Colombia. La importancia regional del paro

Por María Fernanda Barreto* Resumen Latinoamericano, 15 enero 2020

Desde el pasado 21 de noviembre Colombia entró a formar parte de la oleada de levantamientos populares en Nuestra América contra los “paquetazos” neoliberales. Ecuador, Haití, Chile y Costa Rica, ya son parte de esa misma reacción contra las medidas económicas diseñadas para aumentar la desigualdad, cuya primera manifestación se dio en Venezuela el 27 de febrero de 1989, y está acompañada de la lucha contra el modelo de democracia representativa que se evidenció excluyente al garantizar solamente los derechos políticos y económicos de las minorías, como es el caso de Chile y Panamá. Todo esto, expresión político económica del mismo sistema.

Estas salidas del pueblo a la calle se dan en el marco del relanzamiento de la doctrina Monroe con el que Estados Unidos busca un reacomodo precipitado del tablero geopolítico que le sea favorable, lo que significa, atacar a los países “no alineados” a la vez que se profundiza el poder en sus aliados más sumisos, indecorosa lista que en el continente está encabezada por Colombia.

Como hemos dicho otras veces, comprender la realidad colombiana es un reto a la complejidad desde afuera y un reto al “ensimismamiento” desde adentro. Los poderes fácticos avanzan en el control del estado y por supuesto su gobierno, mientras la violencia, la judicialización y la burla, son las únicas respuestas que continúa recibiendo el pueblo movilizado.
Así, tras un mes de exitosas jornadas de paro y movilización, este 20 de diciembre a las 4:49 am. Terminó de aprobarse en Bogotá, la ley con la que se esconden decenas de exenciones de impuestos para favorecer a las grandes empresas y las mafias en detrimento del erario, tras solo tres resoluciones que favorecen a las mayorías. Gracias a esta ley que fue detonante del paro, el país que según el Banco Mundial es el segundo más desigual de la región, disminuirá su recaudación de impuestos al desgravar, por ejemplo, las operaciones de cirugía estética, las corridas de toros y los eventos de la Conmebol.

Otra de las peticiones del Comité de Paro, ha sido el desmontaje del Escuadrón Anti Disturbios de la Policía Nacional (ESMAD) dado el número de asesinatos -calculado en 34- e innumerables violaciones a los derechos humanos que ha cometido desde su creación en 1999. Sin embargo, ya el presidente anunció públicamente esta semana, que lejos de negociar con el Comité alguna resolución sobre este escuadrón, planea aumentar el número de funcionarios adscritos a él, en el 2020.

En suma, el estado colombiano ratifica que su intención no es la de construir la paz sino la de pacificar el país, es decir, lograr la rendición de la insurgencia y el sometimiento del pueblo que se organiza para exigir sus derechos sin el poder de las armas.

Hoy, cuando en el mundo se va consolidando el multilateralismo, la bestia herida huye a “sus predios” y nuevamente se empeña violentamente en controlarlos expulsando de ellos a quienes ponen en riesgo su hegemonía mundial, es decir, China y Rusia y pretendiendo aplastar con violencia las respuestas populares a sus imposiciones económicas, políticas y también militares, como es el caso del golpe de estado en Bolivia.

En todo este plan, el papel concedido a la cuna de Santander y sus herederos directos e indirectos, ha sido el de expandir dos grandes negocios que sostienen la economía norteamericana y han garantizado la sobrevivencia del capitalismo en sus últimas crisis: el narcotráfico y la guerra.

Paulatinamente en la última década, ha aumentado el tráfico de drogas desde Colombia hacia Norteamérica pero igual hacia Chile, donde incluso se han comenzado a encontrar laboratorios donde se “recocina” la cocaína, y continúa el intento de controlar rutas hacia el Lago de Maracaibo en Venezuela. Si el gobierno de Nicolás Maduro, en lugar de cerrar las puertas a esa ruta, las abriera, es de esperarse que las relaciones de Duque con Miraflores, serían las mejores. Pero no siendo así, no solo el estado colombiano agrede constantemente a Venezuela por órdenes estadounidenses sino que también los carteles del norte, es decir los mexicanos y la DEA, mantienen su empeño en violentar la soberanía de la República Bolivariana.

En cuanto a la guerra, mientras un golpe militar logra imponer a Jeanine Añez en Bolivia, casada con el no muy prominente político conservador colombiano Héctor H. Hincapié, el primer socio global de la OTAN en la región continúa cumpliendo su papel, formando para la represión violenta a militares y policías de diversos países y alimentando con mercenarios las contratistas militares privadas, pero también exportando su modelo paramilitar.

La invasión paramilitar sobre Venezuela es sostenida desde el 2002, las últimas operaciones del grupo Los Rastrojos a favor de Juan Guaidó develadas por los cuerpos de inteligencia, la volvieron a evidenciar. Pero también ese modelo y su consecuente parapolítica, se mostraron recientemente en Bolivia, y es de esperarse que comiencen a verse en Chile y Ecuador, porque no es solo la militarización de Nuestra América lo que está en marcha con el relanzamiento de lo que Paula Klachko llama la “doctrina de seguridad nacional 2.0”, sino también la paramilitarización.
En estos estertores del imperio capitalista, la urgencia por acelerar el despojo y disputar el poder a las economías emergentes, implica también, que en su agresiva arremetida, intenta sepultar el Derecho Internacional y normalizar la violación de DD.HH. ante la opinión pública. La poca reacción mundial ante las atroces acciones de Carabineros contra el pueblo de Chile, las masacres en Bolivia y Haití, y el genocidio en Colombia, dan cuenta de ello.

Por todo esto vale la pena insistir en que es estratégico para América Latina y el Caribe, mirar hacia Colombia y apoyar al pueblo colombiano en cada levantamiento contra el estado sin caer en la ingenua dicotomía “uribismo o santismo”, y aún asumiendo que no es realmente una insurrección popular lo que ahora está en marcha.

Lo que sí está en juego en este escenario, no es solo el futuro de la antigua Nueva Granada y la vida de un pueblo que no ha cesado de luchar, sino también la capacidad de una ficha fundamental del imperialismo para operar en todo nuestro territorio.

*María Fernanda Barreto Editora- Revista Correo del Alba

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