Hombres en el feminismo. ¿Qué hago yo aquí?

Javier García Pedraz, Contexto y Acción / Resumen Latinoamericano / 29 de noviembre de 2017

Hace unos días escribí un análisis sobre la violación de la intimidad en forma de espionaje que ha sufrido la superviviente de ‘la manada’ (Estado español) después de ser presunta y brutalmente violada. Pretendía exponer que esa prueba era un disparate y que no podía ser considerada para elaborar un juicio de veracidad. No quería ocupar un espacio, el del feminismo, que no me corresponde por no ser ni experto ni activista. Por ese motivo omití las palabras ‘feminismo’, ‘machismo’, ‘patriarcado’, ‘violencia de género’, ‘cultura de la violación’ y una serie de conceptos que hoy arrojan luz sobre quiénes somos y cómo vivimos. Recibí alguna crítica por esta omisión o por publicar un texto bajo el antetítulo ‘Feminismos’ –que son cuestiones de edición y del medio, ajenas al autor– al tiempo que recibí algún aplauso feminista por “implicarme” como hombre en la causa. En realidad, no escribí como hombre, sino como psicólogo. Y lo hice porque creí que tenía algo relevante que contar. Pero este contraste sobre lo que se espera de los hombres en este asunto invita a exponer qué me ha llevado a tomar una posición de segundo plano que contrasta con la respetable militancia activa de otros hombres.

En el año 2010 descubrí la aparición entusiasta de unos círculos de hombres contra la violencia de género. Entré en contacto con una asociación nacida para la ‘igualdad de género’. Inmediatamente me sentí atraído por este colectivo: me sentía invitado a participar y también a ejercer un papel activo bajo un concepto que no me generaba conflicto de identidad y que me reafirmaba. Muy pronto, sin que pasase nada revelador durante, ya estaba comprometido con la causa, casi iluminado. A mis 25 años ‘igualdad de género’ era un concepto que me representaba con un grado de confort existencial acojonante. Tras intercambiar un par de correos, me dieron ganas de ir a un círculo de hombres para darles la mano a todos. Y abrazos. De hecho, me apunté a un curso online de los que te quitan el machismo de forma rápida y sin dolor. Aquello me hizo sentir tan bien que incluso animé a algunos amigos del club de hombres modernos ‘¿Machista, yo?’  a apuntarse, pero tenían mucho lío. Empecé así la primera fase, que podríamos llamar de ‘realización’, esa compleja mezcla de autoafirmación inmediata y orgullo ramplón que en ocasiones podemos llamar compromiso.

En esta primera fase se cuestiona todo. Es cuando se afirma: “yo no soy feminista ni machista, porque creo en la igualdad” y otros tópicos que camuflan y evolucionan el sexismo. Estuve algún tiempo instalado en esta posición hasta que leí algo por internet que me hizo pensar. Lo escribía una mujer feminista y me resultó muy revelador. Por algún motivo, de feminismos se ha publicado poco en papel. Al menos en aquel entonces no había quien encontrara algo útil en una biblioteca pública. Gracias a aquella lectura reparé en que igual había algo de todo aquello que tenía que ver conmigo. También pensé que tal vez con el certificado del cursillo online no iba muy lejos en mi realidad inmediata. ¿Cómo podía haberme sometido a tal ceguera yo, que iba de psicólogo constructivista? Tras esa reflexión caí en la depresión postmasculinidades. Reparé en que tenía que ver con lo más profundo de mi ser, y que nos pasa a todos y a todas. Este bofetón de realidad sucede cuando todo aquel argumentario que sacas en cualquier ronda de cañas se te derrumba en favor de un mundo abrumador que no has visto en tu vida. Y entonces te quedas sólo con tu autocompasión, incomprendido, triste, en una isla desierta, sin sirenas ni langostas, que diría Bucay…

Esta es la segunda fase, que podríamos llamar ‘desrealización’. He visto dos tipos de respuestas en hombres: la ‘evitación’, consistente en más activismo comprometido del feminismo masculino con o sin victimización; o la ‘conflictuación’, donde tuve la suerte caer no sin muchas tentaciones evitadoras y gracias a muchas conversaciones. Aunque pueda doler al principio, es mejor alcanzar la conflictuación porque la otra vía te devuelve a un bucle irresoluble de la primera fase, que tiene un atasco acojonante de gente que está muy de acuerdo en demasiadas cosas y que se interrumpe al hablar.

Como todo conflicto de identidad intrapsíquico, la ‘conflictuación’ tiene efectos compensatorios al poner en riesgo lo que eres y cuánto significado has dado a tu existencia y a la del resto. Puede ser negando el patriarcado mediante la descalificación y la censura (aquello de “soy igualitario/feminista pero no feminazi”, o “eres un/a oportunista”), u ocupando el tiempo en no afrontar. En esta huida hacia adelante, muy habitual en los conflictos pendientes, a menudo la emoción de inquietud se transforma en movimiento y uno puede caer en lo de hacer pancartas, alquilar locales, hacer estatutos, socios, cursillos, congresos, dar lecciones, teorías y evangelizaciones por prensa, televisión y radio. Es el síndrome de hacer cosas, aquella evitación en forma de compromiso militante clásico.

Porque ‘conflictuarse’ es como saberse presidente blanco de EE.UU. en un cuerpo de negro. Al igual que un mulato que crece en un barrio acomodado de blancos junto a su madre blanca, que va a una universidad de blancos y tiene oportunidades de blancos tendrá más de blanco que de negro, un hombre igualitario –que niega el feminismo a la mayor– puede tener más de patriarcado que de feminista. Conflictuarse es reconocerse como parte de lo que pones en cuestión sin atribuirse roles de salvador, ni de víctima, algo que en el trabajo en nuevas masculinidades se alimenta con cierta frecuencia. Volviendo al ejemplo, conflictuarse para Obama hubiese sido denunciar el racismo endémico afirmando ante sus fans: “Oigan, que este negro ni viene de un suburbio de Detroit ni le dispara la policía”.

Pues yo nací niño, en 1985 y en España, en la sociedad machista de la época, hijo de una madre y un padre que fueron lo menos machista que se podía encontrar en los 80. Y aunque confíe en ser mucho menos machista que hace una década y un poco menos machista que ayer, nací y crecí en un contexto machista. Porque en 15 años de educación pública nunca nadie me habló de género, ni tampoco en cinco años de Psicología del presente siglo. Del mismo modo que un presidente mulato en EE.UU. fue una hermosa serendipia carente de significado político, un hombre escribiendo bajo el rótulo de feminismos no lo es menos. Porque nunca me han agredido, ni me han acosado, ni he sentido miedo por ser hombre, ni un sinfín de cuestiones que nos cuesta ver desde este lado que son efecto del sexismo.

Por eso estoy convencido de que los hombres no debemos ejercer protagonismo porque necesitamos abordar el conflicto interno. Y lo necesitamos para entender la necesidad de deconstrucción de la identidad de género, que implica reconocer las contradicciones, compensaciones y resistencias que tenemos. Sin todo ello, no hay cambio.

Entonces, ¿qué debemos hacer los hombres para contribuir al cambio en favor de la igualdad?

Mi conclusión fue que, primero y de momento, debemos empezar por reconocer lo que no hay que hacer. Creo que debemos interiorizar los comportamientos del machismo procedimental que camufla el machismo manifiesto. Esto incluye no censurar a personas que tienen otra experiencia interna sobre el género y respetarlas –las feministas, por ejemplo–, no intentar controlar los debates con tozudez para llevar la razón, no discutir sobre aquello que se ignora, no ser arrogantes, no elaborar juicios arbitrarios con opiniones imprudentes, no subestimar y no cuestionar con qué términos las mujeres feministas convengan reivindicar su gestión de la igualdad. Porque cada vez que ejecutamos estos comportamientos estamos ejerciendo la dominancia sexista que decimos denunciar.

Fabián Luján, sociólogo y estudioso del ámbito de las masculinidades, expuso en una conferencia el pasado mes de febrero una receta muy oportuna para los hombres: “lean a mujeres feministas”. Esto es lo primero y lo último que escribo sobre género. Porque la deconstrucción de género es una labor que, llevada con aceptación y sin dramatismo, probablemente me lleve toda una vida. Merecerá la pena ser menos portador de machismo y más consciente del mismo para promover un mundo menos patriarcal.

Es menester, por tanto, escuchar con humildad, aprender, dar significado a lo aprendido en nuestra cotidianidad, dejar de utilizar la perspectiva de género para caer en la trampa de la victimización y evitar emplear un machismo procedimental con la igualdad como pretexto, así como darse la oportunidad de cambiar y, sobre todo, dejar hacer.

Vivimos un momento importante donde el rincón de pensar no es ningún castigo.

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Javier García Pedraz es psicólogo y periodista. Trabaja en el ámbito de la rehabilitación del trauma y es miembro del Consejo de la Sociedad Internacional de Salud y Derechos Humanos (www.ishhr.com)

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