Argentina. La otra pandemia: conmovedora carta de una enfermera del Garrahan ante la muerte de una adolescente

Resumen Latinoamericano, 3 de mayo de 2021.

Esto no es una crónica periodística, sino el testimonio de una enfermera del Hospital Garrahan sobre Antonella Sánchez, fallecida por un cáncer a los 16 años en medio de la pandemia de pueblos sometidos a fumigaciones, pesticidas, y muerte.   

O tal vez las crónicas de esta época muchas veces deban ser escritas por enfermeras y no por periodistas, porque las salas de terapia y cuidados intensivos son el mejor lugar para comprender mucho de lo que ocurre en la actualidad con el modelo productivo.

La carta enseña que no se trata solo de observar, sino también de sentir.

La enfermera de cuidados intensivos del Garrahan es Mercedes Mechi Méndez. Es además, desde hace años, un motor de encuentros, eventos y revelaciones que permiten difundir y crear conciencia sobre los estragos del modelo basado en agrotóxicos y transgénicos, cuyo resultado ella puede observar al atender a niñas y niños con cánceres inenarrables llegados al Garrahan desde los pueblos fumigados.  

El contexto de la carta de Mechi Méndez: Antonella tenía 16 años. Falleció este jueves 29 de abril de cáncer. Luego de varios meses de internación en el Hospital  Garrahan de Buenos Aires  y la amputación de una de sus piernas, Antonella había vuelto a su casa en Paraje Puerto Viejo, Lavalle, Corrientes sabiendo tanto ella como su familia que a su corta vida le quedaban apenas días. 

Antonella es hermana, por parte de su mamá, de José Carlos Rivero, apodado Kily, un niño que falleció en diciembre de 2012 a los 4 años de edad, a causa de envenenamiento por un agrotóxico utilizado en la cosecha de tomate, actividad productiva central de toda esa zona correntina. En su cuerpo, detectado en un análisis de orina que le hicieron en el hospital de Goya, se encontró un organofosforadoAdemás, pericias posteriores encontraron el mismo compuesto en las hojas de las plantas de tomate del establecimiento hortícola y en el cuerpo de los chanchos muertos en la propiedad de la familia Rivero.

En menos de una década dos menores de una misma familia perdieron la vida. En ese tiempo ninguna de las condiciones ambientales que produjeron la muerte de Kily se modificaron. Todo lo contrario. Y no son estos los únicos casos.

En ese mismo lugar, en Paraje Puerto Viejo, en marzo de 2011 Nicolás Arévalo de 4 años y su prima  Celeste Estévez de 5 años también  se habían envenenado. Nicolas falleció el 4 de abril de 2011 por “edema agudo de pulmón producido por intoxicación por plaguicida”. La autopsia concluyó que tenía endosulfán en su cuerpo.

Celeste Estévez sobrevivió, aunque estuvo 3 meses internada en el Hospital Garrahan de Buenos Aires, y continúa en tratamiento de por vida por los graves daños hepáticos  producidos por el plaguicida órgano clorado alfaendosulfan.

Esos hechos alcanzaron mayor trascendencia  a nivel nacional y terminaron en un segundo juicio tras apelarse el primero en 2016 que hacía absuelto al productor responsable[1] (http://www.juscorrientes.gov.ar/wp-content/uploads/prensa/pdf/2016/Fundamentos-Sentencia-PRIETO.pdf).

En diciembre de 2020, el Tribunal Oral Penal de Goya (Sentencia N° 128/20[2] [1] http://www.juscorrientes.gov.ar/wp-content/uploads/prensa/pdf/2021/SENTENCIA-TOP-DE-GOYA.pdf) condenó a Ricardo Nicolás Prieto, dueño de la tomatera,  a 3 años de prisión condicional por el homicidio culposo de Nicolás Arevalo y lesiones culposas de Celeste Estévez. El productor goza del beneficio de la condicional supeditado a tomar clases de capacitación en el buen manejo de agrotóxicos.

Familiares de Nicolás Arévalo y Kily Rivero, dos de los muertos a los 4 años de edad envenenados por los agrotóxicos.

Al conocerse la muerte de Antonella, Meche, quien la atendió durante años, escribió esta carta pública que combina la información con el estremecedor panorama que pinta un modelo en el que la vida puede ser apenas un daño colateral. Y el virus es el de otra enfermedad global y local: la indiferencia.

En este texto quedan planteadas todas las preguntas que deberán responder quienes no actuaron a tiempo para evitar otra muerte anunciada.

Perdón y gracias.

Una Carta para Anto, por Mercedes –Mechi– Méndez

“¿Qué más vamos a tener que demostrar?” (Dr. Andrés Carrasco)

Me acabo de enterar y, no por anunciada, tu muerte causa menos tristeza, dolor o impotencia.

Apenas adolescente y tuviste tanto que sufrir, nunca sabremos cuánto, en tu corta existencia.

Sabes Anto que no suelo escribir mucho, tampoco lo hago muy bien. Solo escribo cuando el corazón está muy roto, la pena es muy grande y cuando considero que lo que tengo para decir, vale más que el silencio. Aunque ¿sabes? También siento que se me acaban las palabras para lograr que los que tienen que escuchar, escuchen y también hagan.

Mi relación con tu familia y tu Lavalle querido, lamentablemente no fue por algo feliz. No. Fue a partir de otras situaciones de enfermedad y muertes extremadamente evitables: Durante el año 2011 el pequeño Nicolás y su prima Celeste fueron intoxicados de manera aguda por los venenos de la producción de tomates de esa ciudad, tomates que todos consumimos claro.

Y, un año después, en mayo del 2012 más precisamente, el pequeño José -Kily- como lo nombraban, tu pequeño hermanito de cuatro años, también fue alcanzado por los venenos esparcidos impunemente en ese hermoso lugar de la provincia de Corrientes.

Nicolás murió en Corrientes. Celeste y Kily tuvieron el “privilegio” de llegar a la Alta Complejidad del Hospital Garrahan. En cuanto a Kily, la alta complejidad no alcanzó para salvar su vida.

Creo que no te lo había contado, pero el 2011 en mi vida marco un antes y un después. Estos hechos que narro fueron parte de ese quiebre. Desde entonces visité muchos lugares fumigados, recogí y difundí testimonios de los damnificados y entre esos lugares conocí Lavalle, la belleza del lugar y también observé in situ la situación de exposición continua y permanente a un modelo de agricultura que envenena, enferma y mata.

Viví junto a las familias el vergonzoso primer juicio por Nicolás y Celeste, donde absolvieron a sus envenenadores.

Y fue desde ese 2011 que me propuse intentar hacer un humilde aporte desde el lugar en el que me desempeño, como bien sabés, como enfermera desde hace casi tres décadas –Htal. Nacional de Pediatría Juan P. Garrahan– para visibilizar y difundir este ecocidio a cuentagotas (agudo y crónico) en el que los gobernantes de turno nos han inmerso y en donde la infancia –no tengo dudas– es una de sus víctimas principales, enfermando y muriendo, en territorios cada vez mas agonizantes, producto de estas industrias sucias.

Vos Anto ni habías nacido, pero un tal Lawrence Summers, vicepresidente del Banco Mundial, sostuvo y propuso hace ya unas décadas que verter los residuos tóxicos en áreas donde la gente ya tiene vidas más cortas, no preocupaba a nadie. Lo hicieron. Lo hacen. Y no se equivocó, claro.

Y te contaba, precisamente desde ese año emblemático para mi –2011– insistimos con la Junta Interna de ATE, en traer al Hospital las voces de los damnificados, y de los profesionales comprometidos con la Salud y el Cuidado del Medioambiente, profesionales de distintos ámbitos académicos, muy reconocidos, que explicaron de manera clara y generosa, por qué es INDISPENSABLE a esta altura de las circunstancias asociar la situación ambiental a la salud de los territorios e indefectiblemente de las personas que los habitamos.

Y por ejemplo insistimos no una sino varias veces en la necesidad de instalar en el Garrahan y/u otros establecimientos –agrego ahora– un laboratorio público, accesible y gratuito, sin conflicto de intereses, de pesquisa de tóxicos ambientales relacionados a los modelos de producción.

Nunca fuimos escuchados Anto, ni siquiera han respondido nuestras misivas.

Entonces me sigo preguntando ¿Cómo puede ser que a esta altura, aun no se tenga en cuenta qué pasa en el ambiente de donde provienen ustedes, los pacientes ¿Qué pisan, respiran, tocan o toman? ¿Y sus padres? ¿Qué sustancias venenos-tóxicos cargan ustedes en sus cuerpos?

Lamentablemente Anto, siento que nadie escucha.

Siento que se me acaban las palabras, siento también que se me acaban las estrategias.

Será Anto que los sillones que ocupan muchos de los sordos, son demasiado mullidos y que por mas Posgrados en “ambiente” que tengan o cargos en Sociedades Científicas o Departamentos Hospitalarios con muy buena prensa, nunca abandonaron su comodidad para probar pisar el mismo suelo que pisan ustedes, ni respirar el mismo aire que respiraron ustedes o tomar del mismo agua que lo tomaron ustedes. Tal vez ahí si tomarían otras decisiones.

Parece Anto, que el trasero les pesa mucho y no pueden levantarlo para saber qué pasa en esos territorios, envenenados, arrasados por modelos de producción que cada vez profundizan más este ecocidio.

Me pregunto Anto ¿Qué diferencia hay entre los habitantes-pacientes de esos territorios (que ya casi su daño ocupa la integridad del país) y los ratones de Seralini? ¿O los embriones de Carrasco? ¿O los sapitos de Lajmanovich? Esto que dicho de manera sencilla, a muchos les puede causar hasta gracia, tal vez esconde lo más profundo de todo lo que me sale contarte como homenaje-despedida.

Sabes que en estos días en Córdoba se anunció que nuevamente los niños (todos los estudiados por el equipo de la Dra. Delia Aiassa, quien estuvo dos veces en el Hospital compartiendo gentilmente sus investigaciones) tienen daño genético, en relación a las fumigaciones a las que estuvieron expuestos. No vas a creer si te digo que ¡a nadie se le movió un pelo! Increíble el nivel de indiferencia de quienes deberían decir y hacer sobre el tema y no solo colgar un comunicado en sus portales, sino hacerlo de manera más explícita y contundente.

Sin duda Anto, el llamado menos esperado fue a principios del 2020. Ahora vos, la hermana de uno de los pequeños que fueron emblema de lucha contra este modelo toxico, eras derivada por una enfermedad, grave, oncológica.

Y no voy a hablar de nada relacionado a tu asistencia, no sea cosa que muchos de los que no se le mueve un pelo desde lo ambiental, me acusen de “revelar” cuestiones que tienen que ver con el ámbito de la privacidad. No lo hago nunca y no lo haría por respeto a vos y tu familia, no por ellos y su hipocresía claro está.

Aunque sé que te lo dije, te lo repito ahora: a pesar del dolor, como siempre me pasa, disfruté mucho –sí disfruté- el privilegio de poder conocerte, acompañarte y atenderte en momentos tan difíciles por los que tuviste que pasar y como siempre, también aprendí de vos y de la leona de tu mamá. Gracias por eso.

Sabés que hace poco tuve conocimiento de un Informe del año 2019, que aun no tengo oficialmente en mis manos, que fue la continuidad de una denuncia que realizara en la Defensoría del Pueblo de la Nación en el año 2013 sobre la situación allí en Lavalle.

Tantas cosas habían pasado desde entonces que claro, era más que tardío. Pero si de algo sirve su lectura, es para reconocer que el ambiente toxico que en 2011/2012 se llevo la vida de Nicolás y Kily y enfermó gravemente a Celeste, continuó exactamente igual o peor en toda la zona, por lo que no quedan dudas del ambiente extremadamente toxico en el que vos Anto debiste seguir viviendo, creciendo, enfermando –durante todos estos años– y lamentablemente también muriendo a tan temprana edad.

Y, lo que es peor, algunos que se dicen expertos, sostienen que estas cosas aun no pasan. Muchos sostenemos que el futuro ya llegó hace rato, solo basta con poner el oído a los damnificados, pero si no creen en eso, también hay muchas publicaciones que lo sostienen.

Nadie duda que hay que atender la enfermedad una vez producida, vos comprobaste esto por sí misma, poniendo tu cuerpo.

Pero también sé que tanto vos, como todos los niños de tu lugar y de tantos otros, deberían gozar del derecho de NO ser expuestos de manera crónica y/o aguda a esos venenos y que a esta altura, además de exigir que se dejen de utilizar deberíamos saber qué, cuáles, cuánto portan sus cuerpos, qué daños están produciendo, y también saberlo para poder prevenir posibles daños a futuro.

Es inexplicable que en semejante contexto, las investigaciones solo apunten a tratar la enfermedad.

Te dije Anto que se me acaban las palabras y –al menos por ahora, hasta que el dolor afloje– también las estrategias para poder seguir, junto a otros, esta lucha de oídos sordos.

Solo me resta agradecerte por tus sonrisas, por tus tímidas palabras, por tus hermosos dibujos y flores artesanales que atesoraré por siempre.

Y no tengo dudas de que, cuando la tristeza afloje, se transformará en lucha nuevamente, siempre te hablaba de la importancia de observar las emociones ¿te acordás?

Te prometo seguir exigiendo la Justicia que aun no hubo por la muerte tan temprana de tu amado Kily. Y, aunque el desánimo a veces me gana, seguir insistiendo para que tus otros hermanos que tanto querés y el resto de los niños puedan vivir en un ambiente sano, en el que jugar, respirar o tomar agua no les cueste la vida.

Y perdón Anto por haber esperado en vano, como tantos otros niños, la llegada de una prótesis que pudiera suplir en algo el sufrimiento causado por la amputación/desarticulación de tu pierna como parte del tratamiento recibido para combatir la enfermedad.

Por último Anto, ojala hayas podido perdonar, para irte en paz, la indiferencia de una sociedad que hasta tus últimos días, te cerró el camino –de manera literal– para ser trasladada en ambulancia hasta el Hospital donde debían atenderte, transformando una vez más la frase “El Interés Superior del Niño”, con la que tanto se llenan la boca los funcionarios de turno, en palabras totalmente vacías de contenido y que poco o nada tienen en consideración.

Vuela muy alto hermosa Anto, ojalá –como le dijiste a tu mami que imaginabas el después– puedas estar finalmente junto al Kily; él tocando la guitarra y vos el ukelele, libres, sin dolor, sin sufrimiento e indiferencias varias.

Quiero, deseo, necesito imaginarlos así, porque la realidad es casi inimaginable de soportar.

Mil gracias Anto y perdón por no haber podido hacer mucho más.

Con todo mi amor:

“La Señora Mechi”*

(Como te salía llamarme, aunque te retara siempre)

 “La salud de una sociedad puede ser juzgada por la salud de sus niños. Esto supone la identificación precoz de riesgos prevenibles y la traducción inmediata de estos conocimientos en intervenciones eficaces con políticas de protección”

Dra. Delia Aiassa y Equipo de investigaciones sobre los daños genéticos de agrotóxicos en la niñez.

Nota: A todo el que quiera aportar a la opinión-discusión sobre esta grave problemática, solicito el mayor de los respetos para Anto y toda su familia.

Opino que son muchos otros los personajes, más allá de la familia, que deberían ser interpelados seriamente a dar respuestas ante la grave situación de modelos tóxicos de producción que solo dejan desolación, enfermedad y muerte; modelo que ya no tolera mas discusiones o dilaciones para tomar decisiones que contemplen el cuidado de los Territorios y por ende de la Salud de sus habitantes.

Hago un llamado extensivo también a todos los compañeros relacionados a la Ciencia que se expresen al respecto exigiendo medidas sanitarias urgentes que contemplen la problemática aquí planteada.

Gracias, Mechi.

Dibujo: de Antonella Rivero.

Fuente: Lavaca.

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