La política estadounidense y sus “efectos colaterales”

Resumen Latinoamericano/Pablo Gandolfo/Marcha – La triple necesidad de enfrentar a Rusia, a China y de impedir la unificación estratégica de la UE lleva a que el accionar de EEUU en esos frentes provoque efectos no deseados en los otros.

Relación Rusia-Unión Europea

La política estadounidense hacia Europa estuvo signada en los últimos meses por el “affaire Ucrania”. Más allá del objetivo obvio de restar Ucrania a la recomposición rusa llevada adelante por el presidente Vladimir Putin, otro de los objetivos, menos visible, es crear cortocircuitos entre Rusia y Europa, y muy principalmente con Alemania.

En la última década y media, Alemania y Rusia se fueron acercando de manera creciente. El eje de la relación es el gasoducto Nord Strem que sale de Vyborg en Rusia, recorre el mar Báltico e inyecta gas directamente en Alemania, haciendo un bypass a Ucrania y Polonia. Ese gasoducto comenzó a funcionar en 2011 y crea una dependencia de Berlín a Moscú, más que en sentido inverso. Además debilita el valor geoestratégico de Ucrania y Polonia. Es la obra de infraestructura con mayor impacto geopolítico en muchos años.

La concreción de esa alianza invierte el eje de las dos guerras mundiales, principalmente de la segunda, en la que la Unión Soviética resultó el factor clave de la derrota alemana. Su concreción de una manera consistente y sostenida (algo que en opinión de quién escribe, aún no se puede afirmar) y más aún si se suma China, supondría para Estados Unidos dejar de ser árbitro en el continente euroasiático, lo cual equivale a resignarse a su creciente pérdida de relevancia.

Las diferencias tácticas de Berlín con Washington se están desarrollando desde la caída de la Unión Soviética; y son la consecuencia lógica de la transición de un ordenamiento geopolítico bipolar a uno multipolar, con un primer (y falso) momento unipolar.

Debemos recordar que Alemania comenzó contra Washington la implosión de Yugoslavia (luego Estados Unidos se sumó desde un ángulo propio)[1]; se opuso a la invasión a Irak, mantuvo una actitud distante respecto a la intervención en Libia y no tuvo una intervención activa en la agresión “tercerizada” contra Siria.

Relaciones intra Unión Europea (Transatlántico)

El “liderazgo en la retaguardia” fue la fórmula con que la ex secretaria de Estado, Hillary Clinton, definió el papel de Estados Unidos en el mundo, en contraposición a lo que habría sido un “liderazgo en la vanguardia” durante el gobierno de George W. Bush, y que culminó en fracaso estrepitoso. Para que esa fórmula funcione y la Casa Blanca pueda permanecer en la retaguardia, alguien debía asumir la vanguardia. Ese papel lo tomaron gustosos, el cusquito faldero que orilla el Támesis y Francia (realineada desde Nicolas Sarkozy con la continuación de Francois Hollande, enterrando así sus mejores tradiciones). Gran Bretaña, Francia y el financiamiento de Qatar, se encargaron primero del líder libio Muammar Al Gadaffi y luego fueron por el mandatario sirio Bashar Al Assad. Allí se sumaron Turquía y Arabia Saudita.

Francia y Gran Bretaña asumieron ese papel para obtener beneficios en una nueva redistribución del poder y la influencia en el norte de África y Medio Oriente. Estados Unidos evitó un lugar de mayor exposición y descargó parte del financiamiento de esas operaciones en sus aliados.

Al mismo tiempo, el Departamento de Estado obtuvo algo más: dando protagonismo y prometiendo beneficios a París y Londres, mantiene la tensión al interior de la UE, con los que se quedan afuera en la redistribución de poder y de recursos ajenos. Sostener las contradicciones internas de ese bloque es fundamental para impedir que la UE tenga una línea estratégica propia, compartida al menos por sus principales integrantes y que eventualmente pueda disputar con Estados Unidos. En dos áreas, esa posibilidad sería particularmente sensible: en la constitución de un sistema de defensa europeo que relegue a la OTAN; y en la asunción de una política energética unificada. Más aún cuando el continente europeo se encuentra próximo a agotar sus escasas reservas de gas y petróleo.

Las aventuras de sus socios-competidores por el mediterráneo (Francia-Gran Bretaña), llevó a Alemania a equilibrar sus relaciones de poder inclinándose al eje Rusia-China. En ese punto arrancamos este artículo y esa es una de las utilidades del affaire Ucrania: poner en el freezer esa dinámica.

Montado ese escenario, analistas y aún “decisores” en Washington comenzaron a alentar una hipérbole: si Rusia cierra el grifo del gas ¡bienvenido!, así Estados Unidos comenzará a exportar shale-gas a Europa que, a su vez, se verá obligada a inclinarse al otro lado del Atlántico y dejará de cortejar a Rusia. Se trata de un absurdo, irrealizable en el presente y probablemente también en el futuro. La consecuencia de ese escenario onírico que embelesa a la Casa Blanca sería poder aislar a Moscú y hacerle pagar sus irreverencias en la arena internacional.

A ese curso respondió Putin tres meses atrás con su viaje a China y con la consolidación, en este caso sí, de una alianza sólida de carácter estratégico. La magnitud de los acuerdos alcanzados no permiten suponer que allí existan fisuras relevantes sobre las cuales Estados Unidos pueda operar obteniendo resultados significativos. Rusia tiene un nuevo mercado para vender su gas a precios similares a los europeos y así diversifica sus clientes. Los acuerdos tocan otros dos terrenos súper sensibles: el financiero, impulsando el comercio bilateral por fuera del dólar, y la tecnología militar.

La respuesta rusa a la ofensiva estadounidense continuó con los acuerdos para la creación de un Banco y un Fondo de los BRICS; la recorrida de Putin por Latinoamérica cerrando acuerdos con Argentina, Brasil, Cuba y Nicaragua; y finalmente las sanciones a productos provenientes de la UE y Estados Unidos. Estas sanciones permiten redoblar las relaciones rusas con los países que reemplazarán esas importaciones y amplía el arco de alianzas del Kremlin.

El pivote en Asia-Pacífico (Transpacífico)

Introducimos un nuevo elemento: la principal línea de intervención geoestratégica de los Estados Unidos para las próximas décadas es la denominada estrategia del pivote en Asia-Pacifico, anunciada también por Hillary Clinton en un artículo publicado en Foreing Policy. Se trata de reequilibrar sus fuerzas (militares, pero no solo) hacia la región Asia-Pacífico, zona económicamente más dinámica, donde se concentra la mayoría de la población y donde está situada China, su principal contrincante-socio.

Los resultados de la política europea de Estados Unidos, plasmados a través de Ucrania, provocaron este giro de Rusia al lejano oriente, complementado con todo el marco de relaciones internacionales descriptas arriba.

Este giro de Rusia (insistimos, redoblado por el affaire Ucrania), va en contra de la principal línea de intervención estratégica estadounidense, el pivote en Asia-Pacifico. ¿Por qué? La estrategia del pivote trata de establecer una trama de acuerdos en Asia-Pacifico, bilaterales y multilaterales, económicos y militares, tendientes a crear un equilibrio de fuerza que impida la hegemonía China en la región. Si Rusia gira al Oriente más que a Europa, y solidifica su alianza con China, fortalece la posición de Beijing.

La política del pivote asiático necesita imperiosamente una Rusia que mire a Europa. Sobre esa Rusia volcada a Occidente debería actuar el socio-contrincante (Europa) mediante el palo y la zanahoria para debilitar a Moscú. China quedaría así mirando al sur, sin un socio que cubra su espalda, y sin posibilidad de construir un corredor terrestre con Europa.

El efecto dominó disparado por Ucrania es el contrario: una Rusia que mira a Oriente, se fortalece en su alianza con China, pero no abandonará Europa. Por el contrario, con sus espaldas cubiertas intentará proyectarse en Europa con más fuerza. Cuenta para hacerlo con la palanca clave de la dependencia europea de su gas. Por su parte, China gana un socio que le garantiza el acceso al territorio continental para reconstruir una nueva ruta de la seda que la comunique con Europa. Esa reconstrucción implica incrementar la seguridad de sus abastecimientos, actualmente muy dependientes de la ruta marítima que une el Índico con el Pacífico a través del estrecho de Malaca, dominado por la Armada estadounidense.

El debilitamiento de Washington y la velocidad con la que debe responder a desafíos en todos los frentes, es el origen de las inconsistencias en su estrategia. Buscar al mismo tiempo aislar a Rusia y a China parece un objetivo imposible. Se debe elegir uno u otro. Si sumamos la necesidad de mantener contradicciones internas en la UE e impedir la constitución de una visión estratégica unificada, agregamos una dificultad extra en la consecución de cualquiera de los dos objetivos anteriores.

Es el debilitamiento objetivo (y no la incapacidad de sus estrategas) la causa última de que su política transatlántica provoque efectos contradictorios con su política transpacífica.

Notas:

[1] Proceso magistralmente estudiado por Michel Collon en sus libros “El Juego de la Mentira” y “Monopoly”.

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