La memoria Obstinada. Por Marco Teruggi

Argentina/ Resumen Latinoamericano/ 24/11/2014.-    “A los que están en la casa de 30 número 1136, que salgan con las manos en alto. Están rodeados por efectivos de las fuerzas conjuntas”. La frase suena como un disparo lento. La escuchan los vecinos que están almorzando con sus hijos, los centenares de efectivos que tienen rodeada la casa con autos y tanques, el comandante del primer cuerpo del ejército, Suárez Mason, el titular de la policía provincial, Ramón Camps, su jefe de investigación, Miguel Osvaldo Etchecolatz, los helicópteros que ya se acercan, los pájaros que huyen de los helicópteros, los árboles que se mueven sacudidos de toda su primavera de tilos ese miércoles 24 de noviembre de 1976, a la 1h20 de la tarde.

Y la escuchan Diana –que se llama Didi desde que entró a Montoneros-, los cuatro compañeros que están junto a ella en el comedor terminando de almorzar, y tal vez Clara Anahí, su hija de tres meses, que abre los ojos desde el cochecito. Inmediatamente comienzan a improvisar las barricadas con muebles, se alejan de las ventanas, buscan dónde ubicarse, recuerdan los entrenamientos y se preparan para resistir.

La frase no se repite. Hace calor en esa tarde que debía ser tranquila: Diana iba a llevar a Clara Anahí a ver a su abuela Chicha, y de allí se iría a la facultad donde es ayudante de cátedra. Daniel –a quien conocen como Cacho desde que lleva nombre de guerra- había salido a Buenos Aires media hora antes, luego de despedirse de su hija, de Diana, y de los integrantes de la casa operativa: Roberto, Daniel, Alberto, Juan Carlos.

Es un miércoles, un húmedo miércoles de la ciudad de La Plata, de la vida clandestina y pública de un grupo de militantes en un país dividido geográficamente en cinco zonas por las Fuerzas Armadas, por la dictadura cívico-militar que lleva exactamente ocho meses al mando directo del Estado. Ellos están en la zona uno, dirigida por quienes están en persona afuera de su casa.

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En el fondo del patio se encuentra la imprenta, una pequeña rotativa offset. Está dentro de un embute que mide 1.20 de ancho por 10 metros de largo, un escondite al cual se entra por una pequeña puerta hecha del mismo material de la pared, colocada sobre una estructura mecánica que se desliza hacia dentro permitiendo el ingreso. Al cerrarse la puerta el muro solo parece un muro, el final de una casa, no se ve ni se escuche que adentro se imprimen los 5 mil ejemplares mensuales de la revista Evita Montonera. Diana y Daniel han sido asignados a esa casa para darle cobertura desde la construcción de la falsa pared, para parecer una pareja común, corriente, que conversa con los vecinos, compra en los almacenes del barrio, produce conejos en escabeche y sale a venderlos.

Cuando se oye la voz desde la calle no hay nadie en el embute -aproximadamente 3 horas más tarde allí caerá una granada incendiaria. La casa es atacada por el frente, desde la calle y los techos de los vecinos, y también por la terraza y pared medianera de la vivienda aledaña. Saben cómo hacer: ya han atacado dos casas operativas de Montoneros el 22 de noviembre: una en 63 entre 14 y 15, hacia las 6 de la mañana, la otra en 139 entre 47 y 49, alrededor de las 7 de la tarde. En la primera la organización escondía documentos falsificados. Allí asesinaron a un matrimonio y se llevaron secuestrado al hijo –que luego sería devuelto a su abuela. En la segunda estaban las armas. Doce militantes resultaron muertos al retirarse el operativo militar.

La defensa en la calle 30 no cesa hasta las 4h25 de la tarde. Es una resistencia cada vez más encerrada, las Browning 9 milímetros y los Fusiles Automáticos Livianos de los cinco militantes no pueden contra las ráfagas de balas que golpean las paredes y estallan los vidrios. Los militares y la policía ocupan más y más techos y cielo: cargan artillería liviana, armas largas, cortas, blindados, helicópteros, son casi quinientos.

No existe la posibilidad de rendirse: es una decisión que ha sido debatida, en la organización, entre ellos. Saben además de los campos de detención, de la Escuela de Mecánica de la Armada, las torturas, los vuelos de la muerte, lo han denunciado en el último número que imprimieron y repartieron con el citroën que ahora está siendo acribillado en el garaje.

Entonces Diana intenta salir por el fondo, llegar hasta la medianera perpendicular al muro de la imprenta. Lleva a Clara Anahí en brazos, envuelta en una frazada, tal vez ya no quedan municiones a esa hora, cuando ya varios compañeros han muerto, y ella sabe que queda poco, nada, y debe intentar lo que parece inalcanzable, ese escape, su hija.

¿Escucha en ese momento la orden de Etchecolatz a sus espaldas, “tirale, negro, que no se nos escape, dale rajala al medio”? ¿La escucha y corre más rápido, y abraza más fuerte la frazada, la vida dentro de la frazada?

El último estruendo que se escucha es el impacto del disparo de basuka contra el frente de la casa. El proyectil atraviesa tres paredes, convierte el aire en polvo y piedras, hace más fuego el fuego. Luego se escuchan las órdenes, el ruido de las botas sobre los escombros, el entrar y salir de la casa de los jefes del operativo, los colimbas apostados en la entrada, algunos autos arrancando. ¿Cuántos ven en esos movimientos a un hombre sacar viva a Clara Anahí de la casa, mientras cerca del limonero del patio ha quedado Diana que será enterrada junto a los demás compañeros como NN?

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Ella fue Diana Teruggi. Parte de ella, mi tía, de quien nunca conocí los ojos verdes. Así llegó a lo que el poeta Rainer María Rilke nombró como la gran muerte que cada uno lleva en sí. Esa fue la suya y la miró de frente, de lleno y le disparó. Así también sucedió con los compañeros de la casa, con Daniel Mariani, asesinado 9 meses después en una calle de La Plata, con una generación que no pudo con el enemigo y cuya verdad quedó tendida boca arriba durante largos años, como un viento aplastado por la lluvia.

Pero la derrota que existió no triunfó. Por eso cuando una tarde apareció un joven llamado Guido la lluvia se alejó. Como ocurrió con Ana Libertad. Con los 115 nietos a quienes fue restituida la identidad. Como sucederá cuando Clara Anahí atraviese la puerta que siempre estuvo abierta, llamándola. ¿O es que alguien piensa que tanta búsqueda, tanta calle, tanto tribunal será en vano? Su aparición será arrancar la luz de la sombra, como una voz del pasado que volverá a mirarnos de frente –así nos veremos a nosotros mismos-, devolviéndole vida a la ausencia.

Pero también nos mira de frente esa verdad boca arriba. ¿Qué hemos hecho con ella? Ya ha sido condenada, olvidada, luego paseada hueca por salones, enjaulada como un recuerdo inofensivo hasta afirmar que hoy sería lo que se buscó ayer. ¿Acaso puede decirse que aquella etapa, ese proyecto que logró acorralar a las clases dominantes, es el que continúan quiénes hoy gobiernan? ¿Qué es lo que está por venir? No se llega donde uno nunca se ha propuesto ir -me cuesta imaginar a Diana aplaudir a la presidenta escuchándola afirmar en cadena nacional: “Terminen con esas locura del socialismo y todas esas cosas”.

¿Entonces la verdad? Debemos reconstruirla para acompañar la nueva que se está inventando, puesta sobre la escena el 19 y 20 de diciembre del 2001, haciéndose en Venezuela, la de esta época, enraizada en el pueblo, en su idioma. Por eso volvemos una y otra vez sobre el intento de esa generación. Para preguntarle, increparla, encontrar nuevas respuestas, construyendo memoria. Y para no olvidar, porque necesitamos acercarnos a nuestros muertos, conversar con ellos, decirles que seguimos con la palabra obstinada y el viento levantado.

* Sobrino de Diana Teruggi / Licenciado en Sociología

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