Argentina / (Análisis) Fortalecer al sistema o ayudar a su derrumbe (Por Roberto Perdía*)

 

Resumen Latinoamericano, 15 marzo 2017.-Estas reflexiones fueron inspiradas por una nota publicada en la Revista Digital “La Tecla Eñe” (1/3/17). Allí, Ricardo Rouvier bajo el titulo “República y Populismo” tiene la audacia de introducir un debate tan negado como imprescindible. Dice Rouvier: “¿La Argentina debe ir por un fortalecimiento republicano, o ayudar a su derrumbe? El dilema político está planteado y las fuerzas políticas deberían definirse ante esta situación”.

 

Esta cuestión aparece como un auténtico tabú de nuestra política. Sin embargo la envergadura de la crisis permite que por las hendijas de la misma vaya despuntando este necesario debate.

La democracia representativa, la propiedad privada, la cultura eurocentrista, junto al sufragismo y los partidos políticos son algunos de los “mandamientos” que organizan nuestra vida institucional. A varios de ellos los venimos arrastrando desde nuestra Constitución de 1853.

 

Esos principios tienen, para el sistema vigente, el rol de verdad revelada. El menor atisbo de crítica a los mismos es rápidamente denostado, ninguneado bajo el cargo de utópico o neutralizado a través del silencio. Pero no son pocos los pensadores del país y la región que, poco a poco, comienzan a despellejar esos principios que se han constituido en el sostén del decadente capitalismo por el que nos toca transitar. Algunos de sus nombres e ideas aparecerán en estas líneas.

 

 

UNA INDEPENDENCIA TRAICIONADA

Declarada la independencia política, en las primeras décadas del siglo XIX, algunos lúcidos patriotas plantearon la unidad de Nuestra América, así fue como se llegó al Congreso Anfictiónico de Panamá. La diplomacia imperial y el cipayismo de algunos dirigentes logró que fracasara aquel intento y las burguesías locales hicieron que esos retazos de Patria parieran bajo la forma de “naciones independientes”. Para hacerlo posible fue menester devastar a gran parte de las comunidades de indios, negros y criollos pobres que con su sangre habían regado los campos de batalla que hicieron posible aquella independencia política. La obra culminó con las constituciones nacionales -muy parecidas entre sí- en cada una de esas provincias de lo que debió ser la Patria común.

 

 

LAS CONSTITUCIONES QUE SON “CALCO” Y “COPIA”

Esos textos constitucionales, al revés de lo que después nos enseñara José Carlos Mariátegui, fueron “calco y copia” de constituciones elaboradas (aunque provengan de textos norteamericanos) sobre los valores de quienes nos habían conquistado y colonizado. Los mismos que luego, bajo los principios de la modernidad, introdujeron la ruptura –según lo recuerda Maristella Svampa- entre naturaleza y humanidad. Ello colocó, a los integrantes de esta última, con un señorío sobre la naturaleza que está en la raíz de la destrucción que ésta viene padeciendo. Esa brutal explotación sirvió para que se desplegara el mito del “progreso”, que nos legó la civilización europea. Su sustento, la posibilidad de un crecimiento eterno -sin más límite que el desarrollo de la inteligencia humana-, pone en peligro el futuro de la propia humanidad que hoy aprovecha ese crecimiento sin topes éticos.

 

Decir que estos principios modelan nuestra Constitución no es una versión libre u opinión infundada. Veamos:

 

Que somos una democracia representativa, ¿qué dudas caben? Ello está inscripto en su Art.1°: “La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa…”. No es menos claro y rotundo su Art. 22: “El pueblo no delibera ni gobierna, sino por medio de sus representantes…”.

Estas normas se complementan con el actual Art. 38, que establece: “Los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema democrático…” De este modo esa representación es mediatizada por los partidos políticos.

De hecho estamos frente a una apropiación o expropiación de la soberanía del pueblo a manos de los partidos, éstos por algunas ventajas, prebendas o privilegios, aseguran la continuidad o reproducción del sistema.

En medio de una cultura donde se pretende equiparar el voto con la democracia, al pueblo solo le dejan el derecho a sufragar, cada dos años. En la designación y elección de esos candidatos el dinero y los medios de prensa cumplen un rol decisivo.

De todos modos vale la pena aclarar que siempre poder votar es mejor que no poder hacerlo. Pero… ¿porqué quedarnos con esta democracia fingida si podemos construir otra más digna y humana?

 

“La propiedad es inviolable…”, reza el Art. 17 de la actual Constitución. Este es el basamento del sistema capitalista y uno de los aspectos donde queda más clara la ruptura con milenios de cultura nativa, desde el Abya Yala hasta la conquista.

 

Por si algo faltaba para probar el carácter eurocéntrico de la cultura expresada y promovida por nuestra Constitución nada mejor que el Art. 25, allí se dice: “El gobierno federal fomentará la inmigración europea…” Como suele decirse: ¡A confesión de parte, relevo de pruebas!

 

Resulta rotundo que propiedad privada, democracia representativa e inmigración europea fueron los pilares sobre los cuales se construyó el sistema institucional imperante en nuestro país. El mismo fue complementado –productivamente- por el modelo agroexportador. Estos son los componentes con los que la “Generación del 80” construyó la matriz del país que aún tenemos.

Esos valores han permanecido a lo largo de estas décadas. Allí y en el exterminio de negros e indios encontramos las principales causales de lo que nos pasa como argentinos.

 

EL PERONISMO: UN BREVE PARÉNTESIS EN LA ARGENTINA DEL SISTEMA

La democracia social del peronismo (1946/1955) constituyó un intento por superar algunos de los límites de la democracia burguesa sostenida en la Constitución de 1853. Pero esas tendencias antiimperialistas y antioligárquicas no alcanzaron para superar los topes puestos por el viejo régimen.

La Constitución de 1949 incorporó ideas de cambio que no lograron consolidarse en la sociedad y el Estado. De hecho fueron barridos por la restauración oligárquica, después del golpe de 1955.

El Art.38 de la Constitución de 1949 establecía: “La propiedad privada tiene una función social y, en consecuencia, estará sometida a las obligaciones que establezca la ley con fines de bien común…” Sus diferencias con el Art. 17 de la Constitución actual, al subordinar la propiedad privada al bien común, son evidentes.

Muy elocuente, para la realidad de las últimas décadas, resulta el Art. 40 de aquella reforma al establecer, entre otras cuestiones: “…Los minerales, las caídas de agua, los yacimientos de petróleo, de carbón y de gas, y las demás fuentes naturales de energía, (…) son propiedad imprescriptibles e inalienables de la Nación (…) Los servicios públicos pertenecen originariamente al Estado…”

 

Es posible que los valores que sustentaban estos principios sigan alimentando la vocación de cambio que nutren al sentimiento peronista.

Sin embargo no se puede pasar por alto que las diversas manifestaciones del peronismo estructurado se han incorporado al sistema institucional vigente. El peronismo justicialista se ha transformado en el principal partido del sistema, olvidando las condenas proferidas en sus inicios, se ha constituido en una de las formas más eficientes para el acceso al gobierno del mismo.

 

LA MODERNIDAD COMO LÍMITE PARA ALGUNAS “IZQUIERDAS”

 

La profundidad de la crisis actual permite hablar, como lo hace el boliviano Rafael Bautista S, de la necesidad de una “transición civilizatoria”.

Estos son los momentos históricos en los cuales se forjan los cimientos de una nueva civilización. La crisis económica del capitalismo y del conjunto de las instituciones promovidas por la modernidad muestran al desnudo la distancia entre la hondura de lo que pasa y la superficialidad de los remedios que se ofrecen para solucionarlo. El cinismo, ingenuidad o incapacidad de la dirigencia, funcional a la continuidad del sistema, es fácilmente comprobable.

Un par de temas lo demuestran.

Desde hace años esa dirigencia viene proclamando la necesidad de combatir la pobreza, en el medio ésta no cesa de crecer, a la par de la desigualdad social.

Todos los actores del sistema educativo son –mayoritariamente- reconocidos defensores de la educación pública estatal. A la par de sus “buenas intenciones”, los datos muestran cómo sigue creciendo la educación privada, en desmedro de la estatal. Tal vez sea audaz, aunque no imposible, imaginar una educación pública, libre y gratuita –no necesariamente estatal- en manos de la comunidad.

 

En realidad, nuestras instituciones son hijas del pensamiento de quienes nos conquistaron y colonizaron. La profundidad de la crisis actual cuestiona a la modernidad y al capitalismo, matrices sobre las cuales se han construido los valores que sustentan esta civilización y los Estados que la expresan. Es por eso que ya no alcanza con algunas módicas reformas al Estado.

El filósofo mendocino Enrique Dussel, en su teoría de la descolonización, nos plantea la necesidad de romper el cordón umbilical que nos ata a la cultura impuesta y divulgada por los decadentes países europeos y los Estados Unidos.

En esas ideas ocupa un lugar privilegiado, además de lo ya expresado, el pensamiento del racionalismo sostenido por la ilustración. Esos conceptos, junto a la idea del progreso ilimitado, que ignoran la finitud y límites de la naturaleza, son claves de la modernidad. La mayor parte de las corrientes políticas, incluida algunas de las actuales izquierdas han estado y están abrevando en esas fuentes.

De ese modo esas izquierdas juegan a oponerse al capitalismo pero dentro de la misma lógica filosófica con las que se construyó ese capitalismo.

Eso, más que debilidades personales, están en la raíz de múltiples, rápidas y –muchas veces- honestas formas de domesticación de dirigentes y corrientes de izquierda.

Todo lo dicho, ante la crisis global del capitalismo y sus fundamentos, nos coloca en el umbral de la necesidad no de reformar al Estado sino de cambiar los paradigmas que hacen a su vigencia, existencia, constitución y organización.

EL NUEVO ESTADO

Estamos ante la necesidad de un cambio de paradigmas. De lo contario, periódicamente esperanzados, seguiremos recorriendo caminos que terminan en nuevas y crecientes frustraciones.

 

Así es como podemos verificar de qué modo, importantes luchas sociales, terminan siendo cooptadas por sucesivos gobiernos.

Desde hace un largo tiempo, gran parte de las luchas sindicales terminan agotándose, al ser utilizadas como monedas de cambios entre los aparatos sindicales y el propio Estado.

De un modo semejante, las mejores ideas y expectativas en las políticas electorales naufragan en las viejas instituciones de la democracia representativa.

 

Los efectos de tales tendencias nos causan un grave daño. En este sentido no podemos dejar de recordar las recientes palabras del brasileño Joao Pedro Stédile, líder del Movimiento Sin Tierra (MST), cuando sostiene quemuchos dirigentes populares, ilusionados por el espacio institucional, se fueron de los movimientos y ocuparon espacios en el Parlamento y en el gobierno. Eso quitó experiencia acumulada a los movimientos (…) En esa relación gobierno-Estado-movimientos populares, el error principal fue de los movimientos. El Estado siguió siendo burgués y los gobiernos atados en sus programas sociales y de redistribución de renta”

De un modo semejante se expresa el venezolano a Roland Denis al decir, en referencia a la batalla política institucional: “¿es que tiene sentido seguir perdiendo vidas y ciclos históricos de lucha por pelear el control de ella?”

No somos pocos los que observamos, con autocrítica mirada, años de prácticas parecidas donde aportamos mucho más a la consolidación que a la emancipación del actual sistema.

Frente a la crisis del viejo Estado, el que hoy tenemos, no existe la posibilidad de instaurar –inmediatamente- un nuevo tipo de Estado, consolidado y definitivo, a favor de las mayorías. Más aún, hoy desconocemos las características de ese Nuevo Estado.

Por eso necesitamos un Estado para la “transición civilizatoria”. Ella demanda también un “Estado transicional”. Éste, cada día que pasa, debe apoyar con mayor potencia a la organización del poder dual promovido por las fuerzas antisistémicas, en cuya construcción deberíamos comprometer nuestra acción cotidiana.

De allí la necesidad de una resistencia constructiva ante el actual estado de cosas. Acompañar la resistencia del conjunto del campo popular, pero avanzar convencidos de la necesidad de la construcción desde abajo del nuevo poder, sustento de la emancipación soñada.

 

En esta construcción de un nuevo poder, el territorio es el principal escenario para ir recuperando la soberanía del pueblo escamoteada en el sistema actual. También el territorio es el sitio para que pueda florecer un nuevo tipo de economía donde producción, distribución y consumo de bienes y servicios deben estar en manos y al servicio de los protagonistas de este poder emergente.

En este mismo sentido podemos volver a Roland Denis para compartir lo que propone en medio de la actual crisis venezolana:Tierra, transporte, red de mercados, red asociativa de consumidores, capacidad comunicacional y de defensa, organización de corredores territoriales comunales y constitución de los parlamentos populares respectivos, coordinación con las instancias obreras y comunitarias que se han soltado de las cadenas burocráticas son las premisas estratégicas de esta nueva etapa que va al nudo esencial de lo nacional. Como vemos, incluso a nivel continental, la disputa revolucionaria una vez debilitados, primero, los grandes frentes armados que sobrevivieron hasta los ochenta, y luego, los movimientos justicieros que se hicieron gobierno, necesitan definitivamente construir las bases territoriales para aproximarse con cada vez más experiencias y conatos insurgentes a la constitución de un poder dual”

 

En torno a estas ideas y en el espacio territorial, más que en los despachos oficiales del actual Estado, es dónde se definen los rasgos principales de esta construcción.

Nada de lo anterior impide mantener vínculos con el viejo Estado, arrancándoles todo lo que al pueblo le ha sido sustraído en materia de bienes y derechos.

 

¡QUEREMOS QUE A MACRI LE VAYA BIEN!-¡VOLVEREMOS, VOLVEREMOS!

Las dos consignas mencionadas reflejan las ideas circulares de quienes –conscientes o no- abonan un pensamiento pro sistémico.

Los sectores que tienen acceso a la prensa se manifiestan, sobre el gobierno de Macri, casi unánimemente en el sentido aquí expresado.

Resulta lógico que así lo hagan sus seguidores, pero lo interesante es que comparten ese concepto sus opositores. Unos y otros coinciden en la defensa del actual sistema. La reivindicación del capitalismo y de la democracia representativa, entre otras cuestiones, forman parte de las alforjas ideológicas de uno y otro.

Qué dudas caben que el gobierno de Macri, por la historia de sus componentes, propuestas y prácticas conocidas, tiene objetivos encontrados con la mayor parte de lo aquí planteado. Si esto es así, su éxito sería, es, un dolor para el pueblo, al menos para las grandes mayorías. La experiencia que estamos transcurriendo avala lo anterior. No obstante ello, son muy pocos los que se atreven a “sacar los pies del plato”. Sostener el deseo que le vaya bien al macrismo es como lo dice aquel viejo refrán “escupir al cielo”

 

Respecto al ¡Volveremos! referido naturalmente a la ex Presidenta. El razonamiento es, después de una experiencia de 12 años de gobierno, si ese anhelo -compartido por franjas importantes de la sociedad- forma parte de una transformación necesaria. Más allá de las afirmaciones de la propia Cristina en el sentido que aspiraba a construir un “capitalismo serio”, vale la pena recordar que se desperdició la mayor parte de una década, que tuvo óptimas condiciones internacionales para nuestro país. Poco y nada se hizo para modificar nuestra matriz productiva, el carácter agro exportador de nuestra economía y se continuó con el extractivismo de gobiernos anteriores. El hecho de no haberse construido, no ya un poder dual, sino una organización popular que pudiera avanzar sobre lo hecho, prueba las limitaciones de su propuesta.

No parece que lo mejor sea convocar a la experiencia de “volver a tropezar con la misma piedra”

 

Sabiendo que no es lo mismo una cosa que la otra, da la impresión que las dos ideas concentradas en este último título, no forman parte del acervo de lo que queremos desplegar con vistas al futuro.

Ellas están más identificadas con el poder constituido que con el poder constituyente que aspiramos a construir.

 

Lo que aquí se propone no es con vistas a las próximas elecciones, sino pensando en la próximas generaciones. Parece haber llegado el momento de plantear algunas reflexiones distintas al camino que estamos transitando. Es una profunda aspiración que ellas respondan a la actual crisis civilizatoria de toda nuestra América.

También forma parte de esas crisis civilizatoria el patriarcado verticalista que hemos heredado y que venimos practicando. Otra matriz, donde el rol protagónico –que ya se manifiesta en diversos aspectos de la actual vida social- lo tengan las propias mujeres, es una parte de las tareas cotidianas.

La ejecución de estas ideas seguramente demandará muchos años, décadas, pero es retomar un camino más humano y digno. Para quienes tenemos la eternidad por delante, esa obra es urgente. Por eso es clave que seamos capaces de mostrar a la sociedad la existencia de una construcción de naturaleza diferente. Eso sí, merece que lo iniciemos ya!

 

* Integrante de la Coordinadora RESISTIR Y LUCHAR

marzo 2017

 

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