Argentina. ¿A quién le importa la muerte de un pobre?

 

Jorge Falcone, Resumen Latinoamericano, 02 de Enero de 2019.

 

Sobre el deceso de Miguel Ángel González, peronista y montonero

Desde tiempo inmemorial el poder promueve la idea de que la única violencia condenable es la que ejerzamos los de abajo contra los de arriba. Pero sabido es que hay otra menos estridente y cotidiana que mata sistemáticamente a l@s más débiles mediante el hambre o las pestes. En efecto, la precarización de la vida diaria promovida por los modelos de exclusión social que genera este capitalismo apocalíptico brinda campo propicio para que la parca se ensañe con los humildes.

A partir de cualquier perspectiva sensible la muerte de un ser vivo es digna de lamentarse. Sin embargo, la dramática condición socioeconómica a que someten los países ricos a los países pobres naturaliza la pérdida industrial de vidas humanas sin conceder siquiera un instante fugaz para considerar la dimensión particular de cada una de ellas. Así, las secciones periodísticas de la prensa hegemónica dedicadas a reseñar catástrofes “naturales” acostumbran apilar toneladas de cadáveres anónimos. Cuerpos de gente cuantitativamente aludida y, por ende, despojada de anhelos, virtudes, o pasiones.

Desde esta perspectiva, el fallecimiento del patriota platense Miguel Ángel González constituye un crimen de carácter social.

Seguramente desde mucho antes de Espartaco, los rebeldes han muerto a fuego, garrote, o bala. No fue esa la suerte que corrió Lucho, así nombrado por quienes compartimos con él un proyecto de liberación nacional.

Domiciliado en una precaria casita del barrio popular de Tolosa, que poseía un árbol añoso dentro – al que la municipalidad se negaba a talar -, fue aplastado por este durante el último y violento temporal que asoló nuestra ciudad.

Hasta allí, para el común de la gente que se enteró del accidente por los medios locales, solo perdió la vida un nadie más.

Sin embargo, con él se fue el arquetipo del cuadro de base atento a la necesidad de los demás, ese espécimen no tan abundante que por estar pendiente de l@s otr@s nunca se ubica en la fila del reparto, acaso uno de los exponentes más nobles de la lucha montonera en la región.

Sin ir más lejos, oportunamente en su vivienda buena parte del vecindario celebró que el puño de la justicia popular cayera sobre aquel general que contribuyó a abortar los diez años más felices del pueblo trabajador, ordenando el bombardeo de una Plaza de Mayo colmada de hombres, mujeres y niños, y abriendo en los basurales de José León Suárez el ancho cauce de sangre popular que recorrería la Patria en los años subsiguientes. Allí mismo se lloró el asesinato en William Morris de los mentores de aquel hecho: Fernando Luis Abal Medina y Gustavo Ramus.

Más adelante sería el mismo compañero quien se ocupara de distribuir en la villa las vituallas que el peronismo armado expropió a un conspicuo grupo económico de la oligarquía.

Merced al compromiso de ese imprescindible también se ajustó cuentas con la memoria de nuestras más caras luchas, cuando en 1985 el equipo de Aries Cinematográfica tuvo a bien reconstruir las escenas de alfabetización popular que en la barriada a la que dedicó su vida llevara a cabo – entre much@s otr@s – la hermana de quien escribe estas líneas, secuestrada y asesinada durante la “Noche de los Lápices”, y cuyo nombre ostenta con orgullo la hija  del militante fallecido.

Como si lo reseñado no fuera suficiente, l@s números@s humildes que se agolparon a despedirlo con aplausos aún conservan el recuerdo de la olla popular que sostuvo hasta sus últimos días para paliar la hambruna que viene multiplicando la gestión de Cambiemos.

Resumiendo, en casos como el reseñado resulta tan canallesco ningunear a alguien con semejante calidad humana, como en su momento responsabilizar a la crisis por los asesinatos de Kosteki y Santillán.

 

Hubiéramos querido evocar a Lucho con mayor lirismo, pero nada lo hará mejor que algunos versos de Neruda pertenecientes a su poema El Pueblo:

“Yo, que lo conocí, lo vi bajando
hasta no ser sino lo que dejaba:
calles que apenas pudo conocer,
casas que nunca y nunca habitaría.

Y vuelvo a verlo, y cada día espero.

Lo veo en su ataúd y resurrecto.

Lo distingo entre todos
los que son sus iguales
y me parece que no puede ser,
que así no vamos a ninguna parte,
que suceder así no tiene gloria.

Yo creo que en el trono debe estar
este hombre, bien calzado y coronado.

Creo que los que hicieron tantas cosas
deben ser dueños de todas las cosas.

Y los que hacen el pan deben comer!

Y deben tener luz los de la mina!

Basta ya de encadenados grises!

Basta de pálidos desaparecidos!

Ni un hombre más que pase sin que reine.

Ni una sola mujer sin su diadema”.-

 

a mi ahijada Claudia González

JORGE FALCONE

 

Foto: Miguel Ángel González (“Lucho”) y su hija Claudia; detrás de ambos, el autor de esta nota

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