Especial: Travesía desierto Sonora-Arizona (Parte II y III), por Ilka Oliva Corado

Travesía desierto Sonora-Arizona. (II)

 

 

 

Subimos a  un taxi que durante seis horas nos condujo por  autopistas del desierto de Sonora, los taxis que transitan por allá son camionetas Suburban y Hummer en su mayoría,  son necesarios los de doble tracción por el tipo de terreno.

 

 

 

Siete veces nos el conductor se tuvo que detener en puestos de registro de la policía estatal y las siete veces actué como una total mexicana todo lo que había estudiado respecto al país fue lo que me preguntaron, vi cómo detuvieron a docenas que se confundieron en una pregunta y se delataron de ser centroamericanos y suramericanos, en los puestos de registro se juntan docenas de migrantes que apuestan a la suerte de llegar a los poblados fronterizos.

 

Hay policías que reciben dinero  para favorecer y hacerse de oídos sordos a los acentos y a las nacionalidades, hay otros que toman a los migrantes de rehenes porque saben que les irá mejor pidiendo un rescate, hay otros que los encierran durante días con la única finalidad de abusarlos sexualmente y están los más perversos que se los venden al crimen organizado después de  haberlos abusado sexualmente. Muchos de estos indocumentados van a dar a las manos de quienes trafican con órganos, también en trata de personas con fines de explotación sexual y laboral.  Los que reclutan para convertirlos en mercenarios del crimen organizado.

 

 

 

En el último puesto de registro yo no supe contestar una pregunta pero una mexicana que viajaba con sus sobrinos menores de diez años de edad salió a mi rescate y le dijo al policía que yo era su prima y que era veracruzana que recién me había mudado a Morelos, la coyota se había alejado del grupo y esperaba dentro dl la Suburban. Al subir nuevamente le pregunté a la muchacha que no pasaba de 30 años de edad, ¿por qué me había ayudado? Me dijo: “hoy por ti, mañana por mi”. 

 

 

 

Las únicas personas que utilizan taxis  que van hacia los poblados fronterizos son los coyotes y los migrantes indocumentados, porque son sitios muertos donde  hay muy pocos habitantes porque la mayoría o emigró hacia Estados Unidos o lo hizo hacia otros Estados mexicanos.

 

 

 

Faltando poco para llegar a Agua Prieta el conductor se detuvo en una taquería y nos dio quince minutos para comer, ahí presencié una violación de una adolescente que viajaba de indocumentada en otro grupo y nadie se metió a defenderla.

 

 

 

Llegamos al restaurante que era una galera, a la orilla de la carretera  estaban estacionados varios taxis y adentro vi un grupo  de aproximadamente sesenta personas, busqué el baño porque tenía ganas de orinar,   una de las meseras me señaló la parte lateral de lugar, el baño estaba afuera, abrí la puerta  y mi sorpresa fue encontrarme con un grupo  de once tipos que tenían  tirada en el suelo a una jovencita desnuda que abusaban sexualmente, mientras unos la sostenían para que no se moviera otros esperaban su turno.

 

 

 

Cerré la puerta y les dije a los de las meses cercanas que cerca del baño estaban abusando a una mujer, me dijeron que ya sabían porque la habían ido a sacar del restaurante  pero que no podían hacer nada porque andaban armados. La repuesta me indignó más porque me hablaron con una parsimonia como si de comida estuvieran tratando. Un hombre de  aproximadamente cincuenta años de edad me dijo que era el tío de la muchacha que tenía 19 años y que no pudo hacer  nada cuando entró el grupo de “los batos” y se la llevaron para el baño, “todos están armados seño y lo mejor es no meterse porque nos matan a todos, ella se va a recuperar”.

 

Comencé a despotricar contra todos y el piloto del taxi se vio obligado a levantarme en vilo, taparme la boca con una mano y meterme dentro de la suburban, dos hombres que viajaban en mi el mismo taxi se ofrecieron de voluntarios a cuidar que yo no me bajara. Me dijo el taxista que era la única forma de asegurarme que no fuera abusada y asesinada ahí mismo, por el grupo de “los batos”.

 

Momentos después llegó la coyota que  estaba pagando los tacos.

 

Desde la ventaba del taxi vi cómo uno  por uno pasaban  sobre la jovencita, satisfechos todos se retiraron como quien va a una tienda, compra un dulce, lo paga y se va.

 

 

 

El tío junto a otros hombres la fueron a levantar y la subieron en el taxi y partieron hacia la frontera.

 

La imagen de la niña siendo violada por esos hombres no me dejó dormir durante años, me despertaba en la madrugada, hablando improperios, sudando helado y con las pulsaciones a mil por hora, aquella escena fue parte de las pesadillas que me persiguieron durante noches enteras.

 

 En el la suburban agarré la manga de la chaqueta que llevaba puesta y grité con todas mis fuerzas, la mordí hasta cansarme, todos  todos guardaron silencio y perdieron las miradas entre sus propias cavilaciones y el paisajes del desierto.

 

El piloto dijo que eso era normal que sucediera  y que aunque se denunciara la policía no hacía nada al respecto. Me dijo que me sintiera privilegiada que con tremendos gritos que di en el restaurante no me hubieran violado a mi también.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el cruce de Agua Prieta y Napo se bajó la muchacha de Morelos con sus sobrinos, nos dimos un abrazo y con ella se llevó mi agradecimiento por haber intercedido ante el policía estatal.

 

 

 

Al filo de las cinco de la tarde llegamos al hotel El Girasol donde me entregaría la coyota y sería otra la organización que se encargaría de la travesía en el desierto para entregarme a otra organización en Arizona.

 

Lo que vi en ese hotel también me persiguió durante años.

 

Cuartos repletos de personas  apiñadas  que deliraban en el transe de las drogas que habían ingerido, algunas en pastillas, otras inyectadas, orgías de coyotes entre coyotes, indocumentadas que con sexo pagaban la travesía, otros orando a la Virgen de Guadalupe que tenía altares por doquier.

 

Se suponía que tenía que partir esa misma noche con el grupo de mujeres pero llegamos una hora tarde  y ya habían salido así que sería hasta el siguiente día con el grupo de hombres. Las puertas de las habitaciones estaban de par en par, realmente a nadie le importaba que lo vieran retozando y a quienes estaban bajo el efecto de las drogas mucho menos.  Enumerar las nacionalidades estaría de más porque habían personas de varias partes del mundo.  El hotel se ofrecía como el mejor del lugar y de hecho lo era, en otras pocilgas la suerte era incierta.

 

 

 

Esa noche dormí en una habitación  con la coyota que conocía al papá de quien estaba a cargo del hotel por esa razón tuvimos el privilegio de dormir solas sin que nos molestaran,  nos dieron un cuarto en el segundo piso, pusimos la cama junto la puerta  y nos acostamos, el coyote nos dijo que solo a él le abriéramos, la noche entera la pasamos en vela porque tocaban  la puerta cada cinco minutos en invitaciones para participar en variedad de orgías que ofrecían licor y drogas.

 

 

 

Por la mañana fuimos a desayunar y  a conocer  el poblado muerto de Agua Prieta, recién salido de una película del medio oeste: casas vacías, abandonadas con agujeros de balas por doquier, hoteles cayéndose a pedazos, ruinas de restaurantes, gasolineras y farmacias. Calles vacías con banquetas bañadas  de sangre seca.

 

Un desolación total en el bochorno del infierno fronterizo.  

 

 

 

Comimos tacos a dos metros de la frontera que es dividida por una valla de malla y más adelante una muralla de metal que es la famosa “línea” por donde cruzan los que pagan  más de veinte mil dólares.

 

En la única farmacia disponible compré tres litros de suero, dos manzanas, dos galletas dulces, una naranja. De Guatemala había llevado dos vendas y ungüento para lesiones musculares.   A las cinco de la tarde me puse mi pants negro, mi gorro pasamontañas y los guantes negros, me colgué la mochila en los hombros y me despedí de la coyota, que me dijo que se quedaría a dormir ahí para esperar noticias de que había cruzado,  faltando cinco minutos para salir llegó el grupo de mujeres que salió la noche anterior y con el que me tuve que haber ido, las habían agarrado en la frontera ya en territorio estadounidense y las habían deportado, la Patrulla Fronteriza las  dejó en la  “línea” a unos metros de donde yo había desayunado.

 

 

 

Cuando me vieron y les contaron que yo era la mujer que faltaba y que por haber llegado tarde no me fui con ellas, en un acto sumamente extraño se lanzaron sobre mí y me abrazaron todas, lloraban y decían que se irían conmigo, porque yo tenía suerte.

 

 

 

La palabra suerte  me ha acompañado toda mi vida, cuando nací me recibieron las manos de Mamita –mi bisabuela materna-, las de mi abuela y las de la comadrona, cuenta la historia familiar que yo nací a columbón como nacen los hombres y que mi cuerpo estaba cubierto por una manteca blanca como la que traen al nacer las bestias. En Jutiapa cuando las vacas y las yeguas paren y si el bebé viene envuelto en una manteca blanca se dice que trae suerte, yo nací igual entones dijo Mamita cuando vio a la cipota prieta bañaba en manteca blanca: ¡ve, ésta Chilipuca nació con suerte! Y es algo  en lo que he creído por el puro amor a  mi bisabuela que tuvo la osadía y  que  me bautizó como Chilipuca. Chilipuca es el frijol negro grande que en otras partes de Guatemala le llaman piloy. Fui la hija que más pesó al nacer y la única  de los cuatro que nació con comadrona. Lo de la comadrona es un privilegio que me enorgullece.

 

 

 

 

 

Las mujeres no pasaban de treinta años de edad, estaban cansadas pues llevaban una semana intentando cruzar la frontera y siempre la Patrulla Fronteriza las agarraba y las devolvía a “la línea”, querían dormir e intentarlo en otra ocasión pero cuando me vieron desistieron, no había forma de que me soltaran, me tenían abrazada, amurallada completamente.

 

 

 

Estaban seguras de que conmigo cruzarían la frontera, el coyote les dio cinco minutos para que fueran a comprar botellas de agua pura, nuevamente me despedí de la coyota y abordamos tres taxis tipo sedan. La forma de hacerlo había sido estudiada y ensayada: en la puerta del hotel estarían estacionados y nosotros íbamos a salir corriendo y nos acostaríamos en los sillones, de afuera el taxi se vería vacío solo con el conductor, esto era para no levantar sospechas a la policía.

 

 

 

Con mi mochila al hombro y mi ropa negra corrí y salté dentro del taxi, así fue como el grupo de 17 indocumentados, -ocho mujeres y nueve hombres- cruzamos el poblado de Agua Prieta hasta llegar a al desierto, donde se adentró el automóvil  y sin detenerse saltamos nuevamente hacia los escasos matorrales donde el coyote a cargo nos daría las instrucciones. Estaba por comenzar mi titánica  travesía de los desiertos de Sonora y Arizona.

 

 

Travesía desierto Sonora-Arizona. (III)

 

 

 

Corrimos a escondernos entre los matorrales mientras bajaban todos de los taxis que, en un rechinar se llantas de marchaban del lugar, estábamos en medio de la nada alejados del centro de Agua Prieta metidos en el desierto de Sonora.

 

 

 

Yo era la única que cargaba gorro pasamontañas y guantes negros, fueron indicaciones de la coyota no quitármelos ni un segundo cuando me adentrara en el desierto porque de noche los cactus no se ven y las tunas se incrustan en la piel sin ningún tipo de piedad. Debido a mi experiencia de andar en barrancos y escalando montañas y volcanes opté por vestirme con un pants, playera, una chumpa  y tenis que era lo más cómodo posible para la travesía y ciertamente fui la única vestida así, el resto de mis compañeros iban vestidos con pantalones de lona oscuros y zapatos de vestir, algunos con botas vaqueras, las mujeres con zapatos cerrados, muy pocos íbamos con tenis.

 

 

 

La única que llevaba suero era yo, el resto llevaba agua pura y mezcal, nos habían dicho que el frío del desierto era asesino y ciertamente a pesar de que vivo en una ciudad que sus inviernos con gélidos no he sentido frío como el que viví en los desiertos de Sonora y Arizona, creo que también contó lo circunstancial de la travesía para hacer de aquella experiencia algo épico en mi vida.

 

 

 

No adentramos en el desierto de Sonora, caminando en hilera ésa fue la indicación del coyote: caminar uno tras de otro. Cuando ya habíamos avanzado cinco kilómetros nos detuvimos y nuevamente nos explicó el trámite de la travesía: “nadie  de ustedes se va a atrever a delatarme como el coyote en caso nos atrape la migra porque si lo hacen la organización los va a matar, lo que tienen que decir es que tomamos el camino por nosotros mismos  y que no llevamos coyote guía, si en caso nos salen en el camino los cuatreros no nos resistamos a que nos asalten entreguemos todo y si nos violan pues que nos violen…”

 

 Una de la muchachas me preguntó en ese instante si me había puesto la inyección para no quedar embarazada en caso de un abuso sexual en el desierto, en ese momento yo caí en la cuenta de la seriedad de la situación en la que estaba metida, nunca se me ocurrió inyectarme, era la única del grupo que iba desprotegida en caso de que algo así sucediera, todas  se habían inyectado antes de salir. Me dieron la regañaba de mi vida por no prever algo tan importante.

 

 

 

El coyote seguía con las instrucciones: “si en caso nos detiene la policía estatal o el ejército mexicano me dejan hablar con ellos y nadie de ustedes abre la boca, si en caso alguno de ustedes desiste de seguir se queda esperando a que amanezca  que de encontrarlos tienen, ya sea la migra, la policía o los cuatreros”.

 

 

 

Los cuatreros son los grupos delictivos que transitan en el desierto asaltando a los migrantes.

 

El ocaso de las seis de la tarde comenzaba a pintarse de colores rojos y anaranjados encendidos y el frío de la noche se sentía en la brisa rala que se colaba entre los cactus. En el grupo había personas de cuarenta años, veinte, cincuenta, dieciocho,  una pareja llamó mi atención porque el novio decidió irse a Estados Unidos y la novia no quiso quedarse, él tenía 18 años y ella 16 y para que no se fuera “huida” y que la gente del pueblo no murmurara los papás de ambos aceptaron que se casaran y así lo hicieron, se casaron sin ningún tipo de celebración y al día siguiente partieron de su natal Jalisco hacia Sonora.

 

 

 

No me cabe la menor duda que en mi grupo había gente de otras nacionalidades distintas a la mexicana pero por estrategia decíamos  que éramos mexicanos todos. 

 

 

 

Mi condición física estaba al 100% y eso permitió que caminara al lado del coyote sin apartarme de él, el grupo se quedaba rezagado a una distancia de cincuenta metros porque ninguno podía mantener el ritmo con el que avanzaba el coyote que dicho sea de paso era un niño de 18 años de edad, flaco como él solo.

 

 

 

Mientras caminamos conversé con él y me dijo lo que me han dicho una buena cantidad de personas a lo largo de mi vida: “es que  siento como si la conociera de toda la vida, como si hubiéramos crecido juntos”, me contó que le pagaban $150 por indocumentado puesto en Arizona, hacía dos viajes por semana y en cada grupo mínimo llevaba quince personas, haciendo cuentas el niño ganaba $4,500 a la semana. Era nativo de Guanajuato y quería estudiar en la universidad por esa razón se había metido al trabajo de coyote pero le estaba yendo tan bien

 

 

 

 que decidió seguir cruzando gente, labor que realizaba desde que tenía 15 años de edad. El mayor de 6 hermanos, su familia vivía en una ranchería muy alejada del pueblo y su sueño era construirle una casa a su mamá y que dejara de lavar ropa ajena y lo estaba logrando porque ya había comprado un terreno de  doce manzanas de tierra donde construiría la casa con todo y establo, también  había comprado algunas cabezas de ganado.

 

Un Pickup  de doble tracción para que nadie los humillara llenándoles las caras de polvo  como cuando caminaban hacia el pueblo.

 

 

 

Los primeros 25 kilómetros los caminamos en tranquilidad, la noche los cayó encima con frío gélido pero no bajábamos el paso, traté de explicarles que no podían estar tomando agua cada cinco minutos porque se la iban a acabar y no sabíamos qué nos esperaba más adelante, aunque nos habían dicho que solo íbamos a caminar seis horas y llegaríamos a la frontera teníamos estar listos para cualquier eventualidad y justo sucedió.

 

 

 

Cuando llevábamos tal vez cuarenta kilómetros caminados, nos apareció un grupo de policías estatales que con armas automáticas nos rodeó, pidieron documentos pero el coyote de inmediato preguntó por el jefe, sacó un fajo de dólares de la mochila y se lo entregó, le dio el santo y seña de la organización a la que pertenecía y eso fue suficiente para que nos dejaran continuar.

 

Entre más nos adentrábamos iban desapareciendo los matorrales y el desierto se poblaba de cactus, el suelo de talpetate y polvoriento también desapareció para darle paso a uno empedrado que no dejaba avanzar sin que nos lastimáramos los pies.

 

En la lejanía vimos unos reflectores que nos alumbraban parecían ser de postes de  luz eléctrica que estaban a menos de cien metros de distancia pero, el coyote nos explicó que estábamos a ochenta kilómetros de distancia de éstos,  y que eran reflectores gigantes que iluminaban en distancias largas, lo hacen para cuidar que no pasen indocumentados y tampoco traficantes de drogas. La  luz pasaba y a los cinco minutos volvía, los fotos rotaban en forma circular y cada vez que se acercaba nos tocaba lanzarnos al suelo y escondernos  atrás de algún cactus, así lo hicimos a lo largo de sesenta kilómetros y aun no habíamos llegado a la frontera.

 

 

 

Escuchaba los gritos de las personas cuando sus cuerpos topaban con las tunas de los cactus,  lo que le cambió el ánimo al coyote que comenzó a regañarnos, exigía el absoluto silencio porque nos íbamos acercando y los ruidos, movimientos y hasta las respiraciones eran descubiertos por sensores colocados en el desierto, por las autoridades estadounidenses. 

 

Pronto aparecerían las avionetas y helicópteros que vigilan el desierto. El cansancio comenzaba a aparecer en todos pero era más en quienes no tenían la condición física, no llevaban ropa cómoda ni zapatos para semejante travesía.

 

Había gente con diabetes, problemas respiratorios y dos que sufrían de ataques epilépticos,  ninguno dijo nada porque de lo contrario ningún coyote se hubiera  a cruzarlos. Eso lo contaron en murmullos mientras avanzábamos y pedían descansar pero ya sabían la respuesta, teníamos que cruzar la frontera antes del amanecer o la migra nos encontraría. Comenzamos  a trotar para acelerar el paso, quise llevarme un recuerdo de aquellos desiertos que la memoria fuera incapaz de borrar, entonces recogí una piedra del desierto de Sonora y otra del de Arizona, las tengo en mi escrito junto a una planta de cactus que recién compré el año pasado, cuando decidí hacer las pases con la alusión de mi travesía.

 

 

 

Llegamos al filo de la media noche a la línea divisoria y nos encontramos con cientos de migrantes esperando el cambio de guardia de la Patrulla Fronteriza para cruzar en esos diez minutos que se tardaba  en aparecer el siguiente convoy de patrullas.

 

Faltaba media hora y los cientos de migrantes de un abanico de nacionalidades estaban acostados boca arriba en el suelo empedrado, docenas de coyotes de distintas organizaciones con grupos que no pasaban los 25, nosotros también buscamos un lugar a lo largo de la línea y esperamos nuestro turno.

 

 

 

Las estrellas se veían tan cerca que lo lejano del firmamento parecía haber bajado a acompañarnos, en la espera pasaban de mano en mano las  botellas de mezcal y de tequila, un trago para espantar el frío y darle viaje para que otro necesitado también se quemara la garganta y se entibiara el corazón, yo no bebí decidí pasar las botellas a la mano siguiente.

 

 

 

La línea divisoria en el desierto de Sonora y Arizona tenía del lado mexicano  dos cercos de alambre de púas, seguido de una línea férrea, la calle de terracería y dos cercos de púas del lado estadounidense. La cruzarían en hileras, se colocarían los suéteres y chumpas en el suelo y caminaríamos sobre estos  y el último del grupo los recogería, esto era para no dejar huellas de zapatos en la calle por donde alumbraban los focos de las perreras estadounidenses.

 

Cuando dieran la señal cada quien se haría cargo de la forma en que iba a saltar los cercos y también de  alejarse lo antes posible de la línea. Estábamos a instantes de cruzar la famosa frontera que tantas vidas ha arrebatado. Estaba a  segundos de abandonar el territorio mexicano para seguir siendo indocumentada en otra proeza de la que  quienes sobreviven se niegan a  hablar e intentan  olvidar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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