Otros desafíos de la lucha antipatriarcal: masculinidad hegemónica y capitalismo criminal

Por Mercedes Ferrero y Anabella Antonelli para La luna con gatillo

 

#Argentina

 

Pretender arrasar con la masculinidad nos desafía a pararnos en el filo de las experiencias actuales, a mirar y generar preguntas también desde las vidas de varones atravesados por el despojo, la pobreza, el racismo. ¿Cómo leemos las vidas de los pibes de las barriadas populares desde una perspectiva de géneros?

 

El Toti saltó el tapial, escapando del almacenero que lo seguía de cerca. Otra vez le había intentado chorear, una postal que se repetía desde tiempo después de que el Toti salió en libertad. No quería volver a caer y probó las herramientas que tenía a mano: la iglesia evangélica (hasta que empezaron a llorar sus 3 chicos de hambre); changueando por dos mangos (hasta que era evidente que ni trabajando 15 horas diarias iba a ganar algo que valiera la pena). Además pocas changas salían, “y con esa cara” le decían los amigos, sintetizando todo el racismo social que cae como un estigma sobre todos los Totis.

 

Un día, se acercó al taller y nos pidió trabajo. Nosotras habíamos armado un par de cooperativas, no daban mucha plata, más que para apalear la necesidad urgente. Le dijimos eso, levantó los hombros, como en un suspiro, y se sumó a la panadería. “Ser decente no garpa”, decía cada vez que repartíamos la plata del mes.

 

Ahora, el Toti anda corriendo con el almacenero pisándole los talones. Y a nosotras, con todas las ganas de colarlo en algún rancho, se nos vienen encima miles de preguntas que nos sacan de las respuestas fáciles y cómodas.

 

¿Cómo leemos las vidas de los pibes de barrio desde una perspectiva de géneros? ¿Cómo se configuran las masculinidades en territorios arrasados por el despojo, en las barriadas populares de las grandes ciudades latinoamericanas? ¿Cuánto nos sirven las categorías de análisis utilizadas habitualmente para leer la violencia cotidiana en nuestros barrios? ¿Qué de la masculinidad hegemónica nos ayuda a echar luz sobre situaciones como las del Toti? ¿Cuánto esas masculinidades que emergen en la pobreza y la marginalidad, en lugar de sepultar el sistema, sirven a la reproducción del mismo, aún siendo los chivos expiatorios de una sociedad decadente?

 

Masculinidad hegemónica

 

La masculinidad hegemónica, en nuestro presente, es capitalista, patriarcal, colonialista, eficientista, productivista, imperialista, conquistadora, acumuladora. La individualidad, la competencia y la rivalidad caracterizan y estructuran la subjetividad masculina hegemónica.

 

Si enunciamos los valores que se oponen a ésta de manera más frontal, es preciso gritar: ¡autonomías individuales y colectivas, reciprocidad en la afectación y los cuidados, defensa de los territorios, so-li-da-ri-dad!

 

La masculinidad hegemónica no sólo es una normativa de prácticas sociales para los varones, sino que tiene un poder configurador, persistente, sobre todes nosotres y sobre nuestras espacialidades, temporalidades, estructuras de sentir, de significar, de pensar, de vincular. La voluntad de dominio y de control, típicamente masculina, se nos aparece, interna y externamente, en una multiplicidad de circunstancias, de decisiones, de acciones.

 

Sobre los varones, pesa un poder configurador específico propio de la masculinidad hegemónica y esa es quizás una de las tareas político-analítico-afectivas que más nos urgen. Si éste es un orden que impregna de manera tan fuerte, tan potente, las construcciones identitarias-existenciales de tantos varones, entonces, es preciso rever algunas conflictividades actuales, algunas violencias, algunas realidades desgarradoras a través de este “lente”.

 

Capitalismo criminal y patriarcal

 

¿De qué hablamos cuándo hablamos de las violencias que se tejen en los territorios empobrecidos? ¿Cómo se configuran las masculinidades y nuevas masculinidades en las barriadas más pobres de las grandes urbes latinoamericanas?

 

Si bien la categoría de masculinidad hegemónica echa luz sobre algunas cuestiones, limita otros análisis si no la trascendemos y hablamos acerca de la intersección de otras opresiones y violencias (raza, clase, pertenencia étnica, edad). Hoy, es imprescindible que los movimientos sociales se sitúen con la pregunta y la duda de esas interseccionalidades.

 

Y es que el proceso de masculinización de los niños y jóvenes de sectores populares (como así también la legitimación e identificación de algunas niñas y jóvenes de esta misma clase en el molde de la masculinidad hegemónica) están siendo explotadas por los sectores más oscuros -y más rentables- del capitalismo criminal. Sin trabajo, sin contención, sin educación ni alimentación digna, el transa, la yuta, las políticas del estado construyen “propuestas” para los jóvenes que se apoyan/explotan la masculinidad hegemónica y que reproducen su costado más violento.

 

Quizás uno de los elementos más perversos de esa violencia narco-estatal es el “aprovechamiento” del sentimiento de “desencanto con el mundo” que viven muchos de nuestros jóvenes. Ante la falta de oportunidades, los de arriba ofrecen “la única que queda”.

 

Los circuitos del capitalismo criminal se asientan en ese afán del ejercicio de dominio sobre otro como “último lugar de autoafirmación” cuando no se cumplen las “P” de mandato patriarcal: potente, proveedor, progenitor, público, político, etc. Y, entonces, el ejercicio de muchas violencias presentes en los “circuitos” que habitan nuestros jóvenes despliegan su potencia autoafirmativa: “Sólo soy, sólo valgo, sólo aparezco, en tanto le piso la cabeza a otra/otro/otre”. Para muchos, las violencias se vuelven la “última posibilidad” de seguir siendo reconocido/de mostrarse como integrantes de la cofradía de los hombres. Desde ese cerramiento, se vuelve difícil imaginar otras formas de vida/otros mundos posibles.

 

La masculinidad hegemónica estructura el narcotráfico, la delincuencia organizada, la violencia urbana, la arbitrariedad policial, el gatillo fácil. Tan potente es su poder configurante, que no sólo explica y determina la muerte de tantas hermanas y compañeras en manos de sus parejas o ex parejas, los abusos y violaciones sufridas por parte de sus hermanos, padres, amigos, vecinos; sino que también prescribe y organiza el terrorismo de estado que nos arrebata a los pibes. Los suicidios de tantos, de tantas que sin trabajo, sin proyectos, sin pertenencias, sin esperanzas se nos van; los consumos problemáticos y brutales; esa “cultura del aguante” que expone a riesgos exorbitantes a quienes todavía son niños.

 

Masculinidades y desafíos

 

Entonces, podemos asumirlo: quienes luchamos por una vida digna, quienes queremos cambiar las cosas debemos unirnos en las batallas contra la masculinidad hegemónica, porque nos amenaza, nos mata, nos violenta. A todas, a todos, a todes.

 

Reivindicamos como parte de nuestra tarea la urgencia de transformar las subjetividades masculinas, tarea de sanación, des-aprendizaje y re-aprendizaje. Transformar la cultura patriarcal es necesariamente desarmar la masculinidad.

 

El modelo de hombre cayó: actualmente, se pone en cuestión el rol de proveedor, los varones son cuestionados en su condición de protectores y son poco considerados en su imagen y tarea de conquistador-reproductor.

 

La pregunta que se presenta es: ¿cómo hacemos para que esa caída genere masculinidades no opresivas o la caída de la masculinidad como la conocemos? ¿cómo caminamos hacia un aprovechamiento de la caída antes de que se reacomode del todo en nuevas configuraciones que asume el patriarcado?

 

Si junto con la crisis civilizatoria, la crisis de un modo de vivir, de un modo de producir, un modo de relacionarnos, entran en crisis los aspectos más perversos de esa expresión específica de masculinidad, entonces, es tiempo, nuestro tiempo, de “liberarnos” de todo lo destructivo y avasallador de la masculinidad como la conocemos, tan presente en todes, en favor de una apropiación de todo aquello que esa masculinidad nos expropió: la dimensión del cuidado propio y de las demás; las corporalidades y las sexualidades plenas, genuinas, diversas, integrales; la prioridad de las preguntas, las dudas, las respuestas transitorias, inacabadas; la posibilidad de gritar que ¡no me las sé todas, pero puedo caminar igual!; la reconciliación con nuestros errores, con nuestras incertezas, la reivindicación de nuestras “debilidades”; la articulación de la intelectualidad con las emociones y la espiritualidad.

 

Es interesante pensarlo: hoy, los movimientos sociales, en sus vaivenes pendulares y, a veces, de tentempié, están siendo escenarios de deconstrucción de las identidades y modos de relación normadas por el patriarcado.

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