Nicaragua: El cambio de sistema y los traidores de siempre
escrito por Carlos Fonseca Terán
Un análisis sobre la situación política en Nicaragua y los ataques que recibe el gobierno del presidente Daniel Ortega
...Nosotros,
al trazarnos seguir la lucha revolucionaria, nos guiamos por los principios más
avanzados, por la ideología marxista (…) Somos conscientes de que el socialismo
es la única perspectiva que tienen los pueblos para lograr un cambio profundo
en sus condiciones de vida (...) Nuestro magno objetivo es la revolución
socialista (...) Se trata no de lograr un simple cambio de hombres en el poder,
sino un cambio de sistema: el derrocamiento de las clases explotadoras y la
victoria de las clases explotadas.
…El enemigo
tratará de penetrar la organización, nuestras filas mismas, a través de
personas que pueden hacerse pasar por sandinistas, para más adelante provocar
escisiones mediante grupos de sandinistas “democráticos”. Carlos Fonseca
Resumen Latinoamericano - Hay quienes
acusan al FSLN de querer cambiar el sistema sin tener los votos para hacerlo (como
si eso estuviera reglamentado en alguna ley o como si el respaldo de los
ciudadanos a un partido pudiera quedar congelado en el momento de la votación),
y otros lo acusan de no quererlo cambiar y por tanto, traicionar a los que
dieron su vida por hacerlo.
Pero ambos
grupos acusadores (los primeros presentándose como lo que son, de derecha; los segundos
presentándose como si fueran de izquierda) andan juntos en las mismas marchas raquíticas,
participan en la misma campaña mediática y cuando se refieren a cosas
concretas, terminan acusando al FSLN de lo mismo, que se puede resumir en atentar
contra la sacrosanta institucionalidad democrática representativa, occidental, libero-conservadora
y burguesa-oligárquica.
Los que
acusan al FSLN de querer cambiar el sistema, además de ser consecuentes con la defensa
del mismo por responder éste a sus intereses, no pueden soportar que el FSLN
esté tratando de hacer ese cambio manejando con mayor habilidad y éxito que
ellos, las reglas del juego por ellos mismos creadas al ser propias de este su
sistema que efectivamente, el FSLN quiere, debe y va a cambiar; los que acusan
al FSLN de no querer cambiarlo, son los mismos que se negaron a hacerlo cuando
se presentó la mejor oportunidad para ello, en los años ochenta cuando ocupaban
los más importantes espacios de poder en nombre de la revolución; como también
se niegan ahora, porque defienden lo mismo que los otros: el sistema que según ellos,
el FSLN no quiere cambiar y que si no fuera por ellos, ya habría sido cambiado
hace tiempo; y si fuera por ellos ahora, tampoco lo cambiarían de igual forma
que impidieron hacerlo cuando hubo mejores condiciones que ahora para alcanzar tal
objetivo.
Ellos son a
los que Carlos Fonseca llamaba con ironía y desprecio, sandinistas “democráticos”
que ya no importa si son o no, si fueron o no infiltrados por los enemigos
históricos del sandinismo tal como temía el Jefe de la Revolución que
sucediera, porque de todas formas están actuando como lo habría hecho el mejor
de los espías. Esto no es, como puede verse, una acusación; sino el
señalamiento de un hecho evidente.
El único
comunista bueno -dice una famosa frase fascista- es el comunista muerto. Esta
es la lógica con que actúan quienes dicen hablar en nombre de revolucionarios
que si estuvieran vivos, estarían siendo atacados por ellos mismos con la misma
virulencia que muestran cuando atacan a otros revolucionarios que si estuvieran
muertos, serían defendidos también por ellos con la misma vehemencia que
hipócritamente muestran cuando defienden a los que ya no pueden exigirles tener
el decoro de no hacerlo.
Qué fácil
le resulta al demagogo hablar en nombre de quien no puede defenderse de sus manipulaciones.
Hablar en nombre de mi padre (a quien conocí perfectamente, con quien conviví
cuatro años y medio en Cuba, y de quien guardo innumerables recuerdos con la
mayor nitidez) es algo que no acostumbro hacer, porque siempre me ha parecido
un abuso en caso de no haber necesidad; pero hacerlo manipuladoramente es el
mayor irrespeto que puede hacerse a su memoria, como va siendo ya costumbre
cada vez con mayor descaro, de esos sandinistas “democráticos” contra los que
él mismo nos alertó de manera extraordinariamente visionaria.
Por eso
levanto hoy mi mano en su nombre, como hijo suyo que conoció perfectamente su forma
de ser, de pensar, de sentir y de actuar en su vida cotidiana, que es donde el
ser humano muestra lo que verdaderamente es; como revolucionario que ha
estudiado su pensamiento, identificado plenamente con él y empeñado en actuar
consecuentemente con ello; y por todo eso, seguidor (sí, no me preocupa decirlo
así; seguidor consciente y a mucha honra) de quien ha demostrado ser el
continuador de su lucha y defensor de sus ideas, nuestro líder el Comandante
Daniel Ortega; quien sin duda de ninguna índole, pasará a la historia como la
más relevante personalidad de la revolución nicaragüense después de Sandino y
de Carlos Fonseca, que dicho sea de paso, en su momento también fueron vilmente
atacados y calumniados, tanto por la derecha sin disfraz como por la que se
disfraza de izquierda y que hoy en nombre de ellos, ataca al FSLN y a su
principal dirigente.
Algo
parecido sucedió con Bolívar: los herederos de quienes lo atacaron en vida,
después de su muerte pretendieron actuar en su nombre y atacar luego a sus
seguidores, hasta que se les cayó la máscara y terminaron quitando hasta su
retrato del Palacio de Miraflores cuando creyeron haber triunfado en el infructuoso
Golpe de Estado que diera la oligarquía en Venezuela con apoyo norteamericano,
en contra del gobierno mil veces legítimo de Hugo Chávez, continuador de la
lucha del Libertador.
En todas
las épocas y circunstancias históricas desde Lenin hasta Chávez, los que hacen
la revolución son atacados con saña por quienes dicen que esa no es una
verdadera revolución o que no es el momento de hacerla, pero quienes así actúan
en nombre de las más refinadas teorías académicas y hasta de la pureza química
de la revolución, cuando se pronuncian contra el voluntarismo, el extremismo,
el autoritarismo, la intolerancia o también de la moderación, lo hacen de la
forma más voluntarista, extremista, autoritaria e intolerante imaginable, y si
llegan al poder lo que hacen cuando asumen el papel de la línea dura es todo lo
contrario a lo que predicaban: se entregan al enemigo con todo y cartuchera,
echando por tierra el proceso revolucionario; en todos los casos, encarcelan o
asesinan a sus ex compañeros, como sucedió en Argelia con la reclusión casi de
por vida a que fue sometido Ahmed Ben Bella en aras de la moderación, como
aconteció en Grenada con el asesinato de Maurice Bishop en aras de la “línea
dura”, como ocurrió en Burkina Faso donde Thomas Sankara corrió la misma suerte
otra vez en nombre de la moderación, como pensaban hacerlo (en nombre de la moderación
unos, de la “línea dura” otros) en la Unión Soviética
los que fueron descubiertos a tiempo y condenados en los vilipendiados procesos
de Moscú, quienes planificaron el asesinato de buena parte de la dirigencia de aquel
país, así como sabotajes a la economía y demás acciones de ese tipo (y a los
posibles escandalizados con esto, antes de que rasguen sus vestiduras sepan de
dónde obtuve por vez primera esta información histórica: unos cuadernos de
estudio inéditos de mi padre, que algún día saldrán a la luz); y esos mojigatos
y chapulines colorados casi siempre tienen como otra gran característica común,
que nunca hacen ni pretenden dejar hacer la revolución.
El más
reciente espécimen célebre de ese tipo -un moderado que prometió fortalecer el socialismo
superando errores mal identificados y por tanto, haciendo todo lo contrario de
lo que se debía y que como consecuencia sólo logró la debacle (a pesar de las
advertencias del Che, un cuarto de siglo atrás)- está en este mismo instante en
la puerta de Brandenburgo, celebrando con la crema y nata de la derecha mundial
el derrumbe del primer modelo socialista de la historia, que con sus luces y
sombras demostró su superioridad frente al capitalismo para resolver los
problemas de la humanidad; como con mucha más razón y contundencia está llamado
a hacerlo el nuevo socialismo, el del siglo XXI que de forma similar al
primero, es descalificado tanto por la derecha (la capitalista salvaje y la
reformista) que no cree en lo que Fidel Castro llama la capacidad del ser
humano para construir un mundo a la altura de su inteligencia, como por esa
izquierda que de tan extremista se termina uniendo a la derecha.