Uruguay: El Che en el Paraninfo (Un testimonio de Jorge Zabalza pensando en el Guerrillero Heroico)

Homenaje a Ana María Silva, Aníbal De Lucía, Carlos Muniz y Washington Rodríguez Beletti .

Entonces yo tenía 17 primaveras y era un paisanito buscando acomodo en la vida. Fidel, Camilo y el Ché eran los héroes de la película que imaginaba vivir algún día, herederos de las historias de José Artigas y Aparicio Saravia, mis favoritos criollos de las epopeyas patrias.

Ernesto Guevara vino a la reunión del C.I.E.S en Punta del Este. Cuba fue el único país que cacheteó a los gringos y su Alianza para el Progreso, un malévolo recurso para la colonización. Varios insoportables se dedicaron a repudiar la presencia del Che Guevara. Benito Nardone dijo que se estaba haciendo un homenaje al ‘paredón’ y César Batlle Pacheco propuso ‘sacarlo de una oreja’.

Mi opinión se había formado escuchando a los personajes pueblerinos que hacían trastienda en la farmacia de mi tío Roberto, integraban la Comisión minuana de apoyo a la Revolución Cubana y ya habían logrado que Carlos Puebla y su ‘en eso llegó Fidel’ resonaran en las sierras de Minas.

Con la excusa de que disertara el desarrollo económico en América Latina, el tema debatido en el hotel San Rafael, la Universidad invitó a Ernesto Guevara. Mario Cassinoni, el entonces rector, escudó la invitación en la autonomía universitaria recientemente conquistada. Escándalo tremendo.

El 17 de agosto de 1961 a las 20:45, Guevara entró al paraninfo por la puerta de Tristán Narvaja. Un rato después el Ché entabló el diálogo con la hipnotizada platea. El confuso sonido metálico de los altavoces quebraba en la explanada el reverente silencio de los varios miles que no pudimos entrar.

Ya había respirado anteriormente el ahogo de la muchedumbre que festejó el triunfo electoral del herrero-ruralismo (noviembre de 1958) y de la que despidió a Luis Alberto de Herrera en abril de 1959. Sin embargo, en el frío de esa noche invernal de 1961, por vez primera entré en comunión con el gentío que convirtió la avenida 18 de julio en templo de la Revolución. La misma pasión que seis años más tarde me conmovió hasta la médula cuando, al influjo de la voz tonante de Fidel, un millón de personas despedimos al guerrillero heroico en la Plaza de la Revolución.

Desarrollo y planificación

Atrapado por el clima que lo rodeaba, sin muchas vueltas, Ernesto Guevara fue directo a la almendra. Afirmó que el real desarrollo económico de Cuba sólo pudo ser después de la reforma agraria y la estatización de las industrias y los bancos, “(…)” el desarrollo económico impetuoso de los pueblos se logra cuando éstos pueden expresarse a través de las instituciones políticas directamente, a través de la conducción de sus fábricas y de todos sus medios de producción”[1]. Desarrollo económico es desarrollo de vida digna de un pueblo que se hizo dueño de sí mismo luego de al ejército de Batista y de liberar la economía de los caprichos de los mercados. De otra manera el mentado desarrollo queda en simple crecimiento de las rentas de la clase propietaria, aunque se lo pretenda disimular con cifras y versos macroeconómicos.

El desarrollo sólo puede lograrse si es planificado, “(…) “la real planificación, la planificación de todos los medios de producción del país, (que) solamente se puede hacer con dos condiciones básicas: que los trabajadores hayan conquistado el poder político, como fundamental, y la otra es que sean los dueños de los medios de producción’. Sin embargo, para Guevara no eran suficientes esas condiciones: “(…) ‘Nosotros llamamos solamente planificación cuando todos los trabajadores, todos los obreros en las fábricas, los campesinos en las cooperativas, los trabajadores de todo tipo pueden discutir los planes, discutirlos una y otra vez, analizarlos, desmenuzarlos, y aprobarlos en asambleas de producción”. Para construir el mundo de la dignidad la gestión de la política y la producción debe ser ejercicio directo de poder popular, sin burocracias intermediarias que se arroguen la representación del pueblo.

Una participación popular que “en condiciones de países capitalistas es muy difícil, los obreros no quieren discutir con el patrón ni les interesa aumentar la producción para que aumenten las ganancias del patrón, y el patrón tiene miedo a los obreros”. También es cierto que tampoco hubo participación directa en países que se decían socialistas. A los trabajadores no les interesaba discutir con los estalinistas que, por su parte, tenían mucho temor a abrir las compuertas de la autogestión y el poder popular. El desarrollo económico y el entusiasmo por participar directamente fue una consecuencia de la entrada en revolución del pueblo cubano.

Entrar en revolución

“(…) “Porque los pueblos pueden hacer realizaciones enormes cuando están llevados por la llama revolucionaria, cuando están en una situación especial de su historia, cuando todas las pequeñas satisfacciones de la vida diaria se pierden, se transforman y se nota un cambio cualitativo en el pueblo que entra en revolución. Martí llamaba a eso ‘entrar en revolución’.

Ya no importan las horas de trabajo, no importa lo que se vaya a ganar, no importan los premios en efectivo, lo que importa es la satisfacción moral de poder contribuir al engrandecimiento de la sociedad, la satisfacción moral de estar poniendo algo de uno en esa tarea colectiva y ver como gracias a su trabajo, gracias a esa pequeña parte del trabajo individual, que se junta con millones de trabajo individuales, se hace un trabajo colectivo armónico, que es el reflejo de una sociedad que avanza.

Ese es el espíritu que hoy hay en nuestro pueblo. Es el espíritu de un pueblo que se ha descubierto a sí mismo, como todos los pueblos en revolución”.

Las dudas surgen de inmediato en estos tiempos de paños fríos, ¿los pueblos latinoamericanos podremos alguna vez ‘entrar en revolución’? ¿descubrirnos a nosotros mismos y adueñarnos del poder político y de los medios de producción? Lo cierto que los actuales discursos de izquierda están orientados a adormecer las pasiones revolucionarios, todos ellos, en sus diferentes versiones, hacen la apología de las formalidades vacías de democracia, solamente se proponen encubrir los cotidianos y despiadados rebencazos a lo Itapebí.

Dos de cada tres niños montevideanos viven en los asentamientos cuyo control político ejerce la guardia republicana. Ocupó Casavalle durante una semana pese a que el ministro de la policía reconoció que el tiroteo entre bandas duró apenas un minuto. ¿Cuál es la finalidad de segregar la pobreza en territorios dominados por la policía, cuya población pide más patrullaje? El progresismo conciliador apunta a disciplinar cimarrones y a desalentar resurrecciones. Con el mismo objetivo, los ‘actores’ del espectáculo ‘político’ entretienen y divierten a sus víctimas, peleándose a quién es más democrático, ético y transparente. Con gracia sin igual, los filósofos de feria inducen en los miserables la idea de que su brutal realidad sólo puede ser cambiada mediante el voto quinquenal, delegando el poder en parlamentarios, ministros y jueces.

Ni siquiera los defensores de oficio en las redes sociales pueden impedir que esa brutal realidad -abundo en el uso del término- vaya decantando en las consciencias y la lucha de clases termine por horadar hegemonías y encantamientos. La película del progresismo ya la vivimos en el Uruguay Batllista. En los manuales sagrados no está escrito que los pueblos deban entrar en revolución, pero, sin embargo, cada tanto lo hacen. Después de todo, hoy se levantan en Cataluña los nietos de los republicanos fusilados por los franquistas. ¡Vaya a saber que deberán hacer nuestros nietos!

“Hasta donde se pueda ir”

Guevara era muy poco dogmático acerca del uso de la violencia revolucionaria. Distaba de prescribir la lucha armada como solución mágica. Señaló que “(…) “si las aspiraciones del pueblo, esas aspiraciones de desarrollo económico que son, en definitiva, las aspiraciones de bienestar en cualquier forma que sea y como quiera llamársela, la aspiración del pueblo a su bienestar se puede lograr por medios pacíficos, eso es lo ideal y eso es por lo que hay que luchar”.

Es el problema fundamental de la teoría revolucionaria. Alienados que sólo ven el mundo deformado por las pantallas, la mujer de pueblo, el hombre de pueblo, desearían de corazón que las revoluciones necesarias ocurran mientras ellas y ellos toman mate bajo la sombra de los transparentes. ¿Cómo hacerlos entender la necesidad de hacer la revolución? ¿Cómo contribuir a que superen por sí mismos el estado de alienación y pasividad? Mientras tanto, los revolucionarios no pueden romper todas las vitrinas como un elefante en el bazar. Los tiempos de paños fríos son tiempos de batalla de ideas.

El poder ejecutivo colegiado -la marca en el orillo de la Suiza de América- estaba muy desconforme con el recibimiento dado a Ernesto Guevara por la Universidad. El mismo 17 de agosto el gobierno hizo pública una declaración que decía: “El Consejo Nacional de Gobierno establece que no estima ajustado a las reglas de la hospitalidad diplomática otorgada a quienes participaron en una reunión de carácter internacional, el intervenir dentro del país, de evidente sentido político”. El texto pudo ser más contundente, pero su redactor, el consejero Héctor Paysé Reyes, debió conciliar entre el fascismo de Benito Nardone, vinculado a las bandas que ya operaban en Uruguay, y el nacionalismo de cuño herrerista, no menos reaccionario, pero todavía embanderado con el principio de autodeterminación. La polémica entre los partidos gobernantes estalló cuando Eduardo Víctor Haedo, presidente de la república por ese año, invitó al Ché a tomar mate en su chalé. Las fotos dieron vuelta el mundo. El Uruguay parecía un paraíso de amplitud y tolerancia.

Para no comprometer a los organizadores de esa noche, que sabía histórica, el Che debió ser muy cuidadoso al tocar la realidad política del Uruguay: “se tendrá una manera de pensar u otra, y es lógico, y yo sé que los miembros del gobierno de Uruguay no están de acuerdo con nuestras ideas. Sin embargo, nos permiten la expresión de estas ideas aquí, en la Universidad y en el territorio del país que está bajo el gobierno uruguayo. De tal forma que eso es algo que no se logra ni mucho menos, en los países de América”.

Era la careta de derechos y libertades que Uruguay mostraba al exterior. Pocos años antes, en 1958, Raúl Sendic, inmerso en la lucha de los trabajadores del campo, había señalado que las fauces del fascismo asomaban tras esa careta apenas calentaba la lucha de clases[2]. Guevara no tuvo acceso a esta visión tan particular de la realidad uruguaya, que tan sólo dos años después provocaría la expropiación de los fusiles del Tiro Suizo y el comienzo de todo.

Guevara recomendó que “ustedes tienen algo que hay que cuidar, que es, precisamente, la posibilidad de expresar sus ideas; la posibilidad de avanzar por cauces democráticos hasta donde se pueda ir; la posibilidad, en fin, de ir creando esas condiciones que todos esperamos algún día se logren en América, para que no haya explotación del hombre, ni siga la explotación del hombre por el hombre”. El término clave es ‘hasta donde se puede ir’. Advertía que el avance por cauces democráticos debe detenerse antes de la conciliación de clases. Ni un metro demás. ¿Acaso alguien puede creer que el Ché vino a oficiar de bombero? La línea roja se ubicaba mucho más acá de lo que pensaban los partidos tradicionales de la izquierda. Fueron tan herejes los tupamaros que desarrollaron operaciones guerrilleras que la gente aceptó cuando todavía regían las formalidades de la democracia burguesa.

Al salir Guevara de la Universidad, la realidad mordió las consciencias: un grupo fascista lo atacó y asesinó al compañero Arbelio Ramírez. Parecía detonado el primer disparo de la confrontación que caracterizó la siguiente década, era urgente organizarse para enfrentar la ofensiva que vendría.

“El recurso definitivo”

“La fuerza es el recurso definitivo que le queda a los pueblos. Nunca un pueblo puede renunciar a la fuerza, pero la fuerza solamente se utiliza para luchar contra el que la utiliza en forma indiscriminada”. La violencia ocupó un lugar central en el pensamiento de Ernesto Guevara -varios de sus libros y artículos se dedican al arte de la guerra- pero ese aspecto hoy está ausente del análisis de sus ideas. Parece que no hubiera sido un comandante guerrillero y que fue a Bolivia a leer libros y escribir un diario personal.

El uso cotidiano de la violencia para someter justifica de por sí el empleo del recurso definitivo de los pueblos. Siempre fue así, o ¿contra qué se rebelaron Jesús y Espartaco? ¿en reacción a qué fue la Revolución Francesa? ¿Eran una fiesta las ‘mitas’ y ‘encomiendas’ o Tupac Amarú y Tupac Katari se rebelaron contra una forma de esclavitud?

El ‘Estado de Derecho’ es, en realidad, un estado de terrorismo de baja intensidad, ¿dónde está Julio López? ¿dónde está Santiago Maldonado? ¿quién asesinó a Ronald Scarzella? ¿y a Fernando Morroni y Roberto Facal? ¿Cuál es el mensaje del ejército brasilero al ocupar las favelas de Río de Janeiro? ¿o el del Ministerio de Policía que ocupa durante una semana el barrio Casavalle para reprimir un tiroteo que duró un minuto? La idea es convencer a la población de que, por muchas libertades que les dejemos disfrutar, ‘seguimos estando’, continuamos vigilantes, dispuestos a torturar otra vez, a violar, asesinar y desaparecer más gente.

Ese terrorismo cotidiano, que no siempre necesita del rebenque, engendra una bronca subterránea que lucha por salir a la superficie de la pasividad. Su existencia fundamenta la teoría guerrillera de Ernesto Guevara. Aunque el espíritu insurreccional se manifieste en la militancia mucho antes que las grandes mayorías populares, retraso que explica la existencia de vanguardias, la diferencia es apenas una cuestión de tiempos. Para Guevara, la instalación de un foco guerrillero -que no es foquismo- creaba condiciones que hacían posible que las broncas salieran del pecho de las clases populares y se transformaran en fuerza incontenible.

En 1961 la percepción expresada por Raúl Sendic en ‘El Sol’ no tuvo eco popular pues era mucha la distancia entre ambos grados de consciencia y rebeldía. Raúl fue un ´precursor. En cambio, en 1969, a dos años del asesinato del Ché Guevara, la derrota en la toma de Pando -tres compañeros asesinados y veinte capturados- pudo transformarse en crecimiento masivo del MLN (T), porque la consciencia de varios sectores estaba muy próxima a la del movimiento revolucionario. Los tupamaros desperdiciamos ese potencial con formas militaristas de acción.

Jorge Zabalza

 

[1]Todas las citas del discurso de Guevara están tomadas de la pág. 587 y sgs. de la compilación ‘Para dar vuelta el mate’ de Asdrúbal Pereira Cabrera, Rumbo Editorial, Montevideo, julio de 2011.

[2] Raúl Sendic. Semanario ‘El Sol’ 7 de febrero de 1958. Montevideo.

Fuente: Voces

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