Uruguay: La historia de nuestro futbol está ligada a la de los trabajadores

Resumen Latinoamericano, 13 de febrero 2018.

Por Santiago Amorín y Agustín Lucas

Desde el field

Albion acaba de cumplir 126 años, tiene casi tantos como la clase obrera uruguaya, que en la última parte del siglo XIX adaptó el juego anglosajón a cualquier campito o espacio donde rodara la de cuero, lentamente se empezaba a popularizar el “football”.

La historia de nuestro futbol está íntimamente ligada a la de los trabajadores: el nombre de Defensor surgió de un club fundado por trabajadores en 1906: Defensores de la Huelga. Progreso lleva el rojo y el amarillo en honor a los que pelearon en la década del 1930 en Catalunya por una sociedad más justa. El club Alto Perú fue fundado por trabajadores anarquistas y de ahí el rojo y el negro como estandartes. Alguna bandera de Basañez se pasea aún por las canchas de la C rezando que sus colores “son sinónimo de rebelión”.

Hoy, una parte de la clase obrera sale a la cancha todos los domingos: porteros, cocineros y albañiles. La de cuero sigue girando, el football ya es fútbol y los que lo jugamos seguimos siendo los mismos que hace cien años. La ilusión de ser profesional y el desafío de llevar al primer club de fútbol de Uruguay al profesionalismo son los motores de un sueño que anda despierto y codeándose con la realidad, para enfrentarla y pelear por una nueva.

Maxi baja corriendo la lomita que va y viene del vestuario. Hoy es un día cualquiera. Colgando va la mochila, en la mano los zapatos, la camisa del laburo impecable. Aún le suda la frente. A Tabaré le pasa lo mismo los domingos, barrerse cincuenta veces, agotar punteros, oler sangre, bañarse y atravesar Montevideo para cocinar ocho horas. Laburan juntos, en la cancha se entienden a la perfección. Son hermanos elegidos, entre sartenes y centros a la olla. El otro Maxi raspa como loco. Sus patas flacas se entreveran entre el barro, las tibias y los tobillos. Le cuelgan con el sudor camisetas desgarradas, viejos colores y la noción de nunca haber vivido del fútbol. Labura contando plata hasta las 23. El barro se le queja en la mochila toda la semana. El Coco es dentista, se recibió mientras sudaba la naranja de la IASA; atiende en el Saint Bois todas las semanas, saca pelotas todos los domingos. Un buen día Facundo cambió el horario en la carnicería porque jugábamos entrada la tarde, y las ocho son las ocho. Aquel domingo entró a las 5.30 am, 11.30 cortó para morfar, a las 14 se subía las medias azules del Albion, y se disponía a cansar a los once y maravillar a otro puñado de hinchas apostado en el cemento tras el alambre; entre ellos su vieja, siempre la vieja. Matute labura en la constru. Construye y destruye, en la cancha como en la obra. Las botas amarillas al bolso, los botines negros a los pies, los años entrándole en la frente y la estampa del viejo cinco yorugua. El Carta agarró en la carpintería de un amigo; otro Maxi más, atiende gente histérica en el teléfono de una mutualista, el Mono le hace las ocho de portero en un edificio en Pocitos, mientras Felipe reparte pisos flotantes y el Guti acomoda aviones en la pista de un gélido aeropuerto. Hay que rescatarse. El fútbol me ha enseñado sobre el laburo, a mí, que soy un poeta y un vago, parafraseando a Bolaños. Y me ha enseñado sobre el amor. Amor y humildad. Miseria y hambre, goce y desdicha, victoria y derrota, ira, rabia, desolación. El fútbol me ha enseñado todo. La ilusión de morir por una camiseta como por una mina, la certeza de sentirse vivo, yéndola a buscar a los pastizales húmedos para garronear un obol.

You must be logged in to post a comment Login