El exilio de colombianos y el Festival por la Paz en París

 Sergio Segura/Resumen Latinoamericano, 4 de mayo de 2016 – Los temas asociados al conflicto armado son los principales motivos que obligan a víctimas directas o indirectas a salir del país. Frente a esta numerosa población poco o nada se ha hecho. ¿Quiénes son? ¿Cuántos son? ¿Dónde están? ¿Por qué se fueron?

En el contexto violento de Colombia miles de personas han tenido que asumir una nueva situación en el mundo, lejos de su país, enfrentados a nuevas culturas y caminos desconocidos, circunstancias derivadas del riesgo inminente que corren sus vidas. En la Ley de Víctimas se habla de que se cuenta con el derecho a la verdad, justicia y reparación, no obstante, la legislación colombiana no considera que el exilio sea un hecho victimizante.

Aunque en el imaginario general se cree que quienes viven en el exterior les sobra prosperidad, y que quienes huyen de su país son tan solo cobardes (como los que están en Miami), hay que ver la problemática con mayor detalle, pues lo más común que ocurre es que las redes de apoyo se limitan y la distancia pasa factura en todos los sentidos de la vida del individuo.

Existen situaciones gravosas desde el principio. Muchos de los países receptores tienen una política social interesante y un respeto básico por los derechos humanos, sin embargo son muchas las dificultades, ya que un exiliado no goza del ejercicio pleno de la ciudadanía y la “fama del colombiano promedio” genera una estigmatización generalizada en el exterior (se asocia recurrentemente con el narcotráfico, el robo y la violencia).

Los cambios culturales y las hostilidades de la vida moderna urbana generan soledades y depresiones crónicas, pues un exiliado siempre que quiera volver, sea permanentemente o de visita, corre el riesgo de perder la vida, la libertad o de exponer a su familia. También hay colombianos a los que la idea de regresar les horroriza, viven con un dolor tan profundo que jamás querrán pasar por ciertos lugares, hablar con ciertas personas o recordar ciertos sucesos. A estos colombianos ya otro Estado les garantizó “lo mínimo”, eso con lo que la mayoría de habitantes en Colombia no cuenta.

La mayoría de mujeres colombianas presas en cárceles españolas, casi todas por transportar cocaína, prefieren morirse antes que pisar una cárcel en Colombia. Jamás cambiarían la comida decente, la seguridad social y el trabajo remunerado que les ofrecen en algunos centros penitenciarios. Muchos nunca volvieron porque les mataron a sus amigos y estarían igualmente solos, otros se salvaron por un pelo de estar el resto de su vida en prisión. Como todo pasa tan rápido y no es fácil de asimilar, también hay exiliados esquizofrénicos y otros en el manicomio.

El exilio es tan viejo como la violencia misma, y, en Colombia, viene desde la conformación de la república. Desde estos tiempos ya se mataba, encarcelaba y reprimía por razones ideológicas. El Centro de Memoria Histórica habla de al menos 6 millones de inmigrantes; aunque gran parte sale del país por motivos económicos, muchos son víctimas del permanente flagelo que la violencia en el país ha impuesto. Si Ecuador y Uruguay pudieron resolver en gran medida este dilema tan penoso para el mundo, un posconflicto serio en Colombia debería ‘al menos’ contemplarlo. Los perseguidos políticos, aunque el término esté moda por los uribistas asilados en Miami y los criminales de ultraderecha que están en prisión, son una realidad que tiene por fuera de su país a personas con grandes capacidades para aportar con saberes, experiencias y reflexiones a esta paz que ha sido tan mediatizada.

Tercer Festival por la Paz de Colombia en Francia

Si hay un sector social en América Latina al que la “guerra sucia” en todas las dictaduras y “democracias” le ha tocado la peor parte, es a los políticos y militantes de izquierdas. “El Festival por la Paz en París nos ha devuelto la esperanza”, con júbilo manifestó la teatrera Patricia Ariza. Y no es para menos. Desde el 2014 data esta iniciativa que ha logrado gran impacto internacional al reunir a colombianos, latinos de diferentes rincones y pluralidad de la comunidad europea, en torno a darle otro empujón a la paz de Colombia.

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Alrededor de 2.000 personas concurrieron a la comuna de Montreuil, cerca de París, para iniciar abril con tres días de discusiones en torno a los principales problemas de Colombia y así reafirmarse en un respaldo rotundo a los diálogos de paz. Prisioneros políticos, el papel de los medios de comunicación, refrendación de los acuerdos, mujeres víctimas de la violencia militar y promotoras de la cultura de paz, entre otras realidades, fueron abordadas por periodistas, intelectuales, organizaciones sociales, políticos y artistas, quienes contextualizaron el panorama y compartieron con los asistentes las inquietudes que aquejan a un proceso tan histórico como confuso.

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Nunca escuché tanta poesía junta. Tenemos que enterarnos de los poetas que tiene Colombia en el exterior, de sus cualidades humanas y de lo tristes que son sus historias. Además de esto, orquestas de salsa, el infaltable hip-hop, ritmos del Caribe, folclor y hasta despecho, hicieron huella de las veladas que siempre finalizaron con comida típica y conversaciones prolongadas.

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Este festival, que lo promueven viejos exiliados, colectivos, asociaciones e integrantes de organizaciones sociales y políticas, además de muchos jóvenes voluntarios franceses y colombianos, es significativo porque es un ejemplar palpable de que hay sonrisas que se resisten a cerrar su encanto, que aunque el tiempo y la vida los golpea en la nuca, la resistencia siempre late por encima de los vendavales grises al que el poder los arrojó, dos generaciones de colombianos que se oponen a un futuro idéntico.

Mientras se desarrollaba el evento Piedad Córdoba sufrió un atentado y a la par se realizó una marcha contra los procesos de paz auspiciada por el uribismo, también en gran medida por el paramilitarismo, quienes declararon un paro armado en diferentes regiones y amenazaron poblaciones enteras para obligarlos a salir a marchar. Terrorismo puro.

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