Crónicas de una inquilina: Extranjera (por Ilka Oliva)

Por Ilka Oliva, Resumen Latinoamericano, Suena  la alarma del reloj despertador, son las cinco en punto de la mañana del veintisiete de octubre del año dos mil tres. Debo salir de las tibias sábanas y buscar el agua fría de la regadera: la diáspora aguarda por mí no debo hacerla esperar.  No he dormido una gota, la noche se fue en vela,  contando los segundos, escuchando el viento frío soplar entre las rendijas de la ventana de  la habitación,  he dado más de cien vueltas   en el mismo cuadro de piso  estirando y encogiendo el dolor, tratando de engañarme fingiendo que no me duele partir, escondiendo el miedo a lo desconocido, tratando de guardar en mi memoria cada centímetro de la casa, sus fotografías colgadas en cuadros sobre las paredes de la sala, los libros que con sacrificio compré, el camino que conduce hacia Ciudad Peronia, las varitas de San José del jardín, mi taza favorita, los ocasos color flor de fuego en octubre, el clavel rojo floreando en casa de nía Juana.

Tragándome las ganas de llorar,  abrir la puerta y  buscar en la otra habitación el calor del regazo de mi madre, acostarme junto a ella y no perder ningún instante de sus respiraciones cansadas de su pulso  sosegado, quiero  proteger las tardes de vuelos de barriletes con mi padre,  bañar nuevamente a los cumes  en la bañera plástica  en el patio de tierra,  con el  agua tibia calentada con el sol del medio día.

 

Quiero empaquetar todo, hasta el más mínimo recuerdo y llevarlo conmigo como única maleta de viaje. Un frasquito con la niebla de las mañanas de agosto, la sonrisa de mi madre cuando  su jardín está en flor, las manos de mi padre tejiendo su atarraya, mi hermano intentando aprender a jugar trompo conmigo,  la cume acariciando a las cabritas y perdiéndoles el miedo.

 

Una vuelta y otra vuelta sobre el mismo cuadro de piso de la  casa rentada. Tiendo la cama y la vuelvo a desarreglar,  me acuesto y clavo la mirada sobre el techo de terraza, camino hacia la ventana y veo el bulevar solitario, los cipreses del arriate  negros de tanto humo de automóvil, la alborada está lejos de asomar. ¿Cuánto tiempo falta para abordar ese avión? No, no quiero contar las horas.

 

No quiero pensar en que  mi cuerpo puede ser uno de los miles que nunca regresan, que desaparecen entre las fauces de la frontera de la muerte. Sin embargo nía Tiba  lleva un mes haciéndome limpias de agua de siente montes y de rosas rojas que deja durante una semana postradas a los pies de una de sus tantas vírgenes, le fuma el puro a Maximón y reza tantas oraciones en jerigonza que nunca termino por entender una sola palabra, por orden de mi mamá que dice que nía Tiba tiene mano santa y que tiene una conexión directa con el Dios de los milagros , me he negado pero de nada me sirve entre las dos me llevan arrastrada a su consultorio médico, he optado por no oponerme para no malograr el ambiente de los últimos días de mis estadía en mi pedacito de tierra.  Asisto puntual a las cinco de la tarde tres veces por semana y llevo a mi casa la encomienda de pétalos de rosas ya benditos por la virgen y   hago té con canela que bebo antes de dormir, mi madre  me observa complacida dice que tal vez con eso dejo de ser tan endemoniada y viajo con menos equipaje dejando en tierra propia mi carácter infernal y lo atrabancada.

 

Suena   la alarma del reloj despertador, mi aliento es de  chicha, la noche anterior compartí dos litros de cerveza con mi madre las dos solitas en la sala de la casa, sentadas en las sillas del comedor  que nunca  usamos porque nunca comemos en familia todos  juntos, aun tienen el nailon con el que venían empacadas y ya hace tres años que lo compramos. Por la vida, bridó una. Por los recuerdos, brindó la otra. Cada brindis seguidos de largos silencios. Al filo de la media noche nos fuimos a dormir o  a intentar hacerlo pero ninguna lo consiguió y ninguna se atrevió a ir a la habitación de la otra para buscar el abrazo. En mi cama duerme  la cuma ella es la única que está extraviada en los canales del sueño profundo. La observo y la recuerdo recién nacida, luego  a la edad de tres años corriendo a esconderse de las cabritas porque les tenía miedo, la recuerdo en sexto de primaria,  en su primera regla ya entrando a la adolescencia. Duerme profundamente y no quiero arrebatarle el descanso.

 

Busco la regadera y mojo mi cuerpo con el agua fría  que baja de la cisterna que está sobre la terraza. Lavo mi cabello largo y murusho con  paciencia,  lo hago con jabón de aceituno traído desde mi pueblo natal, ¿cuándo volveré a ver uno nuevamente? Pienso mientras lo desanudo de mis colochos, cierro los  ojos y dejo caer nuevamente el agua fría y dejo que sea ésta  la que acaricie mi piel.  Salgo y busco la cocina y la jarilla, pongo agua a hervir para el café. La muda de ropa ya la tengo lista desde la noche anterior: un pants negro, calcetas blancas, tenis y una playera. Está pactado con la coyota que me espera en México que viaje vestida así no como la habitual centroamericana rasa que va directo a empotrarse con los muros de las fronteras del norte del continente.  Mientras el agua hierve reviso en el maletín deportivo si todo está en orden, llevo cinco mudas de ropa todas deportivas, salvo  un pantalón de lona y una blusa.

 

Ya estoy tomando café en el comedor cuando mi madre y mi hermana se levantan para alistarse, mi padre y mi hermano  no están en casa, mi hermana mayor es la que me espera en Estados Unidos.

 

Tomamos el desayuno juntas:   una taza de café y dos panes de manteca. Mi novio llega temprano y también comparte el desayuno, sube el maletín al baúl del automóvil y mientras yo me despido de las imágenes que cuentan historias  que están guindadas en cuadros sobre las paredes de la sala, acaricio  mis libros de la universidad y beso los pétalos de los rocíos y las  hojas de los plantas de tomates mandarina, cierro la baranda del jardín y veo por última vez las varitas de San José color pitaya, las pascuas ya en flor y las piedras volcánicas traídas desde la laguna de Calderas.  Subo al automóvil y nos dirigimos hacia el aeropuerto.

 

Tomé la decisión de no querer a nadie de la familia despidiéndome en  el aeropuerto, se lo prohibí rotundamente. A mi madre y a la cume también pero con ellas no pude  juntas son un huracán y tuve que aceptar que me acompañaran.

 

Llegamos,  entrego mi maleta que pasa perfecto como bolsa de mano y comienzo a llenar la papelería, anuncian que en una hora despegará en vuelo de Mexicana de Aviación con destino al Distrito Federal.

 

Los minutos a veces parecen segundos en otros eternos días, está ahí la zozobra de la despedida y de los nuevos caminos por recorrer. El abrazo que puede ser para nunca jamás  y el que siempre estará esperando el reencuentro. Las miradas que hablan entre sí mismas, los suspiros que de pronto dejan de guardar silencio, los rostros desencajados y la agonía del tiempo que trascurre.

 

Por el alta voces anuncian la primera llamada para pasar abordar el avión, veo a mi madre con su rostro enrojecido, con sus labios carnosos que tiemblan, leo sus manos inquietas que anudan sus dedos desesperados, la cume ya está llorando, tiene la mirada clavada en el piso, mi novio trata de  no mostrar flaqueza, está sentado en la esquina de la banca a un costado de mi madre.

 

Esperamos por la tercera llamada, para mientras camino hacia las ventanas de vidrio que dejan ver la pista y veo el avión estacionado, el cielo entre azul y encapotado, las nubes juntas por montoncitos como los tomates y los güicoyes que venden por medida en la Terminal, están abrazadas algunas y otras solitarias, lejanas, distantes.

 

Avisan entonces la tercera llamada me levanto, cruzo mi maletín sobre mi hombro y abrazo a la cume de la casa, le digo que no sé si la volveré a ver, si el abrazo pueda  un día unirnos de nuevo, que trate de dar lo mejor de ella misma siempre en todo sin  importar la circunstancia, la voz se me quiebra y no puedo seguir, ella dice que me ama y me abraza con la fuerza de una ola en reventazón de mar despierto.

 

Mi madre me mira con sus ojos llenos de agua y sus mejillas rojas, acaricio sus cabellos y le digo que sus pocos abrazos son mi refugio, que muera  en la frontera o sobreviva le agradezco la inmensa oportunidad de haberme dado el derecho  de ir a la escuela a aprender a leer y a escribir. Acaricio sus manos de campesina, astilladas y ampolladas y  la abrazo con la profundidad de mi alma que se aleja de su cordón umbilical.

 

Ahí está mi novio, el hombre que antes que todo es mi amigo incondicional, veo sus ojos tristes y  no tengo palabra mayor qué decirle, todo se lo he dicho ya. Un abrazo y un beso, él musita con la voz quebrada, te iré a visitar.  –Y lo cumplió-.

 

Camino hacia la puerta que me conducirá hacia un destino desconocido, son las diez y diez de la mañana del veintisiete de octubre de  dos mil tres, no volteo para observar las últimas miradas, camino con la espalda recta viendo de frente, atravieso el umbral y abordo el avión que me convirtió en extranjera.

 

Hoy hace diez años. Cuánto ha cambiado mi vida en una década. Resistí el ataque intempestivo de las fauces feroces de la frontera de la muerte. Sigo resistiendo el frío gélido de la diáspora. El embiste del dólar que quiere comprarme a toda costa, la urbe de luces fantasiosas, la desmemoria a base de lujos que apuñalan en el centro del corazón. Sigo resistiendo olvidar  la lengua materna, la piedrona en casa de tío Lilo y el agua fresca del río Paz. Resistiendo a eliminar de mi memoria la arada de mi infancia y los barriletes surcando los últimos días de octubre en mi arrabal.

 

Resistiendo a encubrir el hambre, la miseria, la necesidad  y a no valorar  la decencia con que sobreviven las crías en las alcantarillas de  las periferias de mi país. A los ishtos de pies descalzos y panzas con amebas trabajando de mozos en las fincas de milpa y frijol,  a las niñas haciendo masa y acarreando agua desde la Pilona en mi natal Comapa, todos analfabetas, como sus madres que tortean y lavan ropa ajena, como sus padres campesinos que no tienen tierra propia, como sus antepasados y sus ancestras.   Resistiendo  a mi carácter del demonio y  a la abrumadora amenaza de ser normal.

 

Soy extranjera y brego con ese lastre. Un día si  es que no muero   en el autoexilio y mi cuerpo se convierta en polvo en una tumba de país ajeno. Tarde o temprano regresaré con los pies por delante, con mi propio pie o deportada, enchachada en ese avión que encarcela sueños y  que separa familias.

 

Entonces en tierra propia recordaré en la añeja huerta de mi memoria ya marchita, los otoños de ocres y chiltotos en mi andar de vagabunda, de inquilina, de nómada.

 

Para mientras: respiro, toco, veo, siento, huelo,  sueño, añoro, deseo, creo, en el sendero que yo misma busqué.  Escribo para no  olvidar que tuve   un día existí en la invisibilidad de ser vendedora ambulante,  como así mismo tal vez escribiré como un día existí en la invisibilidad de la migración indocumentada.  Qué distinta vista y experiencia desde el horizonte rojizo de la migración y del arrabal. Esto es un vaivén,  un perpetuo  hallazgo que nunca termina de  descubrirse en su totalidad. Como la poesía misma  que pare segundo a segundo sus propios versos, como las crónicas de una inquilina en la que me convertí. ¡Vueltas de la vida! –Y dicen que son como las de un trompo-.

 

Ilka Oliva Corado.

 

Octubre 27 de 2013.

 

A una década.

You must be logged in to post a comment Login