José Martí contra águilas y serpientes

Por Luis Toledo Sande, Resumen Latinoamericano, 31 de enero de 2018.-

En ocasiones, con las imágenes del águila y de la serpiente se refirió José Martí a hechos extraordinarios. Sobre la voluntad independentista de la mayoría del pueblo cubano, por ejemplo, exclamó en el cierre de su disertación del 24 de enero de 1880 en el Steck Hall neoyorquino: “¡Antes que cejar en el empeño de hacer libre y próspera a la patria, se unirá el mar del Sur al mar del Norte, y nacerá una serpiente de un huevo de águila!”.

Vista como símbolo de altura virtuosa, hallará en el águila una representación de la fuerza moral que él mismo personificó. El poeta de Versos sencillos —en los cuales escribió: “Yo he visto al águila herida/ Volar al azul sereno,/ Y morir en su guarida/ La víbora del veneno”— conocía la heterogeneidad de las connotaciones posibles. En la bandera y el escudo de México, país que tanto quiso y conoció, el águila denota grandeza en lucha contra la serpiente, que en general —resonancias bíblicas incluidas— simboliza lo bajo, lo taimado, lo traicionero y, en la tradición cristiana, el pecado. Pero en el acervo cultural prehispánico del propio México, la serpiente —emplumada, por lo que pudiera hacer pensar también en un ave poderosa— remite a ideales prestigiosos.

En la crónica estadounidense conocida como “Un drama terrible”, de 1887, las asociaciones reservadas a la serpiente le sirven a Martí para definir no la astucia pérfida, sino la activa prudencia que los obreros de aquella nación necesitaban tener ante el sistema imperante en una república que devenía cesárea e invasora, como él la calificó en crónica fechada 9 de enero de 1889. Allí —se lee en aquella de 1887— los medios dominantes se confabulaban contra “las tremendas capas nacientes”, que reclamaban justicia. Un texto, citado por Martí, les dio voz en estos términos ante la inmoral represión que incluía el amañado juicio impuesto entonces en Chicago contra activistas obreros, varios de los cuales fueron ejecutados: “¡Hemos perdido una batalla, amigos infelices, pero veremos al fin al mundo ordenado conforme a la justicia: seamos sagaces como las serpientes, e inofensivos como las palomas!”

Dejando a un lado el uso de paloma, que no se trata aquí, en lo que respecta al águila y a la serpiente, aun sin el calce de un escrutinio exhaustivo sobre el tema parece válido adelantar que a las dos imágenes les dio Martí, sobre todo, el uso que apunta a lo negativo. Y no es necesario forzar la mano para vincular los términos de la cita con la fuerza de ánimo, la vigilancia y la cautela que sabía indispensables también para Cuba y toda nuestra América frente al águila y las serpientes del imperio.

Piénsese además, de pasada al menos, en la significación que aquel reclamo podía tener a manera de una denuncia implícita frente a la dolosa insistencia con que los poderes llamaban anarquistas y violentos a quienes exigían justicia. Las calificaciones manipuladas por fuerzas que en función de sus intereses calumniaban a personas y pueblos enteros como justificación para agredirlos, anticipaban el uso que luego les darían a otras, como comunista. Y esta va para décadas que, ante la debacle del socialismo en Europa, la propaganda imperialista ha venido sustituyéndola por terrorista y por unas cuantas más, en el afán de borrar también del lenguaje hasta el olor a comunismo.

Entre las calificaciones difundidas por tal propaganda para se halla radical, en sentido opuesto —como veremos— al que ese vocablo tenía para Martí. Con ella se intenta devaluar, para condenarlo como si fuera un asesinato, el afán de llegar a las raíces de los males para enfrentar eficazmente a las águilas y las serpientes que los generan y medran con ellos. Y acaso lo peor sea que a menudo la prensa revolucionaria, sin excluir la de Cuba, muerde el anzuelo atado a la pita de tal manipulación y reproduce acríticamente su empleo.

Volviendo al uso de serpiente y águila por Martí, y a su visión de los Estados Unidos, veamos cómo disecciona en “Revista de los últimos sucesos”, crónica fechada 10 de abril de 1887, la campaña presidencial que agitaba entonces a esa nación: “no se ha peleado a lo púgil, sino a lo serpiente”. Cada proceso eleccionario llevado a cabo allí, ha ratificado con creces la vigencia del juicio martiano. Aún resuena la más reciente de tales campañas, y hasta la sobresaliente presencia en ella de una mujer hace pensar en lo afirmado por Martí en aquella crónica.

Él aprobaba la participación de la mujer en la vida política de las naciones, incluido el ejercicio del voto, pero reaccionó contra el oportunismo con que en los Estados Unidos los republicanos propiciaban que se les reconociera a las mujeres ese derecho: no como un acto de justicia humana, sino para congraciarse con ellas y movilizarlas contra los demócratas, predominantes en Kansas, escenario de los hechos que daban tema inmediato a la crónica. Más de un siglo después, en 2016, ya una mujer contendía con un hombre en la aspiración a la presidencia, y ello dio pie a que hubiese quienes pensaran que —en el bipartidismo allí reinante— ese hecho bastaba para apoyar a una imperialista contra un imperialista, y para suponer que el partido demócrata encarna una opción moralmente superior a la representada por el republicano.

Ya en su tiempo, cuando para muchos ese hecho resultaría menos claro que hoy, Martí apreciaba que, más allá de pronunciamientos y matices, ambos partidos eran similares en su esencia. Afincada en intereses básicos, la similitud remite incluso a los nombres de las dos agrupaciones, por las coincidencias entre los ideales de república y democracia, bases, en teoría, de las denominaciones respectivas con que se hacen identificar.

En crónica del 8 de diciembre de 1886 señala Martí: “El partido republicano, desacreditado con justicia por su abuso del gobierno, su intolerancia arrogante, su sistema de contribuciones excesivas, su mal reparto del sobrante del tesoro y de las tierras públicas, su falsificación sistemática del voto, su complicidad con las empresas poderosas, su desdén de los intereses de la mayoría, hubiera quedado sin duda por mucho tiempo fuera de capacidad para restablecerse en el poder, si el partido demócrata que le sucede no hubiera demostrado su confusión en los asuntos de resolución urgente, su imprevisión e indiferencia en las cuestiones esenciales que inquietan a la nación, y su afán predominante de apoderarse, a semejanza de los republicanos, de los empleos públicos”.

Ya en otra de sus “Cartas” estadounidenses, la del 15 de marzo de 1885, Martí había apuntado: “El canevá de toda aquella urdimbre electoral, el huevo de toda aquella vileza, era la repartición de los empleos públicos”. A propósito de sucesos ocurridos en Dakota, hará en crónica del 30 de octubre de 1889 una generalización válida para todo el país: “los votos, como que estos Estados nacen en hombros de corporaciones poderosas, estaban de compra y venta, según los intereses de las corporaciones rivales”.

En la crónica fechada 8 de abril de 1888 había escrito lo que pudiera tomarse como una respuesta más —ya se verá la de 1882— a los temores con que Bartolomé Mitre Vedia, propietario de La Nación, había recibido en 1882 su primera correspondencia para ese rotativo bonaerense: “Se ve ahora de cerca lo que La Nación ha visto, desde hace años, que la república popular se va trocando en una república de clases”. Líneas después traza este balance definitivo: “no bastan las instituciones pomposas, los sistemas refinados, las estadísticas deslumbrantes, las leyes benévolas, las escuelas vastas, la parafernalia exterior, para contrastar el empuje de una nación que pasa con desdén por junto a ellas, arrebatada por un concepto premioso y egoísta de la vida”.

Lejos de limitarse a la atmósfera, el revolucionario cubano calaba en el subsuelo. Para decirlo con una palabra que le era cara y ya se apuntó que la propaganda imperialista ha procurado satanizar, era un radical. En el artículo “A la raíz”, publicado en Patria el 26 de agosto de 1893, escribió: “A la raíz va el hombre verdadero. Radical no es más que eso: el que va a las raíces. No se llame radical quien no vea las cosas en su fondo. Ni hombre, quien no ayude a la seguridad y dicha de los demás hombres”.

Su visión le permitió penetrar a fondo en la realidad y actuar consecuentemente. El poder de abarcamiento sistémico fue una de las virtudes de quien confesó: “Es mal mío no poder concebir nada en retazos, y querer cargar de esencia los pequeños moldes, y hacer los artículos de diario como si fueran libros”, se lee en la carta que el 19 de diciembre de 1882 le cursó al temeroso Mitre Vedia. Agradezcamos a la suerte —al talento y a la honradez de Martí— el haber tenido un autor que padeciese el “mal” que él se atribuía, al que debemos, entre otras cosas, su clara visión sobre aquella sociedad.

Así como aplaudió la participación de la mujer en la política sin que ello lo privara de percibir rejuegos turbios que podían rodearla, pensemos si frente a las elecciones de 2016 en los Estados Unidos habría estimado fundamental la diferencia de género de quienes representaban el mismo imperio e iguales defectos y crímenes. Raigal antirracista como era, ¿habría supuesto, antes, que la llegada a la Casa Blanca de un inquilino mestizo aseguraría el fin de la discriminación racial en aquel país, y de la voracidad de este contra el resto del mundo? Tales prácticas se mantuvieron, si no más que antes, con el presidente mestizo, al igual que hoy con otro varón, y como habría ocurrido con la dama, rubia como este último, y, como el anterior, adornada por la elegancia.

Pero en el mundo no faltaron quienes durante la campaña presidencial de Donald Trump se ilusionaran con falsas declaraciones contra el guerrerismo de su país hechas por quien, instalado en la Casa Blanca, una de las primeras órdenes que firmó fue la de lanzar, en Afganistán, la llamada bomba madre de todas las bombas. Y aún resuenan las palabras con que en la campaña electoral dijo que el mundo estaría mejor sin la presencia de los Estados Unidos en el Medio Oriente, pero ya presidente no tardó en proclamar a Jerusalén capital del agresor estado de Israel.

Hubo incluso quien, hasta con crédito de pensador de izquierda, se aventurase a calificar a Trump de revolucionario, porque supuestamente no representaba al stablishment. Esa fue, en todo caso, una de las falacias manejadas para que se presentara como presunto vocero de algo así como una fuerza nueva, cuando es un millonario que, por serlo, pertenece al sector que gobierna en ese país con el apoyo del complejo bélico militar, mandón supremo.

Voluntarias o involuntarias, las confusiones o invidencias de algunos con respecto a Trump están muy lejos de la claridad con que Martí apreció —tan tempranamente como en una crónica del 12 de noviembre de 1881 para La Opinión Nacional, de Caracas— el papel que ya desempeñaba en los Estados Unidos la relación medular, más allá de los discretos encantos de salón, entre los ricos con solera y los advenedizos. Podía haber matices, facciones, pero todo se resolvía —como hoy— para mantener el águila.

En aquel texto dio Martí uno de sus testimonios sobre dicha realidad : “Una aristocracia política ha nacido de esta aristocracia pecuniaria, y domina periódicos, vence en elecciones, y suele imperar en asambleas sobre esa casta soberbia, que disimula mal la impaciencia con que aguarda la hora en que el número de sus sectarios le permita poner mano fuerte sobre el libro sagrado de la patria, y reformar para el favor y privilegio de una clase, la magna carta de generosas libertades, al amparo de las cuales crearon estos vulgares poderosos la fortuna que anhelan emplear hoy en herirlas gravemente”.

El linaje de la fortuna tendría algún significado, pero lo determinante eran la riqueza acumulada y la complicidad entre los poderosos y quienes les hacían el juego. Más de una vez el revolucionario que echaba su suerte con los pobres de la tierra señaló los frecuentes nexos entre el dinero y la inmoralidad. Gracias a lo cardinal de su mirada, en los Estados Unidos sostuvo juicios como el que se lee tras lo que escribió sobre la inutilidad, en aquel contexto, de “las instituciones pomposas” y “los sistemas refinados”, o que se tenían por tales: “Se ve que ese defecto público que en México empieza a llamarse ‘dinerismo’, el afán desmedido por las riquezas materiales, el desprecio de quien no las posee, el culto indigno a los que la logran, sea a costa de la honra, sea con el crimen, ¡brutaliza y corrompe a las repúblicas!”.

Aquella república cesárea, metalificada, invasora, brutalizada y corrupta —como desde temprano y a lo largo del tiempo la calificó Martí—, y dominada, así lo advirtió él, por los ultraaguilistas, es la base del imperio que en nuestros días sigue acudiendo al salón o a las armas, a la diplomacia de supuesto buen vecino o a la de amenazas y cañones, en la que está “brillando” por estos días, cuando el patán Donald ha conseguido algo que parecía imposible. Así lo dijo en conversación con el autor de los presentes apuntes el independentista puertorriqueño Salvador Tió: “Trump ha convertido en estadista a George W. Bush”. Añádase —para usar calificativos piadosos— que si Bush ha pasado a la historia como un tipo estólido, Trump está pasando ya como un tipo inmundo; pero ambos han sido o son encarnaciones del mismo imperio, y han sido o son agentes del belicismo criminal, genocida, que lo caracteriza.

Al margen de rasgos étnicos y de género, y de otros atributos circunstanciales, esos han sido algunos de los césares que han representado al imperio y defendido sus intereses. Pero con solo anunciar que estaba contra el bloqueo aplicado a Cuba, y sin siquiera dar todos los pasos prácticos con que pudo haber propiciado que se le pusiera fin, Barack Obama se apuntó un logro que nadie ha de negarle: creó euforia y generó confusiones.

No hay por qué poner en duda que la sola esperanza de que el bloqueo del imperio contra Cuba pudiera tener un fin previsible puede justificar entusiasmo, aunque las esperanzas no rebasen la imaginación. Pero de ahí a suponer que la declaración de Obama era suficiente para estimar que el respeto a los derechos de Cuba entraba en una marcha victoriosa irreversible, va un largo trecho. Y la imaginación —no se habla aquí de las malas intenciones— llegó a dictaminar, no por boca de ignorantes, sino también de personas de luz reconocida— que ya la guerra cultural —de pensamiento, para usar un término martiano— contra Cuba dejaba de existir porque el poderoso país imperialista dejaba de ser enemigo o adversario del caribeño, para ser un vecino sin apellidos.

A raíz de aquel 17 de diciembre de 2014 —día en que el suceso más importante fue el retorno a Cuba de los tres luchadores antiterroristas que hasta esa fecha habían permanecido en cárceles del imperio— el autor de estas notas escribió en el artículo “Cuba y los Estados Unidos, otra etapa”, publicado en Cubadebate y reproducido en numerosos sitios más, algo que no se permitirá citar, pero se le tolerará que parafrasee. De ninguno de los dos países vale ignorar los apellidos que les corresponden. Cuba se ha propuesto salvar su proyecto socialista y conservar su soberanía nacional, y a los Estados Unidos sería injusto y descortés escatimarle el reconocimiento que se ha ganado como potencia imperialista, con todo lo que ello implica históricamente.

El pueblo cubano —que en su mayoría ha dado reiteradas pruebas de patriotismo revolucionario— y quienes lo dirijan o aspiren a representarlo no deben ignorar el significado del águila y las serpientes que lo han agredido, o apoyado a quienes han perpetrado las agresiones, ni confundirse ante maniobras de sus agresores para conseguir por otros caminos lo que no han podido alcanzar con la hostilidad desembozada: neutralizar a Cuba y, mientras la doblegan para someterla, ir mermando su influencia revolucionaria, antimperialista, en otras tierras, señaladamente en los demás pueblos de nuestra América.

Las confusiones apreciables ante los rejuegos de Obama resultaron más alarmantes aún porque él, con su mezcla de elegancia personal y desfachatez imperialista, claramente dijo que había llegado el momento de que el imperio cambiara de táctica para cosechar los frutos que había buscado alcanzar por métodos visiblemente fallidos. ¿Tenía que precisar cuáles eran esos resultados? ¿No han estado claros desde que los Estados Unidos se constituyeron como nación independiente y sus voces cumbres —señaladamente Thomas Jefferson, tan admirado por Obama— expresaron su afán de apoderarse de Cuba?

Y semejante afán ¿no lo corroboró la intervención militar con que en 1898 aquella potencia le arrebató la independencia al país intervenido y le impuso una mezcla de protectorado y neocolonia? ¿No lo ratificó la hostilidad —agresiones armadas, terrorismo y férreo bloqueo permanente y de implicaciones extraterritoriales— con que el Norte revuelto y brutal, como lo llamó Martí, ha intentado derrocar a la Revolución que liberó a Cuba del yugo imperialista e hizo de ella una nación independiente y soberana? ¿No fue todo eso lo que concentró Obama al enarbolar la conveniencia de conseguir, con otros métodos, los mismos propósitos?

A nadie en su sano juicio y con voluntad de defender a Cuba, o simplemente respetarla, se le ocurrirá considerar mal que a esta se le libre del bloqueo y de otros actos agresivos pronto revalidados por Trump y sus secuaces, y por quienes lo gobiernan a él. Pero el pueblo cubano está llamado a borrar todo lo que parezca hacerlo depender fatalmente de las decisiones y veleidades de los Estados Unidos. Para ello, dure lo que dure el blqueo, debe estar preparado para seguir avanzando y defender la independencia y la soberanía de su patria de todo lo que, por las claras o taimadamente, procure arrebatárselas. Y en esa defensa los conceptos, las trincheras de ideas, no son menos importantes que las armas materiales, a las que deben en todo caso preceder, acompañar y sobrevivir.

El imperio tiene aliados y sirvientes, que no dejan de serlo porque ante las groserías de Trump les resulte menos aconsejable acompañarlo en público. Si en el contexto de ese juego de espejos a Cuba la puede beneficiar el apoyo táctico brindado a ella por otras fuerzas frente a los designios estadounidenses, bienvenido sea ese apoyo. Pero no se debe perder de vista nada esencial. Cuando una alta voz de la Unión Europea sostiene, contrariando lo ratificado por la administración Trump, que el bloqueo “no es la solución”, aprovéchese hasta donde sea posible el rechazo, verbal al menos, contra el bloqueo.

Pero no se desatienda qué pude significar en el pronunciamiento europeo “la solución” aludida. ¿Será la necesaria para que Cuba logre la prosperidad y asegure su soberanía? Ninguna prudencia sale sobrando cuando se está ante un discurso muy parecido al del mandatario estadounidense el 17 de diciembre de 2014, ratificado por él incluso en La Habana, con pronunciamientos que recibieron una clara respuesta del líder Fidel Castro en su reflexión “El hermano Obama”.

Con respecto a la Unión Europea, caben preguntas como las que este comentarista hizo en Facebook y ahora glosa. ¿Será que al fin ha decidido permitirse un poco de soberanía, independencia y personalidad propia —no se diga dignidad, para que no parezca un juicio irrespetuoso—, ante, o contra, la desbocada política exterior de los Estados Unidos, potencia que durante décadas se ha permitido hacer ver que maneja a Europa como su patio lateral y subordinado, para no decir trasero, y que ahora tiene un césar que, de tan ruidosamente neroniano que es, resulta poco elegante mostrarle obediencia?

Las preguntas no terminan ahí. Caben también otras. ¿Será que aquella Unión, que no hace muchos años se embarcó en una vergonzosa “posición común” contra Cuba, ha optado por hacer suya y poner en práctica hacia este país la política, más realista, o pragmática, que intentó aplicar Obama, aunque de modo insuficiente, o falaz? En cualquier caso, ¡bienvenidos los cambios que puedan beneficiar a Cuba, a su pueblo!, sin que este incurra en confusiones como las que en algunos consiguió sembrar la “generosa” vertiente obamista.

Lo que se decide en Cuba no es solo, por muy importante que ese propósito sea, alcanzar una eficiencia económica imprescindible. Si en esta puede irle la vida, no le irá menos en la salvaguarda de la independencia y la soberanía, y en la defensa, que ha de ser lúcida sin dejar de ser apasionada, de la justicia social también alcanzada con el triunfo de la Revolución en 1959 y que, si peligra con el igualitarismo, moriría si renunciara a la equidad.

Se trata de logros vitales que requieren igualmente alcanzar otros para los que resulta básico encarar y vencer no solo al águila imperial, cuya representación escultórica ocupó la cima del monumento dedicado en La Habana a las víctimas del hundimiento del Maine, y fue derribada, primero, por un huracán y, luego, por la acción revolucionaria. Esta, quizás deba insistirse en esa verdad, no tiene menos derecho a perdurar que la colocación allí del símbolo del imperio que manipuló el hundimiento del Maine —haya sido intencional o fruto de un accidente— para intervenir en la guerra del pueblo cubano por su independencia y arrebatarle la victoria que merecía.

La historia es tan importante como nocivas pueden ser las restauraciones acríticas del pasado. Manténgase o levántese el bloqueo imperialista, el águila imperial no es la del escudo y la bandera de México. Esta nación, aunque ya no tenga un guía como el digno presidente Lázaro Cárdenas, históricamente ha mantenido con respecto a Cuba una historia que la diferencia sustancialmente de la voraz potencia estadounidense.

Otras serpientes también necesita Cuba aplastar para impedir el daño que ellas hacen por sí mismas y como aliadas factuales o voluntarias del águila imperial. Entre ellas sobresalen la ineficiencia administrativa, los excesos burocráticos, los asomos o resurgimientos del racismo, la indisciplina social, la indolencia, las secuelas de la colonización cultural y demás males que le impiden a Cuba ser plenamente el país vivible que merece y puede ser. Contra esos males, y contra otros, se yergue de hecho el ejemplo de Martí, y quizás ninguno sea más grave que la corrupción, en la que Fidel Castro advirtió que radica el mayor enemigo para la Revolución Cubana, el que, desde dentro, podría conseguir lo que no ha logrado ni lograría el imperialismo: destruirla.

A la corrupción, rastrera o “elevada”, vulgar o de cuello blanco, asociada a lo marginal o al encanto del salón, se puede llegar por distintos caminos, pero tal vez, junto al desorden, ninguno le sea más expedito que las ambiciones personales. Contra ellas también perdura el ejemplo de Martí, el revolucionario que en la memorable carta del 20 de octubre de 1884 a Máximo Gómez sentenció: “La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto solo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia”.

Él, que sirvió a la suya con desprendimiento e inteligencia ejemplares, insuperables, diariamente probó, con hechos, que no se sentía con prerrogativa alguna sobre ella, salvo la capacidad de sacrificio, hasta darle la vida. En eso radica su mayor aporte al afán de lograr un país caracterizado por la justicia social. Lo plasmó al personificar cómo se es consecuente con la resolución de echar la suerte con los pobres de la tierra: viviendo como ellos, siendo uno de ellos.

A ese punto ascendió quien, trabajador incansable —algo en lo que no suele insistirse cuando se valora su ejemplo—, tuvo además un talento extraordinario, con el que pudo haberse hecho rico. Sabía, como en julio de 1893 escribió en una circular de la delegación del Partido Revolucionario Cubano a sus clubes, que “la pobreza pasa: lo que no pasa es la deshonra que con pretexto de la pobreza suelen echar los hombres sobre sí”, e hizo suya la permanente conjunción de humildad y honra. Póngase en práctica diaria la lección de su conducta, hasta el orgullo de estar cada día en peligro de dar la vida por la patria.

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