Chile. El sentido del ecosocialismo en la capital

Paloma Rodríguez, Aurora Roja / Resumen Latinoamericano / 13 de noviembre de 2017

Hasta antes del proyecto de Alto Maipo, Santiago no dio luces de movilización concreta por ningún proyecto que amenazara nuestros recursos naturales. Las destrucciones gigantescas y agresivas que se llevaron a cabo en regiones produjeron en la capital solo vastas manifestaciones puntuales, que de ninguna manera se tradujeron en una crítica generalizada al extractivismo imperante.

Tal fue la apatía, que ni siquiera las organizaciones políticas con intención revolucionaria dieron cabida al tema, pues tomar una posición frente a estos proyectos significaba ir más allá de una lectura coyuntural y requería analizar cómo abordar de manera estratégica un problema de grandes magnitudes. Esto es, por un lado, lo que deben enfrentar las comunidades que se ven directamente afectadas por la construcción de estos mega proyectos, la invasión de sus territorios, la contaminación del espacio en que desarrollan su quehacer, en definitiva, la irrupción absoluta de sus formas de vida. Y por otro, las gravísimas consecuencias medioambientales, la agudización de una crisis climática que empeora con la aprobación de cada proyecto y la certeza de un futuro crítico para la humanidad en este sentido.

Cuando hablamos de naturaleza o ecología, tiende a existir una mirada despectiva a la preocupación por estos temas, como si fueran algo accesorio más bien ligado a asuntos espirituales que parte de una discusión política. Pero la verdad es que cuando nos referimos a naturaleza estamos hablando de nada menos que las condiciones materiales de existencia del ser humano. En la visión antropocéntrica común, el “mundo humano” se valora como un apartado, con dinámicas y problemáticas propias, como el patriarcado y el capitalismo, dejando en un segundo plano la degradación del medio ambiente, como si formara parte de un ámbito completamente distinto. No podríamos estar más equivocados.

Hablar de naturaleza es hablar sobre nuestro entorno físico, desde lo más palpable, como el terreno en que vivimos, hasta el aire que respiramos o la comida que nos alimenta. Es hablar también de los recursos necesarios para la reproducción de la vida como la conocemos, es de donde nuestra fuerza de trabajo saca su producto y en consecuencia tiene un rol económico vital, por lo que el control e intereses que se ejerzan sobre dichos recursos naturales son determinantes para la estructura social.

Finalmente, hablar de naturaleza es dirigirse a nuestra humanidad misma, pues naturalmente compuestos, no hay parte de nosotros que escape a las leyes naturales, ni que pueda salvarse al momento de que el sistema natural llegue a su colapso – como ya comienza a hacerlo.

Así dispuesto, integrar una mirada ecológica a la estrategia revolucionaria es determinante para enfrentarnos a las crisis venideras, que comienzan lentamente a asomarse bajo el alero del cambio climático. Dedicarse a una alternativa de producción radicalmente distinta a la actual es imperativo para la subsistencia de las condiciones fundamentales de la vida humana. De ahí la importancia del ecosocialismo, donde se cuestiona el sistema productivo desde su base y no solo respecto a quien ejerce el control sobre este.

El ecosocialismo establece nuevos criterios de producción. Rechaza la dinámica expansionista del capitalismo, caracterizada por el despilfarro de recursos en base a la producción sistemática de bienes que en definitiva no necesitamos, que incluso atentan contra nosotr-s mism-s y que han logrado crear una mentalidad de consumo que representa uno de los grandes obstáculos en el proceso de concientización de las masas populares.

El ecosocialismo pone sobre la mesa las preguntas claves: qué, cómo y en qué cantidad producir, algo que sólo puede ser respondido a través de una planificación democrática de la producción, donde se tomen decisiones que consideren los peligros y consecuencias de la destrucción de nuestro ambiente natural, que abrace fines socialmente establecidos y que se plantee en función de nuevos hábitos de consumo.

Si bien dicha planificación forma parte de un proceso que se inicia una vez establecido el control democrático de los medios productivos, es un concepto que nos hace sentido para fijar objetivos a corto plazo y que puede tener gran valor táctico, como veremos más adelante.

Volviendo al tema de Santiago como espacio específico en el cual pretendemos desplegar un trabajo de mirada clasista, feminista y ecosocialista, nos urge diagnosticar qué es lo que ha mantenido a la capital en una inmovilidad permanente respecto a temáticas medioambientales, y qué pasos debemos tomar para que esta sea una problemática reconocida, compartida y atacada por el conjunto de la clase trabajadora que vive hoy en la capital.

Partir apuntando lo indiscutible: dentro del espacio urbano no existe susceptibilidad al desarrollo de proyectos energéticos de gran envergadura, por lo que un movimiento que se alce como respuesta reaccionaria al extractivismo no tiene cabida. En ese sentido, fuimos despojados hace ya mucho tiempo de esa conexión, tanto espiritual como productiva, con la naturaleza, debido a que la actividad urbana se aboca principalmente a la generación de servicios para alimentar, transportar y equipar a los siete millones de habitantes que hoy poblan la ciudad con más densidad del país. El conflicto de Alto Maipo logró hacer eco en Santiago, generando articulación entre organizaciones y un conocimiento generalizado de la problemática, pero bastó que se desenvolviera lo suficientemente lejos del centro de la urbe para que se considerase, una vez más, un conflicto fuera de los límites santiaguinos.

El trabajo político de la izquierda revolucionaria en los últimos años ha tenido como prioridad el levantamiento de sindicatos, el fortalecimiento del movimiento estudiantil y en general, hemos volcado nuestras fuerzas a levantar demandas sobre “servicios”, como el sistema de salud y de pensiones.

Lo cierto es que en Santiago la lejanía de los recursos naturales ha agudizado la ceguera que nos hace obviar las consecuencias medioambientales de todo aquello que consumimos. Es la separación forzada de la producción y su producto, en tanto el desconocimiento del origen de los bienes, sumado a la ignorancia respecto del cómo y a qué costo se produce, lo que nos hace un perfecto cómplice del sistema y, por ende, de nuestra autodestrucción.

He allí la pregunta central de la cual debemos preocuparnos. Si no son megaproyectos extractivistas ni los movimientos sindicales o estudiantiles los que abrirán la discusión medioambiental, ¿qué temas nos permitirán generar el quiebre suficiente para el levantamiento generalizado contra la crisis socioambiental?

Para responder dicha pregunta, debemos encontrar las maneras particulares en que tal crisis se expresa, y que en Santiago se sintetiza en el concepto de lo urbano. Es un carácter propio de la ciudad y que abre toda clase de conflictos, pues a pesar de todo lo anteriormente dicho, somos igualmente golpeados por las consecuencias medioambientales de la producción capitalista, solo que toma otras formas.

La forzada densidad poblacional capitalina, eco de una centralización desproporcionada y negligente del país, sumada a una administración de la ciudad cimentada en dictadura, ha creado una división del espacio por sectores con calidades de vida infinitamente distintas.

Dependiendo de la comuna – y el sector dentro de ella – donde vivas, se asegurará tu acceso a transporte, áreas verdes, aire limpio, hospitales, establecimientos educacionales, seguridad y vivienda. Esta última incluye la cantidad de espacio disponible para el desenvolvimiento de cada persona, pues la concentración de gente en edificaciones que maximizan su capacidad más allá de lo pensado presenta complicaciones de toda índole y que por supuesto, no son compartidas por los barrios altos. Son a menudo los sectores periféricos los que conviven mayormente con condiciones de vida precarias, mal acceso a servicios básicos y son quienes al mismo tiempo, deben soportar la contaminación de industrias, la construcción de antenas y basurales demasiado cercanos a la población. Por lo demás, son los primeros en inundarse cuando la lluvia supera sus niveles normales y quienes soportan los cortes de luz y el agua por más tiempo cada vez que el río que alimenta la ciudad encuentra percances.

En suma, son múltiples los conflictos a partir de los cuales se podría generar organización. Es aquí donde toma importancia la forma en que despleguemos nuestro trabajo territorial, pues la necesidad de un diagnóstico local es esencial a la hora de abrir espacios de encuentro en torno a problemas con los cuales vecinos y vecinas puedan identificarse, y que motiven a la participación y a la movilización del sector.

Para construir un acercamiento ecosocialista al territorio, no debemos quedarnos en la mera reivindicación de demandas ni en conflictos que se debiliten con el tiempo, sino que debemos ir más allá, hacia la problematización de un modo de vida.

Hacer el ejercicio en comunidad de decidir cómo queremos vivir, en qué entorno, con qué tipo de organización, cuestionar la planificación urbana; un proceso en el cual es vital generar espacios feministas emancipatorios, de manera que se construyan nuevas formas de relación dentro de la comunidad al mismo tiempo que se identifican y combaten las expresiones del patriarcado como parte de la vida privada. Es, en efecto, un ejercicio a menor escala de lo que el ecosocialismo espera que sea una planificación democrática de la producción, en que las personas despiertan del estupor y la apatía, de la individualidad culturalmente inducida, y se reúnen para decidir un futuro en conjunto.

No existe una sola manera de generar trabajo territorial. Apenas quedan vestigios de la organización poblacional que alguna vez existió y es nuestro deber reconstruirla en sus propios términos, a través de los deseos y necesidades de l-s propi-s poblador-s, siendo siempre nuestra labor entregar una perspectiva clasista, feminista y ecosocialista a la organización, y reconociéndonos como parte de la comunidad que encarna los procesos que intentamos impulsar.

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