Cine. Mameritiar ad Infinitum con EL ABRAZO DE LA SERPIENTE

Por Javier Calderón C. / Resumen Latinoamericano/ 28 de Febrero 2016 .-  El poder, tan difícil de explicar, pero tan palpable en el sistema de dominación, aparece retratado magistralmente en la película de Ciro Guerra que por estos días se disputa una estatuilla en los premios Oscar: el Abrazo de la Serpiente. Más allá de ser una de las mejores películas latinoamericanas que he visto en los últimos años, junto a las cintas argentinas El Clan y Retratos Salvajes, es una bofetada creativa y pedagógica para entender lo que pasa en Colombia, sólo basta abstraerse y ponerle zoom a la cámara para ver al país en su tremenda dimensión.

La película me atrapó por el magnetismo de la selva amerindia que contiene (aún) la biodiversidad para ser el pulmón del mundo. Cada pliegue de la trama me remitía a los centímetros recorridos en mi vida por todo el país, incluso aquellos que me permitieron libros como La Vorágine de José Eustasio Rivera, la Rebelión de las Ratas de Fernando Soto Aparicio y de la trilogía bellamente escrita por William Ospina -Ursúa, El país de la Canela y la Serpiente sin Ojos-.

Expresa, también, en cada imagen y diálogo el poder regenerador bipartidista que ha dominado el país en los últimos 115 años, impuesto a partir del triunfo conservador en la nefasta guerra de los mil días. Con una excepcional exposición simbólica, Ciro Guerra y su equipo, logran mostrar el poder de los fusiles, el poder de la religión, el poder del conocimiento y el de la explotación de clases.

Como todo buen film, permite al espectador desarrollar su imaginación y escrudiñar en su saber con el cual se sienta frente a la pantalla. En esa tácita exposición, aparece el expresidente Rafael Reyes (1904-1909) favoreciendo a las transnacionales del caucho y apoyando, desde la Casa de Nariño, el etnocidio que significó la explotación capitalista de las caucheras en pleno auge de las guerras mundiales. Muestra igualmente la terrible guerra entre Colombia y Perú (1932-33), un conflicto que ayudó más a afianzar el poder conservador y la dominación colonial en esos territorios, que a defender la nebulosa soberanía nacional que el bipartidismo colombiano ha cedido sin vergüenza desde que el propio Rafael Reyes negoció con Estados Unidos el dominio de territorio Panameño en 1904.

La cinta devela los relatos de antropólogos honestos que demostraron el papel genocida de las misiones religiosas en esas zonas. La negación de la lengua, la visión racista sobre las poblaciones originarias y la inculcación con azotes de “valores” que por desgracia permearon a esas poblaciones y, claro, a todo el mestizaje colombiano. Muestra, sin decirlo, el terrible papel que ha jugado la Misión Lingüística de Verano, apoyando la sumisión con las que han dominado a las comunidades. El poder simbólico puro.

Si escuchan atentamente los diálogos de la película, podrán desentrañar una aguda discusión sobre el conocimiento. Una discusión que cuestiona cómo se construye conocimiento y para qué se realiza. Orlando Fals Borda y otros pensadores críticos colombianos, pusieron esa discusión en las facultades, con planteamientos sobre la praxis (unidad de la teoría y la acción), sobre el conocimiento para la transformación, que en medio de la aguda y actual estigmatización del pensamiento divergente, han sido desplazados por el conocimiento eurocentrista y anglocentrista reafirmados con el poder simbólico de los títulos universitarios otorgados por el norte-global a algunos/as colegas.

Si alguien ve la película sin esta información, quizás verá igualmente la grandeza del Amazonas, de nuestros pueblos originarios y pensará que en Colombia pasa algo tenebroso, desde hace mucho tiempo, que nadie les ha contado. Ojalá piensen que esto nunca lo ha informado Rcn y Caracol, ni los narco-relatos de netflix, ojalá intenten auscultar en las aulas universitarias, aunque creo que encontrarán más información sobre los pueblos argelinos, sobre las sectas y religiones, que de la propia historia colombiana.

Bueno, sin querer spoilear (para estar de moda uso el anglicismo que significa: echar a perder) a quienes no han visto la película, pretendo compartir el efecto que me produjeron esas dos horas en las que me volví a encontrar a Colombia desde mi exilio, en las que vi todo el poder simbólico colombiano en escena, en una sala donde la gente empezó haciendo el ruido que genera la ingesta de palomitas -esperando la película como si fuera de Disney o de Tarantino- y que terminó atragantada con ese intenso relato de la realidad colombiana proyectado con un foco realmente fino y agudo.

Aunque no gane el Oscar, esta película ha entrado en el ramillete de aquellas que sirven para pensar con la zurda, es decir para mamertiar ad infinitum (palabra presidencial peyorativa de moda contra la izquierda), ahora que el presidente -y los de su clase- en apariencia van a permitir algo de democracia para salir de la guerra. Democracia a la que le han tenido tanto miedo que han violentado a cuanto colombiano/a ha decidido mamertiar. Pensar de esa manera, por la izquierda, seguro no ayudará mucho para llegar al poder, al menos como lo entienden las élites y las castas oligárquicas.

Quizás esto nos obligue a decir con Karamacate, el protagonista de la cinta magistral del Abrazo de la Serpiente, señores oligarcas: “ustedes no han entendido nada”.

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