Chile. Hijas de la rebeldía

Sandra Trafilaf / Resumen Latinoamericano / 8 de marzo de 2019

“Las que sobrevivimos, tenemos esa misión de hablar por quienes no lo hicieron. Homenajear,  entre cientos de muchas otras, la audacia de Elizabeth Escobar, de Esther Cabrera, de Patricia Quiroz, Cecilia Magni, Margarita y María Paz Martín Martínez, de Tatiana Fariña”.

Muchas de nosotras, desde pequeñas, hemos sentido en nuestros cuerpos la violencia de un poder masculino que satisface sus apetitos sin frenos.  Un poder naturalizado hasta la saciedad. Muchas de nosotras, también desde pequeñas, hemos sabido que algo no estaba bien y nos hemos rebelado.

Las primeras rebeldías fueron los balbuceos de una resistencia que creció a medida que fuimos madurando, no sólo hablando desde nuestras propias edades cronológicas, sino también desde la madurez de un proyecto transformador que hoy comienza a recoger y reconocer otras dominaciones.

La escuela, primera instancia formativa ideológica del sistema, intentó situarnos en el perfil de mujeres pasivas, serviles a ese poder omnipresente.

Pertenezco a esa generación que creció bajo la dictadura, bajo la opresión de que nada estaba permitido. No podíamos hablar fuerte, no podíamos usar pantalones, no podíamos soñar en tener el pelo corto, no podíamos reír, y si servíamos para algo, eso era para ser el entretenimiento, y el adorno al servicio del patriarca. Aquí es necesario hacer una pausa. Hay que decir, que bajo dictadura, todos los derechos y los sueños fueron conculcados, tanto para hombres como para las mujeres que buscaban una sociedad distinta. Lo aclaro, para que después no vengan a plantear que:  sí, pero… “todos sufrimos igual”. Porque justamente de eso se trata este texto rebelde…   no “todos sufrimos igual”… las mujeres siempre hemos tenido esta “otra dictadura”, este sometimiento adicional, este otro poder sobre nuestros cuerpos, nuestras mentes, nuestro desarrollo, nuestras vidas, solo por el hecho de haber nacido mujeres.

Los estereotipos, verdaderas caricaturas del machito y la dócil mujer, fueron parte de nuestra formación religiosa y prusiana, en escuelas y liceos lideradas por el fascismo. Así crecimos. En ese contexto tuvimos que librar duras batallas, no solo contra la dictadura, sino también contra nuestros hermanos en la lucha.

Si para la cultura dictatorial, las mujeres representamos el detalle ornamental de su puesta en escena, para nuestros queridos compañeros, esta idea no estaba tan alejada de ese pensamiento. Se acuñó la imagen de las compañeras sirviendo el té durante las reuniones; organizando la comida; el pecho fraterno para el descanso del guerrero. “Las compañeras son mejores organizadoras” nos decían… “Las compañeras tienen más imaginación y cuidado para los detalles”… nos convencían… 

Por ello, y para ser justa, se necesitó más de un compañero progresista que defendiera nuestra decisión de ser parte de la lucha armada, en tareas que no solo considerara nuestra presencia “natural” en el área de la atención y cuidado de heridos, en la organización de reuniones, infiltración y logística, entre otras.

Me emociona decir que también pertenezco a esa generación que parió hijas de la rebeldía, mujeres combatientes que entramos a ese mundo reservado exclusivamente para los hombres, sin mucha instrucción, pero con mucha convicción. También hay que decir que no fue gratuito, ni muy fácil. Antes tuvimos que ganarnos con creces ese derecho peleando en la población, organizando la resistencia en las calles, parando los talleres, elaborar la propaganda, participar de las acciones audaces. Enfrentamos la represión como iguales, y como iguales debíamos dar la pelea frontal en contra de nuestro enemigo de clase.

Pero hay que decir que la represión en su más amplio espectro, ese poder patriarcal, esa cultura militar, esa opresión ideológica, ese enemigo de clase, también hace sus diferencias cuando se trata de las mujeres. Primero, para ellos somos su botín de guerra, castigadas doblemente por entrar al mundo masculino de las armas. Si en la batalla diaria, debíamos esforzarnos el doble para demostrar nuestra competencia ante un compañero que no debía demostrar nada, porque su órgano reproductor era currículum suficiente, en las manos de nuestros enemigos debimos demostrar que no sería fácil quebrantar nuestras voluntades y nuestras convicciones. Ese enemigo de clase, castigó y violentó nuestros cuerpos no sólo por ser combatientes, sino también por ser mujeres.

Hoy seguimos en este camino de batallar contra un sistema neoliberal, contra la represión instalada desde esta democracia dejada por los militares y pactada con el llamado mundo progresista, agregando una nueva categoría de conversos que reniegan de su historia y la entregan para el festín de la derecha. Esos mismos que intentan ser víctimas de un período histórico, dando quejumbrosos relatos para justificar su oportunismo.

Pertenezco a esa generación de mujeres que se enfrentaron a la dictadura con un fusil.

Soy parte de esa generación de mujeres que estuvimos en centros de detención clandestinos; que fuimos torturadas; que tuvimos que dar nuestras declaraciones ante fiscales que nos engrillaban y ponían un revólver encima de sus escritorios, que nos trataron de putas y ladinas; que pasamos largos años en las cárceles, y que luego, alcanzada la libertad bajo nuestros propios términos (les cuento, rechazamos el indulto y rechazamos la sola idea de irnos expulsadas del país a cumplir nuestras condenas a otras tierras) hemos seguido en el duro camino de conservar la dignidad intacta y los principios en alto.

Hemos intentando traspasar esa experiencia de mujeres enfrentándose a la dictadura, bregando contra el negacionismo histórico impuesto por todos los gobiernos pos dictatoriales, que aplicó  su justicia en la medida de lo posible, que nos mintió en módicas cuotas anuales y que instaló esta democracia neoliberal, afirmando que fue una conquista lograda a través de las urnas, negando la sangre derramada, la osadía de un pueblo valeroso de hombres y mujeres.

Las que sobrevivimos, tenemos esa misión de hablar por quienes no lo hicieron. Homenajear,  entre cientos de muchas otras, la audacia de Elizabeth Escobar, de Esther Cabrera, de Patricia Quiroz, Cecilia Magni, Margarita y María Paz Martín Martínez, de Tatiana Fariña. Le hacemos pequeños homenajes cambiando el nombre de una estación de metro, colocando lienzos en puentes para decir que la huelga feminista la hacemos entre todos, entre todas, entre todes.  Porque cualquier proyecto de liberación debe tener la claridad, que las mujeres vivimos doblemente oprimidas, y cuando pertenecemos a un pueblo originario, la explotación y la segregación es triple.

Desde estas piernas de mujer, que siguen dando saltos en esto de mirar distinto, junto a otras vamos deconstruyendo y reconstruyendo el proyecto liberador. Tomando los aprendizajes de otras antes que nosotras, y de otras que han nacido después de nosotras.

En esta nueva conmemoración traemos al presente a  las obreras textiles que murieron demandando mejores condiciones salariales, a mis hermanas de lucha caídas en combate, a las desaparecidas, a las ejecutadas, a las que no resistieron. Con ellas en nuestra memoria, alzamos nuestra voz para decir que somos mujeres, pobres, mapuche y combatientes, hijas de la rebeldía  que seguimos transitando unidas en esta lucha hacia la liberación contra nuestro enemigo de clase y el patriarcado.

Fuente: Politika

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