Venezuela. “Chavismo, la peste del Siglo XXI”: Un paseo documental al manicomio opositor

Resumen Latinoamericano / 24 de junio de 2018 / Misión Verdad

El pasado 15 de junio, con bastantes bombos y platillos de antesala, fue lanzado en YouTube el documental “Chavismo: La Peste del Siglo XXI”. ¿Qué nos invita a pensar esta pieza audiovisual más allá de lo evidente?

Expectativas, críticas y otra quiniela caída

La pieza audiovisual fue escrita, producida, dirigida y narrada por Gustavo Tovar Arroyo, un “filósofo” que es recordado, no creo que más allá de la atrofiada memoria sentimental opositora, por ser uno de los ideólogos del movimiento manos blancas de 2007.

Las infladas expectativas de siempre no faltaron. La boina y los lentes con los que Gustavo Arroyo se disfraza de intelectual en Twitter, más la promoción de la extrema derecha local que lo tiene como referente, generó en la audiencia-objetivo una sensación de estar próximos a contemplar una obra audiovisual que, con seguridad, partiría en dos la historia del cine político venezolano.

Al igual que el partido Alemania-México, en el esfuerzo cinematográfico de Arroyo también se cayeron las quinielas.

En la antesala, las críticas tampoco se hicieron ausentes. Desde las redes sociales se cuestionó que el documental no haya sido lo suficientemente duro con la imagen del Gobierno venezolano y específicamente con Maduro, aunque el nombre de la pieza ya diga bastante al convocar al exterminio del chavismo, la selección de los entrevistados a muchos no les gustó y resaltaron algunas omisiones, detalladas por el articulista Isaac Nahón Serfaty, quien escribe para el medio Runrunes.

Según Serfaty, la pieza de Arroyo omite que Miguel Henrique Otero fue uno de los culpables de la llegada de Chávez al poder y que el padre del empresario Pedro María Burelli, comandante de la barra de cheer-leaders de María Corina Machado en Miami, apoyó desde el gobierno el indulto otorgado por Rafael Caldera en 1994.

Una balada pop para (intentar) desfigurar la historia reciente de Venezuela

El inicio del documental está marcado por un hilo musical melancólico, mezclando desordenadamente y sin un objetivo claro, imágenes de símbolos naturales del país con el extendido registro visual de la violencia vivida durante la primera mitad del año 2017.

La primera parte del documental versa cobre la rebelión militar del 4 de febrero de 1992 y la del 27 de noviembre del mismo año.

De fondo, la voz de Gustavo Arroyo acompaña el montaje con frases estilo “Chávez incendió la piel de Venezuela”, “disparó a la cabeza de los venezolanos el 4 de febrero”, “quedó herida de muerte la democracia”, metáforas que parecieran más una mala copia de las canciones de Ricardo Arjona que una reflexión proveniente de un filósofo.

Esa forma de narración arjoniana de Arroyo impregnaría cada segundo del documental, convirtiéndolo lentamente en una tortura visual abultada de clichés y análisis facilistas.

Personajes como Mario Vargas Llosa, J.J. Rendón, Diego Arria, Carlos Alberto Montaner, Moisés Naím, María Corina Machado, Pedro María Burelli, Oscar Arias, Antonieta López de Mendoza (la mamá de Leopoldo), Andrés Pastrana, entre otros, marcaron las primeras entrevistas.

En cada una de ellas sobran los clichés, los lugares comunes y un nivel de análisis que nada tiene que envidiarles a las coléricas doñas del este caraqueño cuando empiezan las guarimbas.

Expresiones como “Chávez fue una creación de Castro”, “ese día llegó el comunismo a Venezuela”, además de comparaciones cómodas y ya bastante recicladas entre la figura de Chávez, Hitler y Mussolini, pusieron en primer plano la mermada capacidad reflexiva de quienes para la clase media venezolana son las personas más inteligentes en habla hispana.

A esa fanaticada ya no debe sorprenderle que exponentes de la literatura latinoamericana, estilo Mario Vargas Llosa, entre otras lumbreras financieras, tipo Pedro María Burelli y Moisés Naím, tengan como un activo discursivo para referirse al chavismo aquella lírica gusanera fabricada en Miami que todo lo analiza, todo lo ve, todo lo siente, desde la paranoia anticomunista.

Pero tal vez redundar en el mismo cliché por casi dos décadas es suficiente para confirmar las paranoias de quien lo ve y aplaude, justamente esa clase media profundamente lesionada y traumada por la terapia de tortura inducida, entre tantas guarimbas, trancazos y paros económicos, convocados por su dirigencia.

Los entrevistados, a su vez, describen el “período de la democracia” como un sistema político socavado por la corrupción y la falta de atención a los excluidos, en ese último ítem, entre líneas, homologaron a la población a una jauría de perros a quienes no se les llenó el plato de comida y estaba a la espera de un mesías bananero que sí lo hiciera.

Una expresión que, en vez de parecer cosmética, gracias a Arroyo adquiere estatura de “principio filosófico”. De ahí puede que vengan varias de las fallas de origen de porqué lo más granado del fascismo venezolano, dos décadas después, no termina de descifrar a los millones de venezolanos que se reclaman chavistas.

Las aparentes críticas a la Cuarta República vienen principalmente de Moisés Naím, Marcel Granier, Diego Arria y Pedro María Burelli. Los tres hablan de ese período, paradójicamente, como si ningunos de los tres hubiera participado en la caída de esos gobiernos desde diversas instancias. Limpiarse las manos con tal facilidad, sin embargo, puede que describa bastante bien el móvil político bajo el cual se mueve el antichavismo desde el día cero: la negación de toda responsabilidad.

Una ventana en HD al manicomio opositor

La pieza continúa y a medida que avanzan las entrevistas, los clichés y lugares comunes elaboran un mosaico gigantesco de contradicciones y confusiones. Resalta a lo largo del montaje que las imágenes utilizadas para retratar la “crisis humanitaria” en Venezuela, tienen de protagonista las colas del año 2015 y la galería de fotos realizadas en el año 2016 por los fotorreporteros de medios internacionales sobre el mal estado de algunos hospitales.

Un producto pensado, también, para un consumidor extranjero lo bastante desinformado o intoxicado por las grandes agencias de la información para confiarse de que las colas por productos regulados todavía existen y que no hay productos en los anaqueles.

Pero a su vez el documental, y eso sí hay que agradecérselo a Gustavo Arroyo, es una ventana en alta definición para visualizar el estado de la salud mental del antichavismo.

Por ejemplo, frases como las del banquero Roberto Smith, quien afirma que desde que llegó Jorge Rodríguez al CNE, “un experto en manipulación de masas” según el también militante del partido de María Corina, más nunca hubo una “elección libre” en Venezuela. La sentencia de Smith fue acallada por las imágenes que vendrían minutos después: la celebrada victoria opositora en la reforma constitucional del año 2007, donde David Smolansky, Yon Goicoechea, Freddy Guevara, también entrevistados en el documental, salieron del cascarón “estudiantil”.

A ese movimiento “Manos blancas” de 2007, Gustavo Arroyo le da un énfasis particular. Reafirma desde el montaje que el clímax de esa “lucha” fue el triste papel de los estudiantes de las universidades privadas quitándose unas franelas rojas en la sede del hemiciclo de la Asamblea Nacional.

Arroyo supo cómo economizar sentimentalmente ese momento, pues ante el apabullante discurso de Robert Serra y Héctor Rodríguez no había mayor victoria que narrar. Todos recordamos ese día desde el tartamudeo de Yon Goicoechea y la pésima oratoria de quienes lo acompañaban.

Smith más adelante continuó con su disertación. Según él, la tragedia de Vargas de 1999 era un “augurio” de lo que le iba a pasar a Venezuela con Chávez, una analogía que, por más presentación de hallazgo filosófico que le haga Arroyo, en realidad conjuga lo peor de las quinielas caídas de Adriana Azzi con las peores canciones de Alejandro Sanz.

Y es esa deriva de sentimentalismos y facilismos intelectuales la que marca la obra intelectual de Arroyo. Lilian Tintori afirma que su marido, Leopoldo López, “es la expresión del verdadero venezolano”, negando que la mayoría de la población no resalta por tener rasgos afrancesados, y que lo peor de la situación actual es lo siguiente: “ya la gente no sonríe como antes”.

Sobre el golpe de Estado del 11 de abril, el documental reincide en la falacia de que los criminalizados “pistoleros” de Puente Llaguno asesinaron a los asistentes en la marcha y que los francotiradores dispuestos en la avenida Baralt fueron enviados por Chávez. Le da un barniz de versión profesional a esa “tesis”, ampliamente desmontada por planimetrías y estudios científicos, el director del Foro Penal, Gonzalo Himiob, y José Miguel Vivanco, director de Human Rights Watch.

Minutos después se observa a un Ismael García hablando sobre la “corrupción del gobierno”. A un banquero como Oscar García Mendoza, cuestionando el saqueo del “rrrégimen”. Ambas voces probadas, precisamente, en el saqueo y la corrupción.

Comentarios sobre el mal que le hizo a Venezuela “las groserías de Chávez”, sus ataques verbales e insultos jocosos a dirigencias de la oposición, culmina ese segmento marcado por clichés que sólo buscan reforzar la posición del sector más lesionado del antichavismo.

El documental de Arroyo es, en términos psicológicos, un ejercicio de proyección de los temores, ficciones y traumas de los cuales adolece el antichavismo. Confirma el lugar de enunciación desde donde observan y procesan la realidad venezolana: como una novela mexicana, de esas que están plagadas de traiciones, bajas pasiones, melodías melancólicas y finales fantasiosos.

Y allí la industria cultural chatarrera made in USA tiene mucho que ver, abrió la ventana para que el bodrio de Arroyo entrara sin resistencias.

Pero también proyecta la imagen fantasiosa y a la vez fascista que tienen del chavismo: una banda de malandros pobres, narcotraficantes, negros y feos, que supuestamente forman parte de un plan macabro del castrismo para llevar a Venezuela hacia una especie de comunismo tropical. Y lo más paradójico es que después de tantos años de agresiones culturales y simbólicas, se muestran sorprendidos de que el chavismo no le dé su voto a la oposición.

Es lógico: esa población criminalizada por mestiza y pobre no va a entregarle el Gobierno a quienes le ofrecen como única opción correr la misma suerte que Orlando Figuera.

Fin de la tortura

Pero no es hasta los últimos minutos del documental que se develan los verdaderos intereses políticos de la pieza de Arroyo. Cierra Luis Almagro y su asesor Luis Moreno Ocampo, ambas posturas acompañadas por la de Tamara Sujú, afirmando la urgente necesidad de procesar al Gobierno venezolano por la comisión de delitos contra la humanidad. Es una obviedad que el documental es un medio para remolcar esta agenda a nivel internacional.

El sobreuso de la imagen de María Corina Machado, por su parte, también describe la necesidad de la ultra por levantar a troche y moche la imagen de la prístina hija de la oligarquía caraqueña. Y es que el objetivo del documental, más allá de sumar otro pasivo psicológico a la población, no parece ser otro que publicitar la figura de María Corina como la única que entiende lo suficientemente a Venezuela para arrastrar todos los patrocinios internacionales.

Pero entre el Mundial de Rusia 2018 y la atención de la población centrada en resolver su cotidianidad, la obra de Arroyo ha pasado sin pena ni gloria. Aunque no se descarta récord de audiencia en donde la diáspora clase media necesita una nueva novela para seguirle temiendo a su propio país.

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