Llegó la hora Venezuela

 

Por Marco Teruggi, desde Caracas, Notas, Resumen Latinoamericano, 28 mayo 2017.-

Llegó la hora Venezuela. Se desprende del análisis de todas las
variables puestas sobre la mesa. La derecha, conducida por sectores
como Voluntad Popular y Primero Justicia, cortó todo diálogo -ya no
reconoce al Vaticano como intermediario- y sostiene cómo única
solución posible la realización de elecciones generales adelantadas.
Ha llamado abiertamente a la rebelión civil y denunciado la
convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente como ilegal. No
participará, hará lo posible para impedir su realización, y
profundizará en conflicto callejero.

Ese es el discurso para los medios de comunicación nacionales e
internacionales, la direccionalidad pública del escenario que pusieron
en marcha a principios de abril. Es la superficie, donde están en una
suerte de “épica por la libertad”, de la cual su base social
movilizada está absolutamente convencida. Son más de 50 días de
frontalidad, donde no han crecido en cantidad, pero han logrado
sostener una conflictividad de gran impacto -impensable sin el
sobredimensionamiento hecho a través del andamiaje comunicacional-.

Lo peligroso, sin embargo, está en las sombras que emergen con furia:
está en marcha un plan insurreccional conducido en las calles por el
paramilitarismo, que ya golpeó en aproximadamente diez ciudades del
país. Las imágenes y testimonios están ahí, se trata de incendio de
hospitales, instituciones públicas, locales de partidos chavistas,
saqueos y destrozos de centros de ciudades -Socopó-, intento de
control territorial armado prolongado de algunas zonas -San Antonio de
Los Altos-, ataques a cuarteles militares y de policía -siete en un
solo día en Barinas-, asesinatos de dirigentes chavistas, toques de
queda -San Cristóbal-, amenazas a comerciantes y transportistas -Los
Teques-, intento de cortar el suministro de alimentos a Caracas. Son
formaciones paramilitares que no se identifican y se mueven por el
territorio con el objetivo de instalar jornadas de asedio y terror en
puntos claves del país.

Es una operación de guerra preparada durante años. Allí está el plan
real de la derecha que se propone sostener un nivel cada vez más agudo
en las formas de violencia con varios fines. Uno: elevar la
confrontación civil a puntos tales como el de linchar e incendiar en
plena calle a un joven por ser sospechoso de chavista. Dos:
desencadenar enfrentamientos armados civiles. Tres: asediar Caracas.
Cuatro: controlar, en los hechos y cómo símbolo, porciones de
territorio. Cinco: empujar el país al caos. Seis: lograr la
intervención extranjera descubierta -la encubierta ya está en marcha-.

No existe, en estos momentos, llamados capaces de desandar esa agenda.
Los Estados Unidos dieron luz verde y el gobierno colombiano
-retaguardia del paramilitarismo- mueve sus piezas en función de esa
estrategia. El bloque enemigo no se ha resquebrajado: partidos de
derecha, ganaderos, grandes empresarios, episcopado, y ha sumado
elementos claves, como la Fiscal General, nueva figura de la avanzada
golpista. Es ahora o nunca, ellos mismos lo dicen. Llegó la hora Venezuela.

***

El margen de maniobra por parte del chavismo es pequeño. El llamado a
la Asamblea Nacional Constituyente -que tendrá sus elecciones en el
mes de julio- es una posibilidad de reagrupar fuerzas en los
territorios y reactivar a un movimiento atrapado en gran medida por
sus lógicas más burocráticas. Debía ser, en primer lugar, una forma de
obligar a la derecha a volver al canal democrático: los resultados no
son los esperados. La radicalidad de la insurrección va en ascenso.
¿Cómo convivirán dos tiempos opuestos, uno electoral con otro
incendiario armado? Algo se abre cada vez más, solo se encuentra para chocar.

Resulta difícil realizar pronósticos con proyección a más de pocos
días. Una semana es una inmensidad en esta Venezuela. Se siente en las
noticias, las redes sociales, las declaraciones, los muertos que
aumentan casi a diario -ya son más de 55-, cada nueva jornada de
ataque de la derecha que se eleva en su dimensión militar, cada nueva
presión internacional, cada investigación que ahonda en la estructura
insurreccional en movimiento. Se prepara el asalto final, el que
abrirá las puertas a la revancha que buscará cenizar todo rastro del
chavismo -intentarían que no quede ni el nombre-.

El chavismo -muchas veces gigante miope e invertebrado, como decía
John William Cooke- tiene fuerzas para resistir. En algunos pueblos se
han organizado brigadas comunales para defender las instalaciones
públicas y populares. En varios puntos del país se realizan asambleas
en los barrios para debatir el proceso constituyente: ahí ponen gran
parte de su táctica quienes apuestan a una reacumulación de fuerzas en
vistas de los posibles escenarios por venir. En algunas zonas
populares donde la derecha quiso generar destrozos, fueron los mismos
vecinos quienes los echaron. Existe un tejido popular vivo, aun con
las dificultades económicas que no cesan y son una de las razones
principales de la tendencia a la desafiliación política.

Pero el punto débil no está -sin caer en idealismos de sujeto- en las
bases del chavismo, sino en la dirección del movimiento: parece seguro
que la resistencia llegará, ya está en marcha, por debajo, no así en
el nivel de muchos de los que hoy dirigen.

Existen críticas -que no son nuevas y figuran por escrito- y también
la certeza acerca de dónde estar en esta hora donde todas las
variables se condensan en búsqueda del quiebre. Quienes, en cambio,
han optado por el silencio, o por una condena al chavismo por su,
dicen, “autoritarismo” -al tiempo que llegaron a calificar a esta
derecha como “controversial”- indican la necesidad urgente de revisar
la misma noción de izquierda y de intelectual.

Cuanto más se necesitan aportes que permitan comprender y actuar, es
cuándo se ve la pobreza crítica y política de muchos de quienes ocupan
el espacio simbólico de la intelectualidad. Es en estos momentos
cuando se ve con claridad quienes están, y quienes pasan para el otro
lado -declararse por fuera del conflicto y apelar en abstracto a la
“defensa del pueblo”, es ilusorio, cómplice y muchas veces cobarde-.

Está en juego Venezuela, la posibilidad de que se desate un proceso de
revancha del cual ya se ven algunos actos, el quiebre interno de un
país con zonas paramilitarizadas, una guerra civil, una victoria
estratégica del imperialismo norteamericano en América Latina. Es
momento de defender, de abandonar prácticas traicioneras de la
intelectualidad, jugarse -como lo han hecho varios- preguntarse qué se
puede hacer para apoyar un proceso político que lo necesita con
urgencia. El mundo visto desde Venezuela se achica, el tiempo y las
posibilidades también.

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