México. Nunca más tendrán la comodidad de nuestro silencio

Vanessa Nava / Resumen Latinoamericano / 26 de diciembre de 2019

Varios centros educativos mexicanos llevan más de un mes ocupados y sin clases en respuesta a casos de acoso. La rabia por la violencia machista se ha extendido desde agosto, cuando cuatro policías violaron a una menor.

En agosto se difundieron por todo el mundo imágenes que mostraban la rabia de mujeres de México. La respuesta contradictoria que dio el gobierno cuando cuatro policías violaron a una menor encendió los ánimos. El enfado de entonces no se ha aplacado, y en respuesta a los casos de acoso que están ocurriendo en los centros educativos, algunos de ellos llevan más de un mes ocupados y sin clases: hasta que expulsen a los acosadores de los centros. Sin negociación.

El feminicidio no es un problema reciente en México. Desde los años noventa el estado de Chihuahua fue foco de atención; en Ciudad Juárez comenzaron a ocurrir casos de violencia brutal hacia la mujer, incluyendo desapariciones, violaciones y estrangulaciones. En esos momentos, las noticias de mujeres asesinadas llegaban a otras partes del país como un hecho aislado. Sin embargo, el periodista norteamericano Charles Bowden planteó atinadamente a esta ciudad fronteriza como el laboratorio de experimentación donde el capitalismo ensayaba el futuro. Esa teoría finalmente ha cristalizado, y actualmente el problema, lejos disolverse, creció hasta extenderse a todo el territorio mexicano dando como resultado una precarización de la vida de millones de mujeres mexicanas que sufren día a día hostigamiento en muchos sentidos.

Con diez feminicidios al día, México ocupa uno de los primeros lugares en la lista de países más peligrosos para ser mujer en el mundo. El sistema nacional de seguridad registró de enero a septiembre del 2019 al menos 2.833 casos de mujeres asesinadas de los cuales únicamente alrededor de 726 son investigados como feminicidios.

Cabe destacar que la mayoría de las víctimas sufren violencia brutal en el momento de la agresión y sus cuerpos son encontrados en carreteras, hoteles de paso, parques etc. No conforme con todo lo anterior, es bastante común que las agresiones vengan de personas cercanas a ellas como familiares cercanos, parejas, amigos o profesores.

Lo anterior no ha sido suficiente para que las instancias gubernamentales decidan tomar cartas en el asunto. La mayor parte de mujeres sabe bien que si una sobreviviente decide denunciar a su agresor — no importa a qué institución se acerque— muy seguramente la van a cuestionar sobre las condiciones en las que sucedió la agresión, y posteriormente será culpabilizada. Por otra parte, las madres de mujeres desaparecidas que llegan a pedir ayuda para la investigación del problema suelen reciben excusas para alargar el proceso de búsqueda. Y en el extraño caso en el que las autoridades competentes decidan ayudar, ya es demasiado tarde, puesto que lo hacen meses después de la desaparición, momento en el que es más probable que ya no se pueda hacer demasiado al respecto.

LA UNIVERSIDAD TAMPOCO RESGUARDA

La violencia cotidiana que cae sobre las mujeres ya no se limita a los estados más violentos en donde hay más presencia del narcotráfico, policías corruptos o delincuencia en general. La Ciudad de México se caracterizaba por ser una burbuja de seguridad en medio del caos que invadía a todo el país. Actualmente la violencia es tanta que incluso en lugares como la reconocida Universidad Nacional Autónoma de México —la mayor de México con más de 400.000 estudiantes, reconocida también por ser un lugar en donde la policía tiene prohibido entrar— donde aparentemente nada malo podía suceder, la burbuja de seguridad también se rompió.

El 3 de mayo del 2017 el cuerpo de Lesvy Osorio, estudiante de 22 años, apareció atado a una cabina telefónica dentro del campus central de esta universidad. Desde ese momento se supo que un espacio considerado como seguro ahora era hostil y amenazante. En abril de 2018 Mariela Vanessa, estudiante de la facultad de Filosofía y Letras desapareció sin dejar rastro y hasta ahora no se sabe en dónde está. En ambos casos las madres de las dos fueron cuestionadas. A la madre de Lesvy le dijeron que su hija se drogaba y la criminalizaron para justificar su muerte. En cuanto a la madre de Mariela Vanessa, las autoridades de la facultad se negaron a colaborar y a dar detalles para la investigación.

Ahí están también los caso de Graciela y su hija, maestra y alumna de la facultad de Arquitectura y fueron asesinadas en su domicilio. Como era de esperarse, las autoridades tardaron en pronunciarse al respecto. A ello se suma el secuestro y posterior feminicidio de Miranda Mendoza Flores, estudiante de la UNAM cuyo cuerpo fue localizado en una de las zonas más peligrosas de la Ciudad de México. Sus compañeras y compañeros marcharon en el campus central y fueron fuertemente reprimidos por grupos de choque mandados por la UNAM.

HASTA DESBORDAR

En este contexto, a partir de agosto de este año el enojo y la determinación comenzaron a ser más contagiosos dentro de grupos de mujeres. Cansadas de pedir justicia a un estado o institución desinteresados por el hastío que se vive a diario siendo mujer en México, comenzaron a organizarse y cuidarse entre ellas mismas. Alumnas de esta universidad y mujeres de todos lados se organizan creando redes de cuidado y defensa personal frente a las agresiones. Sus manifestaciones dejaron de ser pacíficas —situación extraña en México debido al alto nivel de represión existente— y concretaron sus objetivos: lugares libres de acoso, violación y encubrimiento.

Un evento provocó el estallido ese mes: una adolescente fue violada por cuatro policías. Miles de mujeres salieron a la calle a mostrar su enojo y su potencia dejando ver lo incontrolables que podían ser protestando. Expresando su complicidad con la consigna de “fuimos todas”, lograron hacerse irreconocibles y evitaron que el gobierno de la Ciudad de México pudiera encontrar alguna “cabeza organizadora” a quien culpabilizar por los daños causados a monumentos de relevancia.

Pero volviendo al ámbito universitario, no es ninguna coincidencia que específicamente dentro de la universidad se refleje el enojo en los últimos meses. De todas las universidades públicas en donde distintas instancias han hecho conteos, la UNAM es en la que más casos de agresión se tienen registrados. La prestigiosa universidad también conocida como la “máxima casa de estudios” tiene cifras alarmantes de hostigamiento: se calcula que detrás de cada 6 de 10 reportes de agresión hay profesores. Además, los casos se han triplicado. Mientras que del 2012 al 2016 se registraron 36 casos, del 2017 al 2018 se registraron 107. Todo esto sin tomar en cuenta que las cifras pueden ser mucho mayores debido a los casos no reportados.

LA TOMA DE LA UNIVERSIDAD

Así, frente al nivel de hostigamiento dentro de la universidad, en octubre varios colectivos feministas y grupos de mujeres convocaron una asamblea separatista interuniversitaria que desembocó en una protesta que incluye por lo menos a 11 de los 39 planteles de la UNAM a nivel de bachillerato y universidad. Esto significa que la organización de mujeres no se limita a un ámbito universitario en el que mayores de edad abarcan toda la organización; también adolescentes de quince a dieciocho años están organizándose de la misma manera.

Todo esto comenzó en un campus situado en el Estado de México. Entidad que acoge la periferia de la Ciudad de México, es actualmente conocido como el estado que ha superado a Ciudad Juárez en impunidad contra las mujeres. Estudiantes de distintas carreras exigieron que se tomaran en cuenta las 77 denuncias acumuladas contra profesores y alumnos. En poco tiempo la determinación de hacer algo se contagió a otros planteles y desencadenó en paros que prometen ser indefinidos al menos hasta lograr la destitución de directivos encubridores, abogados sin perspectiva de género y administrativos negligentes ante las denuncias.

En pocos días, por ejemplo, la Facultad de Filosofía y Letras cumplirá un mes de toma indefinida y las mujeres que lo mantienen se ven dispuestas y convencidas a no romperlo hasta lograr lo que ellas quieren. Desde el 5 de noviembre se han organizado con compañeras de otras facultades para discutir sus exigencias y estrategias, así como para hacer más visible la magnitud del problema. Sin embargo, desde que todo comenzó han recibido constante acoso de parte de estudiantes de otras facultades, incluyendo agresiones físicas y amenazas de violación. También han sido acosadas por la misma institución. Han hecho público que durante la noche es donde más sucesos extraños e inusuales se presentan: alarmas de incendio sonando sin ningún motivo, gritos o visitas de personas extrañas, gente tomándoles fotos, etc.

NO HAY DIÁLOGO

No obstante, todo lo anterior no se compara con el hastío cotidiano que ellas y todas las demás están acostumbradas a vivir y en esa medida el hostigamiento que han recibido durante el último mes es un recordatorio de por qué están ahí y de qué es lo que quieren. En la última reunión que tuvieron con el director de dicha facultad aclararon bien que el encuentro no consistía en tener un diálogo. Él venía a escuchar y no a negociar.

Las propuestas que idearon para mejorar las condiciones en la universidad van desde renuncias del personal hasta cambios en el plan de estudios con materias que tengan perspectiva de género. Pero también optaron por proponer la construcción de espacios autónomos y separatistas [no mixtos] para la organización política dentro del plantel, la no criminalización de lo que están haciendo y finalmente la preservación de las pintadas y murales que han hecho en todo este tiempo.

Ante sus peticiones, la respuesta del director fue publicada al día siguiente del encuentro concediendo solo algunos de los puntos propuestos. Su respuesta no fue completamente satisfactoria puesto que la toma sigue en pie sin importar que el semestre se pierda.

Es importante aclarar que la manera de organizarse va mucho más allá de una estructura. Se podría decir que es más intuitiva, pues no tienen ningún protocolo a seguir y todo se va creando sobre la marcha. En esa medida es más difícil que las autoridades puedan predecir lo que harán o no, y así son más incontrolables.

LO QUE DENUNCIAN LAS PAREDES

Otro punto a tocar es la pregunta que muchas mayores que ellas se hacen: ¿por qué actualmente sí resulta la acción ante todo esto y anteriormente no? El problema siempre ha estado ahí y eso es bien sabido por todas, pero ¿qué marca la diferencia entre las acciones que se están tomando ahora y la invisibilidad del problema en tiempos pasados? En palabras de una de ellas se encuentra una posible respuesta: a saber, la del desconocimiento de la dimensión del problema. En años anteriores sabíamos que esto pasaba, pero nunca habíamos visto un panorama completo de la situación. En esa medida la enunciación o bien el nombrar el problema hizo una diferencia enorme, pues problemas que se tomaban como “individuales” fueron mostrando su carácter político.

Mediante consignas como “aborta tu orgullo universitario”, “las paredes se limpian, las muertas no regresan”, “nos tienen miedo porque no tenemos miedo”, “nunca más tendrán la comodidad de nuestro silencio”, “ahora leen feminismo, pero son más de lo mismo”, “ni la tierra ni nosotras somos territorio de conquista” o “la UNAM te encubre, nosotras te denunciamos” las mujeres que acuden a las distintas manifestaciones hacen ver su postura respecto al contexto que viven.

Así, las paredes de la universidad más grande de América Latina comunican lo que sus directivos callan. Prácticas como la de los “tendederos” —que consisten en utilizar un muro con mucha visibilidad como denuncia de varios agresores— se han vuelto necesarias para poder dar cuenta de la magnitud del problema convirtiendo en mensaje comunicativo lo que por años fue un secreto. Esto sirve para no otorgar la comodidad del silencio que por tanto tiempo ha reinado en una universidad de renombre. Pues, ¿por qué razón habría de sentirse orgullo de pertenecer a una institución encubridora y machista a la que no le importa nuestra vida ni seguridad? De esta manera estos grupos de mujeres tratan día a día de ayudarse con pintadas, tendederos, mantas, etc. para hacer visible el hastío que viven siempre; combatiendo lo que también cada día la universidad manda a borrar o a pintar de blanco.

Lo que está sucediendo en la UNAM se puede ver como un espejo de un México invadido por la violencia de género, un lugar en donde las muertas, desaparecidas, violadas y acosadas importan menos que un monumento importante. El día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer fue paradigmático para entender de qué manera a las instituciones o al estado les interesa borrar todo registro de lo que está sucediendo, y cuáles son sus prioridades. Al día siguiente de la intervención —una vez más— de monumentos históricos importantes durante la marcha, Marcelo Ebrard, ex jefe de gobierno de la Ciudad de México, se vanagloriaba y felicitaba a la actual gobernadora Claudia Sheinbaum por la gestión del trabajo eficaz de limpieza y restauración del monumento que se llevó a cabo pocas horas después de la marcha. Mientras tanto ese día se registraron 14 feminicidios más.

CON SORORIDAD, NINGÚN MIEDO

A pesar de la constante indiferencia o las tentativas del gobierno de mejorar la seguridad mandando más policías —por no decir violadores— a las calles para evitar el hostigamiento, se dan nuevas formas de enfrentar el problema. Luchas muy distintas a las clásicas de la toma del poder se están dando. La lucha de todas estas mujeres, estudiantes o no, es por la vida y es en esa medida que abarca mucho más que la de una organización estudiantil limitada en la que por un periodo —el periodo universitario— se es agente político y posteriormente se va cada quien integrando a dinámicas completamente distintas y todo lo anterior queda en el olvido. La lucha de las mujeres es cotidiana y abarca muchos ámbitos de la existencia, y es ahí donde residen todas sus potencialidades.

Durante la marcha del 25 de noviembre una mujer mayor gritaba con coraje [enfado, rabia en mexicano] “Asesinan a nuestras hijas dentro y fuera de las escuelas. Ya basta, compañeras. Y si ven que estamos enojadas ¿cómo chingados no voy a estar enojada? ¡Lo quiero quemar todo! ¡Me mataron a mi hija!” Se puede decir que el hartazgo y la rabia son un sentimiento y una realidad que nos atraviesan a todas, pero después de perder hijas, madres, amigas y hermanas ¿qué más da perder el miedo?

El Salto Diario*


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