La reconstrucción del pasado a menudo se confunde con la imposición de miradas en las que prevalecen los valores y los criterios del presente sin comprender las circunstancias que construyeron aquellos acontecimientos. Esta reconstrucción es una tarea ardua cuyo resultado depende de la fuerza social, ideológica y cultural de los dispositivos que la producen. La interpretación de «las fabulaciones» que intranquilizan a Julio Bárbaro en una reciente nota de Infobae sobre los años 70 motivan estas líneas.

Más allá de la autorreferencialidad y la ubicuidad del personaje, importa tomar a la violencia política como problema central de la cuestión a analizar.

Y conviene tomarla en todas sus dimensiones, de modo de poder comprender una época y no caer en la trampa de analizar los hechos del pasado con las categorías del presente.

Vamos a ver cómo analiza Bárbaro algunos acontecimientos: él habla del asesinato de Aramburu, por ejemplo. Más allá de preguntarnos si hablaría de asesinato en esa época, lo más importante quizás sea analizar qué significó ese hecho. Hablar hoy a secas del «asesinato» de Aramburu es reducirlo a su dimensión violenta, corriendo el riesgo de despolitizarlo. Sigmund Freud dice que se comienza cediendo en las palabras y se termina cediendo en las cosas.

Si entendemos al Aramburazo como un hecho político, podemos percibir su trascendencia e importancia. Un pequeño e ignoto grupo podía poner a la «justicia popular» en el lugar de la Justicia porque esta aparecía amañada y al servicio de los poderosos. Pero por encima de todo esto el hecho realizaba una reparación histórica y ponía de manifiesto la vulnerabilidad del poder, que aparecía hasta entonces blindado y todopoderoso. ¿Este es el origen de la violencia?

Cuando las Fuerzas Armadas dieron el golpe, en 1955 —bombardeos a la Plaza de Mayo, fusilamientos ilegales, torturas, persecuciones, hasta la prohibición de nombrar a Perón mediante—, Fernando Abal Medina, Mario Firmenich, Rodolfo Galimberti y la mayoría de quienes formamos parte de la generación de los 70 teníamos menos de 10 años. Y la democracia venía de la mano de la proscripción y de los condicionamientos militares que la hicieron frágil y condescendiente con el poder. En ese marco, lo que sobresalía eran los hechos de la resistencia, los famosos caños que se multiplicaban por cientos de miles y que fueron la inspiración de las generaciones venideras.

Cuando crecieron Abal Medina, Firmenich, Galimberti y toda una generación, lo que mostraba la realidad argentina era el fracaso de las recetas para resolver los problemas sociales, económicos y políticos y, fundamentalmente, mostraba un gobierno dictatorial que pretendía eternizarse en el poder. Entonces decían con todas las letras que se iban a quedar 20 años gobernando. A la sazón, ¿qué había que hacer?: ¿fundar un partido político y prepararse para las elecciones que ocurrirían 20 años después?

Pero la realidad nacional tenía otras facetas relevantes. El movimiento de masas entraba en una etapa de alza, con un movimiento obrero combativo y renovado, aparecía el clasismo cordobés, sobresalían dirigentes sindicales como Agustín Tosco, René Salamanca, Raimundo Ongaro, entre muchos otros, y crecían los movimientos estudiantiles en las distintas universidades y colegios del país.

Los Programas de La Falda y Huerta Grande eran tomados como antecedentes del Programa del 1º de Mayo, que en 1968 se publica en el nº 1 del periódico de la CGT, bajo la pluma de Rodolfo Walsh.

Por otro lado, estaba el contexto internacional donde sobresalían la Revolución cubana, el Che, Vietnam y las guerrillas y las revoluciones se extendían en toda América Latina y el Tercer Mundo. La Revolución cubana era el ejemplo de que la revolución era posible frente al fracaso de las políticas, identificadas con el imperialismo, ensayadas sin éxito para resolver el problema del hambre, la injusticia y la desigualdad en América Latina.

Estas luchas a nivel nacional van encontrando un catalizador en la reivindicación más sentida por el pueblo argentino: la vuelta de Perón. «Perón éramos todos nosotros, es decir Perón era una figura proteica…. Perón era todas las luchas del pueblo argentino a lo largo de 50 años, y la síntesis de todo eso, que en determinado momento la encarnó como jefe de la resistencia con gran talento político», como lúcidamente señala Miguel Bonasso en una entrevista propia.

En este marco, de la mano de la tendencia revolucionaria y del movimiento obrero, el peronismo cobró una gran fuerza. Y la Tendencia Revolucionaria, expresión de masas de Montoneros, fue uno de los sectores más dinámicos. Las conversaciones de Bárbaro no alcanzaron y Galimberti, junto a varios miles de dirigentes y militantes se hicieron montoneros y adhirieron a la lucha armada como estrategia para la toma del poder. Sin embargo, ello no fue un obstáculo para, cuando las condiciones fueron propicias, formular una estrategia electoral impulsando decididamente el regreso de Perón.

Vale aclarar que fueron numerosos los sectores del peronismo que no creyeron posible el regreso de Perón y veían con pesimismo la posibilidad de que se realizaran elecciones. Pero lo importante a subrayar es que la campaña del «Luche y Vuelve» fue protagonizada por la Juventud Peronista, en la gran mayoría de sus vertientes y por el movimiento obrero como actores centrales.

Concretado el regreso de Perón, el protagonismo ganado por la Tendencia generó graves conflictos. Ezeiza fue la puesta en escena de un nuevo cuadro político que mostraba claramente el posicionamiento del propio Perón. Así fue que la primavera camporista rápidamente desembocó en un golpe solapado que fue encubierto por la reivindicación política más sentida del pueblo argentino: la presidencia de Perón. Dadas las condiciones de salud de Perón, la vicepresidencia resultaba, como finalmente sucedió, estratégica. Una de las ideas circulantes, que expresaba una política de unidad nacional y consenso, era la fórmula Perón-Balbín. Esta propuesta fue apoyada por un conjunto de expresiones políticas del peronismo, incluido Montoneros, pero no contó con el apoyo del lopezreguismo y de los sectores más conservadores y enfrentados con el ala progresista del peronismo. La caída de Cámpora era una demostración de la relación de fuerzas existente y de cuál era la postura del propio Perón.

Las elecciones ratifican el enorme apoyo a Perón. Paradojalmente, inmediatamente después del triunfo electoral, se produce un hecho político de extraordinaria trascendencia con el atentado al secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci. La idea de error y crimen juegan en la memoria histórica con la famosa frase de Talleyrand en referencia a la ejecución de un duque borbónico por Napoleón Bonaparte: «Peor que un crimen, fue un error». Este hecho nunca fue asumido por ninguna organización pero generalizadamente fue atribuido a Montoneros, el propio Perón lo entendió así. Sea como fuere, el hecho no sólo cristalizó el enfrentamiento interno, que ya había alcanzado una escalada política, sino que abonaba el despliegue de una ofensiva militar que ya estaba en marcha y que cobrará extraordinaria fuerza en la Triple A. Además, afectó directamente la relación con Perón.

Más allá de la autoría del hecho, la violencia permeaba la práctica general del peronismo de la cual no era ajeno, por acción u omisión, nadie. La resolución violenta de las contradicciones en el seno del pueblo se transformó en un mecanismo cotidiano que abonó el desplazamiento de la acción política hacia la acción militar en la resolución de las contradicciones existentes. Significaba además no distinguir las diferencias existentes en el bloque de poder que se iba consolidando en torno a Isabel y López Rega. Las críticas y los enfrentamientos por las prácticas sindicales burocráticas y los alineamientos políticos, cuando se inscriben dentro del campo popular, recordemos la trayectoria de los involucrados en las luchas del peronismo y específicamente en el retorno de Perón, no pueden realizarse mediante las armas. Todas las acciones que no se encuadraran en la autodefensa conllevaban el riesgo de producir un desgaste político que a la postre facilitó un proceso que desembocó en una ofensiva policial-militar paraestatal.

Uno de los hechos más resonantes y tergiversados de la época fue el acto del 1º de mayo en la Plaza, donde una columna de Montoneros que ocupaba la mitad de la plaza se retiró después de ser insultada por Perón con el famoso «estúpidos e imberbes que gritan». Corresponde aquí hablar en primera persona para prestar no sólo una opinión sino también un testimonio. «Los gritos» aludidos por Perón le reclamaban «qué estaba pasando que estaba lleno de gorilas el gobierno popular». El General estaba acostumbrado a ser vitoreado, a ser aplaudido en la plaza, no a ser cuestionado. Probablemente no esperaba esa actitud de buena parte de la muchedumbre que reclamaba con una consigna que cuestionaba el rumbo del Gobierno. El insulto fue espontáneo y la retirada también. Las conducciones de la columna fueron desbordadas, el movimiento fue espontáneo y resuelto. Media plaza pegó la vuelta y se retiró decepcionada. No se trataba de un rayo en un cielo sereno; arrastraba la frustración de Ezeiza, el desplazamiento de Cámpora, el ascenso del lopezreguismo, etcétera, y expresaba las diferencias no sólo políticas sino también estratégicas de Montoneros y la JP con Perón.

El papel de Perón frente a la violencia parapolicial presenta fuertes controversias. Resulta claro que Perón quería construir una policía política, enfocaba el problema del conflicto y de la violencia política, recordemos que el ERP-PRT seguía operando contra el ejército (ninguna tregua al ejército opresor era su consigna). En ese marco se produce la designación de Villar y Margaride al frente de la Policía Federal. Puede interpretarse esta designación como una provocación a la Tendencia y las fuerzas progresistas y revolucionarias, o como un intento por institucionalizar la represión. Se trataría de una apuesta, si esta última hipótesis tuviera algún asidero, que no le salió bien, ya que Villar era uno de los jefes de la Triple A y la Federal le brindó toda la logística para el funcionamiento. En su defensa, también puede decirse que fue después de su muerte que las víctimas de la Triple A tuvieron un crecimiento exponencial, es decir que puede interpretarse que Perón fue en un sentido un freno a esa escalada.

Perón también produjo el 12 de junio, que finalmente fue una despedida. De alguna manera allí se produjo un clima de reconciliación política, como si todos los actores tuvieran conciencia de que era una despedida. En esa plaza hubo una presencia importante y no orgánica de Montoneros donde Perón reafirmó el sentido histórico del peronismo antes de entrar en la historia. La misma historia que lo ha blindado frente a trágicos sucesos como el origen de la Triple A.

Después de la muerte de Perón la persecución es desembozada. Los sucesos del  1º de mayo habían dividido al peronismo y esa es una derrota del conjunto del campo popular. La retirada de la Plaza llevaba al aislamiento y los que se quedaron también se tuvieron que fumar a López Rega, Isabel, Luder, la burocracia sindical y todo lo que vendría por añadidura, especialmente después de la muerte de Perón. El terrorismo de Estado tiene antecedentes inequívocos en el Gobierno de Isabel y López Rega con la Triple A que después de la muerte de Perón desarrolla una fuerte ofensiva. Por otro lado, está el decreto de Ítalo Luder, a cargo de la presidencia por licencia de Isabel, que ordena el «aniquilamiento de la subversión» bajo el mando directo de las Fuerzas Armadas.

La militarización, el pase a la clandestinidad y el aislamiento progresivo, producto de la represión creciente, expresaban un retroceso político. Pero las razones de la represión obedecían también a la radicalización y la lucha del movimiento social, especialmente del movimiento obrero que había organizado comisiones internas combativas e importantes niveles de coordinación a nivel nacional. El proceso en marcha tenía como uno de sus objetivos estratégicos el disciplinamiento del movimiento social. El dirigente radical Ricardo Balbín llamó a este fenómeno «guerrilla fabril», con todas las connotaciones de tal denominación bajo el imperio de la tutela militar.

El golpe de Estado de 1976 implanta el terrorismo de Estado propiamente dicho con la aplicación de un plan sistemático de secuestro y desaparición de personas; se tratase de guerrilleros, activistas gremiales, militantes estudiantiles, familiares de militantes, periodistas, escritores, pensadores, intelectuales, obreros, empresarios. La víctima fue la sociedad atravesada transversalmente, aunque los «enemigos» fueran los «subversivos».

Pero también es justo reconocer que no se trataba en todos los casos de víctimas «inocentes». El movimiento de derechos humanos en su etapa de instalación, en la necesidad de demostrar los horrores del terrorismo de Estado, construyó un estereotipo de las víctimas «inocentes». Se negaba de esta manera el carácter político-militar de la guerrilla, cuyo reconocimiento no convalida las prácticas del secuestro, la tortura y el asesinato sistemático de las que eran objeto. La práctica de la guerrilla y la realización de acciones armadas no autorizan a los poderes del Estado, poseedores del monopolio de la violencia legítima, a ejercer formas ilegales de represión, cualquiera sea su situación legal del reprimido.

Este abordaje llevó a «inocentar» al conjunto de la militancia, armada o no, colocando una mirada desigual en la consideración social y legal de lo que se mostraba como dos bandos: los militares y los guerrilleros. La distinción de unos y otros no se corresponde con la condición armada de la acción sino con la condición legal de esta. La guerrilla no tiene obligaciones estatales, además de no haber torturado y violado los derechos humanos como práctica, mientras que los militares además de haber violado, torturado y asesinado, lo que ya constituye una aberración, lo hicieron en abuso del monopolio de la violencia y de forma oculta e ilegal. Por ello se trata de terrorismo de Estado y no es equiparable a la violencia ejercida por las guerrillas, por más violenta que haya sido.

El carácter clandestino, ilegal y extendido de la represión es el que justifica la política de memoria, verdad y justicia. A menudo se cita el ejemplo de Sudáfrica y la acción de Mandela como un modelo de reconciliación a adoptar. Todos deseamos un proyecto de unidad nacional, especialmente para reconstruir una Argentina sumergida en la pobreza, la injusticia y la desigualdad, donde una pequeña élite se apropia y usufructúa las riquezas existentes.

Pero la diferencia fundamental existente entre Sudáfrica y la Argentina es que en Sudáfrica la desigualdad del Apartheid era manifiesta. No había que descubrir nada, estaba a la vista, había ascensores para blancos y otros para negros, lo mismo el transporte público y todas las cosas. Se trataba de cambiar el paradigma de convivencia social. En nuestro caso la verdad se ha ido develando paulatinamente y todavía están por descubrirse muchas cosas, todavía hay centenares de hijos no recuperados, miles de tumbas vacías, listas con datos de desaparecidos que nunca aparecieron, la no asunción de las responsabilidades, para nombrar algunas de las asignaturas pendientes de la sociedad que encuentran en la política de verdad, memoria y justicia el mejor camino para avanzar hacia un futuro con dignidad, igualdad y justicia para todos los habitantes del suelo argentino.

*El autor es sociólogo, docente universitario UBA-UNPAZ, investigador de CLACSO, ex montonero.

Nota de Julio Bárbaro:

http://www.infobae.com/politica/2017/02/14/los-70-y-la-permanente-falsificacion-de-la-historia/