Pensamiento Crítico. Contra el paso de Bolívar, los héroes invertidos del neocolonialismo
Por Geraldina Colotti, Resumen Latinoamericano, 24 de julio de 2025.
En la jornada de la resistencia indígena, comparto estas reflexiones que compartimos con el Centro Nacional de Estudios Históricos, a partir de la figura de Bolívar y el significado que asumió, en la revolución bolivariana, para todos los pueblos de América Latina. Reflexiones que también se proponen mostrar porque la Europa de los banqueros, de la guerra imperialista, de la OTAN y de las grandes instituciones internacionales, necesita tergiversar o ocultar el sentido de Bolívar y de la revolución bolivariana: para impedir que los pueblos no sólo vuelvan a organizarce para «hacer como en Rusia» (como dijeron en el siglo pasado, en alusión a la revolución soviética), sino también que actúan para hacer como hizo Chávez con la revolución bolivariana, obviamente en relación a sus propios contextos históricos.
Por esta razón, la burguesía implementa todo tipo de estratagemas para impedir que los pueblos se reconozcan entre ellos y descubran su verdaderos heroes. Hoy, en tiempo de la guerra cognitiva, los mecanismos que la classe dominante impone a los dominatos en la vieja Europa, son más sofisticados, pero responden a los mismos intereses y apuntan a los mismos objetivos, de una parte a otra del planeta: garantizar la existencia de un modelo capitalista en crisis estructural, mediante la guerra imperialista, y el robo de recursos de países del Sur Global; y conseguir que se identifiquen con su agresor, defendiendo así sus cadenas, como si fueran una garantía de bienestar social.
“Bienaventurados los pueblos que no necesitan héroes”, escribió el gran poeta revolucionario alemán, Bertolt Brecht, queriendo decir que, mientras tengamos que luchar, necesitamos figuras que, con su ejemplo, encarnen ideales colectivos.
En el siglo pasado – el siglo de las revoluciones – no hacía falta explicar cuáles eran los ejemplos a seguir por los explotados. Y no se utilizaban eufemismos para señalar a los traidores, ya que la batalla de símbolos estaba definida por elecciones concretas.
Hoy, la burguesía intenta por todos los medios imponer una nueva hegemonía, y lucha ferozmente contra los pueblos que, como Venezuela, recuerdan con orgullo los símbolos de la independencia contra el imperialismo, para contrarrestar el regreso a América Latina de la nefasta Doctrina Monroe.
La batalla de las ideas, más necesaria que nunca para todos los pueblos del planeta, es también una batalla de resistencia simbólica, que ayuda a elegir de qué lado estar. No es casualidad que, desde Venezuela hasta el Monte Sacro, en Roma, la oligarquía y los nuevos fascismos, que prosperan en ausencia de memoria histórica, destruyan las estatuas de Bolívar, como en Cuba la de José Martí, héroe de una independencia que se ha incontrado con los ideales del socialismo. Y no es casualidad que en los países de Europa del Este, más subordinados a la OTAN, se estén destruyendo los símbolos del comunismo y del Ejército Rojo, que liberaron al mundo del nazifascismo. Para no hacer que un exemplo de los más recientes, la Alta Representante para la Política Exterior de la UE, la báltica Kaja Kallas, es conocida por la furia con la que destruye las estatuas que honran al Ejército Rojo, que liberó a Europa del nazifascismo.
“Alerta, alerta, alerta que camina, la espada de Bolivar para America latina” gritan las calles del continente latinoamericano. Y tuvo un enorme impacto, incluso en Europa, cuando Gustavo Petro, al asumir como nuevo presidente de Colombia, levantó la espada de Bolívar, símbolo de la independencia y de la Patria Grande. Esa espada que, cuando Petro combatía en el M 19, la guerrilla había secuestrado, prometiendo que sólo sería devuelta a su lugar cuando el pueblo llegara al poder. Y el pueblo vivió un momento de gran satisfacción al ver la expresión del Rey de España.
La misma satisfacción vivida en los años de la gran ola progresista y socialista en el continente, cuando Chávez, bajo el espiritu libertador de Bolivar, acompañó a los movimientos populares que, durante las cumbres, gritaban: “Alerta, alerta, alerta que camina, la espada de Bolivar para America Latina”. Y tambiénen esos días, que el rey de España no haya sido invitado a la toma de posesión de la nueva presidenta de México, Claudia Sheinbaum, indica que, con Chávez, y hoy con Maduro, Bolivar no ha “arado en el mar”. Así lo demostró el Congreso mundial contra el fascismo, organizado en Caracas, que invitó a los pueblos del mundo a unirse en torno a una agenda común.
La batalla de los símbolos es una parte importante de la batalla de las ideas, porque la burguesía quiere imponer, incluso a los pueblos de América Latina, la misma confusión que impuso en Europa. Y, por eso, frente a las declaraciones de independencia de los pueblos, estimuladas por los mensajes provenientes de Cuba, Venezuela, Nicaragua y los países del Alba, la burguesía utiliza su poderoso aparato ideológico de control para imponer falsos héroes también en America latina.
Así, mientras en Venezuela los estudiantes aprenden desde hace años la historia de las luchas anticoloniales, y pueden valerse de la Comisión anticolonial y de la verdad histórica que se articula con el poder popular y con el ministerio de la Cultura, las clases dominantes lanzan bombas de desinformación simbólica. Difunden, por exemplo, otros tipos de “heroes”. Menciono sólo dos aquí: Agustín Agualongo, y Pablo Morillo. El caudillo Agualongo, hoy es celebrado para las oligarquias porque, a pesar de ser indígena de origen humilde, en 1811 se alistó voluntario en las Milicias realistas reclutadas para luchar contra los ejércitos revolucionarios que atacaban Pasto, donde nació.
En 1819, Simón Bolívar derrotó a las tropas españolas en Boyacá y proclamó la República de la Gran Colombia (actuales Colombia y Venezuela). Pero Pasto se negó a aceptar la derrota y se mantuvo comobastión realista.
Mientras tanto, Agualongo marchó a servir en el Ejército del general español Melchor Aymerich, que defendía Quito. En esta campaña – celebran hoy los “democratas” neocoloniales – se demostró como un líder valeroso y carismático, por lo que Aymerich lo ascendió hasta teniente coronel. Poco después, sin embargo, el ejército realista fue decisivamente derrotado por el subalterno de Bolívar, el general Sucre, en la batalla de Pichincha (1822). Agualongo fue capturado, pero logró escapar y volver a su Pasto natal.
Agualongo se indignó al enterarse de que, mientras combatía en Ecuador, “algunos notables de Pasto” – así se cuenta para dejar una impresión negativa – habían pactado entregar la ciudad a Bolívar. Y aquí se acentúa el “descontento de la población, profundamente realista” y la rebelión que encabezaron, el 28 de octubre de 1822, Agualongo y su compañero el teniente coronel Benito Boves alzando el estandarte real de España y llamando al pueblo a luchar “por Don Fernando VII y la Religión Católica”. Y así se descrive una población entusiasta, formando un improvisado ejército de campesinos, mujeres y hasta niños.
Se trata de poner al mismo nivel a las masas engañadas por el opresor, que lo siguen en sus guerras de conquista, ayer como hoy, y a las masas conscientes que luchan por su propia liberación. Y el reconocimiento del coraje del enemigo, propio de los valientes, sirve para exaltar los métodos cobardes utilizados por los opresores, ayer como hoy. Las palabras atribuidas a Bolívar para reconocer la valentía de los opositores se utilizan hoy para confundir, arrojándolas sin contexto a las redes sociales: presentando como una rendición los discursos de la diplomacia de paz hacía los opositores, y como palabras libertadoras los discursos de la extrema derecha golpista contra «el dictador Maduro», siempre en nombre de los «derechos humanos». Tras la violencia desatada por el fascismo venezolano para negar los resultados del 28 de julio, que dieron la victoria a Maduro para un tercer mandato, por ejemplo, circula un vídeo de un discurso pronunciado hace años en el parlamento venezolano por un golpista declarado. Si no se conoce el contexto y su pasado, se podría pensar que se trata de un fogoso libertario que lucha contra una dictadura, cuando es todo lo contrario.
La fuerzas opresora fueron derrotadas por Bolivar en la batalla de Ibarra de 1823. Pero, el “caudillo realista” Agualongo logró escaparse, hasta que fue capturado y en julio de 1824 fue llevado a la ciudad de Popayán, donde se le condenó a muerte. Negandose a abjurar en todo momento de su “lealtad a España”, pidió ser fusilado con su uniforme de coronel del Ejército español.
Sin embargo, una cosa salta inmediatamente a la vista: por mucho que las plataformas neocoloniales se esfuercen en difundir símbolos invertidos contra la revolución bolivariana, comparando a los traidores de ayer con aquellos que se alojan en el lujo de Madrid, no pueden ocultar la cobardía mercenaria de los que siempre ha lanzado piedras y escondido la mano: escondiendola en la billetera hinchada con el dinero del imperialismo norteamericano, al que quieren devolverle la dignidad al pueblo heredero del Libertador.
Otro personaje que se intenta enfatizar para oponerlo al Libertador como mensaje “desde abajo”, es Pablo Morillo, un hombre del colonialismo español, celebrato como “el campesino de Zamora que derrotó a Bolívar” en la batalla de La Puerta, en 1818. Se cuenta que Fernando VII pensase en él para dirigir, en 1815, la gran expedición a América destinada a sofocar la rebelión que prendía en el continente.
Al frente de 10.000 hombres, Morillo zarpó de Cádiz con el cargo de teniente general y plenos poderes para restablecer la autoridad real. El destino de la expedición, celosamente ocultado hasta que ésta estuvo ya en la mar, no era Buenos Aires, como se creía, sino Venezuela.
Allí llegó Morillo a finales de 1815 y, escriben con entusiasmo los cantores del neocolonialismo, “con rapidez” derrotó a los rebeldes y recuperó Caracas, para irse después a Cartagena de Indias. Tras un largo asedio, triunfó donde los ingleses habían fallado décadas antes y logró la rendición de la plaza y poco después se le entregaba también Bogotá, culminando la reconquista de casi todo el territorio.
Sin embargo, los principales líderes rebeldes, con Bolívar a la cabeza, habían escapado. Morillo pregonó una amplia amnistía para la mayoría de la población, pero “como gesto de firmeza” ordenó la ejecución de los prisioneros más implicados en la rebelión, dictando más de un centenar de penas de muerte.
La historia cuenta como el Libertador expulsó definitivamente a los españoles de Venezuela
en la batalla de Carabobo, en 1821. Pero, la figura de Morillo sirve hoy a los que quieren re-escribir la historia desde un nuevo colonialismo “democratico y humanitario”, para oponerlo, en cuanto “pacificador” al libertador; para presentar a los títeres actuales del imperialismo – que ni siquiera tienen la estadura de los traidores de ante- como alternativa a la supuesta “polarización politica” en Venezuela, y que van a proponer “una amplia amnistía para la mayoría de la población, pero como gesto de firmeza ordenarán la ejecución de los prisioneros más implicados en la rebelión, dictando más de un centenar de penas de muerte”.
“No han podido, ni podrán”, gritan hoy los pueblos que marchan detrás del retrato de Bolívar que, mientras que, como era de esperar, la extrema derecha venezolana eliminó inmediatamente del Parlamento su retrato cuando, en 2015, obtuvo la mayoría.
La espada de Bolívar, el Libertador de América, precursor del antiimperialismo y de la unidad de los pueblos en una Patria como humanidad, cuyo sueño ahora se renueva en Venezuela, todavía indica el camino.
En una Europa subordinada a la OTAN cuyos miembros responden a las decisiones de las grandes instituciones internacionales, el encuentro entre los ideales integracionistas de Bolívar y los ideales internacionalistas del socialismo es una bofetada insoportable para el capitalismo que, tras la caída de la Unión Soviética, había buscado convencer al mundo de que la historia -la historia de la lucha de clases que produciría el sujeto designado para derrotar al capitalismo, el proletariado – había terminado. Y que sólo quedaba T.i.n.a, la sigla con la que Thatcher había definido el punto a no cruzar: There is not alternative, no hay alternativa. Y en cambio, dijo Chávez, hoy la historia es aún más fuerte que antes. Ha vuelto con la revolución bolivariana, y por ello, incluso el demócrata Obama la definió como “una amenaza inusual y extraordinaria a la seguridad de Estados Unidos” y le impone “sanciones”. Porque es la amenaza del ejemplo.
Cuando los militantes de la JPSUV celebran en su congreso el papel de los jóvenes en la Batalla de la Victoria, para los jovenes de Italia, que han perdido toda conexión con su propia historia, esto no dice nada. No conocen los acontecimientos de 1814, cuando jóvenes estudiantes y seminaristas sin experiencia acudieron al llamado del General José Félix Ribas, impidiendo que el ejército realista tomara la plaza de la ciudad de Victoria, en el estado Aragua. Ni saben que, posteriormente, el 12 de febrero fue declarado “Dia de la Juventud”.
Sin embargo, si vieran ese mar de jóvenes ondeando las banderas rojas del socialismo, y sosteniendo retratos de Bolívar y de los héroes de la independencia, tal vez reflexionarían sobre la importancia y fuerza que tienen las raíces y el balance histórico en la reconstrucción de una alternativa en el presente.
La burguesía lo sabe muy bien, y por eso, cuando gana, como sucedió en Italia y Europa después del gran ciclo de lucha iniciado en 1968-69, lo primero que hace es destruir la memoria histórica con las generaciones más jóvenes, para inducirlos a seguir falsas banderas. Por ello, confunde y trastorna los símbolos, difundiendo, a través de la estrategia del «caos controlado», la balcanización de los cerebros, el descarrilamiento de las emociones y la guerra cognitiva, que pretende presentar a las víctimas como verdugos y a los represores como atacados. Lo vemos con Palestina, pero también con Venezuela.
La revolución bolivariana, además de haber revitalizado el sueño del Libertador al proponer una segunda independencia para la Patria Grande, también tuvo el mérito de haber puesto en diálogo el pensamiento de Simón Bolívar con el socialista. Un proyecto que no fue fácil de recibir en Europa, ni siquiera entre aquellos sectores de izquierda que habían decidido apoyar a Chávez, superando las reticencias debidas a su carácter militar.
Queda, especialmente en Italia, el recuerdo del intento de Mussolini y de los historiadores fascistas de manipular el significado del juramento de Monte Sacro, prestado en 1805 por el Libertador en el lugar de la primera secesión de la plebe en la Antigua Roma. En ese simbólico lugar, Bolívar, acompañado del maestro libertario Simón Rodríguez, juró luchar por la libertad y la independencia de América.
Conceptos opuestos a los del dictador italiano, que consideraba el imperialismo «una ley de vida eterna e inmutable», útil para el deseo de expansión de una raza superior. Por estos antecedentes, una parte de la extrema derecha italiana también intentó manipular la figura de Chávez, hasta su desaparición. El Libertador, sin embargo, nunca ha sido incluido en el panteón del socialismo europeo, sobre todo debido al conocido retrato de Karl Marx aparecido a principios de 1858, treinta años después de la muerte de Bolívar, en la New American Cyclopaedia.
Sin embargo, el juicio de Marx y Engels hacia Giuseppe Garibaldi, el héroe de dos mundos que también combatió en América Latina, que admiraba a Bolívar y que conoció, tras la muerte del Libertador, a su compañera Manuela Sáenz, fue de diferente naturaleza. Aunque Marx a veces incluso lo había llamado «un burro» en su correspondencia privada con Engels, ambos apreciaban a Garibaldi no sólo por sus hazañas militares, sino también por su apoyo a la Primera Internacional.
Por lo que pasó con Bolivar, es que, básicamente, Marx entendió la cuestión colonial dentro de la concepción materialista del desarrollo de las fuerzas productivas, aún inmadura en la sociedad americana de la época y en ausencia de una burguesía que el proletariado industrial hubiera podido enterrar. En concreto, están las fuentes en las que se basó el autor de El Capital para escribir la entrada de la enciclopedia, uno de los muchos trabajos que hizo para sobrevivir.
Parece que también leyó las memorias del general inglés John Miller en las que Bolívar aparece de manera positiva, pero sus principales fuentes provienen de los testimonios de algunos de los compañeros de Bolívar en la guerra de independencia, que luego se convirtieron en sus adversarios, como el general de origen suizo Ducoudray-Holstein y su Histoire de Bolivar, terminada por Alphonse Viollet y publicada en París en 1831.
El retrato de Bolívar, salpicado de errores biográficos y definido como poco riguroso por el propio editor Charles Dana, retrata al Libertador como despótico y bonapartista. Como miembro de la aristocracia, sus acciones le parecen a Marx impulsadas por la opresión de clase, lejos de los principios independentistas y libertarios que celebrará en la entrada sobre la batalla de Ayacucho, escrita para la misma enciclopedia junto con Engels.
Un episodio definido como el triunfo de las fuerzas revolucionarias y la destrucción definitiva del imperio español. Los mismos principios reiterados por Marx en otros artículos contra la intervención francesa en México y en reflexiones sobre Cuba, Haití y Centroamérica, y en general sobre las sociedades precapitalistas.
El texto de Marx sobre Bolívar fue redescubierto por el comunista argentino Aníbal Ponce en los archivos del Instituto Marx-Engels-Lenin de Moscú y publicado por primera vez en castellano en Buenos Aires en 1936, en la revista Dialéctica. En 1959, la segunda edición en ruso contiene una crítica al juicio sobre Bolívar basada en el sesgo de las fuentes.
Una tesis retomada y analizada en diversos ensayos latinoamericanos (entre los últimos, el de Vladimir Acosta). El 31 de julio de 1967, pocos meses antes de la muerte del Che en Bolivia, se celebró en La Habana la conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) sobre temas de la Patria Grande, inaugurada por Fidel Castro bajo un gigantesco retrato de Bolívar.
Como nos dijo María León, dirigente comunista, feminista y ex guerrillera venezolana, cuyo padre fue un militar bolivariano que combatió con Cipriano Castro, luego de un largo debate en el PCV de la época, en el que influyó la discusión sobre las fuentes, ilustrado por algunos comunistas del Europa del Este, en 1983 el partido incluyó a Bolívar en su estatuto.
“El Partido Comunista de Venezuela fue el primer partido que apoyó la candidatura de Chávez”, nos dijo María, recordando emocionada una foto suya en la plaza para apoyar la rebelión cívico-militar del 4 de febrero de 1992.
Esa rebelión fue el punto de partida de un proceso que, a pesar del fracaso militar de la operación y la detención de los insurgentes, reiniciará las esperanzas de amplios sectores populares que, con su movilización, obtendrán el “perdón” para Chávez y los demás funcionarios, y le apoyará en su proyecto «bolivariano», que le conducirá a la victoria electoral el 12 de diciembre de 1998.
Chávez había ingresado a la Academia Militar no por vocación, sino para continuar sus estudios, siendo de origen humilde, y convertirse en campeón deportivo. En ese período enseñaban en la Academia profesores civiles, influenciados por el marxismo y el viento anticolonialista que soplaba en el Sur del mundo. Desde su primer año de formación militar -a partir del 8 de agosto de 1971- comenzó a reflexionar sobre la discriminación racial y se puso del lado de los indígenas oprimidos por el ejército de la época. Evitó perseguir a los guerrilleros y de hecho consideró participar en las formaciones armadas con las que entró en contacto.
En la Academia comenzó a estudiar la ciencia de la guerra. Allí, dijo más tarde, empezó a considerar a Bolívar como “un inmenso guerrero y un brillante estratega; Clausewitz, uno de los principales teóricos de la guerra; Mao, de quien aprendí que la base de la victoria está en la unión del Ejército y el pueblo, en una alianza cívico-militar».
Allí, diría después, empezó a crecer su admiración por Simón Bolívar, «un hombre que nació rico, que pertenecía a la burguesía de la época, que era terrateniente, pero que en el camino se hizo proletario y terminó con los pobres, como Cristo, crucificado, conforme a su ley.»
La idea de ejército implementada por Bolívar en sus campañas por la liberación del continente -una idea antijerárquica y popular, en la que incluso los indígenas y afrodescendientes tenían galones de general- había dejado su huella en la sociedad venezolana.
No da tiempo aquí de recordar los numerosos episodios históricos que lo demostraron en la lucha de los militares progresistas contra las democracias disfrazadas de la Cuarta República.
Bajo el liderazgo del Partido Comunista y las fuerzas antifascistas venezolanas, los militares habían desempeñado un papel importante en el derrocamiento del dictador Marco Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958. Pero el llamado “Pacto de Punto Fijo”, que excluía tanto el Partido Comunista como los militares progresistas, impusieron una vez más el consenso de Washington y produjeron profundas divisiones en el marco político de la época.
Así también Venezuela, como Italia, vivió su «resistencia traicionada». Desde 1959, los militares progresistas acompañaron las manifestaciones populares para reclamar tierras, trabajo, viviendas, escuelas, hospitales, carreteras… Numerosas huelgas fueron reprimidas sangrientamente. Rómulo Betancourt, el presidente considerado el padre de la democracia (permaneció en el gobierno de 1959 a 1964), se hizo famoso por la consigna: “Primero disparar, luego comprobar”. Una orden que la policía tomó literalmente, aplastando las esperanzas de los sectores populares.
La constitución recién formada fue inmediatamente rechazada. Para asegurar el pacto de alternancia entre el centroderecha (Copei) y el centroizquierda (Ad), Betancourt suspendió las garantías constitucionales sin pasar la medida al Parlamento. A finales del ‘61, un grupo de estudiantes de secundaria pertenecientes al Partido Comunista secuestraron un avión desde el que inundaron la capital, Caracas, de panfletos.
Las «Águilas», como fueron llamadas a partir de entonces, denunciaron el cierre de espacios para un cambio real y recordaron el asesinato de la joven dirigente estudiantil, Livia Gouverneur, asesinada durante una manifestación. En 1962, grupos de jóvenes oficiales, dentro de una amplia alianza popular de trabajadores, estudiantes y campesinos, encabezaron dos intentos de insurrección en los pueblos de Carúpano y Puerto Cabello.
Los episodios, que se recuerdan como El Carupanazo y El Portenazo, fueron ferozmente reprimidos y se saldaron con cientos de muertos y prisioneros. En ese año, el Partido Comunista creó las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (Faln) en las que, gracias a la presencia de varios oficiales progresistas, se consolidó la «unión cívico-militar» de la guerra de guerrillas. Además, se fundó el Frente de Liberación Nacional (FLN), brazo político de la izquierda, y se unieron los tres frentes guerrilleros del país, que también reflejaban características similares.
Muchos de los oficiales provenían del Carupanazo y del Portenazo. Una tendencia que, en la alternancia de acontecimientos que conducirán a la fragmentación, la rendición o el retorno a la vida política de las fracciones guerrilleras en diferentes momentos históricos, producirá una nueva generación de oficiales progresistas: inspirados por el marxismo y, sobre todo, por el idea de una nueva independencia.
Y así, tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, el entonces teniente coronel Hugo Chávez Frías encabezará la rebelión cívico-militar del 4 de febrero. Así nació el revolucionario Ejército Bolívario-200, que luego se convirtió en Mbr-200. El intento, que tendrá su segundo momento en noviembre, fracasará. En aquella América Latina presa de políticas neoliberales y sin una dirección alternativa cualificada, el episodio dejará sin embargo impresas en la historia las palabras de aquel joven oficial: «Camaradas, lamentablemente la revolución ha fracasado… por ahora».
Una cita, por tanto, sólo aplazada y que ya no se realizará de forma armada, sino en las urnas, lo que dará una amplia e inesperada mayoría a la coalición chavista. Y fue sobre todo el contingente de paracaidistas, del que provenía Chávez, quien lo devolvió al gobierno después del golpe militar que lo derrocó en 2002, por consejo de Washington y con el apoyo de las jerarquías eclesiásticas y los grandes medios de comunicación privados, y que lo había sustituido por el jefe de la Fedecamara, Pedro Carmona Estanga. Cuestiones difíciles de entender, fuera del contexto específico venezolano.
Chávez afirma haber extraído el concepto de alianza cívico-militar también del pensamiento político del líder venezolano Fabricio Ojeda, intelectual y comunista. Periodista y fundador de la Unión Republicana Democrática (urd), luego de haber participado en el derrocamiento del dictador Marcos Pérez Jiménez, Ojeda abandonó su cargo como diputado en el gobierno de Betancourt en 1962, para organizar un Frente Guerrillero Faln.
En su libro La Guerra del Pueblo, escrito poco antes de ser asesinado en su celda por la inteligencia militar, Ojeda dice: “La base antifeudal y antiimperialista de nuestro proceso revolucionario presenta un tipo de alianza que va más allá del origen de la creencia política, la concepción filosófica, de la creencias religiosas, la situación económica o profesional y afiliación partidista de los venezolanos. Para derrotar al enemigo común, su fuerza y su poder, se necesita una lucha unida… Las siguientes fuerzas se inclinan a luchar por la liberación nacional: los trabajadores y campesinos, la pequeña burguesía, los estudiantes, los intelectuales, los profesionales, los mayoría de oficiales, suboficiales, clases y soldados de la fuerza aérea, marina y ejército».
Luego de la derrota del golpe de 2002, la unión cívico-militar se consolidó como doctrina, y encontró fundamento constitucional en el principio de corresponsabilidad en la defensa integral de la patria. En el capítulo sobre los «Principios de seguridad nacional», el artículo 326 de la Constitución establece que el principio de corresponsabilidad entre el Estado y la sociedad civil debe lograr «la independencia, la democracia, la igualdad, la paz, la libertad y la justicia» en los «sistemas económicos», social, político, cultural, geográfico, ambiental y militar».
La alianza cívico-militar tiene su correlato constitucional en la Milicia Bolívariana. Fue creada el 2 de abril de 2005. Tiene funciones complementarias a las de las Fuerzas Armadas, dirigidas al pueblo para la creación de una «defensa integral» en el sentido señalado por Fabricio Ojeda.
Así, tras derrotar el golpe de 2002, Chávez explicó la rebelión cívico-militar del 92 contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez: «Alguien, muy confundido ideológicamente, dice: Son militares, luego son de derecha, son gorilas. Es un error. Nunca hemos pensado en formar un consejo militar. Nunca hemos pensado en un golpe militar clásico para borrar los derechos democráticos y los derechos humanos. Nunca. Somos antimilitaristas y antigorillistas. Nunca hemos sido golpistas. Nos levantamos para estar junto al pueblo venezolano, como soldados transformadores. También hubo quienes definieron nuestra rebelión como «naserista». No lo era, no hubiera tenido sentido, pero en cierto modo sí lo era: en la medida en que teníamos un proyecto social, socialista, un pensamiento panamericanista, es decir bolivariano, y una posición antiimperialista. Somos patriotas revolucionarios. Los golpistas son aquellos que se unen a la oligarquía para atacar a su propio pueblo. Los golpistas son aquellos que, el 11 de abril de 2002, querían instaurar una dictadura en Venezuela. Los golpistas son los traidores que se arrodillan ante el imperialismo norteamericano. Somos bolivarianos, revolucionarios, socialistas, antiimperialistas. Cada día más.»
Por lo tanto, una visión no caudilista, sino revolucionaria, antiimperialista, emancipadora y libertaria del bolivarianismo influyó en el pensamiento militar de Chávez, basado en un concepto de «patria» como humanidad. Bolívar siempre ha estado en contra de la monarquía y la dictadura.
Dice a la asamblea popular en la iglesia de San Francisco de Caracas, el 2 de enero de 1814: “Ciudadanos: yo no soy el soberano. Vuestros representantes deben hacer las leyes.» A principios de 1816, el Libertador (que ni siquiera quiere que lo llamen así «porque debes libertad – dice – a todos mis compañeros de armas»), se dirige a Haití, que había obtenido la independencia de Francia con la revolución de los «jacobinos negros» (según la definición de C.L.R. James).
Será un punto de inflexión. Si bien nadie quiere apoyar la empresa del Libertador, el presidente de Haití, Alexandre Pétion, lo ayuda con armas, barcos y dinero. Bolívar entendió que para obtener la independencia es necesaria la participación del pueblo venezolano, los pobres, los peones, los esclavos y los negros. Al desembarcar, lo primero que decidió fue la emancipación de los esclavos y la igualdad social para todos, con el decreto de Carúpano, el 2 de junio de 1816. “Todo varón sano de 14 a 60 años –dice el artículo 1– debe alistarse en la Fuerzas Armadas de Venezuela.»
Otra notificación, del 18 de julio de 1825, en Cuzco, habla de los derechos de los indígenas y de la conservación de sus monumentos. Y el 14 de febrero de 1820, un discurso del Libertador a las «valientes mujeres de El Socorro», en la histórica ciudad de Nueva Granada, honra así el patriotismo y el «heroísmo de las mujeres que empuñaron la lanza». ¿Habrá hombres más dignos que tú? ¡No! ¡No! Pero sois dignos de la admiración del Universo y de la adoración de los libertadores de Colombia.»
En el libro-entrevista a Ignacio Ramonet (Mi primera vida), Chávez comenta ese episodio histórico de la siguiente manera: «En lugar de Cristo, bien pudo haber una Crista, porque el machismo es terrible en este mundo». Chávez se declaró «feminista» y siempre rindió homenaje a la valentía de las mujeres. Siempre rindió homenaje a Manuelita Saén, La libertadora del Libertador, y trajo al Panteón a muchas heroínas de la independencia.
También le encantaba contar una anécdota célebre del Libertador. En Lima, en diciembre de 1824, tras la victoria de Ayacucho, se organizó una gran fiesta y, «en aquella sociedad clasista peruana, ninguna mujer accedía a bailar con un general negro, José Laurencio Silva, uno de los más grandes oficiales venezolanos, forjado en cientos de batallas.»
Bolívar se paró frente al general, ordenó que se detuviera la orquesta y en impresionante silencio se acercó al oficial y le dijo: «General Silva, bailemos». Y los dos bailaron un rato. Así era Bolívar.»
Así era Chávez. De Bolívar le encantaba repetir esta frase: “Soy sólo una pajita arrastrada por el viento huracanado”. El huracán de la gran historia, que es la historia de la lucha de clases, de la que tanto Bolívar como Chávez fueron instrumentos e intérpretes, y por eso, como repiten las calles del socialismo bolivariano, no murieron, sino que «se multiplicaron».

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