Una reflexión sobre el incidente del hostal en la costa uruguaya: El largo brazo demoledor del sionismo

Resumen Latinoamericano*, 18 de enero 2018.

Por María Landi

De pronto la tranquilidad veraniega de un país abotargado por el calor extremo se sacudió, y la temperatura social se elevó aún más. La noticia se hizo viral en los medios informativos y las redes sociales: el dueño de un hostal en el balneario Valizas canceló la reserva de una pareja de israelíes alegando que no está de acuerdo con las políticas de su país, y que ha tenido pésimas experiencias en el pasado con turistas israelíes.

Como era de esperar, desde que se conoció la noticia llovieron sobre él acusaciones de discriminación y antisemitismo, provenientes no solo de las instituciones sionistas, sino también de políticos, medios de comunicación y opinión pública. Un diputado presentó una denuncia judicial, el gobierno anunció que reuniría a la Comisión Honoraria contra el Racismo, la Xenofobia y toda otra forma de Discriminación (que vigila el cumplimiento de la ley del mismo nombre). Y para rematar, el intendente de Rocha anunció que el hostal sería demolido[1] –con toda la carga simbólica que tiene la acción de demolición en el contexto de Israel-Palestina. No hubo una sola voz pública en defensa del dueño del hostal[2] (excepto una declaración del Comité Palestina Libre), ni siquiera para matizar o poner en perspectiva su decisión.

Entre todo lo que se dice y se publica en estos días al respecto, llama la atención todo lo que NO se dice ni se escribe. Para empezar, no se dice que el 99 por ciento de la sociedad israelí apoya y defiende las políticas de su país –que son políticas de Estado, y no de un gobierno. Además, se habla de “turistas israelíes” genéricamente y en abstracto, soslayando la gran carga anecdótica que acompaña al término.

No se dice, por ejemplo, que los turistas israelíes que frecuentan este tipo de establecimientos y balnearios tienen un perfil muy específico: son en su mayoría jóvenes ex soldados que salen a recorrer el mundo al terminar los dos o tres años (según el sexo) de servicio militar, y que se han ganado una pésima reputación a lo largo y ancho de los cinco continentes. También en Valizas, adonde llegan más cada año, hay malestar entre comerciantes, residentes y veraneantes hacia ese turista por su conducta habitual: arrogante, mal educado, agresivo.

Un rápido ‘googleo’ (en español y sobre todo en inglés) permite encontrar inmediatamente infinidad de artículos sobre incidentes entre comunidades locales y estos turistas, desde Cuzco hasta Bariloche, desde Bolivia hasta India, así como análisis y debates sobre por qué los turistas israelíes y  ex soldados tienen tan mala reputación y son rechazados hasta por operadores turísticos y por integrantes de la comunidad judía local (quienes se quejan de la pésima imagen que dan de Israel y del trabajo que les da recomponerla). En la Patagonia chilena (uno de sus destinos favoritos) muchos fueron expulsados por provocar disturbios e incendios de parques nacionales. En Sacsayhuamán (Perú), más de 60 fueron arrestados por robar reliquias y profanar el sitio arqueológico con un campamento ilegal donde se encontró basura, drogas, alcohol y aerosoles de pintura. La conducta de los turistas israelíes fue objeto incluso de un foro en el portal de la prestigiosa guía turística Lonely Planet. Esa fama se extiende también entre el personal de las aerolíneas que tienen que transportarlos en largos vuelos transocéanicos, soportando toda clase de insolencias.

Recomiendo leer el artículo del chileno de origen judío André Jouffé: “Conducta espantosa de turistas israelíes”, donde menciona que los hoteleros han empezado a aplicar políticas de exclusión hacia ellos para ahorrarse los habituales desmanes y dolores de cabeza. No es por razones políticas o religiosas, aclara Jouffé, y no hay quejas sobre turistas judíos/as de otros países, sino exclusivamente de Israel, como dice en otro artículo. Los distintos prestadores de servicios turísticos coinciden en la mala educación y agresividad de estos jóvenes.

Lo que hace falta –porque tampoco se habla de esto– es conectar estas conductas depredadoras y arrogantes con otros aspectos de la sociedad israelí: con la educación que reciben desde la escuela, con el impacto que tiene sobre la juventud una cultura altamente militarizada (donde la violencia es el caldo de cultivo en el que crecen), con el precio que se paga por mantener durante siete décadas la ocupación colonial más larga de la historia moderna[3] y un régimen de discriminación[4] basado en la superioridad de la nación judía sobre los demás pueblos; y sobre lo que hacen estos jóvenes durante los largos años de servicio militar en los territorios ocupados. Muchas veces se trata de justificar esas conductas inaceptables en el extranjero diciendo que son producto –o evasión– de los traumas causados por vivir en un país en guerra permanente.

Para comprender estos fenómenos e impactos, nada mejor que escuchar a las (escasísimos) voces críticas dentro de la propia sociedad israelí. La organización feminista New Profile, que trabaja “por la desmilitarización de la sociedad israelí[5] tiene desde hace años una campaña llamada “Las armas fuera de la mesa de la cocina”. Porque lo que suena absurdo en cualquier país del mundo, en Israel es una imagen habitual: las armas (grandes, automáticas, de guerra) son parte del paisaje cotidiano y doméstico. En el transporte público hay que esquivarlas para avanzar por el pasillo; en los parques infantiles hay tanques y vehículos militares a escala; escolares y liceales hacen campamentos militares; las armas están a la vista en los cafés, en las piscinas, en los centros comerciales; se puede ver a tipos haciendo jogging o hicking con la ametralladora a la espalda, siempre lista para ser usada cuando aparezca un peligro –generalmente con cara de árabe.

La académica Nurit Peled-Elhanan investigó durante años la imagen de los palestinos que presentan los libros de texto israelíes[6] y concluyó que se trata de una imagen estereotipada y racista, reducida a rasgos primitivos y simplistas, negándoles todo trazo de humanidad o referencia a su identidad cultural y a su rica historia en esa tierra. El objetivo, dice Peled, es deshumanizar a la población palestina para poder presentarla como un problema o un peligro a eliminar. Así se forma la base de prejuicios que les permitirá actuar con insensibilidad durante el servicio militar. A los 18 años se les entrega una ametralladora y se les manda a los territorios ocupados a cumplir la misión para la que han sido preparados desde el jardín de infantes.

Lo que hacen allí los soldados israelíes excede el espacio de esta columna. Baste decir que durante años Israel logró con bastante eficacia presentarse ante Occidente como el pequeño David defendiéndose del poderoso Goliat árabe, y mostrando como un milagro divino su supervivencia en medio de una región de enemigos hostiles. Esa narrativa ya no es sostenible, sobre todo en tiempos de periodismo ciudadano y redes sociales que permiten mirar en tiempo real la ejecución sumaria de un joven palestino desarmado o el arresto violento de un niño a manos de un soldado, el bombardeo de un centro densamente poblado, la demolición de una vivienda familiar, una escuela o un mísero poblado beduino por topadoras manejadas por soldados, o el robo, vandalismo y agresión de los colonos a una comunidad palestina –bajo la protección del ejército de ocupación.

Hasta hace unos años esas violaciones eran documentadas y denunciadas por víctimas,  organismos de derechos humanos y observadores internacionales; pero desde hace un tiempo, también una organización de ex soldados llamada “Breaking the silence” empezó a recoger y difundir testimonios de las atrocidades que cometieron durante el servicio militar en los territorios ocupados. El gobierno y la mayoría de la sociedad israelíes les consideran antipatriotas por difundir esos testimonios; pero nadie ha podido desmentirlos.

Toda esa violencia y abusos cotidianos[7] se explica por una combinación de dos factores: la deshumanización de la población palestina y la cultura de victimización que el sionismo ha convertido en el núcleo de la identidad israelí. Cuando tú te ves como la víctima –y la única víctima, además–, es imposible sentir la menor empatía hacia otras víctimas, y menos aún reconocer que en realidad eres el victimario, como explicó la periodista israelí Amira Hass, que vive en Cisjordania desde hace más de 20 años: “El concepto de eterna victimización permite a los israelíes vivir en la negación sobre la violencia que ejercen diariamente sobre los palestinos y palestinas. Y no les gusta que se les diga que alguien tiene derecho a resistir esa violencia.”                          

La victimización se inculca desde la más tierna infancia. El objetivo es crear una población convencida de que ‘el mundo entero nos odia’ y por lo tanto hay que estar en pie de guerra para ‘defenderse’ de los enemigos siempre dispuestos a aniquilarnos. Así es como la agresión se transforma en autodefensa, y el victimario en víctima. Para comprender la magnitud de este mecanismo ideológico y psicosocial, recomiendo ver el documental del israelí Yoav Shamir: “Difamación[8]. El académico judío-estadounidense Norman Finkelstein (hijo de sobrevivientes del nazismo) le llama a esto “narcisismo patológico”.

Y ya que estamos con Finkelstein, no podemos terminar sin aludir a un término que se ha usado mucho a raíz del incidente de Valizas: antisemitismo. El autor del best-seller “La industria del Holocausto” acusa al sionismo de hacer un uso político del Holocausto, y afirma que el propósito del discurso sobre el ‘nuevo antisemitismo’ es descalificar a todos los críticos de Israel como “antisemitas”. El sionismo sabe bien que la causa de la hostilidad hacia Israel en el mundo no es el antisemitismo, sino las políticas de ese Estado contra el pueblo palestino. La ironía, dice Finkelstein, es que el Holocausto se ha convertido en la principal arma ideológica para lanzar guerras de agresión.

Esta mentalidad victimista explicaría también el trato de Israel a los visitantes que considera sospechosos de simpatizar con el pueblo palestino. Cada año a centenares de personas de muy diversas nacionalidades se les niega la entrada al país (no importa que en realidad sea a Palestina, porque Israel controla todos los puntos de entrada a los territorios ocupados), después de someterlas a agresivos interrogatorios y revisiones vejatorias, con un criterio netamente racista. Entre los muchos testimonios de quienes hemos vivido la experiencia, una joven relató que cuando se quejó de la revisión invasiva y violenta de una oficial de migración, ésta replicó: “Ahora puede entender cómo nos sentíamos en los campos de concentración[9]. Ni hablemos de la suerte que corren los miles de refugiados africanos que llegan huyendo de la violencia en sus países y son encerrados en un centro de internamiento (verdadera cárcel) en el desierto de Holon. Justamente estos días Israel anunció que deportaría a 40.000 a sus países de origen, sin importarle la suerte que les espera.

Volviendo a estas tierras y al incidente que origina esta columna[10], quizás ahora se pueda mirar con otra perspectiva la decisión del dueño de un pequeño hostal familiar en un rincón de la costa rochense que dice: “En mi casa no”. Tal vez no quiera exponer a su familia ni a sus huéspedes a vivir episodios como el que relató: “Una noche, en el marco de una charla sobre política internacional, como yo no estaba de acuerdo con su perspectiva, un huésped israelí me dijo que él estaba entrenado y preparado para matarme en 15 segundos[11]. No tiene nada que ver con ser antisemita, y bien haríamos en rechazar el gastado chantaje que pretende asimilar judaísmo con sionismo, y antisemitismo con crítica a Israel.

Quizás las decisiones valientes de muchas personas de conciencia, multiplicadas en todo el mundo, lograrán ejercer una presión efectiva y enviar un mensaje claro al gobierno, las instituciones y la sociedad israelíes: seguir violando los derechos humanos tiene un precio, y ese precio está siendo cada vez más alto.

La comunidad judía uruguaya, y la sociedad en general, en lugar condenar un incidente que no tiene motivación antisemita, deberían adoptar una postura crítica y firme ante los crímenes del Estado de Israel; y con el mismo celo que han demostrado para defender la no discriminación[12], exigirle que respete el Derecho Internacional y los derechos de 12 millones de palestinas y palestinos.

Eso están haciendo en EE.UU. y otros países, por ejemplo, las nuevas generaciones judías, y son una fuente de esperanza para soñar un futuro de libertad, justicia e igualdad para todas las personas que habitan la tierra histórica de Palestina.

  

 NOTAS
[1] Por estar construido sin permiso en la franja costera; una realidad que se repite en varios puntos de la costa de Rocha, y que es bien conocida por las autoridades municipales. De no mediar este incidente, sería improbable que se anunciara la demolición en plena temporada turística y sin previo contacto con el afectado.
[2] Ver el tono y el enfoque del periódico la diaria (considerado de izquierda).
[3] Desde su creación en 1948, Israel ha violado más resoluciones de la ONU y tratados internacionales que ningún otro país.
[4] No hay espacio para desarrollar aquí los argumentos que califican a este régimen de apartheid, pero se puede consultar los informes del Consejo de Investigación de Ciencias Humanas de Sudáfrica (2009); del Tribunal Russell sobre Palestina (2011); del Comité para la Eliminación de la Discriminacion Racial (CERD) de la ONU (2012); y de la Comisión Económica y Social para Asia Occidental (CESPAO) de la ONU (2017); éste último retirado de la web de la CESPAO por presión de Israel.
[5] Desde 2007, el Índice Global de Militarización considera a Israel el país más militarizado del mundo.
[6] “Palestina en los textos escolares de Israel” (Canaán, Buenos Aires 2017). La versión original en inglés lleva el subtítulo: “Ideología y propaganda”.
[7] Según el IV Convenio de Ginebra, principal tratado de Derecho Internacional Humanitario que rige en los territorios palestinos ocupados por Israel, son crímenes de guerra pasibles de ser juzgados por la Corte Penal Internacional.
[8] La película explora la noción de ‘nuevo antisemitismo’ y los grupos de poder que apuestan a diseminar ese miedo. Shamir pudo infiltrarse en la ADL (Anti Defamation League) de EE.UU. para conocer lo redituable –y cuestionable– de ese discurso. También acompaña el viaje de un grupo de bachillerato a Auschwitz para mostrar cómo la juventud israelí es adoctrinada en la neurosis colectiva victimista antes de ingresar al ejército.
[9] Recientemente Israel publicó una lista negra de organizaciones a cuyos integrantes se les prohíbe la entrada por defender los derechos palestinos. Irónicamente, la lista incluye a una organización judía y una cuáquera que en 1947 recibió el Nobel de la Paz por salvar a personas judías de la persecución nazi.
[10] No es casualidad que la noticia haya sido denunciada primero por el periódico israelí Yediot Aharonot, dedicado a relevar diariamente hasta los más insignificantes incidentes de ‘antisemitismo’ en todo el mundo.
[11] El País, 11/1/18.
[12] En el Estado de Israel hay más de 65 leyes que discriminan a la población palestina y no judía.

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