Norman Briski recuerda a Tato Pavlovsky: «Era un sabio»

Resumen Latinoamericano, 7 de octubre de 2015 – En su columna en el programa “El Fuego y la Palabra”, que se emite todos los martes a las 22 horas por Radio Rebelde (AM 740), el actor Norman Briski hace un comprometido relato de sus impresiones a través de una vida entera de amistad con Tato Pavlovsky.

Pavlovsky, actor, escritor, dramaturgo, director, psicoterapeuta y revolucionario, falleció este domingo 4 de octubre, a los 82 años. Norman Briski, colega y compañero de Tato, fue su amigo durante casi 65 años.

“Primero, expreso un inmenso dolor -remarcó Briski en diálogo con el periodista Carlos Aznárez- porque mi vinculación con él no era profesional o intelectual; éramos amigos desde chicos. Entonces siento el inmenso dolor de perder a un amigo”. Norman, que era cinco años menor que Tato, mostró que el dolor que sería más llevadero “si no fuese tan ateo. Creería que está haciendo obras de teatro para que el cielo sea un poco más democrático. El cielo y sus alrededores”.

Sobre el Pavlovsky público, Briski destacó que “el teatro de él ha sido también una manera de jugar juntos en este país. Ha subrayado siempre la subjetividad social, buscando qué nos está pasando para poder dramatizarlo con su enorme instrumento de conocer a las personas desde su humanismo”.

“También Tato ha rechazado siempre la idea del psicoanálisis como una terapia productiva -analizó Briski sobre la visión profesional de Pavlovsky-. Ha sido más elocuente su trabajo con el tema de la existencia, la angustia existencial, lo que significa, para los hombres que nacemos, saber que nos vamos a morir. Todo ese tema del hombre vinculado a lo social, a lo que reivindica, lo que lucha”.

“Ha sido un admirador siempre del Che Guevara, siempre lo tuvo como ese argentino que supo tener coherencia, honestidad y valentía -recordó Norman Briski-, valores a los que Tato ha querido tener en su cuerpo y en su cabeza, con toda la sofisticación de lo que significa la complejidad de los seres humanos”.

“Me parece que se dedicó sobre todo a fomentar un espíritu crítico respecto a lo que podríamos mejorar”, aseguró Norman a la hora de destacar el objetivo principal de Pavlovsky desde el teatro. “Sobre eso de la angustia existencial, decía (es bastante duro) que es de algunos, que no es de todos: es de algunos el tema de querer cambiar el mundo. Pero esos algunos son los que podrían promover un mundo más lindo, más solidario”, señaló.

Pero Norman, que compartió desde sus 13 años la amistad con Tato, eligió destacar al Pavlosky actor por sobre sus otras facetas profesionales: “Recuerdo una obra en la que trabajaba como actor, de Susana Torres Molina, en la que estaba extraordinario. Siempre lo recuerdo porque Tato, como actor, era singular, sin los esquemas tan stanislavskianos, sino que tenía una estética mezclada, propia, que le daba mucha potencia a él como capocómico”. Briski remarcó que “eso es lo que yo siempre lo consideré a Tato, un capocómico, en términos de qué estética está usando para imprimir desde la escena”.

“No era un actor de estados”, analizó Briski, aunque “en la última etapa, probablemente por su proximidad con la muerte, y su hermano fallecido, estuvo más marcado por todos esos dolores que van ocurriendo en esta etapa de nuestra vida. En una de las últimas obras obra de él, decía: ‘Uy, se mueren todos, che’. Me parece que ahí empezó a afectarse con la vida en términos de los duelos. Pero si no la potencia  de Tato estaría en la enorme curiosidad de su relación con lo conceptual. Tenía conceptos de su experiencia de vida, de nadador, de boxeador, de médico, de psicoanalista, de intelectual, de escritor”. Sobre esto mismo, Norman trajo una anécdota del momento de la despedida de los restos de Pavlovsky: “Es divertido, porque, dentro del dolor, se discutió en el entierro si era más escritor que actor o más actor que hincha de Independiente”.

Al final, Norman sintetizó “que estamos hablando de una persona distinta, con una cotidianeidad distinta, con una manera de vincularse distinta”, y reafirmó esta idea con un recuerdo íntimo: “Yo conocía su lenguaje secreto de querer, de ser afectivo. Pero tenías, claro, que ser bastante hermeneuta para poder entenderlo, porque hay personas así. Como yo tuve un papá con esas características y fuimos amigos tantos años lo interpretaba distinto. La manera más clara de darte afecto, para Tato, sería aclararte en ‘qué andás’, y en eso de decirte ‘no será que tal cosa’. Era un sabio y me quedo sin un referente personal. Será muy difícil no tenerlo presente”.

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