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Haití arrastra una larga historia de agresiones y violencia contra su pueblo y eso explica el hartazgo de quienes hoy enfrentan a un gobierno insensible y a las tropas de ocupación internacionales.
Resumen Latinoamericano - Desde la colonización española comenzada en 1492 pasando por la francesa
que culminó con la victoria de los esclavos alzados en armas bajo la genial
conducción de Jean-Jacques Dessalines, predominó en Haití en mayor o menor
grado- la dominación foránea. El único período realmente soberano duró muy
poco, ya que empezó con la proclamación de la Independencia el 1º de enero
de 1804 y terminó con el asesinato de Dessalines el 17 de octubre de 1806.
En efecto, a partir, de dicho magnicidio, el país empezó a transitar una vía
distinta a la del proyecto de libertad plena que era la esencia de la
política del libertador haitiano. Al correr de los años, sobre todo con la
llegada al poder de Jean-Pierre Boyer, la contrarrevolución se puso en
marcha inaugurando el camino de la dependencia, del sometimiento y de la
humillación. Luego, con la ocupación norteamericana (1915-1934), la
dominación imperialista se transformó en la característica fundamental de la
política haitiana.
Tratar de encubrir esta verdad, es simplemente falsear la
realidad para mantener el status quo. Sin duda alguna, es a partir de este
dato histórico significativo que el campo popular y revolucionario ha de
elaborar fundamentalmente sus propuestas de cambio, sus formas de lucha,
para no confundir al enemigo principal.
Al mismo tiempo, hace falta resaltar que dicha dominación
condujo a la transformación de Haití en el país más empobrecido de la
región, pero donde existió también una constante resistencia popular. Como
por ejemplo la lucha encabezada por Charlemagne Péralte y Benoit Batraville
en contra de la primera ocupación militar norteamericana. Incluso, en varios
momentos de la historia, se registraron sublevaciones de los oprimidos,
demostrando a veces la existencia aun de una crisis revolucionaria. Además,
desde el punto de vista de la lucha de clases, la movilización y la
irrupción violenta de las masas explotadas indican siempre una crisis de
las clases dominantes, una crisis de la aceptación de la dominación.
Ahora
bien, cuando se presentan esos períodos si no existen organizaciones
populares capaces de dirigirlos, más tarde o más temprano, surgirá la fase
de declinación. Es el peligro que existe hoy en Haití, cuando vemos que
ciertas organizaciones del campo popular quieren despegarse, por ejemplo, de
la violencia ejercida en las calles por los estudiantes y los trabajadores.
Se mantienen a la defensiva ante el discurso oficial y reaccionario que
reclama la no violencia como única forma de protesta de los de abajo. Un
discurso apuntado fundamentalmente a proteger la propiedad privada. Llaman
violencia al lanzamiento de algunas piedras en contra de los vehículos de la
MINUSTAH esta fuerza de ocupación que se estableció en el país desde 2004-
o cuando se incendian algunos vehículos de un Ministerio cualquiera o de la
propia MINUSTAH. Sin embargo, la violación de niñas y mujeres haitianas,
como así también el asesinato de varias decenas de personas, por ejemplo en
las masacres de junio y de diciembre de 2006 por la MINUSTAH en los barrios
populares, no han preocupado y provocado tanto rechazo por parte de los
grandes medios de prensa y de los gobernantes como cuando los manifestantes
rompen algunos vidrios o levantan barricadas en la vía pública.
Ante semejante cinismo, engaño y crueldad, es necesario recordar
que en toda sociedad basada en la injusticia, una crisis revolucionaria es
esencialmente un proceso concentrado de adquisición violenta de conciencia a
través de la experiencia concreta en la lucha de clases. Es imprescindible
la violencia de los oprimidos, para poder poner en acusación y terminar con
la dominación que sufren. Y cuando recordamos que dicha dominación se apoya
históricamente en la violencia ejercida por las clases dominantes a través
de los aparatos del Estado burgués, no puede haber duda acerca de la
necesidad que tienen los explotados de organizar su propia violencia hasta
la adquisición de una plena confianza en sus fuerzas para poder llevar
adelante su programa revolucionario. Dicho de otra manera, en determinados
momentos de la historia, a la violencia de los explotadores y opresores debe
oponerse la justa violencia popular y revolucionaria.
Este momento no es
otro que el de la ruptura de la relación social determinante expresada en
dominación y subordinación existente en los períodos anteriores a los
estallidos. De ahí la importancia del papel de una organización
revolucionaria para intervenir en esos procesos de lucha de clases
combinando de manera creativa la lucha pacífica con la violenta. Caso
contario, los explotadores nunca sentirán peligrar su dominación
multifacética. Y si en algún momento dicha dominación llegara a tambalear,
no dudarán un solo instante en utilizar todo su poderoso arsenal para
restablecerla. Además, no podemos perder de vista que el tiempo de la
ruptura, por ejemplo el de una insurrección, no es ilimitado.
Por otra parte, es imposible aprehender correctamente la
problemática de la violencia revolucionaria si no se entiende a la política
como instancia de organización, aplicación e imposición de ciertas
relaciones de poder en función de intereses de clase históricamente
determinados. En este sentido, la violencia ejercida por los sectores
dominantes en defensa de la propiedad privada -esos mismos que claman por la
no violencia y la lucha pacífica de los oprimidos- desde el surgimiento de
la formación social esclavista hasta la capitalista pasando por todas sus
combinaciones y variantes, es uno de los componentes esenciales de todo el
sistema de dominación. Es mucho más que un instrumento o medio de lucha,
sino fundamentalmente una fuente permanente de conflicto. De ahí el papel
del Estado burgués como garante de la producción y reproducción de dicho
sistema. Es el principal organizador y ejecutor de la violencia concentrada
en todas las estructuras de esas formaciones sociales. El Estado, tal como
bien lo explicó Lenin en "El Estado y la Revolución", no es -y ni puede ser-
un instrumento o aparato neutro que existe por encima de las clases
antagónicas. Entonces, cuando nos hablan de orden, paz social, estabilidad,
etc., es simplemente en referencia a los intereses de los sectores
dominantes. Las condiciones infrahumanas de existencia de las masas
explotadas no representan para los defensores de dicho pensamiento una forma
de violencia, la más cruel.
Según ellos, las masas han de soportar
pacíficamente su situación, ya que el Estado trabaja para el bien de todos,
de toda la sociedad. Toda violencia por parte de los oprimidos, es
interpretada como un acto en contra de la paz social. Una forma más para
alejar a las masas de la vía revolucionaria por la toma del poder.
En otro nivel de confrontación, es el mismo tipo de cinismo
y engaño que notamos cuando colocan 7 (siete) bases militares
norteamericanas en Colombia con un enorme poderío, sin embargo acusan al
Presidente Chávez de Venezuela de ser el agresor, el violento que altera la
paz en la región. Haití no escapa a ese esquema.
Isabel Ledesma es la Responsable Internacional del Comité
Democrático Haitiano en Argentina
Diciembre de 2009.
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