Mapuches anuncian en Chile una asamblea constituyente autónoma/ La lucha territorial y el componente electoral

Alejandro Kirk / Resumen Latinoamericano / 17 de sept. 2015.- Amparados en resoluciones de Naciones Unidas, agrupaciones mapuches anunciaron en Chile una asamblea constituyente autónoma de los poderes del Estado, en los próximos meses.

En 1860 el Estado de Chile invadió militarmente el país mapuche. Rompió así los tratados que garantizaban su autonomía desde tiempos coloniales.

En 2007, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) adoptó, con el voto de Chile, una declaración que reconoce el derecho de los pueblos indígenas a su autodeterminación.

El llamado conflicto mapuche se origina a partir de las recuperaciones de tierras ancestrales.

No es de extrañar que el pueblo mapuche busque su autonomía, en un Estado que no sólo no los reconoce como nación, sino que además tiene en su plaza principal un monumento al conquistador español.

 

https://youtu.be/zle9nH23uoY?list=PLC1EAA8A1BE4CE420

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LA LUCHA TERRITORIAL Y EL COMPONENTE ELECTORAL
Por alejo corcovado
unnamed(1)Aesta altura del año varios actores comienzan a visibilizar el momento electoral del 2016. Los partidos tradicionales, grupos y organizaciones de izquierda disponen sus reflexiones hacia esa coyuntura, ya sea para mantener sus posiciones de poder, pensar apuestas testimoniales, preparar procesos explorativos o campañas antielectorales. No haremos una excepción y hablaremos de lo mismo, buscando reflexionar estas próximas elecciones desde una perspectiva territorial y revolucionaria.

Para pensar desde un prisma distinto tenemos que tomar como base el conjunto de experiencias que han moldeado nuestra práctica. La izquierda revolucionaria heredó la cultura de la resistencia poblacional, trasladando desde la dictadura una noción conspirativa de la actividad social. Así, nos concentramos en lo que se denomina “autoconstrucción”, disponiéndonos a iniciar paso a paso el desarrollo de un tejido social destruido con el objeto de campear la larga noche que impuso el enemigo. No hay que asumir este legado como un error o un estorbo, al contrario, es gracias a esta silenciosa labor que hoy en muchos lugares hay camino avanzado. Pero esto tampoco implica que no debamos superar esta noción, debemos calibrar el momento político actual con la continuidad de la resistencia hacía la construcción de la victoria.

Si la construcción territorial explora distintas modalidades de trabajo y va logrando regular nuestras maniobras para interpretar a nuestro pueblo, sus frutos dejan de ser una meta indefinida, sino que poco a poco los vamos palpando. Una de las cosas más difíciles de asumir la lucha y el trabajo territorial es lo lento de su reloj político, podemos estar años convencidos de una actividad concreta que después nos lleva a muy poco o nada.

En esta compleja dinámica de trabajo el municipio siempre se hace de alguna manera presente. Incluso en los más incipientes, o que tienen poca base social, las decisiones municipales nos torpedean desde el comienzo. Hasta cosas tan básicas como proyectar películas para niños en la calle pueden generar una respuesta reaccionaria desde la municipalidad. También nos niegan reiteradas veces el acceso a espacios físicos, logística fundamental para proyectar cualquier construcción de comunidad.

Cuando vamos acertando en nuestro trabajo, el gobierno local ya no sólo nos pone ojo o nos boicotea, sino que comienza a revelar más explícitamente su carácter antagónico hacia las comunidades organizadas. El cómo se expresa esta contradicción varía dependiendo de qué facción del bloque en el poder gobierne, el abanico puede abarcar desde el hostigamiento represivo a la cooptación descarada.

Esta presencia permanente del municipio se debe a que de éste dependen los asuntos más cercanos a la gente. Esto hace que las elecciones municipales sean diferentes a las  presidenciales y parlamentarias, ya que para los vecinos determinada administración municipal implica (o puede implicar) cambios mucho más perceptibles, aunque sean cosméticos. Desde la luminaria, las áreas verdes, el funcionamiento de los consultorios o incluso la existencia o no de un semáforo. De todas formas, esto no significa que para nosotros las elecciones municipales sean menos indignantes, sucias o “más fáciles” que el resto.

Dado que los pequeños conflictos, demandas o peticiones implican de una u otra manera al municipio, muchos militantes sociales se plantean disputar las elecciones municipales como manera de superar el “techo” de la lucha territorial. No son “vendidos” o “claudicantes” los que llegan a esas conclusiones, sino el resultado de una realidad que no implica necesariamente dejar la lucha, las tareas de organización ni la creación de tejido social.

Seamos claros, las barreras que debemos superar en la lucha territorial no pasan necesariamente por el control popular del municipio. La articulación de las comunidades en un marco común de reflexiones, construcción autogestionaria y demandas son las que van superando estos obstáculos. Es la construcción del poder popular lo que nos va permitir aportar al quiebre del modelo neoliberal desde los territorios. Esto implica tres ejes de acumulación: la lucha por demandas inmediatas; la disputa ideológica (medios de comunicación, cultura popular y construcción de identidad); y que las comunidades comiencen, en distintos niveles, a ejercer funciones del Estado por fuera de éste.

Esta superación política de la lucha territorial implica que las organizaciones sociales van aplicando el ejercicio del poder, lo que comienza a suceder cuando el activo social encuadrado en diversas organizaciones dentro de un territorio, se articula a tal punto que dan forma orgánica a una Comunidad Organizada. Esta puede superar los estrechos parámetros de la legalidad vigente (JJVV, organizaciones funcionales) en una organización de hecho que va, poco a poco, ejerciendo funciones de Estado para resolver las problemáticas sociales por medio de lucha reinvindicativa o la autogestión. Lo anterior, en función de un diagnóstico de la realidad local y la reflexión consensuada que sea mandato de un plan de trabajo y lucha (legislación popular) para ir asumiendo el problema de la educación, la vivienda, la salud o la defensa.

Pero lo territorial no puede reducirse a lo poblacional o local, debemos proyectar la articulación  de las Comunidades Organizadas a disputar el territorio que controla el gobierno local. Esto implica el tránsito flexible por distintas experiencias de articulación en vista de ir avanzando hacía lo que se ha llamado “Comuna”, entendida como la unidad política del socialismo por fuera del Estado burgués.

¿Cómo enfrentamos las elecciones municipales desde la izquierda?

Entonces, ¿qué rol debiéramos jugar los revolucionarios en la coyuntura electoral? Para poder responder la siguiente pregunta se hace necesario establecer dos planos diferenciados: el proceso de la disputa electoral (la campaña en sí) y un eventual resultado positivo (en caso que se dispute a ganar). Tanto el uno como el otro, ya sea por contexto o fuerza propia, implican oportunidades y desventuras.

El proyecto libertario ha abordado este tema con mucha cautela. Hace una década que dejó de hacer propaganda antielectoral y sólo en las últimas elecciones presidenciales se tomó posición por una candidatura. En las elecciones municipales pasadas se leía en nuestra propaganda “votando o no votando las soluciones las conseguimos luchando”. No cabe duda que debido a los cerrojos de la institucionalidad vigente, el proceso de ruptura democrática al cual apostamos tiene su centro fuera de lo institucional. A pesar de esto, esta forma ambigua de abordar los momentos electorales se desentiende de problematizar el asunto.

En las coyunturas electorales a nivel municipal se desatan las prácticas más bajas de la política tradicional. El oportunismo, el marketing y la cooptación trasladan las candidaturas a un asunto de bien de consumo. Pero es en este circo en donde todos, de una otra manera, establecemos un cotidiano diálogo político con nuestros pares. Es cosa de ver como grupos se esmeran en realizar campañas antielectorales para esas fechas en particular. En otras palabras, abre un espacio temporal de tribuna y debate.

Entonces, ¿cómo aprovechamos esta oportunidad? Consideramos que es en la acción cotidiana del trabajo de base donde debemos poder hablar de política con nuestros vecinos, pero más importante aún, de generar espacios de reflexión en torno a lo programático. Reflexionar y determinar el cómo y qué queremos para nuestra comuna, hablar de los derechos sociales y remarcar la necesidad de la lucha para conseguir nuestros objetivos. De esta manera, desde lo concreto, podemos visibilizar  nuestras carencias sociales como expresiones de la dominación capitalista. Es en el desarrollo programático colectivo que podemos elevar la lucha de clases desde lo social a lo político.

Si bien este proceso no requiere de una candidatura popular, ésta permite aprovechar la coyuntura para referenciar un programa de lucha desde el movimiento popular y la izquierda transformadora. Pero esta posibilidad tampoco es automática, implica un conjunto de esfuerzos para que no sea un programa hecho entre cuatro paredes ni un conjunto de siglas pegadas. Tiene que elaborarse  un discurso que haga sentido al activo social y las familias trabajadoras. Debemos apostar a que sean las organizaciones sociales y populares las que reflexionen, construyan y se sientan parte del programa. Hay que considerar, eso sí, las experiencias que ya existen sobre estas apuestas y ser lo suficientemente hábil para que no fuerce tensiones a la interna de los espacios sociales que finalmente impliquen un retroceso.

Ir a las elecciones no significa necesariamente “legitimar el sistema”, porque no debemos ir a las elecciones como el enemigo lo hace. El abrir el abanico de nuestras posibilidades tácticas requiere darle profundidad política a nuestra crítica al sistema, asumiendo el desafío de utilizar lo electoral como una forma más de cuestionar públicamente el modelo neoliberal y el capitalismo. Y no solo agotarlo en un testimonio, sino aprovechándolo para vincularnos con otros grupos, otras personas afines que nos permita asumir con un mejor pie la construcción territorial en el período postelectoral.

Los revolucionarios no podemos quedarnos tranquilos con la pureza de los ideales. Estamos obligados a hacer de tripas corazón para usar todo lo que esté en nuestras manos para transformar profundamente esta realidad. Y las elecciones no solo abren una posibilidad táctica sino que también una oportunidad estratégica si se convierte en la victoria de la candidatura. Sería ingresar a las patas de la maquinaria burguesa para subvertirla y cuestionarla.

Podemos hacer uso de los instrumentos que otorga el control popular del municipio para facilitar y promover la construcción del poder popular con una forma distinta de gestión, que ponga su foco en el fin del paternalismo y la lógica clientelar. No solo podemos erradicar el boicoteo, la represión o el torpedeo constante que ejercen las municipalidades, sino que también generar espacios de planificación y uso de presupuestos que impliquen una lógica autogestionaria de los recursos comunales.

La utilización del municipio como foco de conflicto con el gobierno central implica avanzar en la socialización del poder político a nivel local, abriendo espacios de decisión vinculante a las comunidades de manera que éstas vayan asumiendo las funciones de Estado que una nueva administración municipal les otorgaría. Para esto se hace necesario hacer uso de todos los medios legales y extrajurídicos que estén en nuestras manos, tanto desde la institución, como desde la calle. Un ejemplo interesante de esto es el que se da en el Municipio Torres del Estado de Lara en Venezuela, en donde los consejos comunales van reemplazando al Municipio en el ejercicio del poder.[1]

El control del municipio nos permitiría realizar profundos cambios en la educación y la salud municipal. A nivel educacional nos daría acceso a implementar un proceso de avance hacia el control comunitario de los establecimientos, fortalecer la dignidad docente y vincular la comunidad educativa con las organizaciones territoriales. A nivel de salud se puede cambiar la forma en cómo se entiende la salud y su vinculación con las comunidades, fortaleciendo la noción de derecho social al mandato del pueblo trabajador.

Sin embargo, para lograr que la municipalidad sea un aporte al proyecto revolucionario no sólo hay que ganar las elecciones. Es necesario profundizar nuestros escasos esfuerzos en la construcción popular para que el día de mañana no nos entrampemos en administrar una institución neoliberal, sino que podamos subvertirla y desbordarla. Sólo así podremos ir transformando un territorio comunal en un constante cuestionamiento a la gobernabilidad neoliberal.

[1]    “Transfiriendo el poder a la gente, Municipio Torres, Estado Lara, Venezuela” Marta Harnecker

 

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