Chile. Participación Libertaria en Seminario 50 años del MIR y carta de su ex Subsecretario General

Resumen Latinoamericano / 23 de Agosto 2015 .- En el “Seminario 50 años del MIR”; al que agradecemos haber sido invitados por la Fundación Miguel Enríquez; nos correspondió exponer en el panel de cierre denominado “Neomirismo: la izquierda transformadora del siglo XXI”. Desde antes de su realización el viernes 14 de agosto, resultó un panel polémico por la anunciada participación de Marco Enríquez-Ominami. A través de una carta pública, Manuel Cabieses, director de la revista Punto Final, desistió de participar en el seminario criticando el intento de posicionar a MEO. Pocos días después, el ex Subsecretario General del MIR y jefe de ese partido en Chile entre 1976 y 1986, Hernán Aguiló Martínez, escribió otra carta en la que solidariza con el compañero Cabieses y comparte importantes ideas sobre la historia del MIR. Conseguimos entonces la autorización del compañero Aguiló para publicar dicha carta en nuestra revista “Perspectiva Diagonal”.

Consideramos que el interés de la carta de Hernán Aguiló se vincula con la presentación que, a nombre del partido Izquierda Libertaria, nos correspondió preparar para el panel arriba mencionado. Finalmente, MEO no participó, pero si el Vicepresidente de Asuntos Programáticos del Partido Progresista, Camilo Lagos. También compartimos esa tribuna con los compañeros Francisco Figueroa, de Izquierda Autónoma, y Cristian Fuentes, de Izquierda Guevarista.

Nuestra intervención fue preparada colectivamente con especial aporte de las compañeras Mabel Araya, Luna Follegatti y Antonia Orellana. Por lo mismo, partimos llamando la atención sobre la ausencia de mujeres en el panel (solo fue invitado a usar la palabra el autor masculino del presente escrito), así como en la estructura original del seminario (ligeramente corregida en el camino). No se trató de una simple queja, sino de abrir la presentación de nuestra matriz comunista libertaria, como un esfuerzo superador de los conceptos de libertad, tanto de la teoría política liberal, como de la socialista clásica, lo que vinculamos con el carácter feminista de nuestro proyecto político. Presentamos también nuestra apuesta por la unidad política del campo popular para el periodo, con criterios que excluyen cualquier ilusión progresista de tensionar por dentro al bloque en el poder. Finalmente ligamos los aspectos institucionales de nuestro diseño táctico-estratégico con algunos elementos de la historia del MIR (también tratados en la carta del compañero Aguiló).

En el sentido anterior, planteamos que, tanto los balances realizados con intención de relanzar orgánicamente al MIR, como buena parte de los análisis universitarios sobre su experiencia, han terminado simplificando la historia de la izquierda revolucionaria chilena y ocultando la riqueza de alternativas que, particularmente el MIR, exploró en su corta, pero intensa historia. Así, el llamado neomirismo, no pasa de ser un campo dicotómico en el que fundamentalmente se toman posiciones sobre en qué momento el MIR debió insistir, o desistir de la lucha armada. Esto se ve reforzado por lo que llamamos una “mirología académica”, que ha tomado como objeto, tanto al discurso, como a las demás prácticas orgánicas de este partido[1]. Con esto, la historia de muchas revolucionarias y revolucionarios de la región chilena, se ha perdido en una especie de inventario de errores tácticos y estratégicos, sin un análisis a la altura de los datos abundantemente presentados. Desde cumbres incluso doctorales, se ha terminado enunciando truismos del tipo: “el MIR no estaba preparado militarmente para afrontar el golpe cuya inevitabilidad propugnaba”. De ahí comúnmente se ha pasado a enjuiciar, con la misma falta de profundidad analítica, cuestiones como la política de no asilo, la operación retorno, las acciones de propaganda armada y su vínculo con los alzamientos territoriales en los ochenta.

Las intenciones fraternales son la norma de estos trabajos, pero ello no ha bastado para explicar cuestiones cruciales, como las dos, que solo a modo de ejemplo, proponemos a continuación:

  1.  Después del paro patronal de octubre de 1972, se evidenció una clara voluntad de los órganos de poder popular para articularse con la fuerza instituida e instituyente –débil, pero real- detentada por el gobierno de Allende. Esto se tradujo orgánicamente en el apoyo franco que Miguel Enríquez entregó en enero de 1973 a los candidatos del PS y de la Izquierda Cristiana para las elecciones parlamentarias de marzo. Franck Gaudichaud ha sido de los pocos intelectuales que ha vinculado la innegable victoria popular en esas elecciones (parcial sin duda), con la carta que solo seis meses después –y a seis días del golpe- dirigieron a Allende dirigentes de Cordones Industriales y otras organizaciones populares de Santiago. Lo que en esa carta se planteaba –además de desbordar completamente la orgánica del MIR, alcanzando incluso a sectores del PC- no era una demanda del tipo: “Compañero Presidente, entréguenos las armas” (exigencia ridícula, incluso para ese momento), sino un muy sensato llamado a que el Presidente de Chile hiciera valer la parte de la legalidad constitucional que aun permanecía resguardada de la sedición, fundamentalmente gracias al resultado electoral de marzo. Esto implicaba presionar radicalmente a los únicos sectores golpistas relevantes que aun no podían operar abiertamente en la ilegalidad, las Fuerzas Armadas, desatando con toda probabilidad un enfrentamiento armado a gran escala en el que las organizaciones del poder popular estaban valientemente dispuestas a compensar la minoría en que seguramente quedarían las tropas constitucionalistas (la acreditada indecisión del propio Pinochet, habla al mismo tiempo de la sensatez de estas tesis políticas –terribles por la encrucijada histórica en que se formularon- y de los riesgos autoritarios asociados incluso a una eventual victoria popular).

Por falta de espesor analítico, la mirología actual suele callar axiomas empíricos del tipo recién presentado. Y, quien calla, otorga. En este caso, otorga a la hipótesis alterna de la evitación del golpe mediante un pacto UP / Democracia Cristiana. Tesis atesorada por la ciencia política transicional, a pesar de que la Democracia Cristiana ha reconocido la imposibilidad histórica de dicho pacto. Solo la cobardía intelectual de la ‘izquierda’ que ha devenido convecina de la DC, ha salvado a este partido de tener que completar su argumento con la evidente verdad: no podía pactar con el gobierno de Allende porque sus cúpulas dominantes ya lo habían hecho muy anteriormente con la CIA y luego con la sedición oligárquico-restauradora.

La mirología ha contribuido entonces a sostener una imagen en que el fatalismo histórico habría corrido por cuenta del MIR y sus aliados (la descalza inevitabilidad del golpe), sin poner en evidencia a los verdaderos fatalistas históricos, aquellos que hasta hoy sostienen la incompatibilidad inexorable entre soberanía popular y estabilidad ‘democrática’. Los que legitiman así la fatalidad histórica de su concertación con un Partido Democratacristiano que ha sido, por demás, implacable avasallador de todas las interesantes corrientes comunitario-populares que se han desarrollado en su seno.

  1. Aunque el liderazgo de Miguel Enríquez no tuvo rasgos particularmente libertarios, cabe consignar que ante la inminencia del golpe, sus esfuerzos no podían concentrarse en la deliberación de una política para el repliegue. Es paradójica la reivindicación que la mirología suele hacer de la conversación sostenida el 11 de septiembre de 1973 entre Salvador Allende y su hija Beatriz, cercana al MIR, a quien el Presidente efectivamente le indicó: “dile a Miguel que ahora le toca a él”.

Durante esos últimos meses, Enríquez no había estado organizando ningún aparato militar, sino intentando denodadamente hacer la política realista a la que Allende había renunciado: activar clivajes institucionales para tener a lo menos una opción de confrontar al golpismo. Algunos sectores del MIR encontraron en esa actividad político-institucional de Enríquez, la oportunidad para enrostrarle una desviación verticalista y hasta personalista. Otros sectores, más acotados, le criticaron por no abocarse a la organización de una fuerza guerrillera. A partir de dichas críticas, la mirología ha tendido velos simplificadores que hablan de “dos almas” en el MIR; una militarista y otra “más” política. Estos velos han ocultado que, por ejemplo, los evidentes errores del llamado Plan Retorno (elaborado para 1978 por el frente externo del MIR), fueron en parte subsanados por el partido que pre-existía en Chile. La desarticulación entre prácticas clandestinas y luchas sociales de masas, no obedeció a una mala perspectiva estratégica, sino a una superposición irresponsable de dichas perspectivas (algo que ha sido claramente expresado por Aguiló y reiterado en su carta que aquí presentamos). Tesis lúcidas, como la de una repolitización a partir de las negociaciones sindicales precarias dispuestas por el Plan Laboral de 1979, convivieron con análisis teoréticos y abstractos muy pobres, que de antemano entrañaban la conclusión de un debilitamiento del bloque dictatorial en el poder.

Por otra parte, no pocos análisis mirológicos han excluido los evidentes vínculos históricos entre los crecientes esbozos de insurgencia armada protagonizados por el MIR y los radicales alzamientos populares conocidos como “jornadas de protesta” entre 1983 y 1986. Tampoco se ha comprendido la situación de un partido como el MIR, donde “La Política” era identificada con estructuras ubicadas fuera del país, de manera que el tráfago de las prácticas “interiores”, pronto llevaba a que la base militante “del interior” desvalorara la noción misma de lo político, con la subsecuente hipertrofia de un especie de tareismo combativo. Este desprecio de la cultura militante por lo político, se profundizó cuando, en 1986, la propia palabra “Política” fue reclamada faccionalmente por un sector del MIR que, en vez de destrabar la política real y concreta practicada precariamente por la militancia interna, dejó caer sobre ella una andanada de sociologismos trasnochados (el llamado gutierrizmo del MIR-Político), para justificar con ellos la vaguedad del nuevo pacto social al que por entonces era convocado el pueblo de Chile (vaguedad que pronto sería aclarada por los poderes de la transición).

En síntesis, lo que como libertarias tratamos de plantear en el seminario aludido en la carta de Hernán Aguiló, es que, sin la exposición de la Izquierda Revolucionaria a sus profundas derrotas táctico-estratégicas en los setenta y ochenta, el extremismo neoliberal de la renovada oligarquía chilena, podría haber extendido su fase tiránica por harto más de 17 años.

Muchos de quienes en 1988 aun éramos miristas (caso del autor masculino de estas notas) y no votamos en el plebiscito, actuamos de ese modo, no por seguir algunas de las siempre estériles consignas anti-electorales, sino porque nuestra práctica política nos permitía saber –en sentido foucaultiano- que el nuevo pacto suscrito por las clases dominantes nacionales y transnacionales, ya había decidido un recambio de régimen político. No le inventamos al pueblo el relato de un combativo voto “NO” que supuestamente habría que defender en las calles “hasta vencer”, puessabíamos que esa era una victoria muy parcial ya alcanzada por el pueblo. Del mismo modo sabíamos que si el pueblo no podía sacar el merecido provecho de su victoria en las urnas, se debía a las previas derrotas táctico-estratégicas de sus orgánicas políticas, en primer lugar, del MIR.

Para muchos y muchas revolucionarias, se abrió desde entonces un tiempo de juntar lo nuevo, lo heredado y lo olvidado; al cabo, para nosotras: tiempo de contribuir a la organización del Comunismo Libertario en la región chilena.

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