Bolsonaro lanza una ofensiva sobre movimientos sociales y docentes en Brasil

Resumen Latinoamericano / 4 de noviembre de 2018 / Alberto Azcaráte, El Salto

Un decreto para “enfrentar al crimen organizado en Brasil” que remite a los órganos represores de la dictadura, una consulta que criminaliza a los sin tierra y una campaña para delatar a docentes críticos: las iniciativas del Brasil del Bolsonaro causan alarma entre los críticos al presidente electo.

El decreto aprobado que autoriza en Brasil “la creación de una Fuerza de Tareas de Inteligencia para enfrentar al crimen organizado en Brasil” tiene  sabor a déjà vu.  El 15 de octubre pasado, el gobierno de Michel Temer aprobaba el Decreto presidencial Nº 9.527, que acaba de ser sancionado, por el que autoriza “la creación de una Fuerza de Tareas de Inteligencia para enfrentar al crimen organizado en Brasil”. Dadas las amenazas proferidas en campaña por el candidato que finalmente logró imponer el discurso del odio y su reivindicación explícita de la dictadura militar, resulta difícil no establecer algún tipo de asociación entre esta medida y el macabro DOI-CODI. Los Destacamentos de Operación Interna (DOI) y los Centros de Operaciones y Defensa Interna (CODI) fueron creaciones de la dictadura militar que gobernó el país desde de 1964 hasta 1985. Al DOI-CODI le cupo el papel de controlar las informaciones y dirigir la represión a los opositores al régimen, que abarcaba un amplio espectro: movimiento estudiantil, colectivos sociales, investigadores y un vasto abanico de opositores.

El actual decreto afirma en su artículo primero que la fuerza de tareas tiene el objetivo de “enfrentarse al crimen organizado en Brasil, teniendo la competencia de analizar y compartir datos y generar informes de inteligencia, con el objetivo de servir de base a políticas públicas y a la acción del gobierno, en el enfrentamiento a organizaciones criminales que atacan al Estado brasileño y a sus instituciones”. No especifica a qué se refiere con “organizaciones criminales”, con lo que queda al arbitrio de las agencias de inteligencia militar decidir qué instancias se encuadran en ese perfil.

A esto se suma la insólita consulta pública que acaba de lanzar el Senado brasileño, apenas un día después de conocerse el resultado electoral, a través de la disposición SUG 2/2018. La formulación es frontal y no deja lugar a dudas: “¿Vd. está a favor o en contra de criminalizar al Movimiento de Trabajadores Sin Tierra (MST), al Movimiento de Trabajadores Sin Techo (MTST), y otros movimientos llamados sociales, que invaden propiedades?”. En el momento en que elaborábamos esta nota, los votos favorables al Sí ascendían a 401.674, mientras que los que optaban por el No eran sólo 266.493.

El Senado ha lanzado una consulta en la que plantea criminalizar el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra y la Cámara de Diputados ha propuesto castigar la apología del comunismo

Simultáneamente, la Cámara de Diputados –cuya actual composición exhibe un fuerte sesgo derechista- acepta deliberar sobre el proyecto de ley Nº 5358/16, presentado por el diputado Eduardo Bolsonaro, hijo del presidente electo. Esta norma propone criminalizar la apología del comunismo —Bolsonaro ya anunció su intención de “borrar a los marginales rojos”—, así como el fomento a la lucha de clases e incluye el castigo con reclusión de dos a cinco años y multa, a quien fabrique, comercialice o distribuya símbolos de propaganda que utilicen la hoz y el martillo, o cualquier otro medio de divulgación favorable al comunismo.

Para amplificar la alarma causada por las iniciativas descritas, debe agregarse la propuesta que presentó ayer la diputada Ana Carolina Campagnolo, del partido de Bolsonaro (PSL), que pide se permita que los estudiantes puedan denunciar a los profesores que expresen opiniones críticas sobre el presidente electo. Como antecedente de este despropósito, vale recordar la emisión de un video de Jair Bolsonaro, el pasado 29 de octubre, en el que cita por sus nombres a nueve investigadores de la Fundación João Pinheiro, en Minas Gerais, a los que califica como “adoctrinadores”. En ese material, el hoy presidente electo afirma “si viviésemos en un régimen como el que vosotros defendéis, no estaríais viendo este vídeo en este aparato maravilloso que no es fabricado en Corea del Norte ni en Cuba” y remata “actuando de ese modo, vosotros perderéis el respeto de los alumnos”.

DELATAR A PROFESORES CRÍTICOS

El ataque al profesorado de la enseñanza pública está siendo vehiculizado a través del Movimiento Escuela Sin Partido, que en los últimos años ha ganado espacio en la generación de imágenes y de contenidos multimedia. El docente es presentado como una figura maléfica que se dedica a manipular a los estudiantes utilizando los instrumentos de la docencia. En la web de esta organización instruyen respecto a cómo se podría identificar a los “adoctrinadores”. A pesar de su parecido con la metodología aplicada por los nazis, a diferencia de estos que pautaban la discriminación en la cultura, costumbres, ropas o trazos para identificar judíos y negros, este movimiento se centra en la esfera de la producción cultural, del lenguaje y el accionar de los docentes. Advierte: “puedes estar siendo víctima de adoctrinamiento ideológico cuando tu profesor se desvía con frecuencia de la materia que es el objeto de la disciplina, hacia temas relacionados con los noticieros político o internacional”. O también “la utilización de obras de arte de contenido político-ideológico, sometiéndolas a debate en las salas de aula”.

La estrategia es la de explotar el miedo colectivo de estar expuesto al “riesgo comunista”, de modo que cualquier profesor puede ser al mismo tiempo potencial adoctrinador

Se intenta caricaturizar al profesor “adoctrinador”, haciéndolo aparecer como figura ajena a la comunidad científica, que no conoce en profundidad la materia que le ha sido asignada. Y, como era de esperar, motivo de odio especial inspira a este movimiento la obra del pedagogo Paulo Freire. De modo análogo a la metodología nazifascista que, según Teodoro Adorno, instalaba la “paranoia social”, a partir de perfilar al judío como ladrón peligroso, este movimiento introduce y explota el miedo colectivo de estar expuesto al “riesgo comunista” y de que el “científico y profesor” puede ser al mismo tiempo “potencial adoctrinador”.

Además, los movimientos sociales son caracterizados como “peligrosos”. Lamentablemente, la sociedad brasileña actual, o al menos parte de ella, parece ser terreno fértil para la implantación de estos temores.

Este clima acarrea riesgos a la seguridad y a la estabilidad laboral de miles de personas y también promueve un franco retroceso en la producción local de investigación científica, además de crear división y desconfianza en el medio público estatal, por el imaginable temor de aparecer con vínculos próximas a colegas que están a punto de ser ilegalizadas por el Estado.

La amplia potestad que confiere a los organismos de inteligencia militar el Decreto Nº 9.527 recientemente aprobado, unida a esta y otras campañas de persecución de posibles “adoctrinadores comunistas”, extensible a movimientos sociales podría dar cobertura a una caza de brujas, solo comparable a la padecida por la oposición brasileña durante el período dictatorial.

Para peor, relativamente pocas personas conocen el profundidad —para citar solo un ejemplo— el trabajo realizado por el MST en el área de la agroecología y la producción de alimentos orgánicos y de protección de la biodiversidad brasileñas, que recupera saberes y semillas agotadas. Algo parecido sucede con la producción científica local, desconocida para la mayoría de la población brasileña, debido a la deficiente información que los medios del establishment y el Estado ofrecen a la sociedad.

PUEBLOS ORIGINARIOS

Tampoco hay buenas noticias para los pueblos originarios, en su campaña, el presidente electo manifestó reiteradamente que considera excesiva la asignación de áreas rurales en favor de las 300 comunidades indígenas del gran país sudamericano, declaraciones que –como era de esperar- concitaron amplia adhesión en las filas del agronegocio.

El fenómeno Bolsonaro parece actualizar una atmósfera ideológica que retrotrae al macartismo de los años 50 en los EEUU, de matriz tan anacrónica y reaccionaria que pareciera difícilmente compatible con la diversidad y complejidad de las sociedades contemporáneas. Volver a apelar al anticomunismo más parece un artificio para intentar poner en pie una “amenaza” que hoy convive sin problemas con el establishment en los parlamentos del mundo. También es cierto que la impúdica aceptación del cargo de ministro de Justicia por parte de Sérgio Moro —el “juez estrella” del caso Lavajato— deja en paños menores al sistema judicial en su conjunto y descorre los velos del manifiesto montaje de la operación que llevó a Lula a prisión para quitarlo de la disputa electoral.

Si sumamos a esto la difusión de fake news a través de las redes durante la campaña electoral, es verdad que todo tiene un aire de tramoya inconsistente, pero quizá no deberíamos minusvalorar la enorme potencia de lo falso, desplegado sobre una sociedad notoriamente clasista y excluyente, por paradójico que esto pueda sonar, sometida a un proceso de ingeniería discursiva bastante sofisticado. Y de un partido —el PT— del que aún se aguarda algún trazo de autocrítica, tanto de su gestión gubernamental como de la desastrosa campaña electoral. Mientras tanto, esta desenfadada ofensiva avanza utilizando los resortes institucionales y se dirige ya no a ignotos fantasmas del pasado, sino a agentes de transformación concretos y presentes: los movimientos sociales y el pensamiento crítico.

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