Venezuela: Para dónde va ese diálogo
Resumen Latinoamericano/José Roberto Duque/Misión Verdad – En una fecha tan significativa como la víspera del 11 de abril acaba de tener lugar en Miraflores un encuentro muy interesante. Seamos justos: fue un encuentro importante, no sólo interesante (esa palabra parece hablar de una curiosidad de circo). No porque de allí salieran o vayan a salir acuerdos destinados a que los conspiradores dejen de conspirar, ni para que el Gobierno detenga la marcha del proyecto llamado bolivariano. Fue importante porque le mostró a la gente, en una sola sesión y en una sola transmisión, dos de las caras antagónicas de esto que llamamos país.
Nada que no ocurra diariamente en twitter, es verdad, pero con una singular variante: esta vez el Gobierno y sus conductores estuvieron allí aguantando un chaparrón, respondiendo, replicando, argumentando. Todo esto en presencia de invitados internacionales. Este detallito le proporcionó a ese encuentro un aire de jalón de orejas escolar: los muchachos revoltosos del salón de Nuestramérica citados, no a la Dirección de la escuela, sino a una asamblea con los compañeros de clases, para explicarles qué mierda nos pasa que no podemos ser como los demás: mansitos, silenciosos, obedientes y más o menos jalabolas del profe.
Buen ejercicio, buena terapia, no para el ego o el sistema nervioso de las personas presentes en ese lugar, sino para un país que necesitaba ver discutir a quienes proponen planes, políticas o sistemas, sin que se les vea en la prostituta calle guerreando con los demás.
Provocadores profesionales
Varias cosas quedaron en evidencia en esa reunión transmitida en cadena nacional.
Una: la «unidad» opositora no funciona como estructura aglutinadora de voluntades antichavistas, pero sí como aparato de provocación. Todos los voceros que hablaron allí lo hicieron «entubados» en un tema previamente acordado: todos se refirieron a las difíciles condiciones económicas, a la escasez de productos, como origen y causa de las «protestas pacíficas». Todos, menos Capriles. A este muchacho le dedicaremos tres líneas al final.
Con esta estrategia consiguieron dejar en el auditorio, sobre todo entre los invitados, la sensación o la idea de que las acciones criminales que tuvieron lugar en algunas urbanizaciones en estos dos meses fueron «protestas populares por la situación económica».
Fue fácil de desmontar esa cháchara (muchacho de urbanización no se indigna por el dolor de los pobres, nunca, en ninguna parte), pero produjo el efecto deseado entre los señores cancilleres.
Otra: así como los dirigentes burgueses de la MUD siempre hablan como burgueses, porque lo son, a la vocería gubernamental le cuesta un mundo apartarse de los códigos verbales creados y popularizados por Chávez. Ustedes opinarán si eso es bueno o malo. A mí me parece que, sin ser algo atroz, deja una sensación de estancamiento: en la calle hay un pueblo productor de ideas y de lenguaje, y todavía los dirigentes de ambos bandos se niegan a hablar distinto a como hablaban hace doce años Luis Miquilena y Carlos Ortega (y, en el caso de Ramos Allup, como hablaba Rómulo hace medio siglo y más). Asunto de semiólogos y asesores comunicacionales.
El execrado
Otra cosa importantísima: los dueños de la MUD ya no representan a nadie en el antichavismo pero hablan y actúan como si ellos fueran los únicos garantes de la paz. Sobre los discursos de Ramón Guillermo Aveledo y de Julio Borges ronroneaba un cigarrón que en su farfullar decía: «Cuando yo dé la orden se acaban las guarimbas». Todo el mundo en Venezuela sabe que ya las guarimbas se acabaron, pero, nuevamente, el destinatario recibió el mensaje: los cancilleres de Unasur pueden haberse llevado la impresión de que todavía hay un alzamiento popular en Venezuela.
¿Creerá alguno que Aveledo y Borges tienen en sus manos o en sus hocicos el final de esas presuntas revueltas? Habrá que preguntarles.
Pero una cosa sí se desnudó clarita y prístina: el Borges, que hace apenas unos días lloraba a moco suelto porque sus compinches de oposición lo execraron por blando (proclive al diálogo con el Gobierno), ahora dejó caer una ficha fundamental: dijo que la única forma en que haya un diálogo productivo en Venezuela es que una cuerda de irresponsables se mantenga jodiendo en la calle. Con esto no sólo insinuó que él es jefe de las «revueltas populares» (cosas que son mentira: las revueltas y su jefatura sobre nadie) sino que coqueteó con la idea de un país convulso en el que la ultraderecha pesca como en río revuelto.
Algo tenía que intentar este monigote para tratar de corregir el incómodo «qué dirán» de los que esperan de él que sea un aguerrido combatiente y no un gafo que habla con el enemigo porque lo único que sabe hacer es hablar. Y lo intentó: ahora resulta que las guarimbas sí son buenas (cosa que negaba hace una semana) porque ayudan al diálogo.
La voz de las tribunas
¿Y qué hay de las tribunas? ¿Cómo han recibido los ciudadanos comunes eso del diálogo Gobierno-oposición? Nos moleste o no este dato, existe un amplificador instantáneo del pensar de los bandos en pugna y esa cosa se llama twitter.
La calle, la esquina, el bar, la cola, el autobús por supuesto son las tribunas donde el pueblo discute y profundiza en los temas de interés nacional o doméstico. Pero el primer vómito, la primera reacción, el primer termómetro de las temperaturas políticas en la calle se vuelca siempre en esa red virtual. Andrés Velásquez suelta una ridiculez, Ramos Allup un chiste malo o brillante, Barboza un discurso para el bostezo, Maduro una frase choreta, y medio minuto después ya hay 50 comentarios al respecto. En tres minutos ya no son 50 sino 500 comentarios y en diez minutos ya esa red hierve en discusiones multivectoriales y lanzaderas de flechas, imágenes y dictámenes amargos, ingeniosos, sensatos o irresponsables.
Uno se ve tentado a decir: «Los tuiteros no califican como opinión pública porque son bichos que se la pasan pegados a una computadora o al teléfono». Pues no: un tuitero no es una especie extraterrestre sino un ciudadano cualquiera que tiene opiniones y las vuelca en las herramientas que ofrece internet.
Pues bien, ese ciudadano, reproductor del sentir que mucha gente que tiene o no tiene twitter, ese súbito autor del comentario y la reflexión al instante, soltó anoche su primer dictamen: el Gobierno es la voz del proyecto chavista y la MUD está queriendo capitalizar la violencia de otros. Limosna con escapulario ajeno: unos muchachos bobos fueron a destruir, luego unos mercenarios salieron a matar (lo que queda en lugar de las guarimbas), y la MUD quiere cobrar los dividendos al lamentarse por unos y proteger a los otros.
No es un análisis chavista: es lo que el escuálido raso promedio dice de esos señorones que fueron a dialogar con el Gobierno al que quieren derrocar.
Caso Henrique Capriles
Comentaba arriba que todos los voceros de la MUD se refirieron al tema económico y «explicaron» que esa era el origen de las revueltas. Todos menos Capriles: su exposición consistió en tratar de engañar a los oyentes diciendo que el país está revuelto porque él no es presidente. La frase que le faltó decir no le hizo falta expresarla porque se le chorreaba en cada frase: «Todo empezó cuando me robaron las elecciones y yo te dije que iba a ir por ti, Nicolás».
Una vez más, el derrotado y aislado de la jornada fue este imbécil a quien habrá que levantarle un monumento a la desubicación: todos los presentes en Miraflores estuvieron allí porque reconocen que hay un Gobierno y un presidente. Todos menos él, que sige insistiendo en la tesis del gobierno ilegítimo y en que le robaron las elecciones.
No me queda sino parafrasear a Chávez (el mismo vicio verbal del Gobierno pues): «Ah muchacho pa bobo».
Para dónde va eso
El diálogo entre el Gobierno y la oposición arrojará como resultado la difusión de una noticia importante: en Venezuela hay bandos o polos opuestos que se detestan pero son capaces de discutir a rin pelao, a la vista de todo el mundo y también en privado. Simpatiquísima la propuesta de Aveledo, por cierto: «Sostengamos unas reuniones televisadas y otras a puerta cerrada». Los adecos son los papás de los helados en eso de la negociación secreta y el acuerdo en la sombra, pero en fin, la política pasa también por ese requisito.
Creo entonces que los resultados de estas conversaciones serán al menos dos: el resultado público, consistente en que todo el mundo, incluida la veleidosa opinión pública internacional, se percatará ahora de que las agrias discusiones venezolanas no revelan otra cosa que el vigor de una democracia caribeña, ardorosa siempre y a veces un poco infantil. Y el resultado «a la sombra», que seguramente tendrá que ver con el compromiso de no permitir que las diferencias y disensos desemboquen en un desborde de la violencia o la destrucción del adversario.
Vuelta al principio: ¿y será que la MUD está en condiciones de frenar la violencia? ¿No quedamos en que los financistas y estimuladores de la violencia son otros y están en otra parte?
Esperen los comentarios desde Miami para que verifiquen esto último y se lleven esta preocupación.




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