dices. Y te vas sola con tu hijo. Así es el mundo, hoy por hoy.
¿Y cómo es el mundo de los niños, aquí en Edimburgo?
Igual que al otro lado.
Tu hijo no suelta el Tablet, o la Tablet. En Edimburgo. Porque el mundo de tu hijo está ahí dentro, en Edimburgo.
Edimburgo es frío, antiguo y oscuro, y acaso medieval. A tu hijo no le llama la atención el castillo, a juzgar por el Tablet que no quiere soltar mientras suben la explanada hacia la fortaleza.
¿Cómo es la vida, Elvira?
Tú cocinas en la casa Airbnb, sales a comprar como hacías aquí, tomas un bus, vuelves, te duermes con tu hijo en la misma cama.
Te inventas una rutina en Edimburgo, mientras tratas de abrirte al idioma como si el Universo quisiera expandirse todavía.
Piensas, a veces, que no ha sido muy buena idea venir con tu hijo.
Tu marido –ha llegado– lo reta porque el niño no se mueve de la cama, el niño no quiere soltar el o la Tablet, no le interesa conocer Edimburgo. Se pone a llorar. El cielo siempre gris.
Tu marido mejor no hubiera venido.
El mar es helado pero metes los dedos en el agua: helada.
No entiendes una pizca del idioma.
¿Qué idioma es éste?
¿Qué has aprendido en todo este tiempo?
Tu hijo es serio, dices. Serio como tú.
Ya se terminan las vacaciones y el idioma de allá es una concha hermética, homogénea, perfecta. ¿Dónde están las ligeras desviaciones?
Por suerte tienes trabajo. Buen trabajo dentro de todo.
Y tú también, a tu manera, estás pidiendo algo que nunca llega. Y no se lo cuentas a nadie.
Trabajas y vives.

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