Catalunya. Un rey humillado por un país digno

Resumen Latinoamericano / 26 de febrero de 2018 / Vicent Partal, Vilaweb

La monarquía es sobre todo espectáculo, pero ayer Felipe VI no lo pudo lucir en ningún momento. Por el contrario.

Una monarquía es, sobre todo, espectáculo. Su papel –como ninguno otro papel de la esfera pública– depende de las apariencias. Y es por eso que una monarquía siempre se rodea de aquella pompa que pretende distinguir al monarca de los ciudadanos. Si el monarca no aparece a los ojos de la gente como alguien diferente, y superior, la gente empieza a cuestionarse qué necesidad tiene de él. Y si la gente se empieza a preguntar por qué razón necesita un monarca, entonces el monarca está acabado. En el mundo, hoy, sólo quedan ya diecisiete monarcas, dieciocho si contamos el papa, que es el único monarca electivo del mundo. La extinción de la institución monárquica parece a estas alturas sólo una cosa de tiempo. Especialmente si el monarca es polémico.

Felipe de Borbón recibió ayer la respuesta que merecía de la ciudadanía y de las instituciones catalanas. Tuvo que entrar en el Palau de la Música sin pompa, casi de incógnito, con la policía ocupando de una manera brutal la Vía Laietana e intentando contener la protesta ruidosa de la ciudad. En las calles de los alrededores, miles de ciudadanos resistieron los golpes y la violencia de los Mossos, y también la provocación de los monárquicos, para que al rey de España le quedara muy clara la animadversión que despierta en el Principado. La ausencia de autoridades en la cena, y todavía de manera más multitudinaria en la recepción, lo humilló ante los empresarios y emprendedores del Mobile. Ni el presidente del Parlamento de Cataluña, ni la alcaldesa de Barcelona, ni ningún representante de la Generalitat. Demasiadas explicaciones tuvo que dar. Sobre todo cuando el ruido de las protestas –himno de Riego incluido– llegaba al interior de un Palau de la Música donde los cantaires también habían expresado la protesta por su presencia y habían pedido públicamente que no se lo dejase acceder. A las nueve del anochecer, un repique de cacerolas ensordecedor fue escuchado por los centenares de miles de asistentes al congreso de móviles, que habían sido recibidos con lazos amarillos y pancartas tras aterrizar en el aeropuerto. Entre unas cosas y otras, el Borbón recibió la respuesta que se merecía de un país digno que le ha demostrado que ni se arrodilla ni se rinde y que no olvida su repugnante llamamiento a la violencia del 3 de octubre, el discurso que es posible que le acabe costando esa corona que heredó de su padre, sucesor designado por Franco.

La monarquía es sobre todo espectáculo, pero ayer Felipe VI no lo pudo lucir en ningún momento. Por el contrario. Fuera, en la calle, quedó claro que ya sólo podrá venir a Cataluña amparado en un despliegue enorme de violencia. Y dentro del Palau de la Música, se tuvo que preocupar más por disimular las malas caras y el malestar que sentía por el ruido ambiente que no por presentarse ante el mundo como el monarca democrático y moderno que querría hacer creer que es. El presidente del parlament, Roger Torrent, llevó ante él durante toda la cena el lazo amarillo y no lo aplaudió ni para salvar el protocolo. Y, políticamente, él y el gobierno de España recibieron una derrota y una humillación que hay que entender en el contexto correspondiente. Cuando el 20 de septiembre desataron el golpe de Estado y cuando el 28 de octubre activaron el 155 poco se esperaban que el Principado resistiría y contraatacaría tanto.

Y ayer se hizo evidente que el movimiento republicano vuelve a subir, supera la estupefacción que lo abrumó después de la rendición de la administración a raíz del 155, pero también se hizo evidente que España tiene un problema monumental. La última vez que Felipe se atrevió a venir fue a la manifestación contra los atentados, donde tuvo que escuchar cosas que no estaba acostumbrado a escuchar. Y ayer se volvió a encontrar con un recibimiento que no tiene nada que ver con el que él o cualquier monarca querría. Ni siquiera la provocación de una reducida manifestación de monárquicos le salvó la noche. Aquella Cataluña autonómica y miedosa que pensaban que, por el uso de la fuerza, la violencia, la prisión o el exilio, sustituiría a la Cataluña republicana simplemente no existe. Y las próximas semanas, con la formación del gobierno, con la integración institucional del gobierno de la Generalitat con el de la República y con la movilización popular del 11 de marzo, las cosas parece que cambiarán todavía más a favor y se abrirán nuevas oportunidades para rematar el trabajo que en octubre no se supo rematar como hacía falta. De momento, pero, ya podéis volver a sonreír: Felipe de Borbón no olvidará fácilmente este domingo en Barcelona.

 

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