MÉXICO Operativo en el Zócalo contra los maestros que desde hace cinco meses protestan por la reforma educativa

Arrasa la policía el plantón de la CNTE

Detención de un activista durante el operativo de la Policía Federal, ayer en la Plaza de la Constitución

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Por Laura Poy, Arturo Jiménez, Fabiola Martínez, Gabriela Romero y Ángel Bolaños

Sábado 14 de septiembre de 2013,
Una fuerza de más de 3 mil policías federales se desplegó la tarde de ayer para ocupar la Plaza de la Constitución y de ese modo terminar con el plantón que a lo largo de cinco meses mantuvieron maestros de varias entidades en rechazo a la reforma educativa.

Como resultado del operativo hay un saldo preliminar de 32 personas detenidas, un número indeterminado de profesores lesionados por las fuerzas del orden, y al menos 15 policías con heridas leves, a decir de Manuel Mondragón, comisionado nacional de seguridad.

La tensión se inició la madrugada de este viernes, cuando aún miles de mentores pernoctaban en la plancha, y los asistentes a la asamblea  plenaria del magisterio de Oaxaca conocieron del ultimátum lanzado la tarde del jueves por la Secretaría de Gobernación para desalojar el Zócalo.

Desde las primeras horas de ayer, la decisión estaba tomada, pues el gobierno federal lanzó la advertencia a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), a la que instó a presentar una respuesta clara la misma noche del 12 de septiembre.

Sin embargo, en las primeras horas de este viernes, algunos delegados sectoriales y regional de Oaxaca mantenían la idea de no retirarse de la plaza y resistir, pese a que otros sectores impulsaban el retiro por voluntad propia.

El debate fue largo y acalorado, se prolongó por más de 10 horas ante la resistencia de un grupo minoritario de representantes a desalojar la plaza a fin de mantener la dignidad y no retirarnos. La orientación de Rubén Núñez Ginés fue la consulta a las bases.

Las horas trascurrían y los numerosos secretarios generales sectoriales y regionales aún desconocían la información. Hasta las 5 de la mañana se les convocó a una asamblea al auditorio del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), a fin de iniciar una discusión.

Y fue hasta las 8.40 de la mañana cuando Núñez Ginés dio el aviso a sus bases. El emisor de la advertencia del gobierno federal fue el subsecretario de Gobernación, Luis Enrique Miranda, contaría después el dirigente.

En un clima ya de nerviosismo los educadores decidieron irse en marcha del SME hacia el Zócalo. Un grupo mantuvo la decisión de reforzar el campamento, o sea, no ceder y resistir hasta el límite de nuestras fuerzas.

Ahí llegaron a informar a sus compañeros de la situación de alerta. La plaza cambió por completo en unos cuantos minutos. Primero, se inició el éxodo de buena parte del contingente. Luego, los docentes que decidieron atrincherarse y armaron barricadas con vallas de metal, lonas, plásticos y cartón, al tiempo que comenzaron a armarse de tubos, palos, piedras y botellas para responder al embate, mientras tres helicópteros de la Policía Federal sobrevolaban el Zócalo.

Poco antes de las 12 horas, y ante la inminencia de un desalojo, el Gobierno del Distrito Federal solicitó a los empleados de sus oficinas centrales, ubicadas frente a la Plaza de la Constitución, salir de los inmuebles, así como una de las sedes de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Además se pidió a los comerciantes de la zona centro bajar su cortina, mientras que suspendieron servicio las estaciones del Metro Pino Suárez, Zócalo, Allende, Bellas Artes, Juárez, Balderas, San Juan de Letrán y Salto del Agua.

El primer ultimátum de la administración peñista fue al mediodía; el segundo y definitivo, a las cuatro de la tarde. La mayoría se replegó antes del avance de la Policía Federal. El secretario general de la sección 22 (Oaxaca), Rubén Núñez Ginés, fue quien encabezó el repliegue de sus bases sobre la avenida 20 de Noviembre, por lo que minutos antes de cumplirse el plazo indicó que ya se retiraban.

De diversos puntos de la plancha y en las callles 20 de Noviembre, Moneda, Madero y 5 de Mayo se levantaron llamas de las fogatas que prendieron en unos minutos.

Las bases andaban desperdigadas por las calles aledañas y las bocacalles. Uno de los mayores grupos se concentró en la esquina de 20 de Noviembre y Venustiano Carranza, donde instalaron una barricada, e incluso atravesaron un retroexcavadora para intentar impedir el paso de los cuerpos policiacos.

En un tenso día, más de 3 mil agentes federales sacaron de la Plaza de la Constitución a los docentes con apoyo de granaderos de la capital. En el momento del desalojo quedaban unos 4 mil educadores en el lugar, debido a que desde la mañana comenzó un retiro constante. Por la noche, los mentores comenzaron a reagruparse en el Monumento a la Revolución

Eran cerca de las 14 horas cuando integrantes de la dirección política de la sección 22 de Oaxaca informaron que se realizaría un último intento de dialogar con las autoridades federales y capitalinas.

La dirigencia se trasladó a esa esquina, adonde acudieron el secretario de Gobierno del Distrito Federal, Héctor Serrano; el comisionado de la Policía Federal, Enrique Galindo, y el secretario de Gobierno de Oaxaca, Alfonso Gómez Sandoval. El acuerdo fue otorgar dos horas más de plazo, aunque los mentores solicitaron cinco.

Encuentro urgente

Con un nuevo ultimátum, la dirigencia seccional convocó a una reunión urgente de representantes regionales, quienes, pese a la insistencia del secretario de Organización, Francisco Villalobos, de mantener un liderazgo responsable y cuidar a los compañeros, determinaron –los pocos que aún quedaban en la plancha– permanecer y resistir todo lo que se pueda.

Desde las 15 horas los profesores comenzaron a reforzar las barricadas y a mantener encendidas las fogatas. Decenas se organizaron en pequeños grupos portando palos y tubos para esperar la llegada de los uniformados.

Concluido el plazo, y sin que la totalidad de ellos y de manifestantes que ahí se concentraban, entre los que se incluían decenas de jóvenes que portaban camisetas negras y paliacates que les cubrían el rostro, hubieran abandonado la plaza, a las 16:15 inició el operativo de desalojo, el cual no tardó más de cinco minutos en liberar la explanada.

Sólo pequeños grupos de cinco u ocho educadores se quedaron en el Zócalo para intentar alguna resistencia a los policías federales que avanzaron en pocos minutos por toda la explanada. Ante la presencia de las fuerzas de seguridad, decenas de maestros corrieron hacia 20 de Noviembre.

En las bocalles que van de esa avenida hacia Izazaga y Eje Central, se dieron diversos enfrentamientos entre manifestantes y policías federales, mientras que el contingente mayoritario de los mentores intentaba llegar al Monumento a la Revolución.

En ese trayecto un grupo de al menos 250 educadores, entre quienes se encontraban los dirigentes de Oaxaca, Núñez Ginés, de Michoacán, Juan José Ortega Madrigal, y del Distrito Federal, Francisco Bravo, fueron encapsulados por fuerzas federales, ante un enfrentamiento con un grupo de anarquistas en la esquina de Eje Central y 16 de Septiembre.

Durante casi media hora mantuvieron concentrados a los profesores en una acera, mientras los dirigentes fueron trasladados en una camioneta de la Policía Federal en la que se dijo también se encontraba el subsecretario de Gobierno de la Secretaría de Gobernación, Luis Enrique Miranda Nava.

Los integrantes de la comisión de negociación del magisterio fueron conducidos al Palacio de Covián, donde sostuvieron un breve encuentro con Miranda Nava, quien les solicitó conminar a sus bases a cesar las movilizaciones a fin de que continúe el dialogo el martes próximo.

Poco después de las 18, cuando poco más de 3 mil maestros disidentes comenzaron a reagruparse en el Monumento a la Revolución, Francisco Villalobos informó que nos vamos a reorganizar en esta plaza, porque la resistencia magisterial no ha sido derrotada.

Al arribo de la dirigencia nacional de la CNTE al lugar, se informó que este sábado también acudirían nuevamente a la SG para una reunión de balance y conocer con precisión el número de lesionados y diversas incidencias, reunión que, dijeron, está prevista para las 10 horas.

El secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, y el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, justificaron, en mensajes separados, la acción policial.

Hasta el cierre de esta edición, los mentores continuaban la instalación de su campamento en el Monumento a la Revolución, y la elaboración de listas de heridos y probables detenidos, la cual estimaron algunos docentes en más de cien.

En cinco minutos borraron el campamento de la CNTE

Tres mil 600 agentes contra un contingente completamente diezmado
Fabiola Martínez, Laura Poy y Arturo Jiménez

En cinco minutos, la Policía Federal (PF) tomó el control del Zócalo capitalino y los pocos maestros que para las 4 de la tarde con 15 minutos permanecían sobre la plancha, corrieron veloces para escapar de las hileras de uniformados que ingresaron a trote por un costado de Palacio Nacional. Para el operativo de recuperación de la Plaza de la Constitución fueron enviados 3 mil 600 integrantes de la PF.
Cuando a las 4 de la tarde venció el ultimátum que dieron los gobiernos federal y capitalino para que el Zócalo fuera despejado, algunos profesores –no más de 30 en cada esquina de la plancha– tomaron palos y tubos, pero la fuerza policial no les dio oportunidad de nada.

Los policías, armados con toletes, escudos, chalecos antibalas, cascos, rodilleras y espinilleras, así como dispositivos para lanzar gases lacrimógenos, ingresaron por la calle Moneda y avanzaron por el frente de la Catedral, seguidos por dos tanquetas antimotines. De manera simultánea, otra hilera de elementos policiales aparecía en Brasil y Monte de Piedad para formar, con destino a la plaza, una pinza humana de arrastre.

En plena carrera, un joven hizo un alto para lanzar una piedra y atrás de él, dos más arrojaron los palos que traían en la mano. No más. La prioridad era huir.

¡Despejen, váyanse, lárguense!, gritaban furiosos los mandos, al frente del contingente de uniformados.

Maestros, reporteros, fotógrafos, camarógrafos y uno que otro transeúnte atrapado en la zona fueron replegados a las calles aledañas que para ese momento sólo conducían a otras vallas, las de escudos y toletes de federales asignados a la tarea de limpiar el primer cuadro del centro de la capital.

El objetivo era uno y lo tenían claro: arrasar con lo que se les pusiera enfrente, personas o cosas. La vanguardia de los federales amedrentaba a los civiles, al tiempo que formaban huecos o pasillos para que otra parte de la tropa policial destruyera carpas y lo que quedaba del campamento del magisterio disidente; blandían los palos y tubos que encontraban a su paso o con las manos arrancaban los lazos, cables y lonas; pisaban y pateaban los restos de alimentos, ollas, anafres, huacales y botellones de agua que no se pudieron llevar los maestros.

Al fondo, mientras la periferia de la plaza ya estaba ocupada por policías, apenas se alcanzaba a ver el Palacio Nacional. Una fuerte humareda de plásticos y carpas invadió el área, combinada con los polvos de los extintores que accionaron los uniformados para apagar las pocas flamas que persistían bajo las dos carpas más grandes de la CNTE.

Los policías fueron puestos, en estricto orden, alineados frente a los portales que están a un lado del palacio del Ayuntamiento, en el ala oeste del Zócalo, para avanzar hacia la calle 20 de Noviembre, mientras una de las tanquetas hidrantes iniciaba un recorrido justo frente al balcón central de Palacio Nacional. El sobrevuelo de los helicópteros no cesó.

La Comisión Nacional de Seguridad informó que recuperó con saldo blanco la Plaza de la Constitución que permanecía tomada por integrantes de la CNTE. La acción estuvo dirigida desde el búnker de la PF por el titular de la CNS, Manuel Mondragón, quien aseveró que el desalojo fue necesario al no presentarse la salida voluntaria de todos los manifestantes.

El operativo estuvo basado, dijo, en inteligencia y estrategia, en estricto apego a los derechos humanos, con un saldo preliminar de 29 personas detenidas por agredir –aseveró– a 11 federales de gravedad”.

Menos de una hora después del ingreso por Moneda ya no había nadie en la plaza, así que pudo ingresar otra hilera, esta vez de 20 camiones de la Secretaría de Obras del gobierno capitalino, para iniciar los trabajos de limpieza.

fuente: La Jornada
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Crónica del desalojo de una nación

septiembre 14, 2013

Desinformémonos
Fotos: Desinformémonos y Arturo Ramos Guerrero/agencialibrefoto

México, DF.  Humean en el Zócalo capitalino montones de ropa abandonada, zapatos sin su par, ollas con el arroz derramado, medicinas, credenciales de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, sillas y anafres aún encendidos. Pasaron dos horas y media desde el plazo que fijó el gobierno federal como ultimátum para que los profesores disidentes desalojaran el lugar –las 2 de la tarde del 13 de septiembre- y las cuadrillas de limpieza del gobierno local ya entran por la avenida 20 de Noviembre. Los policías federales se toman fotografías unos a otros frente al panorama de carpas destruidas y sonríen. La imagen de lo que consideran su victoria. Un pelotón grita su lema: “Servir y proteger al pueblo”, como en una película gringa. Mientras, las persecuciones y enfrentamientos se suceden en las calles del primer cuadro del centro histórico y en el Palacio de Bellas Artes.

Antes del plazo fijado para el desalojo, algunos profesores se retiran. Otros permanecen en el plantón  y comienzan a salir cuando los policías federales lanzan gases lacrimógenos. En las calles de alrededor del Zócalo -5 de mayo, Isabel La Católica, 16 de Septiembre- contingentes policiacos se distribuyeron cuadra por cuadra, avanzando y replegando a los últimos grupos de manifestantes, jóvenes la inmensa mayoría, que lanzan algunas piedras, palos y tuercas con resortera a los uniformados. Mientras, grupos de curiosos se asoman por las puertas y ventanas, grabando con sus teléfonos y tomando fotografías; algunos lanzan chistes y se fotografian frente al contingente policiaco.

“Relájense, vamos a cubrirle la espaldas a los compañeros”, grita el jefe de uno de los cuerpos policiacos, mientras su contingente avanza golpeado sus escudos rítmicamente, cargando palos, tubos metálicos, macanas y extinguidores. Algunas veces con groserías y otras con el argumento de “es por su propia seguridad”, tratan de correr a los que observan los movimientos; hombres, mujeres, jóvenes, que buscan inútilmente salidas. Un policía, en la parte de atrás de un contingente, graba con su tableta iPad el avance que empuja a los grupos de manifestantes hacia el Eje Central.

Hacia el Zócalo se ve humo. Huele a gasolina, y los restos de las vallas y barricadas que montó el magisterio horas antes arden todavía, junto con algunos enseres de las carpas de los profesores. Un huarache verde con una flor de tela se consume junto a un frasco de medicamentos genéricos. Los botes que los profesores usan para pedir cooperación están rotos y vacíos. Algunos policías federales hurgan entre los papeles que quedaron tirados, particularmente entre los que tienen logos de la Coordinadora.

Grupos de pepenadores aparecen en el Zócalo; empiezan a recoger y clasificar los cartones y plásticos en sus carritos. Un policía aparece y da órdenes a un civil: “Esos de los carros se tienen que salir”. Agrupamientos de hombres y mujeres se forman al grito de “Pelotón uno”, y comienzan el retiro de los escombros: vallas, sillas, papeles, carpas. Un policía federal levanta una valla y se para sobre un montón de escombros para posar para los fotógrafos. Otro unformado, con mucha menos estatura que sus compañeros, levanta los garrafones de agua y, con el mismo líquido, apaga las pequeñas fogatas que todavía humean por aquí y por allá. “No se separen, comando”, grita otro,

Los carros del departamento de limpia del Distrito Federal aparecen por 20 de Noviembre. Deben limpiar el trabajo sucio, literal. Mientras nuevas filas de policías salen por la calle Moneda y se forman frente a la Catedral. “Para la madrugada esto ya va a estar limpio”, asegura un comandante al que sus subordinados festinan y le piden que les tome una fotografía. Dos jóvenes mujeres solitarias aparecen para gritarle de frente a la policía que “son una vergüenza”, y un hombre de mediana edad se para, retador, frente a las filas de uniformados con dos carteles contra la reforma educativa. Los efectivos federales sonríen.

“La instrucción fue trabajar hasta que terminemos de limpiar. Trabajaremos horas extras”, informa un joven mientras jala los plásticos que, apenas tres horas antes, formaron el mar de viviendas improvisadas en las que más de 35 mil profesores, la mayoría de Oaxaca, llegaron desde el 19 de agosto a protestar contra la reforma educativa. “Tenemos instrucciones de no dar declaraciones”, sentencia una mujer, que momentos después caerá sobre un montón de escombros humeantes. Un señor completamente canoso, con sonajas de conchas en los pies, toca un silbato a ritmo de las danzas mexicatiahuin.

Trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad, sin el uniforme pero con un gafete casi escondido debajo de la camisa, se ocupan de desmontar los “diablitos” que los profesores se procuraron para tener energía eléctrica. Portan solamente guantes de carnaza para hacer su tarea, “pero es seguro porque está seco, el problema es si empieza a llover”, declara uno de ellos, mientras  comienza a chispear y los helicópteros policiacos pasan una y otra vez por el cielo gris.

La bandera ondea a media asta en la Catedral, por los Niños Héroes, pero en el centro del Zócalo ni siquiera está la bandera. Una decena de militares, en el techo del Palacio Nacional, siguen los movimientos que tratan de borrar los restos del campamento. Un policía pasa, apresurado, cargando un bolso grande de mujer. Grúas y camiones de mudanzas acarrean una camioneta con planta de luz y las estructuras metálicas de las carpas –muchas de las cuales están quemadas. Un cartel que cuelga de un poste reza: “Recibimos apoyo y víveres. Los insultos son para Peña”.

Las cuadrillas de limpieza apresuran su trabajo. Suenan los mazos, que golpean los gruesos calvos que sostuvieron las lonas. Algunos policías de seguridad privada deambulan por el lugar. Camino al Eje Central, se repite la escena: las típicas tlayudas oaxaqueñas a medio comer, un bolso femenino, un zapato, una calceta, montones de cobijas, medio pollo rostizado, piedras y plásticos están regados por las calles.

Otra vez aparecen por diversos puntos grupos de curiosos. Un hombre, disfrazado de Miguel Hidalgo, posa frente a los policías que resguardan la entrada a la plancha principal de la ciudad. Los flashes y las bromas se suceden. “Por la calle 20 de Noviembre se puede salir”, afirma un hombre.

En Cinco de Mayo y Palma sigue en pie una barricada solitaria. El taquero de “La torta loca” limpia su trompo para instalar los tacos al pastor. Los dependientes comienzan a abrir los negocios, adornados ya con piezas verde, blanco y rojo, mientras en Eje Central, los granaderos de la capital persiguen a los manifestantes hacia la Alameda. “Para el Monumento a la Revolución”, se pasan la voz  algunos de los últimos manifestantes.

Se prenden los foquitos tricolores. La ciudad es verde, blanco y rojo. La fiesta patria está por empezar, mientras los maestros se reúnen en el Monumento a la Revolución, donde deciden los pasos siguientes.

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