(Especial Rosa Luxemburgo): La revolución social y el rompimiento personal de Rosa con Jogiches

Por Raya Dunayevskaya, Resumen Latinoamericano*, 16 de enero de 2019. Rosa Luxemburgo como feminista; ruptura con Jogiches.

Rosa Luxemburgo correctamente se negó a dejarse estereotipar por la socialdemocracia alemana en la entonces llamada “cuestión femenina”, como si aquel fuera el único lugar que “le correspondía”, aunque ella fuese teórica y directora de un periódico polaco, además de activista, cuando llegó a Alemania. Por desgracia, demasiados miembros del actual movimiento de liberación femenina revelan que su actitud es la otra cara de a moneda, desdeñando a esta gran revolucionaria porque, supuestamente, “casi no tenía nada que decir” sobre las mujeres.

Otra manera de menospreciar la “cuestión femenina” es actuar como si la amistad de Rosa Luxemburgo con Clara Zetkin (que es conocida por todos como fundadora de la liberación femenina como movimiento obrero de masas, además de teórica y directora del periódico femenino de mayor circulación entre las masas hasta el día de hoy) hubiera sido una “carga” para Luxemburgo. (1) Sea como fuere, no fue la cuestión femenina sino la lucha contra el reformismo lo que las unió a ambas; sin embargo, esto no significa que Luxemburgo dejase a Zetkin la liberación de la mujer, ni que Zetkin simplemente “siguiera” a Luxemburgo. La verdad es que su camaradería revolucionaria se mantuvo en todas las posiciones durante dos largas décadas: desde la lucha contra el revisionismo hasta la lucha contra el militarismo, desde la lucha contra la burocratización de los sindicatos hasta la lucha antibélica y, desde luego, hasta la revolución misma.

No cabe duda de que Clara Zetkin nunca fue una pensadora tan profunda como Rosa Luxemburgo, pero tampoco hay duda de que fuera una auténtica revolucionaria. Decidió concentrarse en la liberación femenina y en organizar a las mujeres de la clase obrera, con lo cual se convirtió en un modelo no solo para el movimiento alemán, sino para la lucha de las mujeres rusas, a partir de Kollontai; en realidad, para la lucha en el mundo entero, incluso en Estados Unidos. Gozó justamente de una reputación internacional, basada a la vez en su actividad y en su teoría sobre la “cuestión femenina”.

Por todo ello, es necesario empezar por enderezar las cosas: no solo para enderezar los hechos, sino también para captar de qué nueva etapa del feminismo se trató, al pasar de la concentración total en los derechos de la mujer trabajadora a la oposición al sistema capitalista en su totalidad.

Pese a que Rosa Luxemburgo ya era la directora del periódico socialdemócrata, no bien llegó a Alemania en 1898 cuando inmediatamente se enfrentó al hecho de que los miembros varones no estaban dispuestos a otorgarle las mismas facultades que a su predecesor varón. Sus quejas a Bebel, por entonces su amigo, no mejoraron la situación, y pocos meses después Luxemburgo renunció. El hecho de que no hiciese de esto una parte de la “cuestión femenina” no significa que no lo registrara como tal en su espíritu. Todo lo contrario. Su amistad con Clara Zetkin estuvo profundamente arraigada en su lucha común contra el revisionismo, pero Rosa Luxemburgo también colaboró en el movimiento de mujeres autónomas encabezado por Clara Zetkin, y frecuentemente escribió para Gleichheit (Igualdad), dirigido por Zetkin.

Rosa Luxemburgo estaba dedicándose apaciblemente a la “cuestión femenina” en su primera gira de organización de 1902, como ya hemos visto. 2 En un artículo escrito ese mismo año para el Leipziger Volkszeitung, afirmó: “Con la emancipación política de las mujeres, un fresco y poderoso viento habrá de entrar en la vida política y espiritual (de la socialdemocracia) disipando la atmósfera sofocante de la actual vida familiar filistea que tan inconfundiblemente pesa también sobre los miembros de nuestro partido, tanto en los obreros como en los dirigentes”.

Nótese aquel año, 1902: pasó una década completa antes de que los que hablaron sobre Rosa Luxemburgo reconocieran que esta escribió algo sobre la mujer, y se necesitó llegar a nuestra época para que su discurso de 1912 sobre el sufragio femenino fuese traducido al inglés.

La revolución de 1905 fue un gran punto de cambio en la vida de Rosa Luxemburgo, como en la historia misma. Su
torbellino de actividades y enérgica participación en la revolución son bien conocidos. La exaltación de estar con su amante en aquel periodo tal vez no sea tan bien conocida, pero no se mantuvo oculta. Mas en cuanto confrontamos el hecho de que el punto culminante de su relación lo condujo a su fin, oímos una larga historia de cuán “estrictamente” personal era este asunto. El hecho de que Rosa Luxemburgo lo mantuviera en privado no ayuda a nadie que se enfrente a ello. Sin embargo, la mayor verdad de apartarse de todo análisis serio no se debe a su naturaleza “estrictamente personal”. Sin duda hubo chismes en torno a aquella ruptura y las razones dadas van desde una simplista atribución de “triángulo” hasta calumniosas insinuaciones de que la aguda diferencia entre lo manifiesto de las actividades de Rosa Luxemburgo y el comportamiento más disciplinado de un organizador tan concienzudo como Jogiches llevó a la Ojrana a descubrir el paradero de ambos y a detenerlos. Para esta escritora, la verdadera razón (que otros no quieren analizar) no es tanto la naturaleza personal de su relación, cuanto el no comprender las actitudes de ambos hacia la revolución en marcha, en lo concerniente a sus tareas individuales en la organización.

 

La revolución social y el rompimiento personal
de Rosa Luxemburgo con Jogiches

Hasta aquí, Rosa Luxemburgo, que había tenido muy poco interés en la organización, y Jogiches, que era “todo organización”, no habían encontrado que esta diferencia perturbara su relación amorosa. Hay una carta enviada de París en que Rosa Luxemburgo pidió más datos específicos sobre las disputas o facciones internas, pero esto no siguió adelante. (2) Es claro que en cuanto llegó a Alemania, Luxemburgo empezó a actuar de manera independiente sobre la cuestión de la organización, así como teóricamente. Además, pidió a Jogiches que dejara de “mostrar los dientes”, ya que sus ideas sobre organización en Polonia-Rusia, concernientes a un pequeño grupo de “siete y medio”, simplemente no eran aplicables a una organización de masas como la alemana. En ningún caso perturbó esto sus relaciones íntimas.

Las cosas cambiaron por completo cuando ambos se encontraron participando en una revolución en marcha. Al llegar Rosa Luxemburgo por primera vez a Polonia a finales de 1905, nada parecía haber cambiado. Ella parecía más feliz por ser parte de una revolución en marcha y por hallarse con su amante; sin embargo, algo iba se iba transformando sutilmente, en forma radical. Por una parte, la apreciación de Luxemburgo de la espontaneidad de las masas no solo era teoría; la consecuencia organizativa fue fantástica: ¡la espontaneidad había transformado su pequeña organización en un partido de masas! Hasta entonces Rosa Luxemburgo había analizado la espontaneidad como la forma revolucionaria de oponerse a la burocracia sindical, sin menoscabar en ninguna forma su fe en la necesidad de un partido de vanguardia. Si la palabra “masas” había significado antes para ella el partido de masas, como la socialdemocracia alemana, ahora, al ver a las masas en movimiento que hacían nada menos que conmover el imperio zarista, se exaltó mucho más allá de cualquier otra cosa que hubiese sentido jamás en la socialdemocracia alemana.

Ahora disponía de pruebas de que no era ella sino las masas en movimiento las que constituían “una tierra de posibilidades ilimitadas”. En una palabra, no solo intelectualmente y como escritora estaba alcanzado nuevas alturas, sino también en el aspecto organizativo. No cabe duda de que ya no consideró sacrosanta la experiencia organizacional de Jogiches, pero no nos ha quedado ninguna constancia de su disputa sobre el tema de la necesaria labor clandestina bajo el zarismo y la necesaria apertura en la revolución. Lo que sí sabemos es que las tensiones condujeron a una ruptura de su intimidad, sin afectar en lo más mínimo su actividad política revolucionaria.

Acerca de la revolución, como acerca de la relación hombre/mujer, es demasiado fácil para los marxistas citar abstracciones antes que ahondar profundamente en la dialéctica de lo concreto. Y las mujeres del movimiento marxista encuentran mucho más fácil citar cuán claramente habló Clara Zetkin acerca de la relación hombre/mujer en la inauguración de la Segunda Internacional, en 1889, a la que se dirigió de esta manera: “Así como el trabajador varón está subyugado al capitalista, así lo está la mujer por el hombre, y siempre permanecerá subyugada hasta que sea económicamente independiente”. Pero cuando se trata del efecto de la relación hombre/mujer no solo en términos económicos, sino personales, y en términos de la revolución, simplemente callan.

Y sin embargo fue allí, allí mismo, donde algo nuevo surgió. Una época de parto de la historia no solo se manifiesta en grandes cambios sociales, sino también en caracteres originales, y Rosa Luxemburgo era una original. Su ulterior autodesarrollo estaba alcanzando nuevas alturas sin apoyarse en Jogiches para cuestiones de teoría ni de organización. Se había alcanzado un nuevo periodo histórico y las diferencias de actitud hacia la revolución aparecieron, no porque uno deseara desempeñar un “papel” distinto del otro, sino porque la revolución es una fuerza abrumadora que no tolera intrusiones de nadie. Rosa Luxemburgo necesitaba ser libre, ser independiente, ser plena.

La revolución era para Rosa Luxemburgo una fuerza abrumadora; la prisión no había sofocado su ardor y, aunque su cuestionamiento de la autoridad organizacional de Jogiches no menoscabó su amor por él, fue precisamente entonces (después de la cárcel y de la separación con Jogiches) cuando mostró mayor fuerza creadora. Rosa Luxemburgo encontró en sí misma una rara fusión de lo político, lo personal y, sí, también lo organizacional.

Por una parte, el primer producto de aquel histórico acontecimiento y experiencia, la Revolución de 1905 (me refiero a su resumen en La huelga de masas), llegó a ser su mayor folleto, el análisis que seguiría siendo base para la Revolución Alemana de 1919. Fue escrito mientras Jogiches aún se encontraba en prisión y Rosa Luxemburgo estaba en Kuokkala, donde Lenin y otros bolcheviques estaban discutiendo interminablemente sobre la revolución por la que acababan de pasar y que, según creían, aún podían resucitar.

Hasta entonces, Jogiches había ocupado un lugar importante corrigiendo los manuscritos de Rosa Luxemburgo, pero su mano no aparece por ninguna parte en esta obra. Ya sea que tengamos esta o aquella interpretación distinta de la relación de la revolución con su relación mutua, el periodo en que aquello ocurrió no puede volverse a escribir. El hecho de que tanto Rosa Luxemburgo como Jogiches fuesen políticos objetivos que actuaron como un solo en el siguiente congreso (1907) (donde se reunieron bolcheviques, mencheviques y miembros de todas las demás tendencias para sacar conclusiones y trazar las perspectivas para el futuro) no restaura ni puede restaurar la anterior relación hombre/mujer,
ni cambiar las reglas básicas, ya sea del hombre/mujer que fueron Jogiches y Luxemburgo, o de la revolución. Tras la ruptura con Jogiches, la propia Luxemburgo lo expresó de la manera más sucinta, al escribir: “Soy solo yo, una vez más, pues he quedado libre de Leo”. (3)

Seguir escrupulosamente la vida de Rosa Luxemburgo en la revolución o fuera de ella no deja la menor duda de que, por muy intenso que fuese su amor a Jogiches, incluyendo el hecho de que ambos eran revolucionarios con el mismo objetivo teórico y político, ningún cambio cataclísmico en su relación con él podría seguir dirigiendo su vida.

¿Cómo puede concluir alguien, como lo hace Nettl, que “Al principio de 1907 ocurrió una enorme perturbación en sus asuntos, tal vez la más importante de toda su vida. Su relación con Jogiches sufrió un cambio completo y, con ella, toda su visión de la vida y la gente”? ¿Cómo puede alguien designar el periodo del grande e independiente autodesarrollo de Rosa Luxemburgo como “los años perdidos: 1906- 1909”? Y este último es el título que Nettl da al capítulo IX de su biografía de Rosa Luxemburgo. Aquellos fueron los años en que Luxemburgo resumió los acontecimientos de la revolución, de manera tan fundamental que esperaba que el partido los aplicara al escenario alemán. El partido no lo hizo. Mas para Rosa Luxemburgo aquellos acontecimientos siguieron siendo la forma universal de revolución.

Este fue también el periodo en que más brillantemente fue ella misma en dos eventos de importancia considerable: la conferencia de Londres del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (RSDRP, por sus siglas en ruso) y el Congreso de la Segunda Internacional en Stuttgart. En Londres, Luxemburgo elaboró su posición sobre la Revolución de 1905, como iniciadora de nuevas revoluciones del siglo xx, sin limitarse a repetir lo que Marx había logrado en 1848. Y en Stuttgart, tan importante fue Luxemburgo para la izquierda mundial que toda la delegación rusa (Lenin, Trotsky, Mártov –sobre ello, todas las tendencias fueron como una sola–) la autorizó a hablar en su nombre acerca de la crucial enmienda antibélica. Además, 1907 incluyó no solo los acontecimientos históricos, sino también la Conferencia de Mujeres Socialistas, en que ella informó sobre la labor del Buró Socialista Internacional, en una forma en que difícilmente pudo complacer a sus miembros. También le había presentado a Lenin a Clara Zetkin, quien influyó sobre él lo bastante como para que este basara sus reportes en la prensa rusa sobre el informe de Zetkin publicado en Gleichheit.

Por último, aquel fue el periodo en que Luxemburgo pasó a ser la única destacada teórica en la prestigiosa Escuela del Partido. Atribuyó su obra sobre La acumulación del capital a su experiencia adquirida en tal escuela.

Desde luego, no hay duda de que su amor a Jogiches había sido intenso y que su relación fue más que una asociación intelectual “con tonos eróticos”. Tampoco hay duda de que el rompimiento de la relación amorosa no cambió su conjunta labor política revolucionaria, hasta sus propias muertes, ni que puso fin al autodesarrollo de ella. Todo lo contrario. Sus más grandes realizaciones intelectuales ocurrieron después de la ruptura.

Por todo ello, decir que su vida entera cambió por causa de esta ruptura es una típica actitud masculina, al pensar que la vida de una mujer cesa cuando ocurre un rompimiento en una relación amorosa. Pensar así no nos ayuda a comprender a Rosa Luxemburgo ni como teórica revolucionaria ni como carácter originalísimo en su vida personal, una vida personal que se aventuró por muchas tierras vírgenes.

………….

Fuente: Capítulo del Libro: «Rosa Luxemburgo, la liberación femenina y la filosofía marxista de la revolución». Editorial Instituto de Filosofía, La Habana, 1985.

Notas al pie

1-Cfr. Henriette Roland-Holst: Rosa Luxemburgo: ihr Leben und Wirken. Originalmente se publicó en holandés en 1935.

2- En esta carta (incluida en The Letters of Rosa Luxemburg y fechada “probablemente 3/25/1894”), escribe Rosa Luxemburgo: “Tu caballerosa
explicación de que no debo preocuparme por cosas prácticas, ya que sin duda se habrán arreglado sin molestarme, solo puede darla alguien
que no me conoce en absoluto. Semejante explicación puede bastar para Julek [Marchlewski], de modo que no se preocupe porque tiene nervios
débiles, pero para mí semejante proceder –aun sin la adición de ‘mi pobre pajarito’– resulta insultante, por decir lo menos”.

3- Peter Nettl: Rosa Luxemburg, vol. 1, p. 383.

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