Argentina. DICIEMBRE, VIOLENCIA POPULAR Y PROGRAMA. Apuntes a un mes de la “Batalla de Congreso”.
Mariano Pacheco, Resumen Latinoamericano, 19 de Enero de 2018 – Las jornadas de protesta del 14 y el 18 de diciembre de 2017 instalaron nuevamente la discusión sobre la violencia. Ya no la ejercida por Estado a través de la represión, sino la pertinencia (o no) de ejercer una violencia de autodefensa, o contraviolencia popular.
Una discusión serie sobre el asunto requeriría de más espacio textual, desde el vamos, pero también (sobre todo) de poder despejar algunas cuestiones que, tal vez por la urgencia, quizás por mala fe, sectores del progresismo pusieron a circular desde el mismo 18, en muchos casos dando una certera evidencia de que quienes construyeron las hipótesis más canallas ni siquiera estuvieron ahí.
En principio, para retomar en otro momento, diría que:
1- Las estructuras más “clásicas” (Movimiento Evita desde el peronismo; los partidos del FIT –sobre todo PTS y PO) fueron quienes mostraron estrategias más claras para intervenir en el conflicto; ambos espacios combinando presencia masiva en las calles con intervención parlamentaria, sumando además una exposición mediática a través de voceros reconocidos socialmente (la diferencia en todo caso fue respecto a cómo se delimitaron o no de quienes ejercieron un rol más ofensivo en la lucha de calles). En el medio, sin una posición muy clara, el amplio espectro de organizaciones a las cuales cuesta incluso “clasificar” (léase: “nueva izquierda”, “izquierda independiente”, “corriente autónoma de los movimientos sociales”…), parecían no tener muy claro qué hacer, aunque sostuvieron su participación activa, de distintos modos.
2- Las distintas estrategia del campo popular pudieron convivir, con tensiones, pero logrando complementariedad (masividad de columnas en un primer momento pero que se replegaron ni bien comenzó la represión; una masa crítica de activismo sosteniendo en pie las banderas y aguantando la posición pero sin responder a la represión; ofensiva sobre las fuerzas represivas).
3- La lectura posterior de que la violencia fue orquestada por servicios de inteligencia o, en todo caso, promovida por éstos y sostenida por “lúmpenes-tira-piedras” es insostenible. A diferencia de otras veces, donde los actos de violencia fueron ejercidos por pequeñas fracciones militantes (las más de las veces de tendencia anarquista) y repudiados por el masivo de los participantes, ésta vez quienes no tiraban piedras no repudiaban y quienes lo hacían eran miles y de distintas tendencias políticas (entre corrida y corrida, este cronista pudo “chocarse” en muchas oportunidades con militancias de muchas organizaciones –no mencionadas por cuestiones obvias– y escuchar comentarios del tipo “acá estamos todos loco” o “el 70 % de los que estamos tirando piedras nos conocemos de alguna lucha anterior”). La misma hipótesis “conspirativa”, de que la violencia popular no era tal sino un montaje de los servis (o con variaciones, pero parecida) se sostuvo cuando se repudiaron los asesinatos ocurridos tras las protestas en General Mosconi (Salta), en junio de 2001, durante los bloqueos a los ingresos a capital federal o durante las jornadas de diciembre de 2001 y junio de 2002.
4- También resulta insostenible la lectura de que lo que pasó el 18 en Congreso tiene que ver más con el “culto machista de las canchas de fútbol” que con la militancia política. Eso implica desconocer un acerbo cultural del campo popular en Argentina, la existencia real de estrategias de organizaciones que nunca abandonaron del horizonte estratégico la perspectiva de una intervención activa de la lucha de calles y reduce el ejercicio de la violencia popular al espontaneísmo y a una actitud machista (este cronista también pudo cruzarse a mujeres militantes, estructuradas en organizaciones, tirando piedras y armando barricadas; incluso a muchas de ellas también las había cruzado el 20 diciembre en las barricadas de Avenida de Mayo y 9 de julio y el 26 de junio en la resistencia callejera a la represión desatada sobre el Puente Pueyrredón, en Avellaneda).
5- Tal vez ante la “ofensiva mediática” de ciertos comunicadores e intelectuales del progresismo (hay quienes hasta llegaron a plantear que la tarea era “aislar a los violentos”) la tarea sea recoger el guante y aislar de las construcciones más genuinas del movimiento popular ese tipo de lecturas. Ello requiere “aislar argumentalmente” las respuestas fáciles a problemas complejos.
6- Abordar la discusión de la violencia popular (para asumirla o para delimitarse de ella) implica necesariamente entender que, como en tantas otras cuestiones, será un tema de polémica al interior del movimiento popular. Es decir, asumir que hay líneas diferentes, pero que cada línea tiene sus argumentos y hasta el momento ninguna logra hacerse hegemónica.
7- Discutir sobre la violencia popular obliga de algún modo a afinar la puntería en el debate, entender que no es una discusión nueva, ni en el país ni en el mundo. Implica, por lo tanto, situarla histórica y geográficamente. Puede ser un debate próspero, para cada organización, para el movimiento popular en general, puesto que obliga de algún modo a tener más claras las estrategias (propias y ajenas), asumir la historicidad con mayor rigurosidad (¿qué pasó con las apuestas revolucionarias de los años 70? ¿Qué es lo que la democracia de la derrota ha hecho de nosotros mismos?), recordar que, como dijo Marx alguna vez, la historia tiene muchas veces más imaginación que nosotros. Es decir, entender que las coyunturas cambian, y que las líneas de acción (así como las consignas, tal como magistralmente supo remarcar Lenin) que sirven para un momento ya no sirven para otro (o para ser menos categóricos, que las líneas de acción que son principales en un momento puede ser secundarias en otro, o que líneas de acción ausentes en un determinado momento pueden empezar a ser parte de las estrategias más generales en otros contextos).
8- Por último (de nuevo: como en tantos otros temas), la discusión sobre la violencia popular vuelve a poner en el tapete la discusión sobre la necesidad de la teoría, del ejercicio permanente del pensamiento crítico, de la creación y recuperación de conceptos para pensar la realidad (de nuestra y la de nuestros enemigos), la historia, las perspectivas de futuro. Algo de lo que las corrientes revolucionarias insistieron durante décadas y que parece haberse perdido en las telarañas de la posmodernidad, el pragmatismo acérrimo y el anti-intelectualismo de los últimos años. Algo que, incluso desde el zapatismo, han rescatado en el último tiempo como una tarea de primer orden (si no podemos pensar, si no podemos estudiar las mutaciones del capital y repensarnos a nosotros mismos, no podremos sobrevivir, dicen desde las montañas del suroeste mexicano).
Quien quiera oír que oiga.
Seguramente desde la derecha ya vienen pensando diciembre desde diciembre mismo.
El 18 será un año movido en términos de luchas de calles. Ojalá también sea un año movido en el plano de las ideas.

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